Mi novela, “El viaje de Argos”, disponible en papel

Hoy ha salido a la venta la edición en papel de mi novela “El viaje de Argos”, que vio la luz hace dos años en forma de e-book. Editada por Glyphos Publicaciones, nace en papel con una portada muy especial que ha realizado el gran Alfonso Azpiri. Tiempo habrá más adelante para comentar detalles sobre esta edición. Sirva esta pequeña nota como simple anuncio de la buena noticia.

Más información: www.elviajedeargos.com

el_viaje_de_argos_alejandro_polanco_ilustracion_de_azpiriUna gran aventura entre la ciencia ficción y la novela histórica.

Desde antiguo un enigmático astro llamado Argos siembra la atmósfera con una substancia muy especial. Sólo un pequeño grupo de sabios sabe cómo recolectar y emplear esa esencia de los cielos que permite la vida eterna.

Pero en pleno auge de la Roma imperial, un desastre sacude a la hermandad de sabios. Desperdigados por el mundo y sin los conocimientos necesarios para mantener la inmortalidad, vagarán sin rumbo, condenados al olvido.

Hasta que en el siglo XXI una inquieta historiadora, Irene Abad, descubre un antiguo mapa que, sin saberlo, conduce hasta el peligroso secreto que los Hijos de Argos han perseguido durante dos milenios.

El Frankenstein de Zehnder

Hoy nos visita una fotografía muy especial, una imagen que tiene reservado un espacio singular en la historia de la ciencia y la tecnología. He aquí al Frankenstein de Zehnder…

Zehnder_rayos_X

Lo de Frankenstein es una licencia que me he tomado porque, a fin de cuentas, la imagen fue realizada con exposiciones de cinco a quince minutos a rayos X sobre diversas partes del cuerpo de varias personas. En concreto, lo que ahí se ve es la primera imagen de un cuerpo humano completo visto a través de rayos X o, mejor dicho, un mosaico de nueve tomas.

Fue realizada en agosto de 1896 por Ludwig Zehnder, ayudante de Röntgen, que el año anterior había descubierto los rayos X. Al principio pocos científicos creyeron que aquellos rayos misteriosos fueran algo real, a fin de cuentas las primeras noticias que llegaban de periódicos eran poco menos que increíbles y muchos todavía no habían leído el artículo de Röntgen titulado “Sobre un nuevo tipo de rayos, comunicación preliminar”, una obra maestra de la literatura científica, ejemplo sencillo y directo de comunicación acerca de una investigación.

El 5 de enero de 1896 apareció una primera mención en prensa en un periódico de Viena. El tema era tan asombroso que a mediados de ese mismo mes ya había aparecido en el New York Times. El caso de los rayos que penetraban la materia e impresionaban las placas fotográficas había dado la vuelta al mundo, para pesabumbre del propio Röntgen. Los periódicos no hacían más que publicar imágenes obtenidas con la todavía innominada radiación, pero no iban mucho más allá del divertimento. Para el científico alemán aquello no tenía gracia, le preocupaba descubrir la naturaleza de lo descubierto, no convertirlo en un espectáculo circense.

En pocos meses proliferaron las máquinas de rayos X, sobre todo las construidas por fotógrafos. Los artículos científicos pronto despejaron las dudas, aquello era real. Una fiebre se despertó por todo el planeta, se pensó en utilizar la novísima radiación para todo y, claro está, el pobre Röntgen, amante de la tranquilidad y de un estilo de vida metódico y alejado de la algarabía no hacían más que darle la lata. Pese a todo, no se apartó de su rutina diaria y continuó con sus investigaciones como si nada hubiera sucedido. Rechazó las ofertas para dar conferencias, salvo en algún caso puntual, y apenas si respondía a alguna de las cartas que le llegaban. No pudo librarse, sin embargo, de dar cierto discurso. En 1901 le fue concedido el primer Premio Nobel de física de la historia. Cabe decir que el dinero del premio fue donado por Röntgen al departamento de física de la Universidad de Würzburg, para que fuera utilizado en investigación y becas. En ese lugar han administrado tan admirablemente esos dineros que, a día de hoy, todavía se utilizan los intereses con los mismos fines1.

Imagen: History of Photography / Deutsches Museum, Munich.

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1 Al menos hasta el 96 era así y supongo que lo seguirá siendo. Véase: El descubrimiento de los rayos X, por Graham Farmelo. Investigación y Ciencia, enero 1996.

Viaje tridimensional al interior de los invertebrados

mqdefaultAcabo de cruzarme con una colección de vídeos realmente apasionante. Se trata del canal en YouTube de Javier Alba-Tercedor, del Departamento de zoología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada. Anoté la referencia en una nota que leí en un número de Investigación y Ciencia, pero hasta ahora no había echado un vistazo.

Lo novedoso aquí es la técnica empleada, un tipo de aplicación de la tomografía de rayos X que permite crear reconstrucciones tridimensionales navegables de gran detalle del interior de invertebrados. Así, utilizando técnicas de micro y nanotomografía (con resoluciones de 1 y 0,1 micras por pixel respectivamente), se puede explorar el mundo interno de todo tipo de pequeños organismos sin que valiosos ejemplares sean troceados ni diseccionados en el sentido clásico de la palabra. La potencialidad de esta tecnología va más allá de la didáctica, que ya de por sí es impresionante, porque su uso se extiende a la investigación morfológica y fisiológica más allá de lo imaginado hasta ahora.

El coche de aire líquido de Tripler

El viernes pasado, aprovechando una visita para una investigación en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas en la calle Panamá de Madrid1, me desvié un poco de mi objetivo para revisar una patente a la que tenía ganas de hincar el diente desde hacía tiempo2. El solicitante de esa patente era un norteamericano singular con una curiosa, y un tanto alocada, historia detrás. He aquí un esbozo biográfico acerca de Charles Eastman Tripler, el mago del aire líquido.

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Tripler en su laboratorio.

Al comprimir y enfriar el aire, éste se vuelve líquido. Naturalmente la mezcla gaseosa de nitrógeno y oxígeno con tropezones de gases nobles que respiramos, requiere de mucha energía para dar ese salto y, para esa labor, se han diseñado todo tipo de ingeniosos sistemas que hincan sus raíces en el siglo XIX. Ahora bien cierto personaje que vivió en el Nueva York de principios del siglo XX pretendió haber encontrado una forma de licuar el aire con un aporte energético despreciable. Vendría a ser algo así como un modo de exportar la obsesión humana por el movimiento perpetuo al campo del aire líquido3. El poblema no era que las máquinas de Tripler no funcionaran, porque posiblemente cumplían muy bien su cometido, sino que el propio inventor afirmó que era capaz de hacer que los compresores se movieran gracias al propio aire líquido generado en una especie de circuito cerrado.

Charles Eastman Tripler nació en Nueva York el 10 de agosto de 18494. Desde temprano mostró un interés por las máquinas que le llevó a diseñar automóviles animados por gas a presión, en principio utilizó gases de amoniaco pero pronto volvió su atención al aire líquido. La otra obsesión de Tripler era el ciclo cerrado, esto eso, lograr una máquina que se moviera sin fin por medio del uso de una cantidad limitada de gas, en un ciclo infinito. El que un coche se pueda mover con aire líquido no era cosa imposible, pero que ese mismo aire genere su propia energía es ir más allá de lo fantástico.

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Recorte de “La Energía eléctrica”. 1899, número 1, página 3. Biblioteca Nacional.

La tenacidad de Tripler no tenía límites. Dedicó más de dos décadas de su vida a perfeccionar su máquina para licuar aire. Al parecer, funcionaba bastante bien, pero de ciclo cerrado nada de nada. Otro punto a su favor fue su diseño de un motor de aire líquido para automóviles. No era mala idea tampoco, pero el sistema necesitaba recarga, como es lógico, algo que a Tripler no le hacía gracia. Realmente no quedó nunca claro si se creía su propia ilusión o era un simple estafador. Empeñado en luchar contra la evidencia y la termodinámica, experimentó con todo tipo de gases, incluso con cloro, óxido de nitrógeno, dióxido de carbono y hasta etileno. Licuó todo tipo de gases, pensó en usar la energía solar como fuente de energía en el proceso y, además, perfeccionó sus compresores para llegar a una eficiencia no vista hasta entonces. Pero nada era suficiente, el objetivo final del ciclo cerrado de aire líquido, una máquina autoalimentada estaba cerca, o eso pensaba.

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Máquina para licuar el aire de Tripler.

Mientras llegaba su gran descubrimiento, el inventor decidió crear su propia compañía destinada a fabricar a escala industrial aire líquido. La Tripler Liquid Air Company5, como fue llamada, quería convertirse en el líder mundial en su campo, superando en tecnología a cualquier otro que basara su sistema para licuar aire en los añejos modelos de Linde y similares. La realidad era otra distinta. Hacia el cambio de siglo, en un pequeño laboratorio de Nueva York, pasaba las horas Tripler realizando demostraciones espectaculares con aire líquido, cuya expansión movía un motor que dejaba a los inversores con la boca abierta, tanto como la cartera, de donde salían los dólares que financiaban aquel sueño imposible. Poco duró aquella aventura, pues Tripler falleció en 1906 a causa de la que por entonces se conocía como enfermedad de Bright.

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Experiencias en el laboratorio de Tripler.

En la publicidad de la empresa de Tripler se afirmaba que la energía del futuro era el aire líquido. Muchos no se preguntaban de dónde salía el aire y la energía necesaria para licuarlo, porque los experimentos eran tan asombrosos que se les nublaba la mente. Tripler escribió sobre naves aéreas, barcos, locomotoras y hasta aparatos domésticos movidos con aire líquido. Curiosamente, aunque los sueños de Tripler no llegaron muy lejos, en esa misma época pudo verse circular una serie de vehículos animados por aire líquido. No eran muy prácticos, pero tenían su encanto. Pronto se pensó en usar aire a presión como propulsor, algo más sencillo de manejar que el aire líquido pero, claro está, menos espectacular. De aquellos intentos de explotar el aire líquido para mover máquinas poco quedó, sólo sombras de un futuro que nunca existió.

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Automóvil con motor de aire líquido de la The Liquid Air Co., hacia 1900.

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Esquema técnico del coche con motor de aire líquido de la The Liquid Air Co.

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1 El archivo histórico está situado en el edificio de Industria, no en las oficinas de la OEPM. Quiero expresar mi agradecimiento por la amabilidad de los miembros del archivo y por su encomiable labor.
2 Expediente número 25932, “Un aparato para liquidar el aire atmosférico”, de Charles Eastman Tripler, fechado el 3 de mayo de 1900.
3 Véase Perpetual Motion: The History of an Obsession, por Arthur W. J. G. Ord-Hume. Adventures Unlimited Press, 1977.
4 Véase Liquid Air And The Liquefaction Of Gases, de Sloane, T. O’Conor. 1919.
5 Véase el catálogo de la empresa para 1900.

Un gigantesco monumento a Colón para Madrid

Este mes de octubre aparece publicado en la revista Historia de Iberia Vieja un artículo en el que he querido recordar la figura del gran ingeniero Alberto de Palacio. Repaso ahí algunas de sus grandes obras, como el puente de Vizcaya o el Palacio de Cristal del Retiro y la Estación de Atocha en Madrid. Lo que nos visita hoy es un fragmento de ese artículo en el que menciono dos de los proyectos que Alberto de Palacio tenía en mente y que, de haberse llevado a cabo, hubieran cambiado la estampa madrileña por completo.

En la mente de Alberto de Palacio bullían grandes ideas que, de haberse materializado en la realidad, le hubieran convertido en un ingeniero y arquitecto de fama equiparable a la de Eiffel. Nos quedan sus estudios sobre grandes proyectos, como el imponente Monumento a Alfonso XIII, de principios del siglo XX. Imaginemos un gran palacio rodeado de imponentes jardines y flanqueado por una inmensa rotonda que se situaría en medio de la Castellana, aproximadamente donde ahora se encuentra la pétrea mole de Nuevos Ministerios. Tal y como se mencionaba en “La construcción moderna”, edición del 30 de enero de 1918, la obra parecía algo inminente dentro del marco del proyecto de prolongación del Paseo de la Castellana:

“Se llevarán a cabo las obras relativas al Monumento de Alfonso XIII y al cerramiento del parque del mismo nombre. El grandioso monumento y sus accesorios, constituidos por obras de escultura y jardinería envolventes del mismo, ocuparán un espacio circular perfecto de 200 metros de diámetro. Este espacio circular decorativo estará rodeado por dos trozos de paseo, que servirán de empalme al actual de la Castellana con la prolongación proyectada. El referido monumento estará constituido por un basamento, una gran puerta de ingreso sobre cuya parte superior destacará la estatua ecuestre de Alfonso XIII y que servirá de coronamiento. Una fuente monumental de gran altura formada por cuatro inmensas cascadas que semejarán bóvedas acrisoladas de forma parabólica, que producirán variadísimos efectos cuando estén bañadas por los rayos solares. Un gran salón para recepciones y conciertos rodeado de balcones y galerías de costales con vistas en todas las direcciones y, finalmente, como remate del monumento, una elegante bóveda sobre la que flotará una bandera española. Las obras anejas al monumento serán grupos escultóricos, formados por reyes y personajes célebres rodeados de espléndidos jardines.”

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El proyecto de Monumento a Colón, idealizado por Scientific American.

Sin duda el Madrid monumental hubiera sido muy diferente del actual de haberse llevado a cabo el proyecto mencionado pero aquello sólo era un simple aditamento comparado con el gran sueño de Alberto de Palacio. De haberse construido, hoy Madrid contaría con algo único en el mundo que podría rivalizar con la torre Eiffel, aunque según se mire, el abigarrado diseño final puede que fuera demasiado arriesgado, por decirlo de forma suave. Me refiero al gigantesco Monumento a Colón, de 1891, pensado para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de Cristóbal Colón. El proyecto fue premiado en un concurso internacional en Chicago. El emplazamiento original para ser construido debía ser el Retiro, junto con el Palacio de Cristal.

Veamos, describir el Monumento a Colón de Alberto de Palacio no es sencillo pues sus dimensiones son ciertamente desconcertantes. Imaginemos una gigantesca esfera a modo de globo terráqueo de metal con 200 metros de diámetro situada en lo alto de una torre de un centenar de metros. En lo alto, para culminar más de 300 metros de altura, aparecería una reproducción a tamaño natural de la carabela Santa María. En la base, una ciclópea estatua de Cristóbal Colón sería acompañada de otras estatuas monumentales y bellos jardines. En lo alto de la esfera, recorriendo su ecuador, un paseo visitable se hubiera convertido en la atracción más sobresaliente de Madrid. El interior del monumento estaría repleto de salas de exposiciones, auditorios y una proyección móvil de la esfera celeste. ¿Un proyecto imposible? Pudiera ser, pero los cálculos estructurales del ingeniero invitan a pensar que hubiera sido factible, eso sí, no imagino el coste que hubiera tenido semejante monstruo, aunque Palacio lo estimó en 31 millones de pesetas de la época, coste que pretendía amortizar con relativa rapidez gracias al cobro de entradas para visitar tan increíble monumento.

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blog editado por Alejandro Polanco Masa.



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