Los ingenios solares de Mouchot y Pifre

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se comenzó a experimentar de forma seria en la posibilidad de aprovechar la energía solar para fines prácticos. Muchos lo habían intentado antes, pero fue el ingeniero francés Augustin Mouchot uno de los primeros, sino el pionero fundacional de la energía solar, en lograr construir una máquina capaz de conseguir extraer energía del sol de forma práctica.

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Concentrador solar de Mouchot. Fuente.

En su deseo de lograr una energía alternativa económica a la tracción animal y al vapor originado en la combustión del carbón, Mouchot soñó con domar la radiación solar para calentar agua. De sus efuerzos nació en el verano de 1866 su primer colector solar. Con el paso de los años fue mejorando su aparato hasta llegar a su generador solar de vapor que fue presentado en la Exposición Universal de París de 1878. Para construir ese generador contó con la inestimable ayuda de un genial ingeniero que atendía al nombre de Abel Pifre, igualmente francés. La máquina fue un éxito, logrando premios y reconocimientos de todo tipo. Lamentablemente para los dos visionarios, ningún industrial se interesó por aquella tecnología, pero no todo estaba perdido, y Pifre pasó a diseñar un ingenio solar de lo más singular (véanse algunas de las patentes de Pifre, que van desde generadores de vapor portátiles para vehículos a motor hasta un modelo de ascensor que logró cierto predicamento).

En El Periódico para todos, edición del 6 de febrero de 1879, puede leerse lo siguiente acerca de las máquinas solares de Mouchot y Pifre presentes en la Expo de 1878:

Mouchot obtuvo como recompensa de sus estudios la cruz de la Legión de Honor y una medalla de oro. Se asoció al hábil ingeniero Abel Pifre, trabajador infatigable y sabio modesto. Ambos insisten con más ardor y fe que nunca en obtener los mayores resultados posibles de su generosa y trascendental empresa. (…) Se calcula que recibimos unas 17 calorías por minuto y metro cuadrado del sol, pero la atmósfera absorbe una parte más o menos grande, de modo que sólo se puede aspirar a recoger 10 calorías por minuto y por metro cuadrado, cuyo calor basta para elevar el litro de agua diez grados en un minuto. En Argel, con un espejo receptor de un metro cuadrado de superficie, utilizó el Sr. Mouchot, de Mayo a Junio, 7 calorías, y en 12 minutos hervía un litro de agua y producía 1.322 litros de vapor por hora. (…) En el recinto de la Exposición, al pie del Trocadero, se hicieron ensayos con un receptor de 24 metros cuadrados de superficie y 9 calorías por minuto y metro, o sea, 216 para todo el aparato. Unida al receptor estaba la caldera de hierro, que pesaba con sus accesorios 200 kilogramos y con capacidad de 100 litros de agua, o sea, 30 para la cámara de vapor y 70 para evaporar. El 2 de Septiembre se consiguió poner en ebullición 70 litros a la media hora, y el manómetro acusó una presión de 6 atmósferas. El 22 con 6,2 atmósferas, una bomba, movida por el vapor que daba el receptor, elevó 1.800 litros de agua por hora a la altura de 2 metros. El 29 de Septiembre, con siete atmósferas, se obtuvo un pedazo de hielo con la ayuda de un chorro de vapor lanzado a un aparato de amoniaco, produciéndose el curiosísimo resultado de hacer el hielo con el sol.

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La imprenta solar de Pifre. Fuente.

Abel Pifre se sintió defraudado ante el escaso interés que despertaron aquellos ingenios. El bajo precio del carbón era la excusa que solían poner los industriales a los que visitaba para proponerles invertir en generadores solares de vapor para usos comerciales. ¿Para qué molestarse en seguir al sol con complejos espejos cuando podemos tener energía barata procedente de la combustión del carbón? Sea como fuere, Pifre no se dio por vencido y, deseando mostrar las posibilidades se su tecnología, presentó su imprenta solar el 6 de agosto de 1882 en París. Dotado de un espejo cóncavo de 3,5 metros de diámetro, con caldera cilíndrica de vapor en el eje, el motor solar de Pifre fue capaz de mover en condiciones de nubosidad media durante toda la tarde una prensa de imprenta que alumbró cerca de quinientas copias de un periódico compuesto especialmente para la ocasión y que llevaba por título “El diario solar” (Journal du Soleil.). La demostración fue impecable y asombró a los presentes, pero ningún inversor se animó a apoyar a Pifre.

Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de agosto de 2014.

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Salvá legó hasta su propio cuerpo a la instrucción pública. Son tan notables las palabras con que expresa este legado en su testamento que ellas solas bastarían para hacer su elogio y manifiestan mejor de lo que yo pudiera con otras su generosidad, la grandeza de su alma, y sus deseos de se útil a la medicina y a los enfermos aun después de su muerte. “Si la disección de mi cadáver puede servir de instrucción pública, atendida mi última enfermedad o el modo de mi muerte, quiero absolutamente y mando que lejos de oponerse a ella, le faciliten en mi habitación a los profesores que la pidan, suministrándoles la ropa necesaria para la decencia y la perfección de aquella, permitiéndoles también extraer de mi cadáver las partes que se necesiten para un gabinete patológico y pagando hasta diez y seis duros de mi dinero la preparación necesaria para la conservación de lo que se extrajere, conducente a la instrucción patológica…” (…) Algunos discípulos y amigos solicitaron que se conservara su corazón para que, colocado en una urnita, permaneciese en perpetua memoria en la Biblioteca, donde se halla depositado entre sus amados libros.

Fragmento de Elogio histórico del Dr. Francisco Salvá, por el Dr. Félix Janer.
Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona, 1832.

El doctor Salvá y Campillo, nacido en Barcelona en 1751, no solo fue un médico de gran fama y excelsas cualidades, científico de primer nivel en la práctica médica de su tiempo y físico de insaciable curiosidad. También fue uno de los primeros meteorólogos científicos y experimentó con la electricidad pero, sobre todo, era un hombre de curiosidad insaciable. Por ello, el texto con el que abro este artículo no ha sido elegido a la ligera pues con él quiero mostrar que, incluso en su muerte, que tuvo lugar el 13 de febrero de 1828, el bueno de Francisco pretendía contribuir al avance del conocimiento, tal como había hecho en vida en multitud de saberes.

En caso de preguntar por la invención de mayor importancia en la historia de las comunicaciones, con seguridad aparecerán en los primeros puestos de preferencia tecnologías como el teléfono o Internet. Ahora bien, apuesto a que el vetusto telégrafo también aparecería mencionado en esa hipotética encuesta, pero no precisamente ocupando el lugar que merece. Personalmente, lo colocaría en el primer puesto porque, aunque anticuado y casi olvidado por muchos, fue la primera tecnología de comunicaciones realmente rápida y global. Las redes de telégrafos ópticos fueron dando paso a la telegrafía eléctrica, al mismo tiempo que se extendían sus redes siguiendo los trazados de las vías del ferrocarril. Por primera vez en la historia era posible enviar mensajes complejos, e incluso imágenes con aparatos como el pantelégrafo de Caselli, a lejanas tierras. El telégrafo eléctrico cambió el mundo para siempre y, sin embargo, si se pregunta por su inventor no se obtendrá otra cosa que un gran silencio. Morse y su código quedaron inmortalizados, como Bell y su teléfono pero, ¿quién inventó el telégrafo?

La respuesta no es sencilla, porque no hubo un solo genio iluminando la mágica idea pero, si hubiera que atender a la primacía sobre la idea, sorprenderá el nombre que aparece. No fue ni más ni menos que un médico catalán, Francisco Salvá y Campillo quien abrió el camino de la telegrafía eléctrica.

La cadena eléctrica

Que la electricidad podría ser utilizada para enviar mensajes a distancia, es algo que venía rondando la mente de muchos sabios ya desde los siglos XVII y XVIII. El primer contacto con la electricidad desde el punto de vista experimental llegó de la mano de las máquinas electrostáticas, como la que el alemán Otto von Guericke construyó con una gruesa esfera de azufre que giraba en torno a un eje animado por un manubrio mientras era frotado por un pedazo de piel de gato. Aquel generador de electricidad estática fue mejorado por el inglés Francis Hauksbee cambiando el azufre por vidrio, descubriendo igualmente diversos fenómenos luminosos asociados con la electricidad. En 1768 otro inglés, Jesse Ramsden, mejoró el generador electrostático todavía más, con lo que la electricidad pudo contar ya con una máquina generadora capaz de ofrecer a los experimentadores una fuente satisfactoria. Tal cosa pudo comprobar el holandés Pieter van Musschenbroek, que en un célebre experimento descubrió a costa de sufrir una conmoción por la descarga eléctrica cómo construir primitivos condensadores, o botellas de Leyden, tal y como fueron conocidos aquellos artlugios.

A quien no le asustaban las descargas procedentes de botellas de Leyden era al eclesiástico francés Jean Antoine Nollet, que en el siglo XVIII pasó muy buenos ratos divirtiendo a la alta sociedad con descargas eléctricas. Tal era el éxito de sus espectáculos que llegó el día en que no podía atender las peticiones de tantas personas que deseaban ser “electrizadas”. Se le ocurrió entonces hacerlo en cadena, haciendo que un grupo numeroso de voluntarios se convirtiera en conductor eléctrico. Todos los miembros de la cadena sufrieron la conmoción eléctrica aparentemente al instante, llegando a repetirse la experiencia con grupos de monjes e incluso con una compañía de más de doscientos soldados franceses. Todo aquello era mucho más que un simple divertimento, Nollet tomó buena nota de sus experimentos, que hicieron pensar en cómo utilizar la electricidad para enviar mensajes a distancia de forma veloz. Pero, ¿cómo hacerlo si las fuentes de energía eléctrica eran las primitivas máquinas electrostáticas? La llegada de la pila de Volta abrió un nuevo mundo y facilitó la creación del telégrafo eléctrico, competidor del óptico y el acústico, que a partir de ahora mencionaré simplemente como telégrafo, por simplificar.

Varias fueron las propuestas teóricas que comenzaron a publicarse a principios del siglo XX en torno al novísimo telégrafo. ¿Se podría enviar una señal eléctrica en la distancia para transmitir mensajes de forma eficaz? Los experimentos con máquinas electrostáticas eran prometedores pero poco prácticas. La pila de Volta cambió el panorama hacia 1800, a partir de entonces se podía confiar en tener corriente eléctrica de baja tensión de forma constante, lista para los experimentos. Así se llegó a la primera máquina telegráfica mínimamente práctica, el ingenio que presentó en 1809 el médico alemán Samuel Thomas von Sömmerring. Su telégrafo abrió de inmediato el camino a otros experimentadores que crearon con rapidez toda una industria que unió a través del hilo telegráfico a todo el planeta.

Ahora bien, el primitivo telégrafo de Sömmerring tuvo como directo antecesor una máquina que ha caído en un injusto olvido: el primer telégrafo práctico de la historia, ideado y puesto en práctica por Francisco Salvá y Campillo. El invento no se parecía mucho a lo que comúnmente fueron los telégrafos de décadas posteriores, pero sirvió para inaugurar la era de las comunicaciones eléctricas. Empleaba cables conductores, uno por cada letra o número a representar en el mensaje que se deseaba enviar. Cuando la corriente eléctrica llegaba a uno de los extremos de cualquiera de los cables que se correspondían con los caracteres, al estar el receptor sumergido en un contenedor único de vidrio por cada cable, lleno de ácido, comenzaba a burbujear emitiendo hidrógeno. Puede parecer poco práctico o elegante, pero sin duda era algo ingenioso. No había bombillas, ni electroimanes, todo estaba por inventar, así que un receptor electroquímico a modo de indicador era lo más adecuado para la época. El operador iba anotando secuencialmente los tubos que borboteaban, con lo que, uno tras otros, aparecían los caracteres de los mensajes.

Médico, físico e inventor

Salvá y Campillo mostró durante toda su vida una curiosidad insaciable que iba desde la investigación en química, hasta los globos aerostáticos. Médico célebre en su tiempo, catedrático y miembro de las academias médica y de ciencias de Barcelona, impulsor de la vacuna contra la viruela en España, no dejó de trabajar en cualquier campo que fuera de su interés. No era algo extraño, a fin de cuentas gran parte de los experimentadores en el campo de la electricidad de su tiempo eran médicos. Desde temprano contempló la posibilidad de utilizar la electricidad en telegrafía y así lo hizo ver en una memoria presentada en Barcelona en 1795 y en sus experimentos llevados a cabo en ese tiempo. Nótese la fecha, tan temprana que puede considerarse a Salvá y Campillo como pionero absoluto en el campo de la telegrafía eléctrica.

En su época fue reconocido por su labor médica, mientras que sus aportaciones en el campo de la física experimental, a pesar de llamar la atención, pasaron bastante desapercibidas. Cierto es que, si se percibe desde el punto de vista de su posible influencia en el devenir histórico de la física y, en concreto, de la tecnología de comunicaciones, no fue muy profunda su huella. Sin embargo, merece la pena recordar su tesón a la hora de alumbrar una máquina telegráfica práctica, ingenio que, además, no fue su única aportación en materia de invenciones.

Como físico, Salvá y Campillo merece un recuerdo como paciente observador meteorológico. Durante cuatro décadas, sin descanso, tomó tres veces al día anotaciones de sus instrumentos. Aquellas observaciones meteorológicas se publicaban en portada del Diario de Barcelona. En 1827, una año antes de su fallecimiento, el voluntarioso médico tuvo de abandonar esa metódica tarea al comenzarle a fallarle las fuerzas. Tiempo tuvo de publicar algunas tablas de observaciones, consideradas de las primeras realizadas de forma científica en España.

A través de diversas memorias que leyó en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, Salvá y Campillo fue desgranando los estudios a los que iba dedicando su tiempo, además de a la materia médica propiamente dicha. Así, presentó estudios experimentales diversos sobre electricidad, construcción de instrumentos científicos, sobre todo meteorológicos, e investigaciones acerca de los rayos y las tormentas.

El médico, y también físico experimental, también era un curioso de las máquinas, y esto es algo muy poco conocido al margen de sus aventuras con el telégrafo. Salvá y Campillo inventó, junto con varios colegas, una máquina para agramar, esto es, un ingenio capaz de machacar el cáñamo o el lino de forma industrial para separar las fibras del tallo. Junto con un amigo, el doctor Francisco Sanponts, inventó un hornillo portátil. Igualmente creó un nuevo tipo de barómetro, también portátil, y un higrómetro. Desarrolló máquinas para preparar aguas sulfurosas artificiales, un curioso sistema para transporte de cargas pesadas y hasta un proyecto de submarino dotado de novísimos métodos para facilitar la respiración de la tripulación. Pero, si en algo fue pionero Salvá y Campillo, fue en telegrafía. Bien merecería ser reconocido hoy día como inventor del telégrafo eléctrico, ingenio que no sólo inventó, experimentó y demostró, sino que fue perfeccionándolo con diversas mejoras. Presentó proyectos para unir las ciudades de Barcelona y Mataró con un haz de cables eléctricos aislados con resina, tantos como letras, alimentados con descargas procedentes de botellas de Leyden o similares, posteriormente pilas voltaicas. Mientras en Europa y América se teorizaba con la posibilidad de este tipo de telégrafo, Salvá y Campillo ya estaba experimentando e imaginando redes de comunicaciones con Mallorca a través de un cable submarino de 22 alambres hundido en el lecho o con Madrid a través de hilos subterráneos o colgantes. Y a punto estuvieron de convertirse los experimentos que llevaría más tarde a cabo en la Corte en algo más contundente, tal y como aparece en la Gaceta de Madrid del 25 de noviembre de 1796:

El Príncipe de la Paz [se refiere al valido Manuel Godoy] sabiendo que D. Francisco Salvá había leído en la Academia de Ciencias una memoria sobre la aplicación de la electricidad a la telegrafía, presentando al mismo tiempo un telégrafo eléctrico de su invención, quiso examinarlo y, admirado de la prontitud y facilidad con que funciona, lo enseñó al Rey y a la Corte, haciéndolo él mismo maniobrar.

El telégrafo que presentó en a principios del siglo XIX ya empleaba pilas voltaicas y era la máquina de su tipo más avanzada jamás vista. Según describe Antonio Suárez Saavedra en su Tratado de Telegrafía, edición de 1882:

En la sesión de la Academia de Ciencias de Barcelona del 14 de mayo de 1800, leyó el socio Don Francisco Salvá y Campillo una memoria titulada “El galvanismo y sus aplicaciones a la telegrafía”. (…) Refiere los experimentos hechos al efecto en su casa, tendiendo por la azotea y jardín de aquella doscientas canas catalanas de alampe [unos 310 metros]) atados los extremos a aisladores de vidrio barnizados, notando las convulsiones de una rana a pesar de la distancia. (…) Salvá empleaba como agente motor la electricidad desarrollada por un gran número de ranas. Nadie había tratado, antes que el ilustre médico español, de la aplicación de la electricidad dinámica a la telegrafía. (…) Además, nadie, absolutamente nadie, le precedió en la aplicación del dócil fluído electro-dinámico a las comunicaciones a distancia, único sistema seguido en la telegrafía moderna. En 1804, cuando apenas se había divulgado por Europa la invención de la pila de Volta, Don Francisco Salvá y Campillo leyó en la sesión del 22 de febrero de la Academia de Ciencias de Barcelona un estudio [en el que propone el uso de la pila voltaica] y en cuanto al medio de recibir las señales emitidas con las corrientes voltaicas, duda Salvá el fijar definitivamente uno, pues aunque admite al efecto las contracciones de las ranas, muéstrese inclinado también a valerse para el objeto de la descomposición del agua.

Por desgracia, las aventuras del médico barcelonés cayeron en el más profundo de los olvidos y no se difundieron por Europa. Tal y como se afirmó en el homenaje que se rindió a la figura de Salvá y Campillo en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona el 30 de diciembre de 1900:

Si Salvá hubiese nacido en la Gran Bretaña, sus descubrimientos se hubieran esculpido en letras de oro.

El gato de Lalande

felisEscudriñar el cielo nocturno en verano, lejos de la contaminación lumínica de las ciudades, es un espectáculo que nadie debería haber olvidado presenciar al menos una vez en la vida. Miles de luceros esperan ser contemplados en la bóveda celeste. Al margen de las estrellas errantes, los llamados planetas, la esfera de las estrellas “fijas” de nuestros antiguos aparece ante nosotros como todo un juego de puntos luminosos de mayor o menor magnitud. De ahí a jugar a “unir los puntos” va poco trecho. Y, así, prácticamente todas las culturas humanas han dejado huella en el cielo en forma de juegos de palabras, agrupando estrellas de forma más o menos caprichosa para crear las constelaciones. Objetivamente esas formaciones no existen, claro está, porque en realidad se podrían agrupar como a uno le viniera en gana, pero a modo de referencia en el marco celeste han quedado fijadas unas cuantas desde tiempo inmemorial, al menos en occidente. Las constelaciones zodiacales ven pasar entre ellas al sol y los planetas, siendo muchas de ellas recuerdo de antiguos mitos nacidos a orillas del Mediterráneo.

Cuando occidente descubrió los mares del sur y apareció el novísimo cielo austral ante los cartógrafos celestes europeos, se abrió todo un nuevo mundo de posibilidades (la configuración oficial de constelaciones actual fue fijada por la Unión Astronómica Internacional allá por 1930). Allí, al sur, existía la posibilidad de crear nuevas constelaciones que podrían pasar a formar parte de los mapas, una nueva tradición que marinos y exploradores disfrutarían durante siglos. Lo malo es que el cielo austral se llenó de rarezas como las constelaciones de la “máquina neumática” o la del “microscopio“.

Repasando los significados de los nombres de las 88 constelaciones canónicas, vemos que aparecen bichos de todo tipo, reales o imaginarios. Ahí están los zorros, peces, osos, serpientes, escorpiones, perros, pavos, conejos, leones, lobos, linces, cuervos, cisnes, palomas, jirafas, águilas, aves del paraíso, lagartos y hasta unicornios y pegasos. Es todo un zoológico, pero falta un animalejo, mi favorito, que no aparece en los cielos. Se trata de los gatos domésticos.

Para remediar tal omisión imperdonable, aparece en escena el célebre astrónomo francés Joseph Lalande. Aunque era abogado, estudió con pasión astronomía hasta llegar a convertirse en uno de los más grandes sabios del cielo de toda la historia. El caso es que, después de décadas dedicado a la astronomía y tras haber llegado a las más altas cimas de ese campo del saber, a Lalande se le ocurrió que, siendo los gatos sus animales favoritos, hacia los que sentía verdadera pasión, la historia le debía un favor. ¿Por qué no proponer la existencia de una nueva constelación llamada Felis (gato en latín) que remediara tan terrible omisión celeste? Por desgracia, nuestros gatos domésticos siguen sin tener constelación propia, pues en la conformación actual de las constelaciones no se acogió con agrado la idea de Lalande. Sólo en algunos mapas celestes del siglo XIX, como los de Angelo Secchi o los de Johann Bode, aparece la constelación Felis. Mientras tanto, los gatos siguen mirando al cielo esperando obtener una parcela que lleve su nombre a las alturas junto con el resto de fauna celeste. Por cierto, ¿por qué no hay constelaciones con nombres vegetales? Grave olvido que da para pensar.

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Fuente de la imagen: Richard W. Pogge.

Alejandro Basanta y su salvavidas ferroviario

La preocupación por la seguridad en los ferrocarriles no es cosa de ahora. Al leer estos días sobre novísimos sistemas para el control de la seguridad en trenes y similares, he recordado el curioso artilugio creado por al asturiano Alejandro Basanta y Baqué a finales del siglo XIX (véase la referencia de sus patentes en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas, números 15250, 21113 y 21114).

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En La energía eléctrica, número 2 del año 1899, se describe el sistema de comunicación entre trenes de Basanta como un auténtico salvavidas ferroviario:

Los accidentes desgraciados que con tanta frecuencia se suceden en los ferrocarriles (…) ha hecho pensar varias veces a los hombres de ciencia en la necesidad de idear algún medio seguro de señales destinadas a evitar tan tremendas catástrofes. (…) Don Alejandro Basanta ha tenido la satisfacción de vencer toda clase de dificultades, y tras grandes desvelos y después de continuadas experiencias realizadas en silencio durante varios años, acaba de exponer ante una comisión oficial, a la que acompañaron representantes de la prensa y un gentío inmenso, las pruebas definitivas de un sistema eléctrico completo de señales e intercomunicación de trenes y estaciones, que han sido coronadas por el más satisfactorio éxito.

Las referidas pruebas se han efectuado en el trayecto de ferrocarril comprendido entre Villena y Yecla, de la provincia de Alicante, y la prensa en general, con inusitada unanimidad, al dar cuenta de ellas, ha hecho el más cumplido elogio, dando por definitivamente resuelto el importante problema que tanto ha preocupado a propios y extraños.

El sistema de Basanta era muy complejo para la época, pero los resultados parece que, al menos en las pruebas, fueron bastante positivos. Hasta entonces no se había intentado construir una red de comunicación efectiva entre ferrocarriles en marcha. El objetivo fundamental de los intercomunicadores para trenes y estaciones consistía en que los maquinistas y personal de línea tenían información acerca de si en la misma vía por la que circulaban existía otro tráfico. Un sistema de timbres eléctricos avisaba de problemas, permitiendo además comunicación telefónica entre maquinistas. Además, las estaciones podían avisar a trenes en marcha acerca de posibles obstáculos presentes en la vía, e incluso se contamplaba la posibilidad de activar pasos a nivel desde el puesto de maquinista. Se podía controlar a distancia la velocidad y posición de los trenes y, además, se podía atender las emergencias que aparecieran entre los pasajeros, por ejemplo con aviso a distancia a un médico que se presentaría en la siguiente estación. ¡Y todo esto antes de la invención de la radio! Naturalmente, el complejo sistema de redes de comunicación necesario para desplegar el invento era costoso y, hasta donde sé, no se materializó sino de forma limitada.

Más información: Patente estadounidense US-542916-A, de 1895.

La rueda de Grossmith

El artilugio que llega hoy a TecOb es de esos que me hubiera gustado mucho ver en funcionamiento de primera mano. Pariente lejano de algunos modelos de cinta transportadora gigante para minería, se trata de un método ingenioso para el transporte de graneles en obra pública, minas y similares, con una forma singular. Se trataba de una gran rueda en plano inclinado de veinticinco metros de diámetro que, con un giro constante que rondaba las seis vueltas por minuto, era capaz de transportar tierras desde el punto de captura de materiales hasta la escombrera o el vehículo de transporte de forma continua1.

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La gran máquina circular para movilizar tierras y minerales fue patentada entre 1906 y 1907 por el británico Alfred Roger Grossmith (ver las patentes de Grossmith sobre sistemas de excavación y transporte de tierras).

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SciAm, agosto de 1909.

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1 Véase Alrededor del mundo (Madrid), 8-9-1909.

207 páginas
Te encuentras en Tecnología Obsoleta,
blog editado por Alejandro Polanco Masa.

Cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Redactor de Historia de Iberia Vieja y autor de Herejes de la Ciencia, Crononautas y El viaje de Argos.



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