La era de los médicos electricistas

Aproximadamente entre 1880 y 1920, coincidiendo con el impulso que Tesla y D´Arsonval le dieron al asunto, la electricidad pasó a ser algo así como el método de moda, tanto en diagnosis como en terapéutica, en la ciencia média. Al leer tratados de electroterapia de la época, antes de que los rayos X y el uso del radio se convirtieran en la nueva ola a seguir, llama la atención cómo se mencionaba a los “médicos electricistas”. No es que fueran médicos que, a la vez, trabajaran de electricistas, ni mucho menos, sino que se conoció como tales a los galenos que empleaban medios eléctricos en su trabajo1.

Sin ánimo de ser minucioso, pues el tema daría como para una enciclopedia, he creído de interés mostrar algunos de los artilugios, realmente curiosos muchos de ellos, que fueron empleados en la edad de oro de la electroterapia. He aquí un pequeño repaso a la tecnología de aquellos médicos electricistas.

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Ducha de Baraduc, unida a un generador de electricidad estática, se utilizó en el tratamiento de neurosis, parálisis y cefalopatías.

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Una dulce ola de muerte

Estaba hace un rato leyendo un artículo sobre biofísica del movimiento de las bacterias cuando he chocado con un dato que tenía pendiente comentar hace tiempo1. No habrá que demorarlo más pero, antes veamos cómo define “melaza” el diccionario de la Real Academia Española:

Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha.

Ahora, intentemos imaginar cómo sería nadar en un mar de melaza. Sólo de pensarlo causa angustia. Por suerte no es algo usual, aunque no imposible, tal como descubrieron los ciudadanos del barrio de North End, en Boston, el 15 de enero de 1919, día en que sucedió el desastre de la melaza. Todo comenzó en este aparentemente inofensivo lugar donde, como puede verse en la fotografía, existía un gran depósito de muy dulce contenido.

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Vista del depósito de melaza antes del desastre.

En esa época el edulcorante más utilizado en medio mundo era la melaza, además de ser utilizada para la obtención de etanol destinado a bebidas espirituosas. El gran depósito de melaza de la Purity Distilling Company situado en el 529 de Commercial Street en North End tenía una capacidad máxima de 8.700 m3. Con 15 metros de altura y casi 30 metros de diámetro, el gigante de metal dominaba toda la avenida, mientras se desarrollaba a su alrededor la ajetreda vida del barrio. Tras unas jornadas realmente heladoras, la temperatura se había moderado y parecía que iba a ser un buen día, pero todo se torció de repente.

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Trágica imagen del desastre de la melaza de 1919.

Era poco más de mediodía cuando el gran depósito comenzó a rugir con furia. Los remaches saltaron como balas y las planchas de metal cedieron bajo una inmesa presión. Una gran riada sorprendió a las gentes de North End. No era una inundación usual, no era agua, ni siquiera barro, ¡era melaza! El pegajoso y dulzón fluido avanzó arrasando casas, calles y vías de ferrocarril a una pasmante velocidad de unos 56 kilómetros por hora con una ola de avance que alcanzó un máximo que superaba los siete metros de altura. La lengua mortal de melaza atrapó a gran número de personas, caballos y perros.

Una vez en ella, era muy difícil escapar. El depósito, que al parecer tenía varios defectos de construcción y mantenimiento, no había podido soportar la presión de los gases de fermentación que acumulaba en su interior. La inundación de melaza se dejó sentir durante más de medio año, tiempo en el que un ejército de cientos de operarios trató de eliminar el manto pegajoso de las calles. Junto con un gran número de heridos, fallecieron 21 personas, muchas de ellas ahogadas en melaza, en medio de escenas horribles de pobres gentes agotadas, luchando desesperadamente por escapar de la ola de pegamento en que se había convertido el contenido del depósito.

Se trató de uno de los sucesos catastróficos más inusuales de la historia, si acaso rivalizando con la inundación de cerveza de Londres de 1814.
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1 Nadar en melaza. Jabr, Ferris. Investigación y Ciencia, Junio 2014 – Nº 453.

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Nikola Trbojevich, el genial sobrino de Nikola Tesla

Puede que su parentesco con el gigante que fue Nikola Tesla sea el motivo por el que Nikola Trbojevich es citado en muchos lugares, pero que no nos engañe el prejuicio, porque se trató de alguien digno de mención por méritos propios. Es más, muchos de sus ingenios nos acompañan a diario, mientras viajamos en coche, autobús o similar. Veamos de forma breve quién fue Nikola Trbojevich.

Angelina Tesla, nacida en 1850 y hermana de Nikola Tesla, se casó con el pastor de la iglesia ortodoxa serbia Jovo Trbojević y pasó a llamarse Angelina Trbojević (o Trbojevich, según grafía occidentalizada). Nikola Trbojevich, uno de los hijos de ese matrimonio y, por tanto, sobrino de Nikola Tesla, nació en 1886 en una localidad croata y falleció en Los Ángeles el 2 de diciembre de 1973. Es considerado como uno de los expertos en sistemas de transmisión de movimiento por engranajes más importantes de la historia. Inventor y matemático, con decenas de patentes en su haber, Nikola Trbojevich tuvo con su tío varios caminos en común, tanto en su aventura americana como en su pasión por la tecnología.

Su más genial invento fue un tipo de engranaje hipoide perfeccionado, que data de los años veinte, muy utilizado sobre todo en vehículos industriales de tracción trasera. Ese fue sólo uno de los muchos diseños mecánicos de Trbojevich que más tarde encontraron acomodo en todo tipo de vehículos a motor, así como máquinas para construir y mantener complejos sistemas de transmisión de movimiento que todavía hoy se utilizan de forma común. Pero sus intereses científicos iban mucho más allá, como demuestra su última patente, de 1967, destinada a describir un tipo muy particular de reactor nuclear pensado para mover vehículos espaciales, aviones y hasta coches.

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Uno de los gráficos de la patente sobre un reactor nuclear de Trbojevich .

Graduado como ingeniero en 1911 en Budapest, tras trabajar en una compañía telefónica húngara, viajó a Chicago para ocupar un puesto en la Western Electric Company, donde continuó sus estudios centrándose en la matemática de los sistemas de transmisión por engranajes, pasión que no le abandonó nunca. En 1921, año en el que se casó con Alice Hood, ya había pasado a vivir en Detroit, donde se convirtió en un cotizado ingeniero consultor independiente. Sus patentes de ingenios mecánicos para la industria del automóvil tuvieron mucho éxito comercial. El matrimonio Trbojevich cambió su apellido a otro más digerible en su entorno, pasando a conocerse como Terbo, por lo que muchas veces pueden verse documentos en los que nuestro protagonista atiende al nombre de Nicholas J. Terbo.

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El monstruo de Ghisi

Al hilo del navío para desiertos ideado por Johannes Christian Bischoff hacia 1930, que nos visitó en TecOb hace algunos meses, me he cruzado hoy con un pariente cercano.

Ha sido repasando las hojas del catálogo 200 años de patentes (PDF), editado por la OEPM en 2011. La máquina de Bischoff podía recorrer los desiertos, o eso imaginaba él, con sus imponentes 60 metros de longitud. Hubiera sido una imagen impresionante, pero que palidece de haberse construido el monstruo ideado en 1870 por el italiano Giuseppe Ghisi, que vivía por aquella época en París.

En la patente española número 4702 pretendía llevar a la vida un gigantesco barco de vapor con 100 metros de eslora capaz de salir a tierra firme. El sistema de propulsión por palas de 25 metros se convertía entonces en un mecanismo de ruedas que permitía el uso anfibio. La cosa no pasó de la mesa de dibujo, en gráficos como el que aparece a continuación, de su patente estadounidense US103040-A.

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Los ingenios solares de Mouchot y Pifre

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se comenzó a experimentar de forma seria en la posibilidad de aprovechar la energía solar para fines prácticos. Muchos lo habían intentado antes, pero fue el ingeniero francés Augustin Mouchot uno de los primeros, sino el pionero fundacional de la energía solar, en lograr construir una máquina capaz de conseguir extraer energía del sol de forma práctica.

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Concentrador solar de Mouchot. Fuente.

En su deseo de lograr una energía alternativa económica a la tracción animal y al vapor originado en la combustión del carbón, Mouchot soñó con domar la radiación solar para calentar agua. De sus efuerzos nació en el verano de 1866 su primer colector solar. Con el paso de los años fue mejorando su aparato hasta llegar a su generador solar de vapor que fue presentado en la Exposición Universal de París de 1878. Para construir ese generador contó con la inestimable ayuda de un genial ingeniero que atendía al nombre de Abel Pifre, igualmente francés. La máquina fue un éxito, logrando premios y reconocimientos de todo tipo. Lamentablemente para los dos visionarios, ningún industrial se interesó por aquella tecnología, pero no todo estaba perdido, y Pifre pasó a diseñar un ingenio solar de lo más singular (véanse algunas de las patentes de Pifre, que van desde generadores de vapor portátiles para vehículos a motor hasta un modelo de ascensor que logró cierto predicamento).

En El Periódico para todos, edición del 6 de febrero de 1879, puede leerse lo siguiente acerca de las máquinas solares de Mouchot y Pifre presentes en la Expo de 1878:

Mouchot obtuvo como recompensa de sus estudios la cruz de la Legión de Honor y una medalla de oro. Se asoció al hábil ingeniero Abel Pifre, trabajador infatigable y sabio modesto. Ambos insisten con más ardor y fe que nunca en obtener los mayores resultados posibles de su generosa y trascendental empresa. (…) Se calcula que recibimos unas 17 calorías por minuto y metro cuadrado del sol, pero la atmósfera absorbe una parte más o menos grande, de modo que sólo se puede aspirar a recoger 10 calorías por minuto y por metro cuadrado, cuyo calor basta para elevar el litro de agua diez grados en un minuto. En Argel, con un espejo receptor de un metro cuadrado de superficie, utilizó el Sr. Mouchot, de Mayo a Junio, 7 calorías, y en 12 minutos hervía un litro de agua y producía 1.322 litros de vapor por hora. (…) En el recinto de la Exposición, al pie del Trocadero, se hicieron ensayos con un receptor de 24 metros cuadrados de superficie y 9 calorías por minuto y metro, o sea, 216 para todo el aparato. Unida al receptor estaba la caldera de hierro, que pesaba con sus accesorios 200 kilogramos y con capacidad de 100 litros de agua, o sea, 30 para la cámara de vapor y 70 para evaporar. El 2 de Septiembre se consiguió poner en ebullición 70 litros a la media hora, y el manómetro acusó una presión de 6 atmósferas. El 22 con 6,2 atmósferas, una bomba, movida por el vapor que daba el receptor, elevó 1.800 litros de agua por hora a la altura de 2 metros. El 29 de Septiembre, con siete atmósferas, se obtuvo un pedazo de hielo con la ayuda de un chorro de vapor lanzado a un aparato de amoniaco, produciéndose el curiosísimo resultado de hacer el hielo con el sol.

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La imprenta solar de Pifre. Fuente.

Abel Pifre se sintió defraudado ante el escaso interés que despertaron aquellos ingenios. El bajo precio del carbón era la excusa que solían poner los industriales a los que visitaba para proponerles invertir en generadores solares de vapor para usos comerciales. ¿Para qué molestarse en seguir al sol con complejos espejos cuando podemos tener energía barata procedente de la combustión del carbón? Sea como fuere, Pifre no se dio por vencido y, deseando mostrar las posibilidades se su tecnología, presentó su imprenta solar el 6 de agosto de 1882 en París. Dotado de un espejo cóncavo de 3,5 metros de diámetro, con caldera cilíndrica de vapor en el eje, el motor solar de Pifre fue capaz de mover en condiciones de nubosidad media durante toda la tarde una prensa de imprenta que alumbró cerca de quinientas copias de un periódico compuesto especialmente para la ocasión y que llevaba por título “El diario solar” (Journal du Soleil.). La demostración fue impecable y asombró a los presentes, pero ningún inversor se animó a apoyar a Pifre.

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Te encuentras en Tecnología Obsoleta,
blog editado por Alejandro Polanco Masa.



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