Ya disponible “Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros”

libro_1El librerías y Amazon tardará unos días en estar disponible. Sin embargo, para todas aquellas personas que quieran mi nuevo libro antes de Reyes, la editorial Glyphos Publicaciones ha abierto ya la venta. Así que, si lo quieres tener para regalo, o para disfrutarlo, en estas fiestas, visita la ficha de compra. ¡No lo dejes para última hora! Ficha de compra.

Por cierto, he aquí el índice definitivo.

Según haya más novedades, iré avisando. ;-)

Mi libro “Made in Spain” ya tiene portada…

Están siendo unos días de no parar, de ir de acá para allá y de no tener ni un respiro. Mientras tanto, “Made in Spain, cuando inventábamos nosotros” entra en recta final. Llevo preparando este libro cerca de una década, será una criatura muy especial.

En unos días podré presentar el índice definitivo, con algunas incorporaciones de última hora y ciertos capítulos que se han caído. En total más de 400 páginas dedicadas a la invención en España, sobre todo en esa apasionante época que fue el cambio de siglos entre el XIX y el XX. Antes de que acabe el año espero que esté ya a la venta. Mientras tanto… he aquí la portada del libro.

Ah… como juego, ¿qué patentes o inventos aparecen en la portada a modo de blueprint? ;-)

portada_MDE_2

Las pilas de Ramón Gabarró y el origen de Duracell

Como vengo comentando los últimos días, estoy dando los toques finales a mi nuevo libro: Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros. La cosa está siendo laboriosa, son muchos personajes, muchos inventos, muchos datos y es que, condensar más de diez años de investigación en un solo libro, por muchas páginas que tenga, no es tarea sencilla. Si todo sale bien, a partir de la semana que viene se podrá reservar durante unos días en condiciones ventajosas y con alguna que otra sorpresa. Más tarde, ya con precio y condiciones normales, estará disponible en librerías, Amazon y en la web de la editorial, Glyphos Publicaciones.

Estaba, precisamente ahora, repasando un dato curioso que es una incorporación de última hora al libro. Lo citaré por encima, no me resisto a ello. Un inventor catalán llamado Ramón Gabarró, un tipo genial, patentó a finales del siglo XIX diversos sistemas para mejorar el cierre de botellas y, además, ideó un tipo de pila eléctrica muy especial. Las patentes de la pila seca de Gabarro pueden consultarse en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas, y también en otros países. Por ejemplo, fue patentada en los Estados Unidos en 1893 (US503415) a modo de concesión y, he ahí que ese detalle es el que dio lugar a una historia muy curiosa.

Resulta que Ramón Gabarró probó su sistema de alimentación de tranvías con baterías en el París de 1894, y se cuenta que hizo lo propio, o al menos esa era su intención, en Londres. Para su desgracia, se vio en medio de las agitaciones políticas de la época y decidió regresar a su querida Barcelona. De sus flamantes pilas y baterías poco más se supo, quedaron en el olvido. A principios del siglo XX volvió a aparecer en prensa, cuando realizó pruebas de un sistema para enviar correo a gran velocidad utilizando una especie de torpedo suspendido de una línea eléctrica. Las pruebas realizadas en Madrid fueron un éxito, pero la cosa no fue a más.

Bien, volvamos a la patente estadounidense para pilas secas de Ramón Gabarró. Esa patente muestra una pila compacta de construcción robusta y barata (utilizaba compuestos de zinc y sulfato de mercurio entre otros) que luce como se ve en la siguiente ilustración.

pila_gabarro

Salvo las pruebas llevadas a cabo con tranvías y automóviles no se hizo caso de las pilas de Gabarró. Y, así, durmieron en el olvido hasta que el 21 de mayo de 1946 esa patente es citada en el trabajo de Samuel Ruben que dio como resultado su patente US2606941 para baterías. Mmmmm, vale, ¿y qué tiene eso de interesante? Pues, ni más ni menos, que el tal Samuel Ruben no era un cualquiera. Especialista en electrónica y electroquímica, desarrolló a principios de los cuarenta las pilas “botón” de mercurio y, sorpresa, gracias a su experiencia en la creación de nuevos tipos de batería y pilas secas decidió fundar, junto con Philip Mallory, una empresa que con el tiempo ha pasado a llamarse Duracell International. Finalmente, aunque fuera casi como un fantasma, el eco de la tecnología de Ramón Gabarró de pilas secas encontró a alguien a quien sirvió de inspiración.

Gabriel Bereau y su violín eléctrico

Recuerdo que, gracias a la magia radiofónica de Ramón Trecet, me fascinó allá a principios de los noventa un tipo genial con un violín eléctrico que atendía al nombre de Ed Alleyne-Johnson. El apunte de hoy también va de violines modificados, solo que de forma mucho más radical. Lástima no tener a mano un registro de cómo sonaba, porque simplemente contemplando el artilugio no imagino cómo podría resultar la experiencia. He aquí el modelo de violín eléctrico que Gabriel Bereau presentó al mundo en 1928… y nunca más se supo del mismo (no he logrado encontrar referencias a la máquina posteriores a 1930 que empujen a pensar que tuviera algún éxito).

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El violín “robot” de Gabriel Bereau. (Mundo Gráfico, 18 de abril de 1928. Biblioteca Nacional).

Los ingenieros franceses Bereau y Aubry mostraron entonces una máquina extraña que no tuvo más recorrido que el de la propia anécdota pero que llama la atención por su original planteamiento. No era un violín eléctrico como tal se entendieron posteriormente varios modelos de violín preparado, sino más bien un “robot” que tocaba música con un violín convencional. La siguiente imagen muestra el mecanismo de dedos artificiales y brazo motor para animar el arco sobre un violín de toda la vida.

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Mecanismo del artilugio de Bereau. (Mundo Gráfico, 18 de abril de 1928. Biblioteca Nacional).

El planteamiento técnico partía de un violín normal y corriente fijado a un eje basculante sobre el que actuaba un sistema de dos brazos, uno controlaba el arco y el otro varias láminas metálicas a modo de dedos. Se comenta en la prensa de la época que incluso podía mostrar una riqueza de timbre y color similar a la de un instrumentista humano (eso habría que haberlo visto o, mejor dicho, escuchado, porque la cosa tiene miga). Las partituras debían introducirse por medio de algún sistema de codificación, aunque no queda claro cómo se hacía, supuestamente del mismo modo en que se programaban las pianolas de la época, con discos o cilindros metálidos perforados. Se realizaron pruebas públicas en París, con cierto éxito, pero la pista del invento desaparece al poco. El desarrollo de este violín eléctrico se llevó por delante dos décadas de trabajo, según comentaban los ingenieros. Una pena que no haya llegado un eco mayor del mismo hasta nuestros días.

Los soldados invisibles de Hilario Omedes

Allá por los años 1932 y 1933 causó cierto revuelo en la prensa española una pretendida invención presentada por Hilario Omedes, del que se decía que era ingeniero. Nunca más se supo del caso, pero los titulares eran tan llamativos que sorprenden. Así, por ejemplo, en el Heraldo de Madrid del sábado 26 de noviembre de 1932 aparece la noticia en estos términos: Un ingeniero español inventa una coraza que hace invisibles las unidades de un ejército combatiente. Don Hilario Omedes basa su descubrimiento en el mimetismo. Un cañón dotado de placa invisible no sería advertido por el enemigo ni a doscientos cincuenta metros de distancia.

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Dibujo de Hilario Omedes sobre su invento. Mundo Gráfico, 11-1-1933. Biblioteca Nacional.

El inventor, que al parecer había sido militar anteriormente, proponía dotar a las tropas de algo así como escudos miméticos capaces de hacer que unidades completas de combate se confundieran con el paisaje (no fue el primero, ni el último, en proponer tal cosa, ha habido patentes de sistemas que pretendían lo mismo a lo largo de todo el siglo XX). Ahora bien, camuflar un ejército entero ante las narices del enemigo tiene su miga, por mucho escudo mimético que se le añada. Omedes nunca describió con detalle su invención y, hasta donde he podido averiguar, no hay disponibles patentes de este ingenio en concreto. En la prensa se mencionaba que incluso podrían esconderse grandes piezas de artillería de los ataques aéreos. ¿Fantasía o invento práctico? Sea como fuere, el inventor se atrevía a dar algunos detalles de su tecnología. En Mundo Gráfico, el 11 de enero de 1933, comentaba:

[La idea se me ocurrió] estudiando el mimetismo de los insectos, o sea, su confusión con el medio para evitar el ataque de sus enemigos naturales. (…) No me es posible revelar el fundamento científico de la coraza invisible, porque ello equivaldría a divulgar un dispositivo cuya principal importancia radica en el secreto; solamente para satisfacer la natural curiosidad de toda información, le diré que el índice de refracción de la substancia de que se halla recubierta la coraza hace que ésta se comporte como un placa invisible, desapareciendo para todo observador y de una manera virtual cuantas personas o cosas se coloquen en su parte posterior. (…) Tengo la seguridad del resultado porque ya está experimentado de antemano, primero en pequeño, con una maqueta de unos 20 centímetros, y después con el aparato plegable que ha de examinar la Escuela Central de Tiro, con el que a 250 metros desapareció el tirador y no pudimos distinguirle ni con el auxilio de los más poderosos gemelos prismáticos.

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blog editado por Alejandro Polanco Masa. Cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Autor de Herejes de la Ciencia, Crononautas, El viaje de Argos y Made in Spain.



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