El Dragón Afortunado, la tercera bomba atómica sobre Japón

Experimentar con bombas de hidrógeno, por mucho que se haga en lo más alejado del Pacífico, tiene sus peligros, sobre todo cuando no se sabe muy bien lo que se tiene entre manos. Viajemos a los primeros meses del año 1954, concretamente al atolón de Bikini.

En este lugar del Pacífico se llevaron a cabo 23 pruebas con explosiones nucleares por parte de los Estados Unidos entre 1946 y 1958, tanto submarinas como costeras y aéreas. Todo comenzó con la Operación Crossroads en el verano de 1946. El atolón era por entonces ya un basurero naval, puesto que en su gran laguna central se habían hundido numerosos de buques de la Segunda Guerra Mundial. La población local fue evacuada, con la incierta promesa futura de volver alguna vez a su hogar, y el lugar se convirtió en área de experimentación nuclear.

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Prueba “Castle Bravo”, Bikini, 1954.

Una de las pruebas finales fue la Castle Bravo, dentro de la serie de ensayos de la Operación Castle. Se trataba de utilizar una bomba de hidrógeno, esto es, una bomba de fusión termonuclear (mucho más potente que las de fisión primitivas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki cerca de una década antes). La bomba de hidrógeno de Castle Bravo detonó en Bikini el 28 de febrero de 1954 una hora después del amanecer, hacia las siete menos cuarto de la mañana hora local. Los 15 megatones de energía liberada sorprendieron incluso a sus diseñadores, pues el rendimiento calculado inicialmente era casi tres veces inferior. Y ahí es donde se complicó todo, porque los números eran terroríficos y el área de seguridad debía haber sido mucho mayor del establecido. La contaminación por radiación asaltó por sorpresa a los habitantes de islas cercanas y a grupos de militares de las áreas de observación y buques cercanos.

Quienes sufrieron la peor parte fueron unos pescadores japoneses que se encontraron de repente en medio de un infierno inesperado. Lo que sucedió con el atunero Daigo Fukuryū Maru, o Dragón Afortunado Cinco, fue tan grave que la prensa japonesa de la época consideró el incidente como “la tercera bomba atómica lanzada contra Japón”. La tripulación del pesquero japonés se encontraba faneando a más de setenta kilómetros del límite del área de seguridad de la prueba nuclear marcada por las autoridades estadounidenses. En teoría no debía haber sucedido nada, pero la inesperada potencia de la bomba sorprendió a los pescadores que se encontraron dos horas después de la prueba en medio de una espesa niebla de fino polvo blanco de coral radiactivo que cubrió su nave. La tripulación intentó limpiar la ceniza como pudo, pero ya era tarde, habían sido expuestos a radiación durante varias horas y pronto comenzaron a manifestar síntomas propios de esa exposición.

Aunque el Daigo Fukuryū Maru intentó huir del lugar con rapidez, se mantuvo dentro de la nube de ceniza mortal durante horas. No fue el único barco afectado, pero sí el que se llevó la peor parte. La veintena larga de tripulantes fue hospitalizada en Tokio cuando el barco regresó a puerto, falleciendo uno de los pescadores pasados unos meses (se cree que murió a causa de una hepatitis C contraída a través de las transfusiones de sangre con las que la tripulación fue tratada de síndrome de irradiación aguda). La escena de la llegada del barco al puerto de Yaizu fue digna de la peor de las pesadillas, con los marineros convertidos en despojos cuya piel se encontraba cubierta de ampollas. Lo más sorprendente y terrible fue que se corrió un rumor según el cual la captura de pescado del barco fue descargada y comercializada en parte antes de que las autoridades pudieran impedirlo (se sabe que, en efecto, una parte de la carga fue comercializada). Ante la alarma y la sorpresa, cundió el pánico en Japón y el consumo de pescado cayó en picado durante días, el precio del atún se hundió e incluso pudo verse a más de una persona en los mercados equipada con contadores Geiger.

Los Estados Unidos trataron de acallar las voces contra las pruebas en el Pacífico. Se pactaron indemnizaciones con el gobierno japonés y se intentó montar toda una maniobra de “limpieza” periodística sobre las pruebas, más que nada porque al otro lado del telón de acero la Unión Soviética estaba llevando a cabo ensayos similares y allí no había posible oposición a las mismas, con lo que nadie les iba a detener. La jugada no salió como se esperaba y el sentimiento antinuclear no sólo aumentó en Japón sino también en los Estados Unidos.

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El Daigo Fukuryū Maru el 17 de marzo de 1954. Fuente.

Las cosas se pusieron feas para los militares, por lo que a finales de marzo del 54 el secretario de prensa de la Casa Blanca, Haggerty, invitó a periodistas y fotógrafos a un evento singular. Se trataba de una conferencia de prensa en la que Eisenhower y el presidente de la Comisión de energía atómica, Lewis S. Strauss, pretendieron calmar al público con un enfoque asombroso: mencionar la terrible potencia de sus nuevas bombas de hidrógeno. Fue una de las primeras ocasiones en que se habló en público de la “bomba de hidrógeno” (hasta entonces lo más común era usar el término “bomba termonuclear”). La estrategia de comunicación consistía en afirmar que, en realidad, todo estaba controlado, que los cálculos no habían sido demasiado erróneos y que todo aquello se hacía para tener a mano un arsenal mucho más potente que el soviético para así proteger al pueblo estadounidense. Ciertamente, eso era exactamente lo que se buscaba, tener las armas más potentes, es más, se señaló que el margen de error de dos o tres veces la potencia inicial calculada entraba dentro de lo esperado. Del desdichado pesquero se dijo que se encontraba dentro del área de peligro y que no había podido ser avisado antes, cosa que también era cierta si se volvía a hacer el cálculo del área de seguridad con los datos finales de la detonación (se llegó a decir más tarde incluso que era un barco espía). Pura maniobra que no sirvió de mucho, pues Eisenhower, que se encontraba al lado del contraalmirante Strauss cuando éste pronunciaba aquellas palabras, le miró con cara de asombro.

Todo el mundo sabía ya lo sucedido y, para colmo, la farsa se cerró con una frase lapidaria: “Norteamérica puede fabricar una bomba H lo suficientemente potente como para destruir una zona equivalente a toda la que ocupa la ciudad de Nueva York”. La cosa parecía un mal chiste porque la gente entendió, con razón, que aquello se ponía feo. No sólo se estaba negando lo que era ya de conocimiento público, sino que se afirmaba que las ciudades americanas podían ser barridas del mapa, cuando hasta entonces se habían cuidado mucho de utilizar tal lenguaje que permitiera pensar en términos de destrucción propia. Si una bomba “H” americana propia podía destruir Nueva York, una soviética también podía hacerlo. Y así, de golpe, la ingenuidad inicial en que vivían muchos norteamericanos en el comienzo de la era atómica, pensando que era posible “ganar” un conflicto nuclear global, se convirtió en un terror apocalíptico que duró décadas. Hoy el Daigo Fukuryū Maru puede contemplarse en Tokio, como recuerdo de aquella “tercera bomba” que cayó sobre Japón, un suceso que sirvió más tarde de inspiración para crear a Godzilla.

Más información:
The Japan Times – Lucky Dragon’s lethal catch.
Toxipedia – Lucky Dragon.

Iglesias Blanco, el “Tesla de Pozuelo”

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de enero de 2015.

iglesias_blanco_1El inventor de las explosiones a distancia, Don José Julián Iglesias Blanco, hizo ayer en las cercanías del inmediato pueblo de Pozuelo de Alarcón, con éxito absolutamente satisfactorio, las pruebas de otro invento no menos prodigioso que aquél y de incalculables consecuencias (…) [se trata del] procedimiento para recoger la electricidad atmosférica y aprovecharla en la producción de luz y energía. El señor Iglesias ha inventado (…) la electricidad sin cables (…) y lo que es más y mejor, sin necesidad de grandes saltos de agua para generarla, de infinitas baterías para su acumulación, ni de edificios centrales para enviarlo a su destino. En una colina llamada El Jaral, próxima al pueblo de Pozuelo, tenía el señor Iglesias montado en un sencillo castillete de madera su aparato recogedor y transmisor, y en presencia de reducido número de amigos hizo, privadamente y en secreto, las pruebas susodichas, encendiendo y apagando varias veces luces instaladas en una finca de Don Miguel Castañer, situada a medio kilómetro de distancia. (…) [En la prueba pública] los invitados situados en la finca del señor Castañer pudieron ver, profundamente maravillados y conmovidos, cómo a una señal del señor Iglesias comenzaron a funcionar las antenas del castillete y en seguida se encendieron las luces de la casa y a una indicación por su parte hizo parar el inventor los aparatos y quedó interrumpida la corriente y las luces apagadas.

El Imparcial. Madrid, 5 de abril de 1914.

Nikola Tesla se ha convertido en nuestros días en ejemplo ideal de personaje genial que termina siendo olvidado por la historia. Ha tenido que pasar una centuria para que su figura volviera a ser reconocida. El que fuera padre de la tecnología eléctrica de corriente alterna que da vida a nuestro mundo moderno vivió sus últimas décadas de vida inmerso en un océano de extrañas ideas que le convirtieron, también, en prototipo de “genio loco”. Claro que, muchas de aquellas ideas raras fueron tomando forma en décadas posteriores, pero eso no significó que su figura fuera rehabilitada de forma automática. Legiones de ingenieros se formaron sin haber escuchado nada sobre Tesla. Ahora, se vive el aspecto contrario, cuando prácticamente se quiere convertir a Tesla por parte de muchos poco menos que en un precursor de todo tipo de tecnología. Cierto es que sentó las base de la radiodifusión, pero fueron otros los que llevaron a cabo ese empeño a su forma práctica. Lo mismo sucedió con los rayos X, que se cruzaron en el camino de Tesla, o la técnica para construir lámparas de fluorescencia.

Otra de las tecnologías en las que Tesla fue pionero, aunque tampoco en esta ocasión logró provecho comercial, fue el campo del control a distancia. La posibilidad de animar en la lejanía una máquina a través del uso de alguna señal electromagnética no llama la atención ahora, cuando tenemos “mandos a distancia” por todas partes. Sin embargo, en su época causó asombro, era algo que rozaba lo mágico. En España Leonardo Torres Quevedo iba a la par que Nikola Tesla en los Estados Unidos. Los dos realizaron experiencias que dejaron con la boca abierta a sus contemporáneos. El español presentó en 1903 su telekino ante la Academia de Ciencias de París. Al poco obtuvo patentes en diversos países sobre ese invento. Se trató de la primera máquina práctica capaz de controlar aparatos a distancia por medio de ondas de radio. Las pruebas que realizó tanto en Madrid como en Bilbao fueron todo un éxito. Logró controlar los movimientos de una pequeña embarcación a distancia. Su idea tenía como objetivo poder controlar todo tipo de vehículos a distancia, sobre todo militares, pero el telekino terminó sus días como simple objeto de asombro y poco más, pues Torres Quevedo no logró la financiación necesaria para continuar con aquella línea de investigación.

Los experimentos de Pozuelo

¿Encontró inspiración el señor Iglesias Blanco en Tesla y Torres Quevedo? Seguramente sí. Es más, los intentos de Nikola Tesla de construir una red mundial de transmisión de radio y de energía eléctrica a través de la atmósfera alimentaron la prensa durante los primeros años del siglo XX. A buen seguro que nuestro protagonista conocía todas aquellas ideas. He ahí el motivo por el que le he apodado como el “Tesla de Pozuelo”, no tanto por su originalidad, ya que compararlo con Nikola no tiene ningún sentido, sino por el empeño y el objetivo que Iglesias Blanco persiguió.

Bien, llegados a este punto cabe preguntarse, ¿quién era José Julián Iglesias Blanco? No encontraremos ese nombre en ninguna recopilación sobre ciencia y tecnología, es más, apenas si queda rastro de su paso por el mundo y, sin embargo, durante poco más de un año, en 1914, logró atraer la atención de la prensa española e incluso de la foránea. No se piense que fue algo anecdótico, un artículo perdido en un periódico de provincias y poco más. Nada de eso, el voluntarioso Iglesias Blanco fue mencionado por decenas de periódicos en cientos de artículos durante meses. Su llama ardió muy rápido, para pasar a desaparecer en la más absoluta oscuridad. No me queda claro si era tenía cierto toque de locura, de embaucador o realmente estaba ante algo de interés. Su afán por mantener en el más absoluto secreto todo lo que tuviera que ver con los fundamentos de la tecnología que utilizaba, dificulta mucho la tarea de decidir cómo encuadrar a este personaje. No nos ha legado papeles técnicos ni patentes, salvo tres que vieron la luz entre 1909 y 1917, pero que no tienen nada que ver con los experimentos que tanto llamaron la atención de la prensa. Así, en la patente española número 45304 se presenta un sistema para limpiar cristales. En las patentes 63869 y 64979 tienen relación con la tecnología de carbones. ¿Dónde están sus planteamientos para crear explosiones a distancia? ¿En qué lugar se hallan los planos de su prodigiosa máquina para captar energía eléctrica de la atmósfera? ¿Acaso eran meros artificios publicitarios o había algo real detrás de todo ello? Sea como fuere, no hay documentación técnica disponible, al menos hasta donde haya podido yo indagar, que permita salir por completo de dudas. Lo que sí está claro es que los asistentes a los experimentos de Iglesias Blanco se quedaron con la boca abierta, igual que sucediera antes con Tesla y Torres Quevedo, a quienes pretendía emular.

Los experimentos de Iglesias Blanco realizados en público en al menos tres ocasiones a lo largo de 1914, todos ellos en Pozuelo de Alarcón, levantaron gran expectación. Ya desde el año anterior había llevado a cabo diversas experiencias en privado, y otras contando con algunos testigos de peso, como periodistas y militares. Los contactos del inventor con el ejército se remontaban al menos al año 1912, cuando hubo cierto intercambio epistolar con los militares acerca de la posibilidad de guiar torpedos con señales de radio así como sobre la idea de crear explosiones internas en buques a distancia. El ejército no parece que se mostrara muy interesado en la propuesta pues parece que no hubo respuesta positiva. Iglesias comentaba en diversas entrevistas que creía ser capaz de hacer explotar cargas incluso hasta a 80 kilómetros de distancia desde el lugar de emisión de la señal. Esto llevó más adelante a ciertas leyendas que aparecieron publicadas a finales de 1914 en las que se afirmaba que los británicos estaban derribando dirigibles alemanes sin usar artillería ni aviones, sólo con el auxilio de un “rayo de la muerte” basado en la tecnología del español.

Los experimentos públicos realizados en Pozuelo tuvieron tanta repercusión que incluso se ofreció un banquete de gala en honor del inventor con presencia de políticos, industriales y periodistas. Todos habían quedado maravillados al contemplar los resultados de los experimentos de explosiones a distancia y los relativos a captura, emisión y recepción de energía eléctrica a distancia. Suena demasiado bonito para que fuera cierto, ¿escondía algún fuego de artificio el inventor? De ser así, nadie logró encontrarlo, y eso que hubo quien lo intentó. Lo peor del caso es que Iglesias no daba detalles sobre su tecnología y, sin detalles de ese tipo que permitan valorar si era factible lo que proponía, todo queda en mera anécdota.

El interés del inventor por las ondas de radio y el hacer explotar cosas a distancia venía de hacía años, cuando acababa de regresar a España de una estancia en Cuba. No hay datos sobre su posible formación técnica, por lo que habrá que considerarlo autodidacta hasta nueva orden. Tras repasar con detalle lo que se publicaba acerca de la novísima radio y, sobre todo, de la técnica utilizada por Marconi, nuestro inventor armó un emisor a modo de “proyector eléctrico” como él mismo decía. De las diversas entrevistas recogidas en la prensa de la época no queda nada clara la técnica utilizada en aquella máquina “con un peso de cinco kilos escasos”. Parece que se refiere a veces a rayos infrarrojos, pero en otras menciona descargas de electricidad estática a distancia. Con respecto a su sistema de electricidad atmosférica, refería lo siguiente en la revista Por esos mundos el 1 de junio de 1915 cuando su repentina fama ya era algo que iba camino del olvido:

Hará próximamente unos seis años, hallándome yo una noche en que se desencadenaba una tormenta horrorosa andando por el campo, y yendo provisto de una lámpara eléctrica de bolsillo, noté que cuando se producía una descarga grande, el filamento de la ampollita de la lámpara se enrojecía, como si hasta ella, a pesar de la caja aisladora, forzando las cubiertas y haciendo traición a los mimos principios, llegase un resto de la electricidad atmosférica que con tanto fulgor hacía sus descargas en torno mío. (…)

De aquella experiencia surgió en su mente la idea de crear una especie de emisora de radio que sirviera también para transmisión de energía eléctrica. Afirmó haber trabajado con diferencias de potencial de hasta 80.000 voltios. Sus primeras pruebas, en un hotel de Pozuelo ante un público asombrado, consistía en un juego de lámparas conectadas a un sistema de antenas que “recibía” por el aire la energía supuestamente enviada por un emisor situado en otra habitación. En las experiencias de campo, ante el público, no dejaba nada al azar. Una torre de madera, equipada con un sistema de tres antenas y una misteriosa caja, “captaba” la energía de la atmósfera y pasaba a emitirla. A una señal del inventor, sus ayudantes activaban el emisor y, ¡sorpresa! las bombillas situadas en la lejanía, en un montaje de pruebas, comenzaban a lucir con gran intensidad. El público enloquecía pero, ¿realmente había transmitido energía eléctrica por el aire? No hay pruebas de ello. Los operadores que estaban en lo alto de la torre afirmaban que sentían cierto hormigueo cuando se conectaba la máquina, que emitía un zumbido extraño al entrar en marcha.

En lo relativo a los experimentos de explosión a distancia, el montaje era más circense y elaborado. Tampoco hay pruebas de que hubiera transmisión real de un “rayo” que provocara las explosiones, lo único seguro es que el público enloquecía de entusiasmo. Recordemos que por aquella misma época se hablaba del rayo de la muerte de Marconi y, cómo no, también de afirmaciones similares por parte de Tesla. El ambiente en Europa, con una guerra mundial en camino hacía que cualquier posible nuevo invento bélico fuera atendido con interés. Iglesias Blanco hacía su “magia” colocando varias cajas con dinamita marcadas con globos de gas a los que estaban unidas para que fueran visibles en la lejanía. Un kilómetro y medio de distancia separaba las cajas de la torre emisora. Una de las cajas se rellenaba con agua y la otra con tierra, para demostrar que no importaba el material que rodeara al explosivo. Y, ahora, viene el misterio. ¿Existía en el interior de las cajas algo así como un circuito detonador susceptible de activarse por radio? El inventor afirmaba que no, su máquina emitía una radiación que hacía explotar la dinamita a distancia, sin receptores. Fantástica cuestión que nunca fue aclarada. El caso es que, tras sortear entre los periodistas presentes el honor de pulsar el interruptor de disparo, se ejecutó la orden y, ¡maravilla! al instante saltaron por los aires las cajas y los globos ante el delirio de los presentes.

Fama efímera

El inventor, que se decía originario de Cantabria, habló ya a finales de 1913 de instalar en un pueblo cercano a Santander, Mortera, una central eléctrica para abastecer, sin cables, a las poblaciones de montaña. La empresa que iba a gestionar aquella aventura se denominaría Sociedad Electro-Atmosférica y daría servicio de energía eléctrica “sin cables” a pueblos de un radio de veinte kilómetros desde el punto de emisión.

El inventor soñaba con un futuro de electricidad abundante y barata. Así, en una entrevista publicada en La Correspondencia de España el 2 de diciembre de 1913 afirmaba:

…he calculado que estableciendo una cuota fija general de cinco pesetas al mes, podrá todo el mundo disfrutar de alumbrado eléctrico, cocina eléctrica para guisar, planchas eléctricas, calefacción y hasta aprovechar fluido para fuerza motriz todo aquel que así la necesite, puesto que no habrá limitación alguna.

A lo que, con panorama tan idílico, el periodista le pregunta acerca de la posible quiebra de las compañías eléctricas. El inventor responde:

No lo dudo, pero también sería de grandes beneficios para la humanidad entera, y ante esta, para mí, no hay ni empresas ni compañías.

Después del aparente éxito de los experimentos de Pozuelo, comenzaron a llegar a los medios noticias extrañas. Se habló de negociaciones del inventor con una comisión militar presidida por el general Cubilla, a la que pidió la nada desdeñable suma de 75.000 pesetas para poder continuar con sus pruebas. El gobierno estudió el asunto y le trató como a un chiflado, olvidando el asunto. En ese punto aparecieron los rumores sobre una venta de la idea a los alemanas y otras naciones. Se habló del rayo de la muerte de Iglesias, de su utilidad para terminar con todas las guerras y de la posibilidad incluso de hacer explotar submarinos en alta mar. La Gran Guerra estaba a las puertas y cualquier fantasía bélica parecía posible.

De la vida de José Julián Iglesias Blanco antes de su breve periodo de fama no se conoce mucho. Su nombre completo era Julián José Iglesias Blanco de Urbina y Herrera, procedía de una familia distinguida de Santander. Algo tuvo que suceder porque parece ser que cayó en desgracia ante su madre y fue apartado de la vida acomodada que había llevado en sus primeros años. Con el tiempo aquellos problemas familiares fueron suavizándose pero, mientras tanto, nuestro futuro inventor trabajó como policía en Ávila, donde tampoco terminó muy bien, siendo apartado del servicio. La causa de sus problemas, como el propio Iglesias afirmaba, había sido siempre su “carácter excesivamente enérgico”. Con el paso de los años moderó esa altanería, no sin antes verse inmerso en algún que otro lío de espionaje en Portugal, no mucho antes de que decidiera dedicarse a la invención o, al menos, a realizar demostraciones sorprendentes de una tecnología que nunca fue puesta negro sobre blanco.

Tras sufrir el último día de abril de 1914 un accidente de automóvil en las cercanías de Madrid, cuando viajaba en compañía de varios amigos y periodistas, el fulgor de Iglesias Blanco se empezó a apagar muy rápido. No hay referencias a más experimentos ni proyectos, salvo uno final realizado el 11 de junio, todo quedó olvidado en cuestión de semanas. Atrás quedó el triunfo de los experimentos llevados a cabo en Pozuelo el 28 de febrero y el primero de abril de 1914. Pasado un año, a finales de 1915, apareció en prensa la noticia sobre el éxito en los experimentos sobre control de explosiones a distancia, por medio de ondas de radio, que había llevado a cabo el capitán del ejército Díez Eboleón en Carabanchel. No hay que llamarse a engaño, Eboleón lo que logró fue controlar un detonador a distancia por medio de ondas de radio, tal y como se puede hacer con un mando a distancia hoy día, algo muy diferente a lo pretendía haber logrado Iglesias Blanco. Aquellas pruebas militares hicieron que la prensa volviera a recordar al repentinamente olvidado inventor. Preguntado entonces por los periodistas, el cántabro nos legó estas últimas palabras, publicadas en La Correspondencia de España el 25 de noviembre de 1915, antes de que su pista quedara borrada por el tiempo:

No me interesan aquellos experimentos. No quiero oír hablar de ellos. He sufrido mucho. Se me ha difamado y calumniado. Pero el tiempo se encargará, como ya lo hace, de decir quién soy y de demostrar la honradez de mi proceder y la realidad de mis inventos. No aspiro a más.

Este personaje aparece también en mi nuevo libro: “Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros.”

Generador fotovoltaico ad eternum

Olvidemos la termodinámica y otras bagatelas que rigen el mundo real. He aquí algo así como la versión “cool”, siglo XXI, de las más añejas y soñadas máquinas de movimiento perpetuo. Sirva esto para cerrar la breve nota de ayer sobre los motores magnéticos y sirva también como muestra de que algo patentado no significa precisamente que pueda aplicarse en ese testarudo mundo real. Veamos, este caso es sorprendente y llamativo. Se trata de un generador fotovoltaico que no recurre a la luz solar para ser alimentado. De hecho, puede generar energía “eternamente” (el montaje es muy sencillo, así que cualquiera puede intentar desafiar a la entropía, a la conservación de la energía y demás parientes cercanos sin despeinarse).

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¿Cómo lo hace? Muy simple: frente a la superficie fotovoltaica colocamos una batería de leds y de reflectores. El rendimiento energético final es superior a la unidad así que, ¿por qué no montamos un bucle y alimentamos toda una ciudad con unos cuantos leds? Asombroso es poco, pero claro, los mundos imaginarios siguen siendo muy frustrantes. He aquí un extracto de esa patente española, ES1072543 (PDF), de 2010:

…Dado que los medios de iluminación mediante diodos generan una luz similar a la de la luz solar, ésta luz será aprovechada por dicho panel de células fotovoltaicas para generar energía eléctrica, sensiblemente mayor que el reducido consumo que tienen éste tipo de sistemas de iluminación, pudiéndose aprovechar la energía sobrante, para lo cual el dispositivo contará con el correspondiente circuito de adaptación de la corriente a los niveles de tensión necesarios en cada caso.

¿Motores de imanes permanentes?

Son como una fiebre en YouTube, miles, incluso millones de reproducciones de máquinas que, en el mejor de los casos, son una mala interpretación de algo imposible. Y digo bien, imposible, porque aunque los imanes permanentes ejercen un atractivo irresistible para algunas personas, por mucho que se intente estos “almacenes de energía”, como los llaman, no van a romper por las buenas con las leyes de la física. Si acaso lo logró Lisa Simpson, pero en el mundo real las cosas son como son, por mucho que no nos guste.

Naturalmente, si en algún momento se logra un resquicio extraño por el que burlar esas leyes y se construye un modelo realmente funcional, sí, de eso que se ha llamado tradicionalmente “máquina de movimiento perpetuo”, seré el primero en aplaudirlo. Me han mostrado muchos, pero ninguno iba más allá de la simple curiosidad y, por supuesto, ninguno funcionaba como parecía, ni mucho menos de forma permanente. Ya mencione aquí un artículo que publiqué en Historia de Iberia Vieja sobre los generadores de imanes permanentes de Marcos Pinel. Sucede que no es el único caso que puede uno encontrarse entre las patentes españolas y mundiales. Para mi nuevo libro, Made in Spain, tenía pensado dedicar un capítulo a este tema, pero por problemas de espacio finalmente no entró. Llama la atención la gran cantidad de patentes de motores de imanes permanentes, que suponen ser máquinas de movimiento perpetuo, que se localizan en la Oficina Española de Patentes y Marcas. Una simple búsqueda en la base de datos con los términos “motor” o “generador” e “imanes permanentes”, jugando con varias combinaciones y eliminando los casos convencionales, nos dará bastantes ejemplos sorprendentes de este tipo.

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He aquí un ejemplo que utiliza un argumento típico de la mayoría de estos casos. Se trata de la patente que ilustra este post, la ES-0485382 (PDF), de 1979, donde se pueden encontrar afirmaciones como la que sigue:

…este tipo de energía podría decirse que es totalmente gratuita, ya que para restablecerla no se necesita más que alimentar al imán dentro de un campo magnético creado por una corriente eléctrica, durante breves minutos, de tal modo que dicha alimentación mantendrá al imán con su potencia permanente durante un gran número de años. Debido a que durante este periodo de tiempo el motor habrá generado muchísima más energía de la que necesita para su reparación, en caso de pérdida de potencia, resulta que dicho motor será un “móvil perpetuo” de primer género, es decir, un móvil perpetuo que además de alimentarse a sí mismo puede alimentar de energía mecánica a cualquier otro tipo de instalación…

Una pena que el mundo real no sea tan sencillo, aunque no por ello dejarán de aparecer artilugios similares. Soñar es gratuito, pero frustrante.

Lo mejor de TecOb en 2014

felisEn febrero de 2015 este blog, Tecnología Obsoleta, cumplirá 10 años. Tiempo habrá entonces para alguna sorpresa. Mientras tanto, ahora que termina el 2014, toca recuperar los doce artículos aquí publicados que, a mi entender, han sido los más sorprendentes. He aquí lo mejor de este año que está a punto de terminar en TecOb:

212 páginas

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blog editado por Alejandro Polanco Masa.

Soy cofundador de Arbotante, Glyphos y Maptorian. Autor de Herejes de la Ciencia (2003), Crononautas (2011), El viaje de Argos (2012) y Made in Spain (2014). Puedes leerme también en Naukas, Historia de Iberia Vieja, La Cartoteca y en Mediazines. LinkedIn.



Eruditio inter prospera ornamentum inter adversa refugium - Laercio.

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