Ed Link y el primer simulador de vuelo

ed_linkRevisando algunos de los viejos artículos de TecOb he caído en la cuenta de que, a pesar de haber mencionado varios curiosos “simuladores” de vuelo, me he olvidado del primer modelo comercial que se lanzó con éxito. He escrito en otras ocasiones sobre cierto remedo de simulador de vuelo de 1893 o sobre un primitivo arnés para aprendizaje del vuelo de 1919, pero nada acerca del que merece ser recordado como primer simulador comercial de la historia, y además uno con el que se abrió toda una serie de simuladores cuyo eco llega hasta nuestros días. Se trata del simulador de Ed Link.

Edwin Albert Link, estadounidense nacido en 1904 y fallecido en 1981, fue un personaje singular con multitud de intereses. Sin ánimo de entrar en profundidades, resulta que Link fue piloto de avión, pionero de la aviación con fines publicitarios, empresario de éxito también en el sector de la aviación y en el de submarinos, creador de nuevas tecnologías para la investigación en arqueología submarina y productor de documentales. Este ingeniero mecánico consiguió cerca de una treintena de patentes, entre ellas las referidas a su más famoso invento, el Link Trainer o lo que es igual: el primer simulador de vuelo comercializado de la historia, que le abrió el camino para dar forma a una impresionante industria.

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Modelo de Link Trainer de la Segunda Guerra Mundial, con el que se entrenó a cerca de medio millón de pilotos.

Bien, si comparamos un Link Trainer de los primeros modelos, fabricados en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, con un moderno simulador de vuelo actual, podemos sorprendernos de las similitudes porque, aunque los primeros no tenían complejas pantallas ni nada parecido, el concepto básico era el mismo que el utilizado hoy día.

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Patente de Ed Link para su primer modelo de simulador de vuelo, US1825462, de 1931.

El Link Flight Trainer (PDF sobre la máquina de ASME International / Robertson Museum and Science Center), supuso toda una revolución en la formación de pilotos de aviación. La máquina era capaz de simular diversas condiciones de vuelo real gracias a una plataforma móvil diseñada para realizar complejos movimientos. La primera patente de Link sobre esta invención data de 1931, cuando decidió dar el salto desde sus primeros modelos de prueba que llevó a buen término en la fábrica en que su padre mantenía un negocio de pianos y órganos. Fueron, precisamente, piezas de tecnología neumática utilizadas en órganos eléctricos, las que empleó para construir la plataforma inicial. El éxito de la idea llegó pronto, el interés del ejército de los Estados Unidos ante la necesidad de formar a gran cantidad de pilotos en la Segunda Guerra Mundial hizo que a Link le llegara un pedido de hasta 10.000 unidades. Fue el comienzo de una aventura que dura hasta la actualidad. Del modelo primitivo armado con piezas de instrumentos musicales neumáticos de 1929, o del modelo que en los años treinta ya utilizaban varias escuelas de vuelo para mejorar la seguridad y reducir costes, la empresa de Link pasó después a diseñar novísimos sistemas de instrumentación electrónica y plataformas móviles que, con el paso de los años dieron forma, por ejemplo, a los simuladores de las naves Apolo.

TecOb cumple diez años

Una década, cuatro libros y un montón de artículos después, aquí sigo, y eso que esto nació como un simple divertimento sin pretensión alguna. Unas cuantas visitas y algunos dolores de cabeza más tarde, esta aventura que nació el 24 de febrero de 2005 en bitacoras.com (al cabo de unos meses se abrió este dominio en el que ahora se encuentra el blog) comenzó a crecer. Sí, fue tal día como hoy hace diez años, casi no me lo creo porque recuerdo perfectamente, como si fuera ahora mismo, aquella tarde en la que decidí escribir el primer post.

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En ese tiempo los blogs eran casi una rareza y había quien no daba un duro por ellos pero, pese a todo eso que se ha dicho sobre la muerte de este medio en general, creo que la fórmula tiene vida para rato. Lo que no sé es si este blog, y su compañero que también cumple diez años, La Cartoteca, seguirán aquí mucho rato. Simplemente, sin más, quiero agradecer a todo aquel que se ha acercado a estas letras el haber estado ahí, leyendo aquello que de vez en cuando escribo. Muchas gracias por estar al otro lado de la pantalla.

Germán Botella, el hombre que quiso convertir el mercurio de Almadén en oro

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de febrero de 2015.

En Alicante ha surgido un joven inventor que ha formulado sus curiosos descubrimientos desarrollándolos en una Memoria que envió a la Academia de Ciencias de Madrid. Las investigaciones de dicho inventor, llamado D. Germán Botella Pérez, se refieren al mercurio y han dado por resultado el deducir que de este cuerpo pueden extraerse varios componentes, entre ellos oro y, según otras informaciones, radio. No se sabe por ahora nada del juicio que a la Real Academia de Ciencias merecerán los estudios y observaciones del Sr. Botella y únicamente de los antecedentes del inventor podemos tomar alguna noticia en los periódicos que de él han hablado. Según una de esas informaciones, se ha confirmado que Botella tiene en su domicilio una maquinaria eléctrica de extraño aspecto. Dice que vendió pequeñas cantidades de oro en algunas joyerías y que hace dos meses depositó en la Delegación de Hacienda de Alicante otra cantidad de oro para adquirir mercurio de Almadén. Añaden que el joven inventor, pues cuenta sólo veinticinco años, fue practicante del Laboratorio Municipal, es muy modesto y rehuye hablar de sus descubrimientos.

Madrid científico. 1919, num. 979, página 15.

Durante siglos la alquimia formó parte de los saberes y las artes tanto de occidente como de oriente. En el siglo XVIII, con el proceso de desarrollo del conocimiento científico tal y como lo conocemos ahora, con la experimentación sistemática, el empirismo y el auge del racionalismo, aquella “prequímica” fue olvidada para dar paso a los grandes éxitos de la química que han cambiado el mundo y nuestras vidas. Ahora bien, la alquimia nunca fue un saber supersticioso, monolítico y único, había muchas alquimias y diversos objetivos en ellas. Todavía hoy hay soñadores que buscan la piedra filosofal, la quintaesencia y la panacea universal por medio de manipulaciones de la materia que tienen mucho más que ver con el pensamiento mágico que con el método científico. Sin embargo, el triunfo de la ciencia relegó a la alquimia al más profundo de los olvidos y, hoy, muy pocos son los que se asoman a sus oscuros escritos tratando de averiguar qué ocultaban. Y, lo que fue germen de la química y de la farmacia, fue dando paso a la síntesis química, el conocimiento de la materia y, ¡sorpresa! de la estructura de la propia materia. Llegado el siglo XX, cuando se descubrió la estructura del átomo, se estudió la radiactividad y se comprobó que la transmutación de elementos era posible, siempre bajo unas condiciones muy precisas y con grandes energías en juego, algunos “alquimistas” de nueva hornada aparecieron en el horizonte.

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Nótese que he colocado el término entre comillas, porque bien poco se parecían a los alquimistas antiguos. He mencionado que había varias alquimias, que el “arte real” no era algo único. Se concebían varias vías para purificar la materia burda, los metales innobles en algo más elevado. Ahí estaba la vía húmeda, lenta pero más segura en apariencia. La vía seca, más rápida y peligrosa y, en último caso, como la más elevada forma de arte alquímico, la vía del sol. Todo venía a ser lo mismo. Se partía de una materia prima, siempre secreta que bien podía ser un metal, un tipo de arena o el rocío de la mañana y se sometía a diversas manipulaciones de filtrado, calentamiento en un atanor, precipitado y similares para extraer esa supuesta “alma” que habita en toda la creación y que mostraría el camino hacia la piedra filosofal, materia perfecta que transmutaría todos los metales en oro y haría elevarse las almas de los “adeptos” alquimistas más allá de nuestra realidad. Eso, cuando no se hablaba de inmortalidad como tal. Cada maestro alquimista tenía su método y sus creencias.

Aquella búsqueda de la panacea universal capaz de sanar a cualquier enfermo y de la transmutación de los metales como la plata, el plomo o el mercurio en oro, pasó de lo mágico a los sistemático cuando alumbró a la química y la farmacia. Ya no había espacio desde entonces para locuras alquímicas y, sin embargo, el cambio de siglo entre el XIX y el XX vio un renacer de lo mágico y lo alquímico. Aparecieron entonces célebres obras, como las de Fulcanelli, supuesto alquimista moderno que reivindicaba el papel de la alquimia en la moderna ciencia y que veía en el simbolismo de ciertos templos la llave para comprender los oscuros textos alquímicos. En París se llevaron a cabo algunos experimentos acerca de transmutaciones, o al menos eso se decía en la prensa, y hasta un supuesto alquimista de origen polaco, Dunikowski, recorrió media Europa ofreciendo oro transmutado, con lío judicial en París como coda de su aventura. Las sociedades de tinte esotérico proliferaban y acogían la alquimia como una especie de vínculo entre la ciencia y la magia. Acá y allá surgían arquimistas, sí, con “R”, aquellos alquimistas poco preocupado en piedras filosofales y panaceas pero muy interesados en el oro y en las riquezas. En este ambiente tan revuelto apareció en España un personaje fascinante que dedicó casi dos décadas de su vida a intentar convencer que era posible transmutar el mercurio en oro o, más bien, que el oro “vivía” en el interior del mercurio. Esta es la historia de Germán Botella.

Botella, el transmutador

Comencemos por el principio, que en este caso viene a ser el final de la historia. No tenía ninguna referencia acerca de nuestro pretendido alquimista del siglo XXI hasta que choqué con él en una serie de patentes en el Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas en Madrid. ¡Como para no sentir curiosidad ante tan sugestivos títulos! Veamos, están registradas nada menos que trece patentes a nombre del alicantino Germán Botella Pérez, entre mayo de 1918 y abril de 1935. No se trataba de un inventor polifacético como tantos con los que podemos encontrarnos incluso hoy día, que tan pronto te proponen un nuevo tipo de avión como salen a cuento de un novísimo método para afilar cuchillos. Tampoco era un científico de sólida carrera enfocado en solucionar los problemas de un área concreta o campo de la ciencia. Nada de eso, ¡era un alquimista! Es más, un alquimista con patentes, lo que le convertía en una rareza digna de mención porque, si algo ha caracterizado a la alquimia a lo largo de la historia ha sido, precisamente, la oscuridad en la que se han envuelto sus procedimientos para que sólo el maestro pudiera transmitir su conocimiento al aprendiz, sin dejar nunca que esos supuestos saberes cayeran en manos del común de los mortales. Bien, ahí estaba, fuera de lo normal, un aparente alquimista que abría sus métodos a todo el mundo a través de patentes en las que se detallaba cómo convertir el mercurio en oro. Claro que, después de leer las recetas, no está muy claro que se pudiera cocinar el dorado premio tal y como pretendía del osado de Germán. ¿Era un hábil estafador? Bien pudiera, pero por lo que he podido averiguar era más bien alguien obsesionado con una idea desde su juventud, una loca quimera que le acompañó hasta sus últimos días. Pretendía tener razón y movió cielo y tierra para intentar que se le hiciera caso. Asombrosamente, se le escuchó y se atendieron sus ruegos. Al final, como no podía ser menos, todo acabó en aparente fiasco.

Veamos los títulos de algunas de las patentes de Germán Botella, todas ellas destinadas a describir métodos de transmutación de mercurio en oro. Tomemos tres de ellas al azar. En primer lugar, la patente española número 67033, del 15 de mayo de 1918, con el título siguiente: “Un nuevo procedimiento para descomponer el mercurio y obtener el radio metálico y oro que se encuentran formando dicho metal”. Uno frunce el gesto cuando lee cosas así, pero la curiosidad va por delante. En fin, sigamos con la pesquisa. El 9 de agosto de 1923, en la patente número 86412, Germán Botella propone “un nuevo tubo de rayos ultravioleta que descompone el mercurio en oro”. Asombroso, el tipo no sólo juega con el lenguaje sino que se arma de lo más moderno en tecnología de la época. Con rayos X hubiera quedado más decorativo, pero los ultravioleta no eran menos asombrosos por entonces. Finalmente, como tercer ejemplo, veamos su última patente, la 137904 del 11 de abril de 1935. Hay que respirar hondo antes de leer su título: “Procedimiento de obtención de una materia roja-oscura incrustada en un bloque de nitro que se forma en las reacciones del radical SO(OH) originadas en las reacciones con sales mercuriosas”. Como puede verse, la cosa se ha sofisticado hasta el límite de lo risible. Sin embargo, ¿había descubierto Botella algo realmente interesante? El asunto queda en el aire porque nunca pudo ofrecer pruebas contundentes acerca de lo que afirmada. Eso sí, se pasó durante años mucha tinta al papel abordando el caso. Luego, como suele ser habitual, tan curiosa historia se perdió en las hemerotecas. Ah, como apunte postrero cabe anotar la curiosa mención al color “rojo-oscuro” mencionado en esa última patente, curiosamente el mismo color que a lo largo de la historia ha sido mencionado en muchos tratados alquímicos al referirse a la piedra filosofal. Cabe mencionar que la pasión de nuestro personaje por difundir sus ideas y procedimientos no conocía fronteras, he podido rastrear patentes suyas sobre conceptos similares tanto en Francia como en Gran Bretaña.

El practicante que quiso ser alquimista

¿Quién era Germán Botella Pérez? No hay muchos datos disponibles, la investigación de este caso sigue adelante, además es complicado separar los datos verificables de las posibles fantasías del propio Germán. He ahí, por ejemplo, sus contundentes afirmaciones acerca de sus viajes a Londres. Supuestamente habría estado en contacto allí, o más bien habría tratado como “iguales”, a inmensas figuras de la ciencia como Ernest Rutherford, el genio que logró la primera transmutación artificial junto a Frederick Soddy. También afirmó haber tenido contacto con J. J. Thompson, descubridor del electrón. No he podido verificar nada de esto y, por lo tanto, no puedo afirmar que hubiera algo de cierto en ello, aunque cuesta pensar que un practicante alicantino pudiera llegar hasta lo alto del edificio de la física de su época sin apenas referencias o trabajos a sus espaldas, salvo ciertos artículos en los que se citaban someramente experimentos con mercurio. Por otro lado, el lenguaje empleado por Botella es oscuro, a pesar de su supuesta intención de arrojar luz acerca de la supuesta “estructura compuesta del mercurio”, y a veces roza lo extravagante, como cuando menciona la posibilidad de construir un “rayo diabólico”.

La principal teoría de Germán Botella, que presentó en 1919 ante la Real Academia de Ciencias de Madrid a través de un estudio con diez y ocho conclusiones, se basaba en su creencia de que “el mercurio es oro bañado en anhídrido sulfuroso”. Creo que después de leer semejante cosa todos los químicos habrán abandonado la sala, y no es para menos, porque semejante cosa hace saltar alarmas. Sin embargo, en su tiempo se le escuchó y fue tomado en consideración, hasta que, con el paso de los años, las palabras no encontraron respaldo en la experimentación. El practicante afirmaba que podía llevar su teoría al campo de lo experimental por medio del uso de cierto procedimiento eléctrico, con el que el mercurio entraría en “descomposición” dando como resultado átomos de oro y de radio.

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Botella realizó experimentos privados hacia 1918 mientras trabajaba como practicante en el Laboratorio Municipal de Alicante. El caso es que, sin apenas hacer ruido al principio, y formando parte de buena familia, fue tejiendo toda una red de partidarios entre los que se encontraba, por ejemplo, el doctor y diputado Rodríguez Álvarez Villamil. De forma periódica fue solicitando patentes acerca de sus diversos procedimientos para extraer oro del mercurio, según iba evolucionado su método experimental. Ahora bien, apenas se dejaba ver y no era muy dado a entrevistas. De hecho, la mencionada memoria acerca de tan grave asunto que presentó en Madrid fue entregada por su hermano, Juan Botella. Si bien era poco dado a apariciones públicas, el tema era tan asombroso que los periódicos no dudaron en dedicarle páginas sin mesura. Los titulares de la época son sorprendentes. “La piedra filosofal descubierta por un alicantino”, aparecía impreso en negro sobre blanco, ¡y se quedaban tan anchos! Se afirmó que Botella abandonó su empleo en Alicante para dedicarse en exclusiva a su trabajo alquímico, algo que, pese a lo que él imaginaba, no le hizo rico, ni mucho menos.

Sobre la naturaleza compuesta del mercurio

Desconozco qué lecturas y experimentos realizó Germán Botella en su juventud para que se convenciera de la naturaleza “compuesta” de un elemento químico como es el mercurio que, desde luego, no está formado por oro, ni mucho menos por radio. Para Botella, el mercurio contiene “un líquido en su periferia que es un equivalente químico (…) de anhídrido sulfuroso en estado líquido. (…) Cuando es separado del mercurio todo el líquido que contiene en su periferia, aparece un metal completamente amarillo y dúctil: el oro.” Sea como fuere, el alicantino dedicó los siguientes diez años, desde su primera patente, a mejorar sus métodos y a patentarlos. No parece que llevara a cabo transmutaciones asombrosas ni nada parecido, su eco se fue apagando hasta que, de repente, a principios de los años treinta todo cambió.

Fue en el año 1932 cuando, ante la insistencia que durante años había manifestado Germán Botella para que fueran verificadas sus teorías, se formó una comisión estatal de ingenieros y científicos dispuesta para llevar a cabo los experimentos diseñados por el propio Botella. Por fin había llegado la hora que tanto había esperado el alquimista. Además, si existía alguna posibilidad de convertir la mayor mina de mercurio del mundo, Almadén, en toda una fuente de oro, ¿por qué había de dejarse de lado tal oportunidad? Por desgracia para Botella, el ingeniero que presidía la comisión, Enrique Hauser, tras realizar algunos de los experimentos, le envió el siguiente parecer a Jerónimo Bugeda, Presidente del Consejo de Administración de las Minas de Almadén y Arrayanes:

…puedo manifestarle que hemos seguido paso a paso el trabajo del Sr. Botella tomando muestras no sólo de la primera materia (mercurio), sino de todos los productos de las transformaciones sucesivas, hasta el precipitado final que debía contener el oro, en el laboratorio químico industrial de la Escuela de Minas, no pudiendo apreciar el buscado metal en ninguna de las diez muestras correspondientes, en las que se incluye el precipitado final, que está constituido principalmente por óxido de hierro.

Ante tan negativos resultados la comisión decidió dar por cerrado el asunto y no continuar con los experimentos. Germán Botella protestó e incluso emprendió acciones judiciales para impedir que se cerrara la comisión, en su opinión, no se habían llevado a cabo todos los procedimientos de forma adecuada y, por ello, el oro no había hecho acto de presencia. Sus pretensiones fueron rechazadas y del alicantino poco más se supo desde ese momento. Lo más curioso fue que, poco antes de que el informe de Hauser llegara a la prensa, el 15 de julio de 1932, el propio Botella fue entrevistado por el diario La Libertad, donde afirmaba que los experimentos estaban dando resultados muy positivos:

…en la penúltima sesión, conforme con el plan que de antemano fijé, se produjo ante la vista atónita de los 11 señores de la Comisión, el hecho fundamental de este experimento, el que se me ha negado hasta el último momento porque contraría la teoría vigente de la química: el desprendimiento del mercurio sometido a reacciones catalíticas de átomos de dióxido de azufre, dejando oro en libertad. Todos y cada uno de los señores de la Comisión comprobaron, asombrados, este hecho (…) luego el oro, que ya se había acusado persistentemente por la coloración azul de diversas disoluciones, ha aparecido en forma de polvo pardo amarillento.

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En las imágenes: Gráficos de varias de las patentes de Germán Botella.

La rueda de Giragossian

En el Boston de principios del siglo XX vivió un tipo al que no se le puede negar que tenía una tenacidad a prueba de bombas. Lástima que ese tesón no se hubiera cultivado sobre una sólida base de conocimiento, se hubiera ahorrado un gran fiasco. Se trataba de Garabed T. K. Giragossian, un armenio que había emigrado a los Estados Unidos allá por 1891. No fue alguien relevante hasta que en 1917 apareció en los periódicos norteamericanos afirmando haber encontrado una solución increíble al problema de la energía para mover máquinas. El artilugio propuesta era una gran rueda que, según su inventor, a quien por cierto se le negó la patente, era capaz de producir energía sin límites y sin coste alguno, ni gasto de combustible ni nada parecido. El caso es que el osado Giragossian luchó todo lo que pudo para ser reconocido como inventor de algo que iba a cambiar el mundo para siempre. Sucedió entonces algo increíble, justo cuando los políticos entraron en escena.

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Giragossian (Library of Congress)

Ante las afirmaciones de Giragossian en la prensa, cuando comentaba que con su máquina se podían alimentar barcos, ingenios de guerra y fábricas y que, claro está, la primera nación que contara con sus servicios sería invencible, el Congreso de los Estados Unidos decidió entrar en acción, incluso apareciendo en apoyo del nuevo genio el presidente Woodrow Wilson. De nada sirvieron los informes técnicos de ingenieros y científicos acerca de lo equivocado que estaba el inventor, porque lo que veían allí era a un hombre hecho a sí mismo que defendía con pasión aquello en lo que creía, sin más razón que unas bonitas palabras. Una patética postura que llevó a que se creara una sorprendente comisión y se le dieran fondos adecuados a Giragossian para crear un modelo funcional de su rueda. De nuevo, no sirvió de nada la queja de los expertos, había que probar aquello “por si acaso”. Giragossian era un genio de la comunicación y, además, estaba absolutamente convencido de que él tenía la solución a todos los problemas energéticos. Toda una mezcla explosiva de carácter y pasión que finalizó de repente el día en que se llevó a cabo el experimento con su rueda ante los miembros del Congreso.

Giragossian prometía que con su máquina “se podrían construir aparatos aéreos adaptándolos a transportar cualquier peso, desarrollando hasta 10.000 caballos de fuerza. Se podría dar la vuelta al mundo sin necesidad de tocar el aparato la tierra. Para los usos de la guerra, un aeroplano transportaría cualquier peso al otro lado de los mares. La máquina podría ser colocada en tanques de la dimensión que se quisiera y proveerles de la fuerza motriz sin necesidad de ningún combustible…”1

La prueba ante el selecto público no pudo ser más desastrosa, aunque Giragossian estaba encantado porque tardó bastante en darse cuenta de su propio error. El problema estaba en que la elocuencia del armenio nada tenía que ver con el mundo real y sí con la fantasía. Sin formación técnica ni científica, Giragossian había sentido fascinación desde pequeño por los contrapesos, los mecanismos de relojería y los volantes de inercia. Y eso era, precisamente, lo que acababa de construir, un gran volante de inercia. No lograba entender los diversos tipos de energía, ni tan siquiera la más mínima mecánica elemental. Había inventado algo que llevaba mucho tiempo siendo utilizado en la industria. Veamos, un volante de inercia suele estar constituido por un pesado disco pasivo que aporta a la máquina motriz una inercia suplementaria en forma de energía cinética acumulada. Pero cuando el motor que lo mueve cesa de proporcionarle energía, el volante sólo continúa girando por sí mismo mientras contenga energía cinética acumulada. Ahí estaba el error que no entendía Giragossian, y que tampoco lograban comprender los políticos. Creían que alimentando ligeramente la gran rueda de forma intermitente, ésta podría ofrecerles toda la energía que necesitaran. El experimento funcionó como debía, esto es, ante un primer impulso incial y, tras desconectar la rueda para que girara en solitario, continuó moviéndose unos segundos. Nada más, hasta que la energía cinética acumulada hubo desaparecido. Y eso es lo que le había “vendido” Giragossian al Congreso, un gigantesco y caro volante de inercia que no servía para nada. La comisión oficial cerró el caso al poco tiempo, con el menor de los ruidos, no fuera que alguien se atreviera a llamar, con toda la razón del mundo, ignorantes a los políticos de turno.

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1Referencia tomada de El noticiero: diario de Cáceres – Año XVI Número 4692 (26/12/1918).

Más información: Voodoo Science: The Road from Foolishness to Fraud, de Robert L. Park.

El Dragón Afortunado, la tercera bomba atómica sobre Japón

Experimentar con bombas de hidrógeno, por mucho que se haga en lo más alejado del Pacífico, tiene sus peligros, sobre todo cuando no se sabe muy bien lo que se tiene entre manos. Viajemos a los primeros meses del año 1954, concretamente al atolón de Bikini.

En este lugar del Pacífico se llevaron a cabo 23 pruebas con explosiones nucleares por parte de los Estados Unidos entre 1946 y 1958, tanto submarinas como costeras y aéreas. Todo comenzó con la Operación Crossroads en el verano de 1946. El atolón era por entonces ya un basurero naval, puesto que en su gran laguna central se habían hundido numerosos de buques de la Segunda Guerra Mundial. La población local fue evacuada, con la incierta promesa futura de volver alguna vez a su hogar, y el lugar se convirtió en área de experimentación nuclear.

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Prueba “Castle Bravo”, Bikini, 1954.

Una de las pruebas finales fue la Castle Bravo, dentro de la serie de ensayos de la Operación Castle. Se trataba de utilizar una bomba de hidrógeno, esto es, una bomba de fusión termonuclear (mucho más potente que las de fisión primitivas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki cerca de una década antes). La bomba de hidrógeno de Castle Bravo detonó en Bikini el 28 de febrero de 1954 una hora después del amanecer, hacia las siete menos cuarto de la mañana hora local. Los 15 megatones de energía liberada sorprendieron incluso a sus diseñadores, pues el rendimiento calculado inicialmente era casi tres veces inferior. Y ahí es donde se complicó todo, porque los números eran terroríficos y el área de seguridad debía haber sido mucho mayor del establecido. La contaminación por radiación asaltó por sorpresa a los habitantes de islas cercanas y a grupos de militares de las áreas de observación y buques cercanos.

Quienes sufrieron la peor parte fueron unos pescadores japoneses que se encontraron de repente en medio de un infierno inesperado. Lo que sucedió con el atunero Daigo Fukuryū Maru, o Dragón Afortunado Cinco, fue tan grave que la prensa japonesa de la época consideró el incidente como “la tercera bomba atómica lanzada contra Japón”. La tripulación del pesquero japonés se encontraba faneando a más de setenta kilómetros del límite del área de seguridad de la prueba nuclear marcada por las autoridades estadounidenses. En teoría no debía haber sucedido nada, pero la inesperada potencia de la bomba sorprendió a los pescadores que se encontraron dos horas después de la prueba en medio de una espesa niebla de fino polvo blanco de coral radiactivo que cubrió su nave. La tripulación intentó limpiar la ceniza como pudo, pero ya era tarde, habían sido expuestos a radiación durante varias horas y pronto comenzaron a manifestar síntomas propios de esa exposición.

Aunque el Daigo Fukuryū Maru intentó huir del lugar con rapidez, se mantuvo dentro de la nube de ceniza mortal durante horas. No fue el único barco afectado, pero sí el que se llevó la peor parte. La veintena larga de tripulantes fue hospitalizada en Tokio cuando el barco regresó a puerto, falleciendo uno de los pescadores pasados unos meses (se cree que murió a causa de una hepatitis C contraída a través de las transfusiones de sangre con las que la tripulación fue tratada de síndrome de irradiación aguda). La escena de la llegada del barco al puerto de Yaizu fue digna de la peor de las pesadillas, con los marineros convertidos en despojos cuya piel se encontraba cubierta de ampollas. Lo más sorprendente y terrible fue que se corrió un rumor según el cual la captura de pescado del barco fue descargada y comercializada en parte antes de que las autoridades pudieran impedirlo (se sabe que, en efecto, una parte de la carga fue comercializada). Ante la alarma y la sorpresa, cundió el pánico en Japón y el consumo de pescado cayó en picado durante días, el precio del atún se hundió e incluso pudo verse a más de una persona en los mercados equipada con contadores Geiger.

Los Estados Unidos trataron de acallar las voces contra las pruebas en el Pacífico. Se pactaron indemnizaciones con el gobierno japonés y se intentó montar toda una maniobra de “limpieza” periodística sobre las pruebas, más que nada porque al otro lado del telón de acero la Unión Soviética estaba llevando a cabo ensayos similares y allí no había posible oposición a las mismas, con lo que nadie les iba a detener. La jugada no salió como se esperaba y el sentimiento antinuclear no sólo aumentó en Japón sino también en los Estados Unidos.

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El Daigo Fukuryū Maru el 17 de marzo de 1954. Fuente.

Las cosas se pusieron feas para los militares, por lo que a finales de marzo del 54 el secretario de prensa de la Casa Blanca, Haggerty, invitó a periodistas y fotógrafos a un evento singular. Se trataba de una conferencia de prensa en la que Eisenhower y el presidente de la Comisión de energía atómica, Lewis S. Strauss, pretendieron calmar al público con un enfoque asombroso: mencionar la terrible potencia de sus nuevas bombas de hidrógeno. Fue una de las primeras ocasiones en que se habló en público de la “bomba de hidrógeno” (hasta entonces lo más común era usar el término “bomba termonuclear”). La estrategia de comunicación consistía en afirmar que, en realidad, todo estaba controlado, que los cálculos no habían sido demasiado erróneos y que todo aquello se hacía para tener a mano un arsenal mucho más potente que el soviético para así proteger al pueblo estadounidense. Ciertamente, eso era exactamente lo que se buscaba, tener las armas más potentes, es más, se señaló que el margen de error de dos o tres veces la potencia inicial calculada entraba dentro de lo esperado. Del desdichado pesquero se dijo que se encontraba dentro del área de peligro y que no había podido ser avisado antes, cosa que también era cierta si se volvía a hacer el cálculo del área de seguridad con los datos finales de la detonación (se llegó a decir más tarde incluso que era un barco espía). Pura maniobra que no sirvió de mucho, pues Eisenhower, que se encontraba al lado del contraalmirante Strauss cuando éste pronunciaba aquellas palabras, le miró con cara de asombro.

Todo el mundo sabía ya lo sucedido y, para colmo, la farsa se cerró con una frase lapidaria: “Norteamérica puede fabricar una bomba H lo suficientemente potente como para destruir una zona equivalente a toda la que ocupa la ciudad de Nueva York”. La cosa parecía un mal chiste porque la gente entendió, con razón, que aquello se ponía feo. No sólo se estaba negando lo que era ya de conocimiento público, sino que se afirmaba que las ciudades americanas podían ser barridas del mapa, cuando hasta entonces se habían cuidado mucho de utilizar tal lenguaje que permitiera pensar en términos de destrucción propia. Si una bomba “H” americana propia podía destruir Nueva York, una soviética también podía hacerlo. Y así, de golpe, la ingenuidad inicial en que vivían muchos norteamericanos en el comienzo de la era atómica, pensando que era posible “ganar” un conflicto nuclear global, se convirtió en un terror apocalíptico que duró décadas. Hoy el Daigo Fukuryū Maru puede contemplarse en Tokio, como recuerdo de aquella “tercera bomba” que cayó sobre Japón, un suceso que sirvió más tarde de inspiración para crear a Godzilla.

Más información:
The Japan Times – Lucky Dragon’s lethal catch.
Toxipedia – Lucky Dragon.

213 páginas

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blog editado por Alejandro Polanco Masa.

Soy cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Autor de Herejes de la Ciencia (2003), Crononautas (2011), El viaje de Argos (2012) y Made in Spain (2014). Puedes leerme también en Naukas, Historia de Iberia Vieja, La Cartoteca y en Mediazines. LinkedIn.



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