Yo no lo haría… ¿o si?

experimentoDos estudiantes entran entusiasmados en el laboratorio de un profesor de psicología. Están excitados ante lo que van a hacer, se supone que van a contribuir al desarrollo científico, les han dicho que, como voluntarios, iban a formar parte de un importante experimento psicológico. No saben de qué va el asunto, así que llegan al laboratorio sin ninguna idea preconcebida sobre la mecánica del experimento. Tras una breve charla con los responsables del mismo, se dan cuenta de que no es algo muy complicado y todo el mundo se pone manos a la obra.

Primero se elige al azar a uno de los dos voluntarios, que será el sujeto pasivo, naturalmente, el otro será el elemento activo en el experimento. Todos ocupan sus posiciones. El director del experimento se coloca sentado en un puesto de control, desde el que se formularán preguntas de un test de parejas de palabras. Al otro lado de una mampara de cristal, el sujeto pasivo está sentado en una silla repleta de cables. Unos electrodos han sido unidos a su piel, de tal forma que pueda sufrir descargar eléctricas. Junto al director de la prueba, se sienta el sujeto activo. Su misión consiste en activar el paso de electricidad hacia la silla cada vez que el sujeto pasivo fallara en la respuesta a las preguntas del test. Ya tenemos el montaje completo.

¿Qúe sucederá? La sesión comienza bien. Las primeras preguntas son contestadas correctamente o incorrectamente, eso es lo de menos, el sujeto activo conecta el interruptor por cada respuesta errónea y el estudiante sentado al otro lado del cristal recibe una ligera descarga. Pero la batería de preguntas es muy larga y la intensidad de las descargas va en aumento. El experimento sólo puede terminar de dos formas. O bien se llega al final de las preguntas, o el sujeto que aplica las descargas se niega a infligir más sufrimiento al estudiante sentado en la silla de “tortura” cada vez que falle una pregunta. El pobre chaval que recibe las descargas, comienza a sudar, se retuerce en su silla, está atado, se ve claramente que sufre, implora que desconecten la máquina, grita de dolor… ¡Pero el experimento sigue! Lo lógico y lo que el sentido común nos dice es que cualquier ser humano normal no se prestaría a seguir con tan macabro “experimento” mucho tiempo, por más que el director ordenara continuar.

No sucede así, el estudiante que tiene el poder de hacer que el sufrimiento de su compañero cese en cualquier momento sigue obedeciendo, hasta el final, cuando las descargas son ya tan fuertes que provocan la muerte del desdichado joven sentado en la silla al otro lado del cristal. El experimento ha llegado a su fin.

Vale, ¿de qué va todo esto? Se trata de un famoso experimento psicológico y social encaminado a investigar la obediencia, ideado por Stanley Milgram en los años sesenta. Milgram, por entonces en la Universidad de Yale, estaba fascinado por el concepto de obediencia. El psicólogo no podía entender cómo se pudieron cometer tantas atrocidades en la Alemania nazi, no podía comprender cómo la obediencia a un superior podía haber hecho que personas normales llegaran a realizar actos inconcebibles. Así, ideó este experimento exploratorio de la obediencia a la autoridad. La versión con que he ilustrado este post, es una simplificación. En realidad, no sólo se utilizaron estudiantes, el rango tanto social como de edad de los voluntarios era muy amplio. Lo más sorprendente del montaje es que, muchos de los sujetos que aplicaban las descargas dejaron su conciencia y sus reparos a un lado y obedecieron ciegamente las instrucciones del director de la prueba. Como puede uno suponerse, la persona que se sentaba en la silla “eléctrica” era un actor al que siempre tocaba la papeleta de la silla en el supuesto sorteo al azar.

Lo impensable sucedió en muchas de las sesiones del experimento. Lo que se suponía iba a ser una simple prueba para investigar los efectos del castigo en el aprendizaje -eso es lo que se comunicaba a los participantes voluntarios- se convertía muchas veces en sesiones de “tortura”. ¿Dejaríamos nosotros de obedecer al director al ver al actor retorcerse de dolor? ¿Qué haríamos al ver que se acumulan las respuestas incorrectas? ¿Seguiríamos aplicando descargas de mayor intensidad incluso en contra de nuestra conciencia? Bien, el actor tuvo que simular durante los experimentos su muerte varias veces, así que hubo personas que llegaron hasta el más horrible final. El director de la prueba persuadía al “ejecutor” con diversas ordenes, al principio suaves, más adelante severas. Antes de iniciarse el experimento, el equipo de Milgram pensó que casi nadie pasaría mucho tiempo viendo cómo una persona sufría ante su vista por culpa de las descargas que él mismo mandaba a la silla, a pesar de lo que ordenara, gritara o amenazara el director. Una persona sana mentalmente debería negarse, levantarse de la silla y abandonar el experimento en cuanto se superara cierto nivel de sufrimiento. Eso pensaron, pero la sorpresa fue grande cuando se repitió el experimento con un número considerable de sujetos de toda condición y, al repasar estadísticamente los resultados, se verificó que más del sesenta por ciento de todos ellos llegaron a aplicar descargas de muy alta “intensidad” persuadidos y obedeciendo ciegamente lo que les mandaba el director. Este experimento se ha repetido varias veces con resultados similares y, a pesar de que ha despertado críticas sobre su moralidad, ofreció las respuestas que Milgram buscaba pues pudo comprender que la “obediencia ciega” podía anidar en personas normales.

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