Una dulce ola de muerte

Estaba hace un rato leyendo un artículo sobre biofísica del movimiento de las bacterias cuando he chocado con un dato que tenía pendiente comentar hace tiempo1. No habrá que demorarlo más pero, antes veamos cómo define “melaza” el diccionario de la Real Academia Española:

Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha.

Ahora, intentemos imaginar cómo sería nadar en un mar de melaza. Sólo de pensarlo causa angustia. Por suerte no es algo usual, aunque no imposible, tal como descubrieron los ciudadanos del barrio de North End, en Boston, el 15 de enero de 1919, día en que sucedió el desastre de la melaza. Todo comenzó en este aparentemente inofensivo lugar donde, como puede verse en la fotografía, existía un gran depósito de muy dulce contenido.

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Vista del depósito de melaza antes del desastre.

En esa época el edulcorante más utilizado en medio mundo era la melaza, además de ser utilizada para la obtención de etanol destinado a bebidas espirituosas. El gran depósito de melaza de la Purity Distilling Company situado en el 529 de Commercial Street en North End tenía una capacidad máxima de 8.700 m3. Con 15 metros de altura y casi 30 metros de diámetro, el gigante de metal dominaba toda la avenida, mientras se desarrollaba a su alrededor la ajetreda vida del barrio. Tras unas jornadas realmente heladoras, la temperatura se había moderado y parecía que iba a ser un buen día, pero todo se torció de repente.

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Trágica imagen del desastre de la melaza de 1919.

Era poco más de mediodía cuando el gran depósito comenzó a rugir con furia. Los remaches saltaron como balas y las planchas de metal cedieron bajo una inmesa presión. Una gran riada sorprendió a las gentes de North End. No era una inundación usual, no era agua, ni siquiera barro, ¡era melaza! El pegajoso y dulzón fluido avanzó arrasando casas, calles y vías de ferrocarril a una pasmante velocidad de unos 56 kilómetros por hora con una ola de avance que alcanzó un máximo que superaba los siete metros de altura. La lengua mortal de melaza atrapó a gran número de personas, caballos y perros.

Una vez en ella, era muy difícil escapar. El depósito, que al parecer tenía varios defectos de construcción y mantenimiento, no había podido soportar la presión de los gases de fermentación que acumulaba en su interior. La inundación de melaza se dejó sentir durante más de medio año, tiempo en el que un ejército de cientos de operarios trató de eliminar el manto pegajoso de las calles. Junto con un gran número de heridos, fallecieron 21 personas, muchas de ellas ahogadas en melaza, en medio de escenas horribles de pobres gentes agotadas, luchando desesperadamente por escapar de la ola de pegamento en que se había convertido el contenido del depósito.

Se trató de uno de los sucesos catastróficos más inusuales de la historia, si acaso rivalizando con la inundación de cerveza de Londres de 1814.
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1 Nadar en melaza. Jabr, Ferris. Investigación y Ciencia, Junio 2014 – Nº 453.

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Nikola Trbojevich, el genial sobrino de Nikola Tesla

Puede que su parentesco con el gigante que fue Nikola Tesla sea el motivo por el que Nikola Trbojevich es citado en muchos lugares, pero que no nos engañe el prejuicio, porque se trató de alguien digno de mención por méritos propios. Es más, muchos de sus ingenios nos acompañan a diario, mientras viajamos en coche, autobús o similar. Veamos de forma breve quién fue Nikola Trbojevich.

Angelina Tesla, nacida en 1850 y hermana de Nikola Tesla, se casó con el pastor de la iglesia ortodoxa serbia Jovo Trbojević y pasó a llamarse Angelina Trbojević (o Trbojevich, según grafía occidentalizada). Nikola Trbojevich, uno de los hijos de ese matrimonio y, por tanto, sobrino de Nikola Tesla, nació en 1886 en una localidad croata y falleció en Los Ángeles el 2 de diciembre de 1973. Es considerado como uno de los expertos en sistemas de transmisión de movimiento por engranajes más importantes de la historia. Inventor y matemático, con decenas de patentes en su haber, Nikola Trbojevich tuvo con su tío varios caminos en común, tanto en su aventura americana como en su pasión por la tecnología.

Su más genial invento fue un tipo de engranaje hipoide perfeccionado, que data de los años veinte, muy utilizado sobre todo en vehículos industriales de tracción trasera. Ese fue sólo uno de los muchos diseños mecánicos de Trbojevich que más tarde encontraron acomodo en todo tipo de vehículos a motor, así como máquinas para construir y mantener complejos sistemas de transmisión de movimiento que todavía hoy se utilizan de forma común. Pero sus intereses científicos iban mucho más allá, como demuestra su última patente, de 1967, destinada a describir un tipo muy particular de reactor nuclear pensado para mover vehículos espaciales, aviones y hasta coches.

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Uno de los gráficos de la patente sobre un reactor nuclear de Trbojevich .

Graduado como ingeniero en 1911 en Budapest, tras trabajar en una compañía telefónica húngara, viajó a Chicago para ocupar un puesto en la Western Electric Company, donde continuó sus estudios centrándose en la matemática de los sistemas de transmisión por engranajes, pasión que no le abandonó nunca. En 1921, año en el que se casó con Alice Hood, ya había pasado a vivir en Detroit, donde se convirtió en un cotizado ingeniero consultor independiente. Sus patentes de ingenios mecánicos para la industria del automóvil tuvieron mucho éxito comercial. El matrimonio Trbojevich cambió su apellido a otro más digerible en su entorno, pasando a conocerse como Terbo, por lo que muchas veces pueden verse documentos en los que nuestro protagonista atiende al nombre de Nicholas J. Terbo.

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El monstruo de Ghisi

Al hilo del navío para desiertos ideado por Johannes Christian Bischoff hacia 1930, que nos visitó en TecOb hace algunos meses, me he cruzado hoy con un pariente cercano.

Ha sido repasando las hojas del catálogo 200 años de patentes (PDF), editado por la OEPM en 2011. La máquina de Bischoff podía recorrer los desiertos, o eso imaginaba él, con sus imponentes 60 metros de longitud. Hubiera sido una imagen impresionante, pero que palidece de haberse construido el monstruo ideado en 1870 por el italiano Giuseppe Ghisi, que vivía por aquella época en París.

En la patente española número 4702 pretendía llevar a la vida un gigantesco barco de vapor con 100 metros de eslora capaz de salir a tierra firme. El sistema de propulsión por palas de 25 metros se convertía entonces en un mecanismo de ruedas que permitía el uso anfibio. La cosa no pasó de la mesa de dibujo, en gráficos como el que aparece a continuación, de su patente estadounidense US103040-A.

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Los ingenios solares de Mouchot y Pifre

Hacia la segunda mitad del siglo XIX se comenzó a experimentar de forma seria en la posibilidad de aprovechar la energía solar para fines prácticos. Muchos lo habían intentado antes, pero fue el ingeniero francés Augustin Mouchot uno de los primeros, sino el pionero fundacional de la energía solar, en lograr construir una máquina capaz de conseguir extraer energía del sol de forma práctica.

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Concentrador solar de Mouchot. Fuente.

En su deseo de lograr una energía alternativa económica a la tracción animal y al vapor originado en la combustión del carbón, Mouchot soñó con domar la radiación solar para calentar agua. De sus efuerzos nació en el verano de 1866 su primer colector solar. Con el paso de los años fue mejorando su aparato hasta llegar a su generador solar de vapor que fue presentado en la Exposición Universal de París de 1878. Para construir ese generador contó con la inestimable ayuda de un genial ingeniero que atendía al nombre de Abel Pifre, igualmente francés. La máquina fue un éxito, logrando premios y reconocimientos de todo tipo. Lamentablemente para los dos visionarios, ningún industrial se interesó por aquella tecnología, pero no todo estaba perdido, y Pifre pasó a diseñar un ingenio solar de lo más singular (véanse algunas de las patentes de Pifre, que van desde generadores de vapor portátiles para vehículos a motor hasta un modelo de ascensor que logró cierto predicamento).

En El Periódico para todos, edición del 6 de febrero de 1879, puede leerse lo siguiente acerca de las máquinas solares de Mouchot y Pifre presentes en la Expo de 1878:

Mouchot obtuvo como recompensa de sus estudios la cruz de la Legión de Honor y una medalla de oro. Se asoció al hábil ingeniero Abel Pifre, trabajador infatigable y sabio modesto. Ambos insisten con más ardor y fe que nunca en obtener los mayores resultados posibles de su generosa y trascendental empresa. (…) Se calcula que recibimos unas 17 calorías por minuto y metro cuadrado del sol, pero la atmósfera absorbe una parte más o menos grande, de modo que sólo se puede aspirar a recoger 10 calorías por minuto y por metro cuadrado, cuyo calor basta para elevar el litro de agua diez grados en un minuto. En Argel, con un espejo receptor de un metro cuadrado de superficie, utilizó el Sr. Mouchot, de Mayo a Junio, 7 calorías, y en 12 minutos hervía un litro de agua y producía 1.322 litros de vapor por hora. (…) En el recinto de la Exposición, al pie del Trocadero, se hicieron ensayos con un receptor de 24 metros cuadrados de superficie y 9 calorías por minuto y metro, o sea, 216 para todo el aparato. Unida al receptor estaba la caldera de hierro, que pesaba con sus accesorios 200 kilogramos y con capacidad de 100 litros de agua, o sea, 30 para la cámara de vapor y 70 para evaporar. El 2 de Septiembre se consiguió poner en ebullición 70 litros a la media hora, y el manómetro acusó una presión de 6 atmósferas. El 22 con 6,2 atmósferas, una bomba, movida por el vapor que daba el receptor, elevó 1.800 litros de agua por hora a la altura de 2 metros. El 29 de Septiembre, con siete atmósferas, se obtuvo un pedazo de hielo con la ayuda de un chorro de vapor lanzado a un aparato de amoniaco, produciéndose el curiosísimo resultado de hacer el hielo con el sol.

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La imprenta solar de Pifre. Fuente.

Abel Pifre se sintió defraudado ante el escaso interés que despertaron aquellos ingenios. El bajo precio del carbón era la excusa que solían poner los industriales a los que visitaba para proponerles invertir en generadores solares de vapor para usos comerciales. ¿Para qué molestarse en seguir al sol con complejos espejos cuando podemos tener energía barata procedente de la combustión del carbón? Sea como fuere, Pifre no se dio por vencido y, deseando mostrar las posibilidades se su tecnología, presentó su imprenta solar el 6 de agosto de 1882 en París. Dotado de un espejo cóncavo de 3,5 metros de diámetro, con caldera cilíndrica de vapor en el eje, el motor solar de Pifre fue capaz de mover en condiciones de nubosidad media durante toda la tarde una prensa de imprenta que alumbró cerca de quinientas copias de un periódico compuesto especialmente para la ocasión y que llevaba por título “El diario solar” (Journal du Soleil.). La demostración fue impecable y asombró a los presentes, pero ningún inversor se animó a apoyar a Pifre.

Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de agosto de 2014.

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Salvá legó hasta su propio cuerpo a la instrucción pública. Son tan notables las palabras con que expresa este legado en su testamento que ellas solas bastarían para hacer su elogio y manifiestan mejor de lo que yo pudiera con otras su generosidad, la grandeza de su alma, y sus deseos de se útil a la medicina y a los enfermos aun después de su muerte. “Si la disección de mi cadáver puede servir de instrucción pública, atendida mi última enfermedad o el modo de mi muerte, quiero absolutamente y mando que lejos de oponerse a ella, le faciliten en mi habitación a los profesores que la pidan, suministrándoles la ropa necesaria para la decencia y la perfección de aquella, permitiéndoles también extraer de mi cadáver las partes que se necesiten para un gabinete patológico y pagando hasta diez y seis duros de mi dinero la preparación necesaria para la conservación de lo que se extrajere, conducente a la instrucción patológica…” (…) Algunos discípulos y amigos solicitaron que se conservara su corazón para que, colocado en una urnita, permaneciese en perpetua memoria en la Biblioteca, donde se halla depositado entre sus amados libros.

Fragmento de Elogio histórico del Dr. Francisco Salvá, por el Dr. Félix Janer.
Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona, 1832.

El doctor Salvá y Campillo, nacido en Barcelona en 1751, no solo fue un médico de gran fama y excelsas cualidades, científico de primer nivel en la práctica médica de su tiempo y físico de insaciable curiosidad. También fue uno de los primeros meteorólogos científicos y experimentó con la electricidad pero, sobre todo, era un hombre de curiosidad insaciable. Por ello, el texto con el que abro este artículo no ha sido elegido a la ligera pues con él quiero mostrar que, incluso en su muerte, que tuvo lugar el 13 de febrero de 1828, el bueno de Francisco pretendía contribuir al avance del conocimiento, tal como había hecho en vida en multitud de saberes.

En caso de preguntar por la invención de mayor importancia en la historia de las comunicaciones, con seguridad aparecerán en los primeros puestos de preferencia tecnologías como el teléfono o Internet. Ahora bien, apuesto a que el vetusto telégrafo también aparecería mencionado en esa hipotética encuesta, pero no precisamente ocupando el lugar que merece. Personalmente, lo colocaría en el primer puesto porque, aunque anticuado y casi olvidado por muchos, fue la primera tecnología de comunicaciones realmente rápida y global. Las redes de telégrafos ópticos fueron dando paso a la telegrafía eléctrica, al mismo tiempo que se extendían sus redes siguiendo los trazados de las vías del ferrocarril. Por primera vez en la historia era posible enviar mensajes complejos, e incluso imágenes con aparatos como el pantelégrafo de Caselli, a lejanas tierras. El telégrafo eléctrico cambió el mundo para siempre y, sin embargo, si se pregunta por su inventor no se obtendrá otra cosa que un gran silencio. Morse y su código quedaron inmortalizados, como Bell y su teléfono pero, ¿quién inventó el telégrafo?

La respuesta no es sencilla, porque no hubo un solo genio iluminando la mágica idea pero, si hubiera que atender a la primacía sobre la idea, sorprenderá el nombre que aparece. No fue ni más ni menos que un médico catalán, Francisco Salvá y Campillo quien abrió el camino de la telegrafía eléctrica.

La cadena eléctrica

Que la electricidad podría ser utilizada para enviar mensajes a distancia, es algo que venía rondando la mente de muchos sabios ya desde los siglos XVII y XVIII. El primer contacto con la electricidad desde el punto de vista experimental llegó de la mano de las máquinas electrostáticas, como la que el alemán Otto von Guericke construyó con una gruesa esfera de azufre que giraba en torno a un eje animado por un manubrio mientras era frotado por un pedazo de piel de gato. Aquel generador de electricidad estática fue mejorado por el inglés Francis Hauksbee cambiando el azufre por vidrio, descubriendo igualmente diversos fenómenos luminosos asociados con la electricidad. En 1768 otro inglés, Jesse Ramsden, mejoró el generador electrostático todavía más, con lo que la electricidad pudo contar ya con una máquina generadora capaz de ofrecer a los experimentadores una fuente satisfactoria. Tal cosa pudo comprobar el holandés Pieter van Musschenbroek, que en un célebre experimento descubrió a costa de sufrir una conmoción por la descarga eléctrica cómo construir primitivos condensadores, o botellas de Leyden, tal y como fueron conocidos aquellos artlugios.

A quien no le asustaban las descargas procedentes de botellas de Leyden era al eclesiástico francés Jean Antoine Nollet, que en el siglo XVIII pasó muy buenos ratos divirtiendo a la alta sociedad con descargas eléctricas. Tal era el éxito de sus espectáculos que llegó el día en que no podía atender las peticiones de tantas personas que deseaban ser “electrizadas”. Se le ocurrió entonces hacerlo en cadena, haciendo que un grupo numeroso de voluntarios se convirtiera en conductor eléctrico. Todos los miembros de la cadena sufrieron la conmoción eléctrica aparentemente al instante, llegando a repetirse la experiencia con grupos de monjes e incluso con una compañía de más de doscientos soldados franceses. Todo aquello era mucho más que un simple divertimento, Nollet tomó buena nota de sus experimentos, que hicieron pensar en cómo utilizar la electricidad para enviar mensajes a distancia de forma veloz. Pero, ¿cómo hacerlo si las fuentes de energía eléctrica eran las primitivas máquinas electrostáticas? La llegada de la pila de Volta abrió un nuevo mundo y facilitó la creación del telégrafo eléctrico, competidor del óptico y el acústico, que a partir de ahora mencionaré simplemente como telégrafo, por simplificar.

Varias fueron las propuestas teóricas que comenzaron a publicarse a principios del siglo XX en torno al novísimo telégrafo. ¿Se podría enviar una señal eléctrica en la distancia para transmitir mensajes de forma eficaz? Los experimentos con máquinas electrostáticas eran prometedores pero poco prácticas. La pila de Volta cambió el panorama hacia 1800, a partir de entonces se podía confiar en tener corriente eléctrica de baja tensión de forma constante, lista para los experimentos. Así se llegó a la primera máquina telegráfica mínimamente práctica, el ingenio que presentó en 1809 el médico alemán Samuel Thomas von Sömmerring. Su telégrafo abrió de inmediato el camino a otros experimentadores que crearon con rapidez toda una industria que unió a través del hilo telegráfico a todo el planeta.

Ahora bien, el primitivo telégrafo de Sömmerring tuvo como directo antecesor una máquina que ha caído en un injusto olvido: el primer telégrafo práctico de la historia, ideado y puesto en práctica por Francisco Salvá y Campillo. El invento no se parecía mucho a lo que comúnmente fueron los telégrafos de décadas posteriores, pero sirvió para inaugurar la era de las comunicaciones eléctricas. Empleaba cables conductores, uno por cada letra o número a representar en el mensaje que se deseaba enviar. Cuando la corriente eléctrica llegaba a uno de los extremos de cualquiera de los cables que se correspondían con los caracteres, al estar el receptor sumergido en un contenedor único de vidrio por cada cable, lleno de ácido, comenzaba a burbujear emitiendo hidrógeno. Puede parecer poco práctico o elegante, pero sin duda era algo ingenioso. No había bombillas, ni electroimanes, todo estaba por inventar, así que un receptor electroquímico a modo de indicador era lo más adecuado para la época. El operador iba anotando secuencialmente los tubos que borboteaban, con lo que, uno tras otros, aparecían los caracteres de los mensajes.

Médico, físico e inventor

Salvá y Campillo mostró durante toda su vida una curiosidad insaciable que iba desde la investigación en química, hasta los globos aerostáticos. Médico célebre en su tiempo, catedrático y miembro de las academias médica y de ciencias de Barcelona, impulsor de la vacuna contra la viruela en España, no dejó de trabajar en cualquier campo que fuera de su interés. No era algo extraño, a fin de cuentas gran parte de los experimentadores en el campo de la electricidad de su tiempo eran médicos. Desde temprano contempló la posibilidad de utilizar la electricidad en telegrafía y así lo hizo ver en una memoria presentada en Barcelona en 1795 y en sus experimentos llevados a cabo en ese tiempo. Nótese la fecha, tan temprana que puede considerarse a Salvá y Campillo como pionero absoluto en el campo de la telegrafía eléctrica.

En su época fue reconocido por su labor médica, mientras que sus aportaciones en el campo de la física experimental, a pesar de llamar la atención, pasaron bastante desapercibidas. Cierto es que, si se percibe desde el punto de vista de su posible influencia en el devenir histórico de la física y, en concreto, de la tecnología de comunicaciones, no fue muy profunda su huella. Sin embargo, merece la pena recordar su tesón a la hora de alumbrar una máquina telegráfica práctica, ingenio que, además, no fue su única aportación en materia de invenciones.

Como físico, Salvá y Campillo merece un recuerdo como paciente observador meteorológico. Durante cuatro décadas, sin descanso, tomó tres veces al día anotaciones de sus instrumentos. Aquellas observaciones meteorológicas se publicaban en portada del Diario de Barcelona. En 1827, una año antes de su fallecimiento, el voluntarioso médico tuvo de abandonar esa metódica tarea al comenzarle a fallarle las fuerzas. Tiempo tuvo de publicar algunas tablas de observaciones, consideradas de las primeras realizadas de forma científica en España.

A través de diversas memorias que leyó en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, Salvá y Campillo fue desgranando los estudios a los que iba dedicando su tiempo, además de a la materia médica propiamente dicha. Así, presentó estudios experimentales diversos sobre electricidad, construcción de instrumentos científicos, sobre todo meteorológicos, e investigaciones acerca de los rayos y las tormentas.

El médico, y también físico experimental, también era un curioso de las máquinas, y esto es algo muy poco conocido al margen de sus aventuras con el telégrafo. Salvá y Campillo inventó, junto con varios colegas, una máquina para agramar, esto es, un ingenio capaz de machacar el cáñamo o el lino de forma industrial para separar las fibras del tallo. Junto con un amigo, el doctor Francisco Sanponts, inventó un hornillo portátil. Igualmente creó un nuevo tipo de barómetro, también portátil, y un higrómetro. Desarrolló máquinas para preparar aguas sulfurosas artificiales, un curioso sistema para transporte de cargas pesadas y hasta un proyecto de submarino dotado de novísimos métodos para facilitar la respiración de la tripulación. Pero, si en algo fue pionero Salvá y Campillo, fue en telegrafía. Bien merecería ser reconocido hoy día como inventor del telégrafo eléctrico, ingenio que no sólo inventó, experimentó y demostró, sino que fue perfeccionándolo con diversas mejoras. Presentó proyectos para unir las ciudades de Barcelona y Mataró con un haz de cables eléctricos aislados con resina, tantos como letras, alimentados con descargas procedentes de botellas de Leyden o similares, posteriormente pilas voltaicas. Mientras en Europa y América se teorizaba con la posibilidad de este tipo de telégrafo, Salvá y Campillo ya estaba experimentando e imaginando redes de comunicaciones con Mallorca a través de un cable submarino de 22 alambres hundido en el lecho o con Madrid a través de hilos subterráneos o colgantes. Y a punto estuvieron de convertirse los experimentos que llevaría más tarde a cabo en la Corte en algo más contundente, tal y como aparece en la Gaceta de Madrid del 25 de noviembre de 1796:

El Príncipe de la Paz [se refiere al valido Manuel Godoy] sabiendo que D. Francisco Salvá había leído en la Academia de Ciencias una memoria sobre la aplicación de la electricidad a la telegrafía, presentando al mismo tiempo un telégrafo eléctrico de su invención, quiso examinarlo y, admirado de la prontitud y facilidad con que funciona, lo enseñó al Rey y a la Corte, haciéndolo él mismo maniobrar.

El telégrafo que presentó en a principios del siglo XIX ya empleaba pilas voltaicas y era la máquina de su tipo más avanzada jamás vista. Según describe Antonio Suárez Saavedra en su Tratado de Telegrafía, edición de 1882:

En la sesión de la Academia de Ciencias de Barcelona del 14 de mayo de 1800, leyó el socio Don Francisco Salvá y Campillo una memoria titulada “El galvanismo y sus aplicaciones a la telegrafía”. (…) Refiere los experimentos hechos al efecto en su casa, tendiendo por la azotea y jardín de aquella doscientas canas catalanas de alampe [unos 310 metros]) atados los extremos a aisladores de vidrio barnizados, notando las convulsiones de una rana a pesar de la distancia. (…) Salvá empleaba como agente motor la electricidad desarrollada por un gran número de ranas. Nadie había tratado, antes que el ilustre médico español, de la aplicación de la electricidad dinámica a la telegrafía. (…) Además, nadie, absolutamente nadie, le precedió en la aplicación del dócil fluído electro-dinámico a las comunicaciones a distancia, único sistema seguido en la telegrafía moderna. En 1804, cuando apenas se había divulgado por Europa la invención de la pila de Volta, Don Francisco Salvá y Campillo leyó en la sesión del 22 de febrero de la Academia de Ciencias de Barcelona un estudio [en el que propone el uso de la pila voltaica] y en cuanto al medio de recibir las señales emitidas con las corrientes voltaicas, duda Salvá el fijar definitivamente uno, pues aunque admite al efecto las contracciones de las ranas, muéstrese inclinado también a valerse para el objeto de la descomposición del agua.

Por desgracia, las aventuras del médico barcelonés cayeron en el más profundo de los olvidos y no se difundieron por Europa. Tal y como se afirmó en el homenaje que se rindió a la figura de Salvá y Campillo en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona el 30 de diciembre de 1900:

Si Salvá hubiese nacido en la Gran Bretaña, sus descubrimientos se hubieran esculpido en letras de oro.

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blog editado por Alejandro Polanco Masa.



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