TecOb cumple diez años

Una década, cuatro libros y un montón de artículos después, aquí sigo, y eso que esto nació como un simple divertimento sin pretensión alguna. Unas cuantas visitas y algunos dolores de cabeza más tarde, esta aventura que nació el 24 de febrero de 2005 en bitacoras.com (al cabo de unos meses se abrió este dominio en el que ahora se encuentra el blog) comenzó a crecer. Sí, fue tal día como hoy hace diez años, casi no me lo creo porque recuerdo perfectamente, como si fuera ahora mismo, aquella tarde en la que decidí escribir el primer post.

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En ese tiempo los blogs eran casi una rareza y había quien no daba un duro por ellos pero, pese a todo eso que se ha dicho sobre la muerte de este medio en general, creo que la fórmula tiene vida para rato. Lo que no sé es si este blog, y su compañero que también cumple diez años, La Cartoteca, seguirán aquí mucho rato. Simplemente, sin más, quiero agradecer a todo aquel que se ha acercado a estas letras el haber estado ahí, leyendo aquello que de vez en cuando escribo. Muchas gracias por estar al otro lado de la pantalla.

Germán Botella, el hombre que quiso convertir el mercurio de Almadén en oro

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de febrero de 2015.

En Alicante ha surgido un joven inventor que ha formulado sus curiosos descubrimientos desarrollándolos en una Memoria que envió a la Academia de Ciencias de Madrid. Las investigaciones de dicho inventor, llamado D. Germán Botella Pérez, se refieren al mercurio y han dado por resultado el deducir que de este cuerpo pueden extraerse varios componentes, entre ellos oro y, según otras informaciones, radio. No se sabe por ahora nada del juicio que a la Real Academia de Ciencias merecerán los estudios y observaciones del Sr. Botella y únicamente de los antecedentes del inventor podemos tomar alguna noticia en los periódicos que de él han hablado. Según una de esas informaciones, se ha confirmado que Botella tiene en su domicilio una maquinaria eléctrica de extraño aspecto. Dice que vendió pequeñas cantidades de oro en algunas joyerías y que hace dos meses depositó en la Delegación de Hacienda de Alicante otra cantidad de oro para adquirir mercurio de Almadén. Añaden que el joven inventor, pues cuenta sólo veinticinco años, fue practicante del Laboratorio Municipal, es muy modesto y rehuye hablar de sus descubrimientos.

Madrid científico. 1919, num. 979, página 15.

Durante siglos la alquimia formó parte de los saberes y las artes tanto de occidente como de oriente. En el siglo XVIII, con el proceso de desarrollo del conocimiento científico tal y como lo conocemos ahora, con la experimentación sistemática, el empirismo y el auge del racionalismo, aquella “prequímica” fue olvidada para dar paso a los grandes éxitos de la química que han cambiado el mundo y nuestras vidas. Ahora bien, la alquimia nunca fue un saber supersticioso, monolítico y único, había muchas alquimias y diversos objetivos en ellas. Todavía hoy hay soñadores que buscan la piedra filosofal, la quintaesencia y la panacea universal por medio de manipulaciones de la materia que tienen mucho más que ver con el pensamiento mágico que con el método científico. Sin embargo, el triunfo de la ciencia relegó a la alquimia al más profundo de los olvidos y, hoy, muy pocos son los que se asoman a sus oscuros escritos tratando de averiguar qué ocultaban. Y, lo que fue germen de la química y de la farmacia, fue dando paso a la síntesis química, el conocimiento de la materia y, ¡sorpresa! de la estructura de la propia materia. Llegado el siglo XX, cuando se descubrió la estructura del átomo, se estudió la radiactividad y se comprobó que la transmutación de elementos era posible, siempre bajo unas condiciones muy precisas y con grandes energías en juego, algunos “alquimistas” de nueva hornada aparecieron en el horizonte.

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Nótese que he colocado el término entre comillas, porque bien poco se parecían a los alquimistas antiguos. He mencionado que había varias alquimias, que el “arte real” no era algo único. Se concebían varias vías para purificar la materia burda, los metales innobles en algo más elevado. Ahí estaba la vía húmeda, lenta pero más segura en apariencia. La vía seca, más rápida y peligrosa y, en último caso, como la más elevada forma de arte alquímico, la vía del sol. Todo venía a ser lo mismo. Se partía de una materia prima, siempre secreta que bien podía ser un metal, un tipo de arena o el rocío de la mañana y se sometía a diversas manipulaciones de filtrado, calentamiento en un atanor, precipitado y similares para extraer esa supuesta “alma” que habita en toda la creación y que mostraría el camino hacia la piedra filosofal, materia perfecta que transmutaría todos los metales en oro y haría elevarse las almas de los “adeptos” alquimistas más allá de nuestra realidad. Eso, cuando no se hablaba de inmortalidad como tal. Cada maestro alquimista tenía su método y sus creencias.

Aquella búsqueda de la panacea universal capaz de sanar a cualquier enfermo y de la transmutación de los metales como la plata, el plomo o el mercurio en oro, pasó de lo mágico a los sistemático cuando alumbró a la química y la farmacia. Ya no había espacio desde entonces para locuras alquímicas y, sin embargo, el cambio de siglo entre el XIX y el XX vio un renacer de lo mágico y lo alquímico. Aparecieron entonces célebres obras, como las de Fulcanelli, supuesto alquimista moderno que reivindicaba el papel de la alquimia en la moderna ciencia y que veía en el simbolismo de ciertos templos la llave para comprender los oscuros textos alquímicos. En París se llevaron a cabo algunos experimentos acerca de transmutaciones, o al menos eso se decía en la prensa, y hasta un supuesto alquimista de origen polaco, Dunikowski, recorrió media Europa ofreciendo oro transmutado, con lío judicial en París como coda de su aventura. Las sociedades de tinte esotérico proliferaban y acogían la alquimia como una especie de vínculo entre la ciencia y la magia. Acá y allá surgían arquimistas, sí, con “R”, aquellos alquimistas poco preocupado en piedras filosofales y panaceas pero muy interesados en el oro y en las riquezas. En este ambiente tan revuelto apareció en España un personaje fascinante que dedicó casi dos décadas de su vida a intentar convencer que era posible transmutar el mercurio en oro o, más bien, que el oro “vivía” en el interior del mercurio. Esta es la historia de Germán Botella.

Botella, el transmutador

Comencemos por el principio, que en este caso viene a ser el final de la historia. No tenía ninguna referencia acerca de nuestro pretendido alquimista del siglo XXI hasta que choqué con él en una serie de patentes en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas en Madrid. ¡Como para no sentir curiosidad ante tan sugestivos títulos! Veamos, están registradas nada menos que trece patentes a nombre del alicantino Germán Botella Pérez, entre mayo de 1918 y abril de 1935. No se trataba de un inventor polifacético como tantos con los que podemos encontrarnos incluso hoy día, que tan pronto te proponen un nuevo tipo de avión como salen a cuento de un novísimo método para afilar cuchillos. Tampoco era un científico de sólida carrera enfocado en solucionar los problemas de un área concreta o campo de la ciencia. Nada de eso, ¡era un alquimista! Es más, un alquimista con patentes, lo que le convertía en una rareza digna de mención porque, si algo ha caracterizado a la alquimia a lo largo de la historia ha sido, precisamente, la oscuridad en la que se han envuelto sus procedimientos para que sólo el maestro pudiera transmitir su conocimiento al aprendiz, sin dejar nunca que esos supuestos saberes cayeran en manos del común de los mortales. Bien, ahí estaba, fuera de lo normal, un aparente alquimista que abría sus métodos a todo el mundo a través de patentes en las que se detallaba cómo convertir el mercurio en oro. Claro que, después de leer las recetas, no está muy claro que se pudiera cocinar el dorado premio tal y como pretendía del osado de Germán. ¿Era un hábil estafador? Bien pudiera, pero por lo que he podido averiguar era más bien alguien obsesionado con una idea desde su juventud, una loca quimera que le acompañó hasta sus últimos días. Pretendía tener razón y movió cielo y tierra para intentar que se le hiciera caso. Asombrosamente, se le escuchó y se atendieron sus ruegos. Al final, como no podía ser menos, todo acabó en aparente fiasco.

Veamos los títulos de algunas de las patentes de Germán Botella, todas ellas destinadas a describir métodos de transmutación de mercurio en oro. Tomemos tres de ellas al azar. En primer lugar, la patente española número 67033, del 15 de mayo de 1918, con el título siguiente: “Un nuevo procedimiento para descomponer el mercurio y obtener el radio metálico y oro que se encuentran formando dicho metal”. Uno frunce el gesto cuando lee cosas así, pero la curiosidad va por delante. En fin, sigamos con la pesquisa. El 9 de agosto de 1923, en la patente número 86412, Germán Botella propone “un nuevo tubo de rayos ultravioleta que descompone el mercurio en oro”. Asombroso, el tipo no sólo juega con el lenguaje sino que se arma de lo más moderno en tecnología de la época. Con rayos X hubiera quedado más decorativo, pero los ultravioleta no eran menos asombrosos por entonces. Finalmente, como tercer ejemplo, veamos su última patente, la 137904 del 11 de abril de 1935. Hay que respirar hondo antes de leer su título: “Procedimiento de obtención de una materia roja-oscura incrustada en un bloque de nitro que se forma en las reacciones del radical SO(OH) originadas en las reacciones con sales mercuriosas”. Como puede verse, la cosa se ha sofisticado hasta el límite de lo risible. Sin embargo, ¿había descubierto Botella algo realmente interesante? El asunto queda en el aire porque nunca pudo ofrecer pruebas contundentes acerca de lo que afirmada. Eso sí, se pasó durante años mucha tinta al papel abordando el caso. Luego, como suele ser habitual, tan curiosa historia se perdió en las hemerotecas. Ah, como apunte postrero cabe anotar la curiosa mención al color “rojo-oscuro” mencionado en esa última patente, curiosamente el mismo color que a lo largo de la historia ha sido mencionado en muchos tratados alquímicos al referirse a la piedra filosofal. Cabe mencionar que la pasión de nuestro personaje por difundir sus ideas y procedimientos no conocía fronteras, he podido rastrear patentes suyas sobre conceptos similares tanto en Francia como en Gran Bretaña.

El practicante que quiso ser alquimista

¿Quién era Germán Botella Pérez? No hay muchos datos disponibles, la investigación de este caso sigue adelante, además es complicado separar los datos verificables de las posibles fantasías del propio Germán. He ahí, por ejemplo, sus contundentes afirmaciones acerca de sus viajes a Londres. Supuestamente habría estado en contacto allí, o más bien habría tratado como “iguales”, a inmensas figuras de la ciencia como Ernest Rutherford, el genio que logró la primera transmutación artificial junto a Frederick Soddy. También afirmó haber tenido contacto con J. J. Thompson, descubridor del electrón. No he podido verificar nada de esto y, por lo tanto, no puedo afirmar que hubiera algo de cierto en ello, aunque cuesta pensar que un practicante alicantino pudiera llegar hasta lo alto del edificio de la física de su época sin apenas referencias o trabajos a sus espaldas, salvo ciertos artículos en los que se citaban someramente experimentos con mercurio. Por otro lado, el lenguaje empleado por Botella es oscuro, a pesar de su supuesta intención de arrojar luz acerca de la supuesta “estructura compuesta del mercurio”, y a veces roza lo extravagante, como cuando menciona la posibilidad de construir un “rayo diabólico”.

La principal teoría de Germán Botella, que presentó en 1919 ante la Real Academia de Ciencias de Madrid a través de un estudio con diez y ocho conclusiones, se basaba en su creencia de que “el mercurio es oro bañado en anhídrido sulfuroso”. Creo que después de leer semejante cosa todos los químicos habrán abandonado la sala, y no es para menos, porque semejante cosa hace saltar alarmas. Sin embargo, en su tiempo se le escuchó y fue tomado en consideración, hasta que, con el paso de los años, las palabras no encontraron respaldo en la experimentación. El practicante afirmaba que podía llevar su teoría al campo de lo experimental por medio del uso de cierto procedimiento eléctrico, con el que el mercurio entraría en “descomposición” dando como resultado átomos de oro y de radio.

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Botella realizó experimentos privados hacia 1918 mientras trabajaba como practicante en el Laboratorio Municipal de Alicante. El caso es que, sin apenas hacer ruido al principio, y formando parte de buena familia, fue tejiendo toda una red de partidarios entre los que se encontraba, por ejemplo, el doctor y diputado Rodríguez Álvarez Villamil. De forma periódica fue solicitando patentes acerca de sus diversos procedimientos para extraer oro del mercurio, según iba evolucionado su método experimental. Ahora bien, apenas se dejaba ver y no era muy dado a entrevistas. De hecho, la mencionada memoria acerca de tan grave asunto que presentó en Madrid fue entregada por su hermano, Juan Botella. Si bien era poco dado a apariciones públicas, el tema era tan asombroso que los periódicos no dudaron en dedicarle páginas sin mesura. Los titulares de la época son sorprendentes. “La piedra filosofal descubierta por un alicantino”, aparecía impreso en negro sobre blanco, ¡y se quedaban tan anchos! Se afirmó que Botella abandonó su empleo en Alicante para dedicarse en exclusiva a su trabajo alquímico, algo que, pese a lo que él imaginaba, no le hizo rico, ni mucho menos.

Sobre la naturaleza compuesta del mercurio

Desconozco qué lecturas y experimentos realizó Germán Botella en su juventud para que se convenciera de la naturaleza “compuesta” de un elemento químico como es el mercurio que, desde luego, no está formado por oro, ni mucho menos por radio. Para Botella, el mercurio contiene “un líquido en su periferia que es un equivalente químico (…) de anhídrido sulfuroso en estado líquido. (…) Cuando es separado del mercurio todo el líquido que contiene en su periferia, aparece un metal completamente amarillo y dúctil: el oro.” Sea como fuere, el alicantino dedicó los siguientes diez años, desde su primera patente, a mejorar sus métodos y a patentarlos. No parece que llevara a cabo transmutaciones asombrosas ni nada parecido, su eco se fue apagando hasta que, de repente, a principios de los años treinta todo cambió.

Fue en el año 1932 cuando, ante la insistencia que durante años había manifestado Germán Botella para que fueran verificadas sus teorías, se formó una comisión estatal de ingenieros y científicos dispuesta para llevar a cabo los experimentos diseñados por el propio Botella. Por fin había llegado la hora que tanto había esperado el alquimista. Además, si existía alguna posibilidad de convertir la mayor mina de mercurio del mundo, Almadén, en toda una fuente de oro, ¿por qué había de dejarse de lado tal oportunidad? Por desgracia para Botella, el ingeniero que presidía la comisión, Enrique Hauser, tras realizar algunos de los experimentos, le envió el siguiente parecer a Jerónimo Bugeda, Presidente del Consejo de Administración de las Minas de Almadén y Arrayanes:

…puedo manifestarle que hemos seguido paso a paso el trabajo del Sr. Botella tomando muestras no sólo de la primera materia (mercurio), sino de todos los productos de las transformaciones sucesivas, hasta el precipitado final que debía contener el oro, en el laboratorio químico industrial de la Escuela de Minas, no pudiendo apreciar el buscado metal en ninguna de las diez muestras correspondientes, en las que se incluye el precipitado final, que está constituido principalmente por óxido de hierro.

Ante tan negativos resultados la comisión decidió dar por cerrado el asunto y no continuar con los experimentos. Germán Botella protestó e incluso emprendió acciones judiciales para impedir que se cerrara la comisión, en su opinión, no se habían llevado a cabo todos los procedimientos de forma adecuada y, por ello, el oro no había hecho acto de presencia. Sus pretensiones fueron rechazadas y del alicantino poco más se supo desde ese momento. Lo más curioso fue que, poco antes de que el informe de Hauser llegara a la prensa, el 15 de julio de 1932, el propio Botella fue entrevistado por el diario La Libertad, donde afirmaba que los experimentos estaban dando resultados muy positivos:

…en la penúltima sesión, conforme con el plan que de antemano fijé, se produjo ante la vista atónita de los 11 señores de la Comisión, el hecho fundamental de este experimento, el que se me ha negado hasta el último momento porque contraría la teoría vigente de la química: el desprendimiento del mercurio sometido a reacciones catalíticas de átomos de dióxido de azufre, dejando oro en libertad. Todos y cada uno de los señores de la Comisión comprobaron, asombrados, este hecho (…) luego el oro, que ya se había acusado persistentemente por la coloración azul de diversas disoluciones, ha aparecido en forma de polvo pardo amarillento.

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En las imágenes: Gráficos de varias de las patentes de Germán Botella.

La rueda de Giragossian

En el Boston de principios del siglo XX vivió un tipo al que no se le puede negar que tenía una tenacidad a prueba de bombas. Lástima que ese tesón no se hubiera cultivado sobre una sólida base de conocimiento, se hubiera ahorrado un gran fiasco. Se trataba de Garabed T. K. Giragossian, un armenio que había emigrado a los Estados Unidos allá por 1891. No fue alguien relevante hasta que en 1917 apareció en los periódicos norteamericanos afirmando haber encontrado una solución increíble al problema de la energía para mover máquinas. El artilugio propuesta era una gran rueda que, según su inventor, a quien por cierto se le negó la patente, era capaz de producir energía sin límites y sin coste alguno, ni gasto de combustible ni nada parecido. El caso es que el osado Giragossian luchó todo lo que pudo para ser reconocido como inventor de algo que iba a cambiar el mundo para siempre. Sucedió entonces algo increíble, justo cuando los políticos entraron en escena.

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Giragossian (Library of Congress)

Ante las afirmaciones de Giragossian en la prensa, cuando comentaba que con su máquina se podían alimentar barcos, ingenios de guerra y fábricas y que, claro está, la primera nación que contara con sus servicios sería invencible, el Congreso de los Estados Unidos decidió entrar en acción, incluso apareciendo en apoyo del nuevo genio el presidente Woodrow Wilson. De nada sirvieron los informes técnicos de ingenieros y científicos acerca de lo equivocado que estaba el inventor, porque lo que veían allí era a un hombre hecho a sí mismo que defendía con pasión aquello en lo que creía, sin más razón que unas bonitas palabras. Una patética postura que llevó a que se creara una sorprendente comisión y se le dieran fondos adecuados a Giragossian para crear un modelo funcional de su rueda. De nuevo, no sirvió de nada la queja de los expertos, había que probar aquello “por si acaso”. Giragossian era un genio de la comunicación y, además, estaba absolutamente convencido de que él tenía la solución a todos los problemas energéticos. Toda una mezcla explosiva de carácter y pasión que finalizó de repente el día en que se llevó a cabo el experimento con su rueda ante los miembros del Congreso.

Giragossian prometía que con su máquina “se podrían construir aparatos aéreos adaptándolos a transportar cualquier peso, desarrollando hasta 10.000 caballos de fuerza. Se podría dar la vuelta al mundo sin necesidad de tocar el aparato la tierra. Para los usos de la guerra, un aeroplano transportaría cualquier peso al otro lado de los mares. La máquina podría ser colocada en tanques de la dimensión que se quisiera y proveerles de la fuerza motriz sin necesidad de ningún combustible…”1

La prueba ante el selecto público no pudo ser más desastrosa, aunque Giragossian estaba encantado porque tardó bastante en darse cuenta de su propio error. El problema estaba en que la elocuencia del armenio nada tenía que ver con el mundo real y sí con la fantasía. Sin formación técnica ni científica, Giragossian había sentido fascinación desde pequeño por los contrapesos, los mecanismos de relojería y los volantes de inercia. Y eso era, precisamente, lo que acababa de construir, un gran volante de inercia. No lograba entender los diversos tipos de energía, ni tan siquiera la más mínima mecánica elemental. Había inventado algo que llevaba mucho tiempo siendo utilizado en la industria. Veamos, un volante de inercia suele estar constituido por un pesado disco pasivo que aporta a la máquina motriz una inercia suplementaria en forma de energía cinética acumulada. Pero cuando el motor que lo mueve cesa de proporcionarle energía, el volante sólo continúa girando por sí mismo mientras contenga energía cinética acumulada. Ahí estaba el error que no entendía Giragossian, y que tampoco lograban comprender los políticos. Creían que alimentando ligeramente la gran rueda de forma intermitente, ésta podría ofrecerles toda la energía que necesitaran. El experimento funcionó como debía, esto es, ante un primer impulso incial y, tras desconectar la rueda para que girara en solitario, continuó moviéndose unos segundos. Nada más, hasta que la energía cinética acumulada hubo desaparecido. Y eso es lo que le había “vendido” Giragossian al Congreso, un gigantesco y caro volante de inercia que no servía para nada. La comisión oficial cerró el caso al poco tiempo, con el menor de los ruidos, no fuera que alguien se atreviera a llamar, con toda la razón del mundo, ignorantes a los políticos de turno.

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1Referencia tomada de El noticiero: diario de Cáceres – Año XVI Número 4692 (26/12/1918).

Más información: Voodoo Science: The Road from Foolishness to Fraud, de Robert L. Park.

El Dragón Afortunado, la tercera bomba atómica sobre Japón

Experimentar con bombas de hidrógeno, por mucho que se haga en lo más alejado del Pacífico, tiene sus peligros, sobre todo cuando no se sabe muy bien lo que se tiene entre manos. Viajemos a los primeros meses del año 1954, concretamente al atolón de Bikini.

En este lugar del Pacífico se llevaron a cabo 23 pruebas con explosiones nucleares por parte de los Estados Unidos entre 1946 y 1958, tanto submarinas como costeras y aéreas. Todo comenzó con la Operación Crossroads en el verano de 1946. El atolón era por entonces ya un basurero naval, puesto que en su gran laguna central se habían hundido numerosos de buques de la Segunda Guerra Mundial. La población local fue evacuada, con la incierta promesa futura de volver alguna vez a su hogar, y el lugar se convirtió en área de experimentación nuclear.

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Prueba “Castle Bravo”, Bikini, 1954.

Una de las pruebas finales fue la Castle Bravo, dentro de la serie de ensayos de la Operación Castle. Se trataba de utilizar una bomba de hidrógeno, esto es, una bomba de fusión termonuclear (mucho más potente que las de fisión primitivas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki cerca de una década antes). La bomba de hidrógeno de Castle Bravo detonó en Bikini el 28 de febrero de 1954 una hora después del amanecer, hacia las siete menos cuarto de la mañana hora local. Los 15 megatones de energía liberada sorprendieron incluso a sus diseñadores, pues el rendimiento calculado inicialmente era casi tres veces inferior. Y ahí es donde se complicó todo, porque los números eran terroríficos y el área de seguridad debía haber sido mucho mayor del establecido. La contaminación por radiación asaltó por sorpresa a los habitantes de islas cercanas y a grupos de militares de las áreas de observación y buques cercanos.

Quienes sufrieron la peor parte fueron unos pescadores japoneses que se encontraron de repente en medio de un infierno inesperado. Lo que sucedió con el atunero Daigo Fukuryū Maru, o Dragón Afortunado Cinco, fue tan grave que la prensa japonesa de la época consideró el incidente como “la tercera bomba atómica lanzada contra Japón”. La tripulación del pesquero japonés se encontraba faneando a más de setenta kilómetros del límite del área de seguridad de la prueba nuclear marcada por las autoridades estadounidenses. En teoría no debía haber sucedido nada, pero la inesperada potencia de la bomba sorprendió a los pescadores que se encontraron dos horas después de la prueba en medio de una espesa niebla de fino polvo blanco de coral radiactivo que cubrió su nave. La tripulación intentó limpiar la ceniza como pudo, pero ya era tarde, habían sido expuestos a radiación durante varias horas y pronto comenzaron a manifestar síntomas propios de esa exposición.

Aunque el Daigo Fukuryū Maru intentó huir del lugar con rapidez, se mantuvo dentro de la nube de ceniza mortal durante horas. No fue el único barco afectado, pero sí el que se llevó la peor parte. La veintena larga de tripulantes fue hospitalizada en Tokio cuando el barco regresó a puerto, falleciendo uno de los pescadores pasados unos meses (se cree que murió a causa de una hepatitis C contraída a través de las transfusiones de sangre con las que la tripulación fue tratada de síndrome de irradiación aguda). La escena de la llegada del barco al puerto de Yaizu fue digna de la peor de las pesadillas, con los marineros convertidos en despojos cuya piel se encontraba cubierta de ampollas. Lo más sorprendente y terrible fue que se corrió un rumor según el cual la captura de pescado del barco fue descargada y comercializada en parte antes de que las autoridades pudieran impedirlo (se sabe que, en efecto, una parte de la carga fue comercializada). Ante la alarma y la sorpresa, cundió el pánico en Japón y el consumo de pescado cayó en picado durante días, el precio del atún se hundió e incluso pudo verse a más de una persona en los mercados equipada con contadores Geiger.

Los Estados Unidos trataron de acallar las voces contra las pruebas en el Pacífico. Se pactaron indemnizaciones con el gobierno japonés y se intentó montar toda una maniobra de “limpieza” periodística sobre las pruebas, más que nada porque al otro lado del telón de acero la Unión Soviética estaba llevando a cabo ensayos similares y allí no había posible oposición a las mismas, con lo que nadie les iba a detener. La jugada no salió como se esperaba y el sentimiento antinuclear no sólo aumentó en Japón sino también en los Estados Unidos.

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El Daigo Fukuryū Maru el 17 de marzo de 1954. Fuente.

Las cosas se pusieron feas para los militares, por lo que a finales de marzo del 54 el secretario de prensa de la Casa Blanca, Haggerty, invitó a periodistas y fotógrafos a un evento singular. Se trataba de una conferencia de prensa en la que Eisenhower y el presidente de la Comisión de energía atómica, Lewis S. Strauss, pretendieron calmar al público con un enfoque asombroso: mencionar la terrible potencia de sus nuevas bombas de hidrógeno. Fue una de las primeras ocasiones en que se habló en público de la “bomba de hidrógeno” (hasta entonces lo más común era usar el término “bomba termonuclear”). La estrategia de comunicación consistía en afirmar que, en realidad, todo estaba controlado, que los cálculos no habían sido demasiado erróneos y que todo aquello se hacía para tener a mano un arsenal mucho más potente que el soviético para así proteger al pueblo estadounidense. Ciertamente, eso era exactamente lo que se buscaba, tener las armas más potentes, es más, se señaló que el margen de error de dos o tres veces la potencia inicial calculada entraba dentro de lo esperado. Del desdichado pesquero se dijo que se encontraba dentro del área de peligro y que no había podido ser avisado antes, cosa que también era cierta si se volvía a hacer el cálculo del área de seguridad con los datos finales de la detonación (se llegó a decir más tarde incluso que era un barco espía). Pura maniobra que no sirvió de mucho, pues Eisenhower, que se encontraba al lado del contraalmirante Strauss cuando éste pronunciaba aquellas palabras, le miró con cara de asombro.

Todo el mundo sabía ya lo sucedido y, para colmo, la farsa se cerró con una frase lapidaria: “Norteamérica puede fabricar una bomba H lo suficientemente potente como para destruir una zona equivalente a toda la que ocupa la ciudad de Nueva York”. La cosa parecía un mal chiste porque la gente entendió, con razón, que aquello se ponía feo. No sólo se estaba negando lo que era ya de conocimiento público, sino que se afirmaba que las ciudades americanas podían ser barridas del mapa, cuando hasta entonces se habían cuidado mucho de utilizar tal lenguaje que permitiera pensar en términos de destrucción propia. Si una bomba “H” americana propia podía destruir Nueva York, una soviética también podía hacerlo. Y así, de golpe, la ingenuidad inicial en que vivían muchos norteamericanos en el comienzo de la era atómica, pensando que era posible “ganar” un conflicto nuclear global, se convirtió en un terror apocalíptico que duró décadas. Hoy el Daigo Fukuryū Maru puede contemplarse en Tokio, como recuerdo de aquella “tercera bomba” que cayó sobre Japón, un suceso que sirvió más tarde de inspiración para crear a Godzilla.

Más información:
The Japan Times – Lucky Dragon’s lethal catch.
Toxipedia – Lucky Dragon.

Iglesias Blanco, el “Tesla de Pozuelo”

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de enero de 2015.

iglesias_blanco_1El inventor de las explosiones a distancia, Don José Julián Iglesias Blanco, hizo ayer en las cercanías del inmediato pueblo de Pozuelo de Alarcón, con éxito absolutamente satisfactorio, las pruebas de otro invento no menos prodigioso que aquél y de incalculables consecuencias (…) [se trata del] procedimiento para recoger la electricidad atmosférica y aprovecharla en la producción de luz y energía. El señor Iglesias ha inventado (…) la electricidad sin cables (…) y lo que es más y mejor, sin necesidad de grandes saltos de agua para generarla, de infinitas baterías para su acumulación, ni de edificios centrales para enviarlo a su destino. En una colina llamada El Jaral, próxima al pueblo de Pozuelo, tenía el señor Iglesias montado en un sencillo castillete de madera su aparato recogedor y transmisor, y en presencia de reducido número de amigos hizo, privadamente y en secreto, las pruebas susodichas, encendiendo y apagando varias veces luces instaladas en una finca de Don Miguel Castañer, situada a medio kilómetro de distancia. (…) [En la prueba pública] los invitados situados en la finca del señor Castañer pudieron ver, profundamente maravillados y conmovidos, cómo a una señal del señor Iglesias comenzaron a funcionar las antenas del castillete y en seguida se encendieron las luces de la casa y a una indicación por su parte hizo parar el inventor los aparatos y quedó interrumpida la corriente y las luces apagadas.

El Imparcial. Madrid, 5 de abril de 1914.

Nikola Tesla se ha convertido en nuestros días en ejemplo ideal de personaje genial que termina siendo olvidado por la historia. Ha tenido que pasar una centuria para que su figura volviera a ser reconocida. El que fuera padre de la tecnología eléctrica de corriente alterna que da vida a nuestro mundo moderno vivió sus últimas décadas de vida inmerso en un océano de extrañas ideas que le convirtieron, también, en prototipo de “genio loco”. Claro que, muchas de aquellas ideas raras fueron tomando forma en décadas posteriores, pero eso no significó que su figura fuera rehabilitada de forma automática. Legiones de ingenieros se formaron sin haber escuchado nada sobre Tesla. Ahora, se vive el aspecto contrario, cuando prácticamente se quiere convertir a Tesla por parte de muchos poco menos que en un precursor de todo tipo de tecnología. Cierto es que sentó las base de la radiodifusión, pero fueron otros los que llevaron a cabo ese empeño a su forma práctica. Lo mismo sucedió con los rayos X, que se cruzaron en el camino de Tesla, o la técnica para construir lámparas de fluorescencia.

Otra de las tecnologías en las que Tesla fue pionero, aunque tampoco en esta ocasión logró provecho comercial, fue el campo del control a distancia. La posibilidad de animar en la lejanía una máquina a través del uso de alguna señal electromagnética no llama la atención ahora, cuando tenemos “mandos a distancia” por todas partes. Sin embargo, en su época causó asombro, era algo que rozaba lo mágico. En España Leonardo Torres Quevedo iba a la par que Nikola Tesla en los Estados Unidos. Los dos realizaron experiencias que dejaron con la boca abierta a sus contemporáneos. El español presentó en 1903 su telekino ante la Academia de Ciencias de París. Al poco obtuvo patentes en diversos países sobre ese invento. Se trató de la primera máquina práctica capaz de controlar aparatos a distancia por medio de ondas de radio. Las pruebas que realizó tanto en Madrid como en Bilbao fueron todo un éxito. Logró controlar los movimientos de una pequeña embarcación a distancia. Su idea tenía como objetivo poder controlar todo tipo de vehículos a distancia, sobre todo militares, pero el telekino terminó sus días como simple objeto de asombro y poco más, pues Torres Quevedo no logró la financiación necesaria para continuar con aquella línea de investigación.

Los experimentos de Pozuelo

¿Encontró inspiración el señor Iglesias Blanco en Tesla y Torres Quevedo? Seguramente sí. Es más, los intentos de Nikola Tesla de construir una red mundial de transmisión de radio y de energía eléctrica a través de la atmósfera alimentaron la prensa durante los primeros años del siglo XX. A buen seguro que nuestro protagonista conocía todas aquellas ideas. He ahí el motivo por el que le he apodado como el “Tesla de Pozuelo”, no tanto por su originalidad, ya que compararlo con Nikola no tiene ningún sentido, sino por el empeño y el objetivo que Iglesias Blanco persiguió.

Bien, llegados a este punto cabe preguntarse, ¿quién era José Julián Iglesias Blanco? No encontraremos ese nombre en ninguna recopilación sobre ciencia y tecnología, es más, apenas si queda rastro de su paso por el mundo y, sin embargo, durante poco más de un año, en 1914, logró atraer la atención de la prensa española e incluso de la foránea. No se piense que fue algo anecdótico, un artículo perdido en un periódico de provincias y poco más. Nada de eso, el voluntarioso Iglesias Blanco fue mencionado por decenas de periódicos en cientos de artículos durante meses. Su llama ardió muy rápido, para pasar a desaparecer en la más absoluta oscuridad. No me queda claro si era tenía cierto toque de locura, de embaucador o realmente estaba ante algo de interés. Su afán por mantener en el más absoluto secreto todo lo que tuviera que ver con los fundamentos de la tecnología que utilizaba, dificulta mucho la tarea de decidir cómo encuadrar a este personaje. No nos ha legado papeles técnicos ni patentes, salvo tres que vieron la luz entre 1909 y 1917, pero que no tienen nada que ver con los experimentos que tanto llamaron la atención de la prensa. Así, en la patente española número 45304 se presenta un sistema para limpiar cristales. En las patentes 63869 y 64979 tienen relación con la tecnología de carbones. ¿Dónde están sus planteamientos para crear explosiones a distancia? ¿En qué lugar se hallan los planos de su prodigiosa máquina para captar energía eléctrica de la atmósfera? ¿Acaso eran meros artificios publicitarios o había algo real detrás de todo ello? Sea como fuere, no hay documentación técnica disponible, al menos hasta donde haya podido yo indagar, que permita salir por completo de dudas. Lo que sí está claro es que los asistentes a los experimentos de Iglesias Blanco se quedaron con la boca abierta, igual que sucediera antes con Tesla y Torres Quevedo, a quienes pretendía emular.

Los experimentos de Iglesias Blanco realizados en público en al menos tres ocasiones a lo largo de 1914, todos ellos en Pozuelo de Alarcón, levantaron gran expectación. Ya desde el año anterior había llevado a cabo diversas experiencias en privado, y otras contando con algunos testigos de peso, como periodistas y militares. Los contactos del inventor con el ejército se remontaban al menos al año 1912, cuando hubo cierto intercambio epistolar con los militares acerca de la posibilidad de guiar torpedos con señales de radio así como sobre la idea de crear explosiones internas en buques a distancia. El ejército no parece que se mostrara muy interesado en la propuesta pues parece que no hubo respuesta positiva. Iglesias comentaba en diversas entrevistas que creía ser capaz de hacer explotar cargas incluso hasta a 80 kilómetros de distancia desde el lugar de emisión de la señal. Esto llevó más adelante a ciertas leyendas que aparecieron publicadas a finales de 1914 en las que se afirmaba que los británicos estaban derribando dirigibles alemanes sin usar artillería ni aviones, sólo con el auxilio de un “rayo de la muerte” basado en la tecnología del español.

Los experimentos públicos realizados en Pozuelo tuvieron tanta repercusión que incluso se ofreció un banquete de gala en honor del inventor con presencia de políticos, industriales y periodistas. Todos habían quedado maravillados al contemplar los resultados de los experimentos de explosiones a distancia y los relativos a captura, emisión y recepción de energía eléctrica a distancia. Suena demasiado bonito para que fuera cierto, ¿escondía algún fuego de artificio el inventor? De ser así, nadie logró encontrarlo, y eso que hubo quien lo intentó. Lo peor del caso es que Iglesias no daba detalles sobre su tecnología y, sin detalles de ese tipo que permitan valorar si era factible lo que proponía, todo queda en mera anécdota.

El interés del inventor por las ondas de radio y el hacer explotar cosas a distancia venía de hacía años, cuando acababa de regresar a España de una estancia en Cuba. No hay datos sobre su posible formación técnica, por lo que habrá que considerarlo autodidacta hasta nueva orden. Tras repasar con detalle lo que se publicaba acerca de la novísima radio y, sobre todo, de la técnica utilizada por Marconi, nuestro inventor armó un emisor a modo de “proyector eléctrico” como él mismo decía. De las diversas entrevistas recogidas en la prensa de la época no queda nada clara la técnica utilizada en aquella máquina “con un peso de cinco kilos escasos”. Parece que se refiere a veces a rayos infrarrojos, pero en otras menciona descargas de electricidad estática a distancia. Con respecto a su sistema de electricidad atmosférica, refería lo siguiente en la revista Por esos mundos el 1 de junio de 1915 cuando su repentina fama ya era algo que iba camino del olvido:

Hará próximamente unos seis años, hallándome yo una noche en que se desencadenaba una tormenta horrorosa andando por el campo, y yendo provisto de una lámpara eléctrica de bolsillo, noté que cuando se producía una descarga grande, el filamento de la ampollita de la lámpara se enrojecía, como si hasta ella, a pesar de la caja aisladora, forzando las cubiertas y haciendo traición a los mimos principios, llegase un resto de la electricidad atmosférica que con tanto fulgor hacía sus descargas en torno mío. (…)

De aquella experiencia surgió en su mente la idea de crear una especie de emisora de radio que sirviera también para transmisión de energía eléctrica. Afirmó haber trabajado con diferencias de potencial de hasta 80.000 voltios. Sus primeras pruebas, en un hotel de Pozuelo ante un público asombrado, consistía en un juego de lámparas conectadas a un sistema de antenas que “recibía” por el aire la energía supuestamente enviada por un emisor situado en otra habitación. En las experiencias de campo, ante el público, no dejaba nada al azar. Una torre de madera, equipada con un sistema de tres antenas y una misteriosa caja, “captaba” la energía de la atmósfera y pasaba a emitirla. A una señal del inventor, sus ayudantes activaban el emisor y, ¡sorpresa! las bombillas situadas en la lejanía, en un montaje de pruebas, comenzaban a lucir con gran intensidad. El público enloquecía pero, ¿realmente había transmitido energía eléctrica por el aire? No hay pruebas de ello. Los operadores que estaban en lo alto de la torre afirmaban que sentían cierto hormigueo cuando se conectaba la máquina, que emitía un zumbido extraño al entrar en marcha.

En lo relativo a los experimentos de explosión a distancia, el montaje era más circense y elaborado. Tampoco hay pruebas de que hubiera transmisión real de un “rayo” que provocara las explosiones, lo único seguro es que el público enloquecía de entusiasmo. Recordemos que por aquella misma época se hablaba del rayo de la muerte de Marconi y, cómo no, también de afirmaciones similares por parte de Tesla. El ambiente en Europa, con una guerra mundial en camino hacía que cualquier posible nuevo invento bélico fuera atendido con interés. Iglesias Blanco hacía su “magia” colocando varias cajas con dinamita marcadas con globos de gas a los que estaban unidas para que fueran visibles en la lejanía. Un kilómetro y medio de distancia separaba las cajas de la torre emisora. Una de las cajas se rellenaba con agua y la otra con tierra, para demostrar que no importaba el material que rodeara al explosivo. Y, ahora, viene el misterio. ¿Existía en el interior de las cajas algo así como un circuito detonador susceptible de activarse por radio? El inventor afirmaba que no, su máquina emitía una radiación que hacía explotar la dinamita a distancia, sin receptores. Fantástica cuestión que nunca fue aclarada. El caso es que, tras sortear entre los periodistas presentes el honor de pulsar el interruptor de disparo, se ejecutó la orden y, ¡maravilla! al instante saltaron por los aires las cajas y los globos ante el delirio de los presentes.

Fama efímera

El inventor, que se decía originario de Cantabria, habló ya a finales de 1913 de instalar en un pueblo cercano a Santander, Mortera, una central eléctrica para abastecer, sin cables, a las poblaciones de montaña. La empresa que iba a gestionar aquella aventura se denominaría Sociedad Electro-Atmosférica y daría servicio de energía eléctrica “sin cables” a pueblos de un radio de veinte kilómetros desde el punto de emisión.

El inventor soñaba con un futuro de electricidad abundante y barata. Así, en una entrevista publicada en La Correspondencia de España el 2 de diciembre de 1913 afirmaba:

…he calculado que estableciendo una cuota fija general de cinco pesetas al mes, podrá todo el mundo disfrutar de alumbrado eléctrico, cocina eléctrica para guisar, planchas eléctricas, calefacción y hasta aprovechar fluido para fuerza motriz todo aquel que así la necesite, puesto que no habrá limitación alguna.

A lo que, con panorama tan idílico, el periodista le pregunta acerca de la posible quiebra de las compañías eléctricas. El inventor responde:

No lo dudo, pero también sería de grandes beneficios para la humanidad entera, y ante esta, para mí, no hay ni empresas ni compañías.

Después del aparente éxito de los experimentos de Pozuelo, comenzaron a llegar a los medios noticias extrañas. Se habló de negociaciones del inventor con una comisión militar presidida por el general Cubilla, a la que pidió la nada desdeñable suma de 75.000 pesetas para poder continuar con sus pruebas. El gobierno estudió el asunto y le trató como a un chiflado, olvidando el asunto. En ese punto aparecieron los rumores sobre una venta de la idea a los alemanas y otras naciones. Se habló del rayo de la muerte de Iglesias, de su utilidad para terminar con todas las guerras y de la posibilidad incluso de hacer explotar submarinos en alta mar. La Gran Guerra estaba a las puertas y cualquier fantasía bélica parecía posible.

De la vida de José Julián Iglesias Blanco antes de su breve periodo de fama no se conoce mucho. Su nombre completo era Julián José Iglesias Blanco de Urbina y Herrera, procedía de una familia distinguida de Santander. Algo tuvo que suceder porque parece ser que cayó en desgracia ante su madre y fue apartado de la vida acomodada que había llevado en sus primeros años. Con el tiempo aquellos problemas familiares fueron suavizándose pero, mientras tanto, nuestro futuro inventor trabajó como policía en Ávila, donde tampoco terminó muy bien, siendo apartado del servicio. La causa de sus problemas, como el propio Iglesias afirmaba, había sido siempre su “carácter excesivamente enérgico”. Con el paso de los años moderó esa altanería, no sin antes verse inmerso en algún que otro lío de espionaje en Portugal, no mucho antes de que decidiera dedicarse a la invención o, al menos, a realizar demostraciones sorprendentes de una tecnología que nunca fue puesta negro sobre blanco.

Tras sufrir el último día de abril de 1914 un accidente de automóvil en las cercanías de Madrid, cuando viajaba en compañía de varios amigos y periodistas, el fulgor de Iglesias Blanco se empezó a apagar muy rápido. No hay referencias a más experimentos ni proyectos, salvo uno final realizado el 11 de junio, todo quedó olvidado en cuestión de semanas. Atrás quedó el triunfo de los experimentos llevados a cabo en Pozuelo el 28 de febrero y el primero de abril de 1914. Pasado un año, a finales de 1915, apareció en prensa la noticia sobre el éxito en los experimentos sobre control de explosiones a distancia, por medio de ondas de radio, que había llevado a cabo el capitán del ejército Díez Eboleón en Carabanchel. No hay que llamarse a engaño, Eboleón lo que logró fue controlar un detonador a distancia por medio de ondas de radio, tal y como se puede hacer con un mando a distancia hoy día, algo muy diferente a lo pretendía haber logrado Iglesias Blanco. Aquellas pruebas militares hicieron que la prensa volviera a recordar al repentinamente olvidado inventor. Preguntado entonces por los periodistas, el cántabro nos legó estas últimas palabras, publicadas en La Correspondencia de España el 25 de noviembre de 1915, antes de que su pista quedara borrada por el tiempo:

No me interesan aquellos experimentos. No quiero oír hablar de ellos. He sufrido mucho. Se me ha difamado y calumniado. Pero el tiempo se encargará, como ya lo hace, de decir quién soy y de demostrar la honradez de mi proceder y la realidad de mis inventos. No aspiro a más.

Este personaje aparece también en mi nuevo libro: “Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros.”

213 páginas

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blog editado por Alejandro Polanco Masa.

Soy cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Autor de Herejes de la Ciencia (2003), Crononautas (2011), El viaje de Argos (2012) y Made in Spain (2014). Puedes leerme también en Naukas, Historia de Iberia Vieja, La Cartoteca y en Mediazines. LinkedIn.



Eruditio inter prospera ornamentum inter adversa refugium - Laercio.

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