Blogopausa para abrir camino a Maptorian

Llevo varios días con unos cuantos temas que tratar, tanto en TecOb como en La Cartoteca, pero no hay tiempo de nada. Así que, aprovecho un momento para avisar que en los próximos días no habrá nuevos artículos en mis blogs, más que nada porque tengo entre manos un proyecto de mi empresa que está a punto de nacer y necesita toda mi atención. Se llama Maptorian y, sí, va de mapas. Y hasta ahí puedo contar… Habrá sorpresas pronto.

[Vídeo] El carpintero

En los últimos días está siendo mencionado por doquier un vídeo, Precious Lines, que, a medio camino entre la poesía visual y la infografía, en forma de breve píldora, muestra el proceso para convertir algunos pedazos de metal en un bello instrumento caligráfico. No voy a repetirlo aquí. Lo que me ha llamado la atención es que ese mismo estilo parece casi todo un subgénero cultivado por más visionarios como, por ejemplo, el equipo griego Deep Green Sea. De entre los vídeos que han publicado hasta el momento, me quedo sin duda con The Carpenter, toda una maravilla que merece ser contemplada a pantalla completa. Impresionante, también, otro de los vídeos, que muestra el proceso artesanal para dar forma a una guitarra española.

| Vía Core77 |

Antonio Longoria y el rayo de la muerte

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja en su edición del mes de mayo de 2013.

El punto de partida de esta aventura hay que ponerlo en cierto artículo con el que me he cruzado hace poco. He de reconocer que hasta ahora no había indagado con atención en la vida de Antonio Longoria, y queda casi todo por hacer, pero espero que estas letras sirvan al menos para traer al presente la memoria de este curioso personaje del que apenas si ha llegado algún recuerdo a nuestros días.

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Antonio Longoria, tal y como aparecía en febrero de 1940 en la revista Popular Science.

El artículo que menciono fue publicado en el número del mes de febrero de 1940 de la conocida revista de ciencia, tecnología e inventos Popular Science, concretamente en la página 117. Allí, se mencionaba lo siguiente, que traduzco libremente del original:

Palomas al vuelo caen muertas al instante por la acción de una máquina situada a una distancia de cuatro millas. Este es el logro que supuestamente ha conseguido el doctor Antonio Longoria, de Cleveland, Ohio, quien recientemente ha declarado haber destruido su letal máquina por el bien de la humanidad. El inventor de Cleveland ha afirmado que tropezó por casualidad con su rayo mortal mientras investigaba sobre el tratamiento del cáncer con radiaciones de alta frecuencia.

La acción de estos rayos mortales, según sus afirmaciones, es indolora y está basada en cierto mecanismo que convierte la sangre en una substancia sin utilidad, tal y como la luz transforma sales de plata durante el proceso fotográfico. Anteriormente un grupo de científicos, según apareció en prensa, había demostrado que estas radiaciones eran capaces de matar ratas, ratones y conejos, incluso cuando los animales estaban resguardados en el interior de cámaras con gruesas paredes metálicas. Estos rayos, según la opinión del doctor Longoria, podrían matar a seres humanos con la misma facilidad.

Inquietante, sin duda, ahora bien, ¿qué puede haber de cierto en tan asombrosas afirmaciones? Para entender un poco el concepto de “rayo de la muerte”, creo necesario poner el asunto en el adecuado contexto histórico.

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Transportando un pedazo de infierno

En la industria siderúrgica, concretamente en los altos hornos, se produce un material fundido conocido como arrabio a partir de la reducción de mineral de hierro. El arrabio es la materia prima para obtener acero pero, ¿qué sucede cuando el alto horno se encuentra lejos de la acería? Muy sencillo: se embarca el arrabio en un tren y se transporta hacia su destino. Claro que, no se trata de una carga normal. Para transportar arrabio entre los altos hornos y las acerías se emplean vehículos muy especiales que movilizan contenedores con forma de torpedo aislados térmicamente, diseñados para soportar temperaturas extremadamente altas. En el interior de estos contenedores viaja todo un pedazo de infierno fundido hasta llegar a su destino donde, pivotando, se vierte el arrabio para pasar a ser convertido en acero.


Vídeo del paso de un tren torpedo de transporte de arrabio entre las factorías de Veriña y Avilés de Arcelor Mittal en Asturias.


Tren torpedo transportando arrabio. Imagen de Rainer Halama.


Estructura interior de un vagón torpedo para transporte de arrabio, donde se observa la disposición de ladrillos refractarios. Imagen de Morgan Riley.

Más información:

Las (posiblemente) inútiles ondas electromagnéticas

Siempre se ha dicho que Heinrich Rudolf Hertz no veía qué posible utilidad podrían tener las ondas electromagnéticas que él mismo había demostrado que existían experimentalmente, pero me resisto a pensar que, en el fondo, aquella fuera su opinión real. Veamos, no era el primero que se encontraba con ellas, pues hacía años que Joseph Henry había observado sus efectos, pero sí fue quien abrió las puertas de la moderna era de las comunicaciones por radio. Y es que, las supuestamente inútiles ondas que descubrió nos sirven para comunicarnos de mil modos, ya sea por radio, televisíón, teléfono, satélite… ¡Para ser algo sin ninguna utilidad práctica se le ha sacado mucho jugo! Nótese que intento ser irónico porque Hertz era todo un genio de la experimentación, un mecánico de primera y, además, un tornero de los buenos. Por eso me resisto a pensar que realmente tuviera tan poca imaginación para no darse cuenta de lo que acababa de encontrar. El caso es que la anécdota ha sido repetida una y mil veces, casi siempre con las mismas palabras, pero no he logrado encontrar la referencia original. Incluso en libros de los años sesenta y setenta se repite la misma cantinela pero, antes, centremos brevemente el asunto.

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Montaje experimental de Hertz, 1886. Fuente.

Hertz diseñó un precioso montaje experimental que utilizó entre 1886 y 1888 para producir, y detectar, ondas electromagnéticas, en el modo en que había predicho ese gigante nunca suficientemente ponderado que había sido Maxwell. En ese tiempo muchos dudaban todavía de la existencia de tales ondas y, claro está, la radio era sólo un sueño. El montaje estaba formado por un circuito eléctrico que generaba corrientes oscilantes y, por otra parte, un detector. El emisor era simplemente un circuito con un transformador y condensadores conectados a dos esferas de metal separadas entre sí por un espacio muy pequeño. Al alcanzar la tensión entre las esferas un máximo, saltaba una chispa entre ellas. Esto se repetía de forma periódica, generándose ondas electromagnéticas tal y como había predicho Maxwell. A su vez, el detector, o antena, también llamado resonador, era un simple alambre circular dotado de un espacio intermedio. Si se habían generado ondas electromagnéticas, éstas serían capaces de crear una leve corriente inducida en la antena. Por supuesto, el montaje funcionó y detectó la existencia de esas ondas. A los pocos meses ingenieros de todo el mundo estaban ya dando forma a la revolución de la radio, tras enterarse de la hazaña de Hertz. Así, Oliver Joseph Lodge realizó en 1894 una primera emisión de radio, claro que Nikola Tesla ya estaba dando guerra por su parte y, al poco, Marconi les siguió. La revolución fue instantánea, tanto es así que Oliver Heaviside afirmó en 1891:

Hace tres años, las ondas electromagnéticas no eran nada. Al poco, estaban en todas partes.

Hertz falleció a los 36 años, en 1894, sin ver cómo la tecnología de radio se extendía por el planeta pero eso no es excusa para que se le atribuya una falta de visión tan clamorosa. Puede que tuviera un mal día, o que se refiriera a su propio trabajo futuro, no a las posibilidades tecnológicas de las ondas electromagnéticas, el caso es que para la historia ha quedado lo que sigue como algo verídico y, aunque como he dicho, no he podido encontrar la fuente original, se ha repetido una y mil veces la siguiente historia. Se cuenta que, ante el éxito de su experimento, fue preguntado por sus alumnos acerca de la utilidad práctica del mismo, a lo que Hert respondió:

No tiene ninguna utilidad (…) sólo se trata de un experimento que demuestra que el maestro Maxwell estaba en lo cierto, ahí tenemos esas misteriosas ondas electromagnéticas que no podemos ver a simple vista. Pero están ahí.

Al ser preguntado sobre las consecuencias de ese descubrimiento, Hertz afirmó:

Ninguna, supongo.

Bien, como digo, esto se ha repetido una y mil veces y se suele poner como ejemplo del sabio genial que, sin embargo, no logra ver el alcance de su propia obra. Sí, Hertz era un tipo de lo más humilde, pero habiendo vivido siempre entre máquinas y tan dotado para la inventiva como era, me niego a seguir pensando que fuera tan corto de miras. Lo dicho, puede que tuviera un mal día cuando pronunción aquellas palabras, sólo eso.

342 páginas





Tecnología Obsoleta, blog personal de Alejandro Polanco Masa. Soy autor de varios ensayos de divulgación científica como Herejes de la ciencia (2003) o Crononautas, los viajeros del tiempo (2011) y una novela, El viaje de Argos (2012). Consultor TIC en Arbotante Patrimonio e Innovación, empresa localizada en el Parque Científico de la Universidad de Valladolid.
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