Mi libro “Made in Spain” ya tiene portada…

Están siendo unos días de no parar, de ir de acá para allá y de no tener ni un respiro. Mientras tanto, “Made in Spain, cuando inventábamos nosotros” entra en recta final. Llevo preparando este libro cerca de una década, será una criatura muy especial.

En unos días podré presentar el índice definitivo, con algunas incorporaciones de última hora y ciertos capítulos que se han caído. En total unas 500 páginas dedicadas a la invención en España, sobre todo en esa apasionante época que fue el cambio de siglos entre el XIX y el XX. Antes de que acabe el año espero que esté ya a la venta. Mientras tanto… he aquí la portada del libro.

Ah… como juego, ¿qué patentes o inventos aparecen en la portada a modo de blueprint? ;-)

portada_MDE_2

Las pilas de Ramón Gabarró y el origen de Duracell

Como vengo comentando los últimos días, estoy dando los toques finales a mi nuevo libro: Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros. La cosa está siendo laboriosa, son muchos personajes, muchos inventos, muchos datos y es que, condensar más de diez años de investigación en un solo libro, por muchas páginas que tenga, no es tarea sencilla. Si todo sale bien, a partir de la semana que viene se podrá reservar durante unos días en condiciones ventajosas y con alguna que otra sorpresa. Más tarde, ya con precio y condiciones normales, estará disponible en librerías, Amazon y en la web de la editorial, Glyphos Publicaciones.

Estaba, precisamente ahora, repasando un dato curioso que es una incorporación de última hora al libro. Lo citaré por encima, no me resisto a ello. Un inventor catalán llamado Ramón Gabarró, un tipo genial, patentó a finales del siglo XIX diversos sistemas para mejorar el cierre de botellas y, además, ideó un tipo de pila eléctrica muy especial. Las patentes de la pila seca de Gabarro pueden consultarse en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas, y también en otros países. Por ejemplo, fue patentada en los Estados Unidos en 1893 (US503415) a modo de concesión y, he ahí que ese detalle es el que dio lugar a una historia muy curiosa.

Resulta que Ramón Gabarró probó su sistema de alimentación de tranvías con baterías en el París de 1894, y se cuenta que hizo lo propio, o al menos esa era su intención, en Londres. Para su desgracia, se vio en medio de las agitaciones políticas de la época y decidió regresar a su querida Barcelona. De sus flamantes pilas y baterías poco más se supo, quedaron en el olvido. A principios del siglo XX volvió a aparecer en prensa, cuando realizó pruebas de un sistema para enviar correo a gran velocidad utilizando una especie de torpedo suspendido de una línea eléctrica. Las pruebas realizadas en Madrid fueron un éxito, pero la cosa no fue a más.

Bien, volvamos a la patente estadounidense para pilas secas de Ramón Gabarró. Esa patente muestra una pila compacta de construcción robusta y barata (utilizaba compuestos de zinc y sulfato de mercurio entre otros) que luce como se ve en la siguiente ilustración.

pila_gabarro

Salvo las pruebas llevadas a cabo con tranvías y automóviles no se hizo caso de las pilas de Gabarró. Y, así, durmieron en el olvido hasta que el 21 de mayo de 1946 esa patente es citada en el trabajo de Samuel Ruben que dio como resultado su patente US2606941 para baterías. Mmmmm, vale, ¿y qué tiene eso de interesante? Pues, ni más ni menos, que el tal Samuel Ruben no era un cualquiera. Especialista en electrónica y electroquímica, desarrolló a principios de los cuarenta las pilas “botón” de mercurio y, sorpresa, gracias a su experiencia en la creación de nuevos tipos de batería y pilas secas decidió fundar, junto con Philip Mallory, una empresa que con el tiempo ha pasado a llamarse Duracell International. Finalmente, aunque fuera casi como un fantasma, el eco de la tecnología de Ramón Gabarró de pilas secas encontró a alguien a quien sirvió de inspiración.

Gabriel Bereau y su violín eléctrico

Recuerdo que, gracias a la magia radiofónica de Ramón Trecet, me fascinó allá a principios de los noventa un tipo genial con un violín eléctrico que atendía al nombre de Ed Alleyne-Johnson. El apunte de hoy también va de violines modificados, solo que de forma mucho más radical. Lástima no tener a mano un registro de cómo sonaba, porque simplemente contemplando el artilugio no imagino cómo podría resultar la experiencia. He aquí el modelo de violín eléctrico que Gabriel Bereau presentó al mundo en 1928… y nunca más se supo del mismo (no he logrado encontrar referencias a la máquina posteriores a 1930 que empujen a pensar que tuviera algún éxito).

violin_electrico_1928_Gabriel_Bereau
El violín “robot” de Gabriel Bereau. (Mundo Gráfico, 18 de abril de 1928. Biblioteca Nacional).

Los ingenieros franceses Bereau y Aubry mostraron entonces una máquina extraña que no tuvo más recorrido que el de la propia anécdota pero que llama la atención por su original planteamiento. No era un violín eléctrico como tal se entendieron posteriormente varios modelos de violín preparado, sino más bien un “robot” que tocaba música con un violín convencional. La siguiente imagen muestra el mecanismo de dedos artificiales y brazo motor para animar el arco sobre un violín de toda la vida.

violin_bereau_interior
Mecanismo del artilugio de Bereau. (Mundo Gráfico, 18 de abril de 1928. Biblioteca Nacional).

El planteamiento técnico partía de un violín normal y corriente fijado a un eje basculante sobre el que actuaba un sistema de dos brazos, uno controlaba el arco y el otro varias láminas metálicas a modo de dedos. Se comenta en la prensa de la época que incluso podía mostrar una riqueza de timbre y color similar a la de un instrumentista humano (eso habría que haberlo visto o, mejor dicho, escuchado, porque la cosa tiene miga). Las partituras debían introducirse por medio de algún sistema de codificación, aunque no queda claro cómo se hacía, supuestamente del mismo modo en que se programaban las pianolas de la época, con discos o cilindros metálidos perforados. Se realizaron pruebas públicas en París, con cierto éxito, pero la pista del invento desaparece al poco. El desarrollo de este violín eléctrico se llevó por delante dos décadas de trabajo, según comentaban los ingenieros. Una pena que no haya llegado un eco mayor del mismo hasta nuestros días.

Los soldados invisibles de Hilario Omedes

Allá por los años 1932 y 1933 causó cierto revuelo en la prensa española una pretendida invención presentada por Hilario Omedes, del que se decía que era ingeniero. Nunca más se supo del caso, pero los titulares eran tan llamativos que sorprenden. Así, por ejemplo, en el Heraldo de Madrid del sábado 26 de noviembre de 1932 aparece la noticia en estos términos: Un ingeniero español inventa una coraza que hace invisibles las unidades de un ejército combatiente. Don Hilario Omedes basa su descubrimiento en el mimetismo. Un cañón dotado de placa invisible no sería advertido por el enemigo ni a doscientos cincuenta metros de distancia.

omedes
Dibujo de Hilario Omedes sobre su invento. Mundo Gráfico, 11-1-1933. Biblioteca Nacional.

El inventor, que al parecer había sido militar anteriormente, proponía dotar a las tropas de algo así como escudos miméticos capaces de hacer que unidades completas de combate se confundieran con el paisaje (no fue el primero, ni el último, en proponer tal cosa, ha habido patentes de sistemas que pretendían lo mismo a lo largo de todo el siglo XX). Ahora bien, camuflar un ejército entero ante las narices del enemigo tiene su miga, por mucho escudo mimético que se le añada. Omedes nunca describió con detalle su invención y, hasta donde he podido averiguar, no hay disponibles patentes de este ingenio en concreto. En la prensa se mencionaba que incluso podrían esconderse grandes piezas de artillería de los ataques aéreos. ¿Fantasía o invento práctico? Sea como fuere, el inventor se atrevía a dar algunos detalles de su tecnología. En Mundo Gráfico, el 11 de enero de 1933, comentaba:

[La idea se me ocurrió] estudiando el mimetismo de los insectos, o sea, su confusión con el medio para evitar el ataque de sus enemigos naturales. (…) No me es posible revelar el fundamento científico de la coraza invisible, porque ello equivaldría a divulgar un dispositivo cuya principal importancia radica en el secreto; solamente para satisfacer la natural curiosidad de toda información, le diré que el índice de refracción de la substancia de que se halla recubierta la coraza hace que ésta se comporte como un placa invisible, desapareciendo para todo observador y de una manera virtual cuantas personas o cosas se coloquen en su parte posterior. (…) Tengo la seguridad del resultado porque ya está experimentado de antemano, primero en pequeño, con una maqueta de unos 20 centímetros, y después con el aparato plegable que ha de examinar la Escuela Central de Tiro, con el que a 250 metros desapareció el tirador y no pudimos distinguirle ni con el auxilio de los más poderosos gemelos prismáticos.

Isidoro Cabanyes, un genio polifacético

Isidoro Cabanyes será uno de los protagonistas de mi próximo libro, Made in Spain: cuando inventábamos nosotros. Este texto corresponde a una versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, número 113 de noviembre de 2014.

Isidoro_CabanyesEl ministerio de Economía y Competitividad junto al de Defensa han publicado recientemente una monografía sobre el personaje que aquí nos ocupa. Se trata de un libro titulado Isidoro Cabanyes y las torres solares. Aprovechando esa venturosa edición y, recordando que hace ya bastante tiempo nos visitó fugazmente este genio olvidado cuando se trató el tema de las torres solares, creo llegado el momento de repasar someramente su figura. Cabanyes no sólo fue innovador adelantado a su tiempo en lo que respecta al uso de la energía solar y eólica, sino que fue un genio polifacético que, por desgracia, apenas es recordado.

Una vida entre el ejército y la ingeniería

La actividad inventiva de Cabanyes fue tan amplia que llama la atención, tanto por su gran número de intereses como por la originalidad de sus propuestas. Ingeniero armado con unos sólidos conocimientos matemáticos y físicos, llegó a patentar diversos tipos de generadores eólico-solares que se adelantaron un siglo a la aplicación práctica de esa tecnología que todavía hoy está dando sus primeros pasos. Igualmente, contribuyó decisivamente a la instalación del alumbrado eléctrico en Madrid y diseñó un innovador submarino que coincidió en el tiempo con el proyecto de Isaac Peral.

Comencemos pues el repaso a todas esas invenciones, avisando antes de iniciar el camino que no habrá descanso, tan densa fue la tarea creadora de Cabanyes que apenas si deja un respiro en su biografía para detenerse a tomar aire. Isidoro Cabanyes y Olcinellas, nacido en 1843 y fallecido en 1915, vino al mundo en el seno de una familia acomodada de Vilanova i la Geltrú. Con seguridad fue, precisamente, el ambiente familiar en el que creció el que le hizo llevar un doble camino a lo largo de toda su vida. La vida militar estaba arraigada entre sus más cercanos parientes, así como el amor por las ciencias y las letras. Isidoro ingresó a los catorce años en el Colegio de Artillería de Segovia, camino seguido anteriormente por sus hermanos. En 1864 terminó sus estudios militares para pasar a partir de entonces por diversos destinos. Primeramente en Madrid, donde en 1866 tomó parte en las acciones destinadas a contener la sublevación del Cuartel de Artillería de San Gil. Su capacidad de liderazgo y el éxito que obtuvo en los diversos destinos a los que fue enviado hicieron que ascendiera con rapidez y fuera condecorado en varias ocasiones. El cuerpo de artillería al que pertenecía Cabanyes pasó por diversas crisis que amenazaron incluso con su disolución, pero superados los tiempos adversos tuvo nuestro ingeniero militar que habérselas en batallas en el marco de las guerras carlistas. Fue destinado a Cartagena, más tarde a Bilbao y finalmente, cuando ya en 1876 alcanza el grado de teniente coronel, pasó a destinos más sosegados que le permitieron dedicar su tiempo a la investigación y la inventiva.

motor_solar_cabanyes_2
Motor solar de Cabanyes.

Isidoro Cabanyes contrajo matrimonio con la gaditana Margarita Mata en enero de 1870. Junto a su ocupación militar, la familia fue otro de los puntales de su vida, dedicando tiempo y esfuerzos a sus tres hijos. Pero, además, los días a Isidoro parecían cundirle mucho más que al resto de los mortales, porque no se detenía nunca y su cabeza bullía de nuevas ideas que ponía en práctica con determinación. Solicita a menudo permisos en su carrera militar para poder dar vida a nuevas máquinas, viajar a Europa para conocer de primera mano diversos adelantos científicos de su época y para publicar complejos estudios matemáticos como cierto trabajo sobre “la trisección gráfica y analítica del ángulo” que alcanzó cierto predicamento.

Como si de una ametralladora se tratara, la capacidad de Cabanyes para alumbrar nuevas ideas y tecnologías era prodigiosa, tanto como su pericia como ingeniero de artillería. En 1881 viajó a París para descubrir las nuevas tecnologías que se mostraron en la Exposición Internacional de Electricidad, celebrada en el Palacio de la Industria de los Campos Elíseos. Al poco instaló un taller de maquinaria de precisión en Madrid que fue el primero de la ciudad en contar con motores eléctricos como fuente primaria de energía. Al año siguiente se le encarga la dirección de las tareas de instalación de alumbrado en varios rincones madrileños. Introducido en la industria eléctrica, pasa a dirigir las obras de construcción de la central de energía del Ministerio de la Guerra. Llegó a patentar una sorprendente lámpara eléctrica en 1881 que era una mezcla de dos tecnologías, la propia de las lámparas de arco voltaico y la de las bombillas de incandescencia. Isidoro fabricaba aquellas bombillas en su propio taller y, a decir de algunas voces de su tiempo, nada tenía que desmerecer de las bombillas de Edison. Mientras la electricidad se va extendiendo por la capital, Isidoro va estableciendo contactos con diversas empresas energéticas, pioneras en su tiempo, pero no abandona su interés en otras tecnologías. Años antes había patentado un sistema de generación de vapor muy novedoso, un motor rotativo que alcanzó cierto interés por parte del ejército. Su regulador de aire comprimido fue empleado en grandes obras de ingeniería en Europa.

A finales de la década de 1870, Cabanyes se introduce en la industria del carbón artificial a través de una fábrica propia que utiliza tecnología diseñada por él mismo. De esa misma época datan sus invenciones acerca de sistemas de transporte propulsados con gas comprimido, como el tranvía presentado en 1877. Una curiosa patente, que data de 1880, nos muestra a un Cabanyes interesado en generar gas para la iluminación de calles y hogares de forma segura. Lo llamó “fotógeno” y con él pensaba ofrecer también servicios de calefacción. De 1883 data su patente sobre un nuevo tipo de batería química que no tuvo éxito comercial. Años más tarde, en 1890, volvió a intentar introducir innovaciones en la tecnología de baterías con nuevos diseños para pilas. De ese tiempo data la primera instalación eléctrica en el Palacio Real de Madrid.

Alrededor de sus invenciones eléctricas siempre planeaba la búsqueda de una mejora en la generación de energía. Y, aquí, es donde llegamos a la invención más genial y rompedora de Cabanyes. Fue pionero en todo el mundo a la hora de proponer el uso de cierto artilugio singular que no vería la luz comercialmente hasta los años ochenta de nuestro siglo y que todavía hoy se ve como algo futurista. En 1890 presentó una idea para el uso de grandes áreas cubiertas con espejos para accionar bombas de riego con energía solar. De la observación de la naturaleza, llegó a un diseño mejorado de aquella idea. ¿Por qué no emplear el aire calentado por el sol? Así nació la primera torre eólico-solar del mundo, tal y como aparece en la patente de motor solar de 1902. Utilizando el calor del sol, que calienta el aire de un recinto especialmente adecuado, se aprovecha la energía del aire ascendente encaminado hacia una chimenea. De la torre eólico-solar de Cabanyes se hicieron diversas experiencias, como la pionera de Cartagena al año de aparecer la patente. Posteriores diseños y patentes mejoraron el sistema, se llevaron a cabo nuevas pruebas en el Retiro madrileño entre 1906 y 1907. Junto a su socio Luis de la Mata construyó en una finca madrileña una inmensa chimenea eólico solar de más de treinta metros de altura que fue la culminación de aquella novísima tecnología de la que nadie volvió a hablar hasta que casi hubo pasado un siglo.

Como detalle que nos muestra la gran variedad de intereses de Cabanyes, cabe señalar que en 1889 el voluntarioso artillero presentó diversos estudios acerca de la posibilidad de construir máquinas volantes. En sus esquemas técnicos aparecen máquinas que recuerdan a helicópteros y aeroplanos. El deseo de volar con máquinas asombrosas fue continuado en 1896 con diseños muy osados que ya miraban hacia un futuro en el que los aviones se harían dueños del cielo. Todas aquellas máquinas apenas pasaron del tablero de dibujo y poco más.

El submarino de Cabanyes y Bonet

Siguiendo la tradición, casi maldición por sus resultados finales, que las naves submarinas tuvieron en la España decimonónica, habremos de sumar el nombre de Cabanyes al de Cosme García, Monturiol, Peral y muchos otros. Ninguno de ellos consiguió ver prosperar su sueño submarino. La aventura del submarino de Cabanyes, le ocupó muchos años. Junto a su socio, Miguel Bonet, presenta al Ministerio de la Guerra en 1885 un proyecto de torpedero submarino eléctrico. Sólo fue la primera pieza de una serie de diseños en los que se intentaba dar un impulso al uso de la tecnología eléctrica en la marina de guerra. El torpedero, tras pasar por muchas aventuras y comisiones, burocracia y demás tropiezos logra hacerse con el apoyo oficial y con capital necesario para ver la luz. Todo aquello sucedió en paralelo a la aventura de Isaac Peral con su máquina submarina. En 1888 el submarino de Cabanyes pasa al olvido, existiendo desde entonces ciertas voces afirmando que los dos proyectos se entorpecieron entre ellos. No tardó mucho más en caer en el olvido igualmente el proyecto de Peral. Mientras tanto, Cabanyes continuó intentando reanimar a su submarino por medio de todo tipo de cartas y peticiones a sus superiores, pero nunca logró su objetivo y la nave no pudo prosperar.

torpedero_cabanyes
Torpedero Cabanyes.

Cabanyes y Peral, además de compartir el triste destino de sus invenciones, también tenían en común la pasión por la electricidad. El motor solar de Cabanyes fue su más excelso ejemplo de uso de la electricidad con fines prácticos y, cómo no, en su idea de un nuevo tipo de submarino la electricidad jugaba un papel capital. La nave ideada por Cabanyes y Bonet era un gran cilindro de metal con extremos apuntados, un diámetro que superaba los dos metros y una eslora de quince metros. Tanto el sistema que facilitaba las labores de inmersión como los timones y la propulsión estaban basados en diseños propios muy novedosos. El objetivo final era conseguir poco menos que un gran “torpedo” tripulado, armado con tres tubos lanzatorpedos en proa, capaz de atacar objetivos con rapidez, aunando en una misma nave una alta maniobrabilidad con una velocidad nada desdeñable. Lo más sorprendente de todo era la propulsión, alimentada por acumuladores eléctricos, una solución ingeniosa que fue la misma adoptada por Peral en su submarino. La tecnología que desarrolló Cabanyes en varias de sus patentes acerca de los acumuladores, sería la empleada en los prototipos. Lástima que las pruebas no pasaron de una fase inicial y nunca se construyó un submarino, porque no sólo era una máquina que adelantaba a los de su época en cuanto a propulsión. El submarino de Cabanyes planteaba el uso de novedosos métodos de renovación de aire y algo en lo que también fue pionero aunque nadie le recuerde por ello: el uso del periscopio. Nada de aquello llegó a buen puerto, las altas esferas, a pesar de su apoyo inicial, decidieron cerrar el asunto y olvidarlo. Cabe imaginar qué hubiera sucedido si Cabanyes y Peral hubieran unidos sus esfuerzos y recibido el apoyo adecuado. El resultado, a buen seguro, hubiera sido fantástico.

Como punto final a esta semblanza sobre Cabanyes quiero expresar mi agradecimiento a Francisco Dobón por hacerme llegar gran cantidad de información acerca de tan apasionante lumbrera de la historia de la tecnología española.

211 páginas
Te encuentras en Tecnología Obsoleta,
blog editado por Alejandro Polanco Masa. Cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Autor de Herejes de la Ciencia, Crononautas y El viaje de Argos.



Eruditio inter prospera ornamentum inter adversa refugium - Laercio.

Contactar

Alejandro Polanco Masa

Patrocinado por

Digital vector maps

Archivos

Categorías