Baradat-Esteve, la aventura de un motor futurista

Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de septiembre de 2014.

El motor tórico Baradat-Esteve (…) puede decirse que ha de ocasionar una revolución en la técnica de motores de explosión. En dicho motor los cilindros quedan sustituidos por un anillo hueco, en el interior del cual giran los émbolos y tiene la enorme ventaja de suprimir la casi totalidad de los habituales y delicados órganos de distribución, ya que la admisión y expulsión se verifica por la simple abertura o cierre de unos orificios en las paredes del anillo, por los propios émbolos. (…) La patente Baradat-Esteve resuelve con gran sencillez todos los problemas inherentes a esta nueva concepción del motor de explosión a cuatro tiempos.

El mundo deportivo, 6 de julio de 1922.

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Chasis Baradat, Barcelona 1922.

El empeño de Wankel

Si se dejan al margen motores extraños como los de pistones libres y otros similares, y nos olvidamos también de la propulsión eléctrica, viene a resultar que en el último siglo el automóvil apenas ha evolucionado. Los coches actuales son un prodigio de la tecnología y han alcanzado niveles de refinamiento sorprendente pero, en esencia, no son muy diferentes a los vehículos de motor de explosión de la primera mitad del siglo XX. Un mecánico de 1920, por ejemplo, se sentiría perdido entre tanto circuito electrónico, los sistemas de inyección, los nuevos materiales y hasta por las carrocerías actuales. Sin embargo, al desmontar el motor de uno de nuestros coches, seguiría identificando los pistones, cilindros, bielas, el cigüeñal y, en definitiva, las mismas piezas fundamentales para un motor de hace más de un siglo.

Hubo un tiempo en el que se pensó que todo eso podía cambiar. Durante gran parte del siglo XX existió un empeño entre diversos técnicos e ingenieros para lograr dar forma a un motor sencillo y eficaz de pistones rotativos que pudiera competir en prestaciones con los motores clásicos que todos conocemos. Por desgracia, conseguir un motor que nos haga olvidar de los pistones de toda la vida no es algo fácil de conseguir. Aunque ya existían propuestas como el motor de vapor rotativo de Cooley, no fue hasta las década de los años sesenta que la tecnología de materiales permitió construir vehículos dotados de motores rotativos pero, incluso a pesar de tener cierto éxito comercial, nunca han llegado al gran público.

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La máquina de buceo de Klingert (1797)

Repasando la historia de la tecnología de buceo, sorprende ver cómo se sucedieron los proyectos para desarrollar máquinas capaces de ofrecer la capacidad de respiración bajo el agua con seguridad a lo largo de varios siglos. Se cuentan por decenas los intentos documentados desde el siglo XV. He ahí, por ejemplo, la exitosa y sorprendente experiencia de Jerónimo de Ayanz realizada en 1602 en Valladolid, en aguas del Pisuerga, ante Felipe III.

A finales del siglo XVIII apareció la máquina que hoy nos visita. En el cuarto número del Memorial literario o Biblioteca periódica de ciencias, literatura y artes, de 1801, podemos leer la siguiente descripción de un experimento singular:

Hace muchos siglos que se trabaja en buscar una máquina propia para bajar al fondo de las aguas, y conservar la facultad de respirar en ellas pero ninguna de las que hasta ahora se han inventado ha podido llenar completamente este objeto. (…) El señor Klingert de Breslau ha publicado la descripción de una máquina que él mismo ha inventado y con la cual se ha logrado penetrar hasta 20 pies de profundidad en el río Óder, a la vista de una multitud de gente. Parece que con este aparato la persona pudo caminar y respirar libremente en el fondo del agua, y aún logró serrar el tronco de un árbol que estaba en el fondo del río, y atarle varias cuerdas, con las que se le pudo sacar, como igualmente varias cosas de peso. Esta máquina debe ser de gran utilidad, sobre todo para socorrer a los infelices que naufragan en los puertos.


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Máquina de Klingert. Fuente.

La cosa no pasó de aquella muestra de ingenio, todavía quedaban décadas para que se desarrollara la tecnología de buceo de forma práctica. Sin embargo, el experimento, llevado a cabo en 1797, llama la atención tanto por quién lo realizó como por los medios utilizados. La máquina estaba compuesta por un casco metálico cilíndrico unido a un forro de cuero con mangas y pantalón que se ajustaban al cuerpo de tal forma que se impedía la entrada de agua. Los brazos y piernas quedaban libres para poder trabajar en inmersión. Tenía dos tubos conectados al cilindro, uno para aspiración de aire limpio bombeado desde el exterior y otro para expulsar aire viciado. Se completaba el conjunto con un depósito intermedio de aire regulado a voluntad por el operador a través de una válvula.

La persona que ideó todo aquello fue un mecánico polaco nacido en 1760 llamado Karl Heinrich Klingert. El tipo era de lo más habilidoso, su fama como genio de la mecánica cruzó fronteras y le garantizó recibir encargos singulares. Además de su interés por el buceo, dedicó esfuerzos y dinero (no tenía patrocinadores y, por tanto, financiaba sus propios inventos) a conseguir diversos tipos de prótesis mecánicas para ayudar a discapacitados.

La era de los médicos electricistas

Aproximadamente entre 1880 y 1920, coincidiendo con el impulso que Tesla y D´Arsonval le dieron al asunto, la electricidad pasó a ser algo así como el método de moda, tanto en diagnosis como en terapéutica, en la ciencia média. Al leer tratados de electroterapia de la época, antes de que los rayos X y el uso del radio se convirtieran en la nueva ola a seguir, llama la atención cómo se mencionaba a los “médicos electricistas”. No es que fueran médicos que, a la vez, trabajaran de electricistas, ni mucho menos, sino que se conoció como tales a los galenos que empleaban medios eléctricos en su trabajo1.

Sin ánimo de ser minucioso, pues el tema daría como para una enciclopedia, he creído de interés mostrar algunos de los artilugios, realmente curiosos muchos de ellos, que fueron empleados en la edad de oro de la electroterapia. He aquí un pequeño repaso a la tecnología de aquellos médicos electricistas.

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Ducha de Baraduc, unida a un generador de electricidad estática, se utilizó en el tratamiento de neurosis, parálisis y cefalopatías.

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Una dulce ola de muerte

Estaba hace un rato leyendo un artículo sobre biofísica del movimiento de las bacterias cuando he chocado con un dato que tenía pendiente comentar hace tiempo1. No habrá que demorarlo más pero, antes veamos cómo define “melaza” el diccionario de la Real Academia Española:

Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha.

Ahora, intentemos imaginar cómo sería nadar en un mar de melaza. Sólo de pensarlo causa angustia. Por suerte no es algo usual, aunque no imposible, tal como descubrieron los ciudadanos del barrio de North End, en Boston, el 15 de enero de 1919, día en que sucedió el desastre de la melaza. Todo comenzó en este aparentemente inofensivo lugar donde, como puede verse en la fotografía, existía un gran depósito de muy dulce contenido.

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Vista del depósito de melaza antes del desastre.

En esa época el edulcorante más utilizado en medio mundo era la melaza, además de ser utilizada para la obtención de etanol destinado a bebidas espirituosas. El gran depósito de melaza de la Purity Distilling Company situado en el 529 de Commercial Street en North End tenía una capacidad máxima de 8.700 m3. Con 15 metros de altura y casi 30 metros de diámetro, el gigante de metal dominaba toda la avenida, mientras se desarrollaba a su alrededor la ajetreda vida del barrio. Tras unas jornadas realmente heladoras, la temperatura se había moderado y parecía que iba a ser un buen día, pero todo se torció de repente.

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Trágica imagen del desastre de la melaza de 1919.

Era poco más de mediodía cuando el gran depósito comenzó a rugir con furia. Los remaches saltaron como balas y las planchas de metal cedieron bajo una inmesa presión. Una gran riada sorprendió a las gentes de North End. No era una inundación usual, no era agua, ni siquiera barro, ¡era melaza! El pegajoso y dulzón fluido avanzó arrasando casas, calles y vías de ferrocarril a una pasmante velocidad de unos 56 kilómetros por hora con una ola de avance que alcanzó un máximo que superaba los siete metros de altura. La lengua mortal de melaza atrapó a gran número de personas, caballos y perros.

Una vez en ella, era muy difícil escapar. El depósito, que al parecer tenía varios defectos de construcción y mantenimiento, no había podido soportar la presión de los gases de fermentación que acumulaba en su interior. La inundación de melaza se dejó sentir durante más de medio año, tiempo en el que un ejército de cientos de operarios trató de eliminar el manto pegajoso de las calles. Junto con un gran número de heridos, fallecieron 21 personas, muchas de ellas ahogadas en melaza, en medio de escenas horribles de pobres gentes agotadas, luchando desesperadamente por escapar de la ola de pegamento en que se había convertido el contenido del depósito.

Se trató de uno de los sucesos catastróficos más inusuales de la historia, si acaso rivalizando con la inundación de cerveza de Londres de 1814.
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1 Nadar en melaza. Jabr, Ferris. Investigación y Ciencia, Junio 2014 – Nº 453.

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Nikola Trbojevich, el genial sobrino de Nikola Tesla

Puede que su parentesco con el gigante que fue Nikola Tesla sea el motivo por el que Nikola Trbojevich es citado en muchos lugares, pero que no nos engañe el prejuicio, porque se trató de alguien digno de mención por méritos propios. Es más, muchos de sus ingenios nos acompañan a diario, mientras viajamos en coche, autobús o similar. Veamos de forma breve quién fue Nikola Trbojevich.

Angelina Tesla, nacida en 1850 y hermana de Nikola Tesla, se casó con el pastor de la iglesia ortodoxa serbia Jovo Trbojević y pasó a llamarse Angelina Trbojević (o Trbojevich, según grafía occidentalizada). Nikola Trbojevich, uno de los hijos de ese matrimonio y, por tanto, sobrino de Nikola Tesla, nació en 1886 en una localidad croata y falleció en Los Ángeles el 2 de diciembre de 1973. Es considerado como uno de los expertos en sistemas de transmisión de movimiento por engranajes más importantes de la historia. Inventor y matemático, con decenas de patentes en su haber, Nikola Trbojevich tuvo con su tío varios caminos en común, tanto en su aventura americana como en su pasión por la tecnología.

Su más genial invento fue un tipo de engranaje hipoide perfeccionado, que data de los años veinte, muy utilizado sobre todo en vehículos industriales de tracción trasera. Ese fue sólo uno de los muchos diseños mecánicos de Trbojevich que más tarde encontraron acomodo en todo tipo de vehículos a motor, así como máquinas para construir y mantener complejos sistemas de transmisión de movimiento que todavía hoy se utilizan de forma común. Pero sus intereses científicos iban mucho más allá, como demuestra su última patente, de 1967, destinada a describir un tipo muy particular de reactor nuclear pensado para mover vehículos espaciales, aviones y hasta coches.

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Uno de los gráficos de la patente sobre un reactor nuclear de Trbojevich .

Graduado como ingeniero en 1911 en Budapest, tras trabajar en una compañía telefónica húngara, viajó a Chicago para ocupar un puesto en la Western Electric Company, donde continuó sus estudios centrándose en la matemática de los sistemas de transmisión por engranajes, pasión que no le abandonó nunca. En 1921, año en el que se casó con Alice Hood, ya había pasado a vivir en Detroit, donde se convirtió en un cotizado ingeniero consultor independiente. Sus patentes de ingenios mecánicos para la industria del automóvil tuvieron mucho éxito comercial. El matrimonio Trbojevich cambió su apellido a otro más digerible en su entorno, pasando a conocerse como Terbo, por lo que muchas veces pueden verse documentos en los que nuestro protagonista atiende al nombre de Nicholas J. Terbo.

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208 páginas
Te encuentras en Tecnología Obsoleta,
blog editado por Alejandro Polanco Masa.



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