Étienne Jules Marey y el registro del movimiento

Ver tomas a cámara rápida del aleteo de un ave o de un atleta en una prueba deportiva son cosas que ya no llaman la atención a nadie. Pero para todo tiene que haber una primera vez y fue el francés Étienne Jules Marey quien se adelantó a todos, o casi todos porque ya hubo algún intento anterior, a la hora de registrar fotográficamente el movimiento de animales, personas y objetos. Mencioné hace tiempo en TecOb el curioso rifle fotográfico que empleaba Marey en algunos de sus experimentos. Ahora bien, ¿cómo preparaba esos experimentos? Tal es el asunto que hoy me ocupa brevemente. Veamos, hay que pensar que nos hallamos en la segunda mitad del siglo XIX y, claro está, todo lo que se refiere al registro del sonido o la luz, se encontraba en pleno desarrollo. Mientras el cinematógrafo seguía en la mente de los soñadores y la fotografía iba dando pasos de gigante, Marey se iba obsesionando con la idea de registrar cómo se mueven los seres vivos.

He aquí un primer ejemplo en vídeo del trabajo de Étienne Jules Marey, se trata experimentos realizados entre 1891 y 1895 sobre el vuelo de aves y otros estudios de movimiento animal.

Vía OBI Scrapbook Blog.

Otros ejemplos, en este caso con insectos.

Afortunadamente han llegado hasta hoy muchas de las tomas realizadas por este pionero de la captura del movimiento. Ahora bien, ¿nos ha llegado algo sobre cómo diseñaba sus experiencias? La respuesta se puede encontrar en la fascinante obra de 1873 titulada La machine animale, locomotion terrestre et aérienne, disponible en francés e inglés en archive.org. Es interesante repasar las páginas de ese libro creado por el propio Marey, que sirvió para abrir todo un nuevo mundo a la fotografía y a las “imágenes en movimiento”. Estamos ante un detallado tratado sobre registro de la fisiología animal y el movimiento, pionero en muchos de sus planteamientos.

Vía OBI Scrapbook Blog.

[Libro] Juegos y pasatiempos de la antigüedad

Juegos y pasatiempos de la antigüedadDe vez en cuando escribo en TecOb sobre los libros que voy leyendo, pero en el caso que me ocupa hoy la cosa es muy diferente. El libro objeto de esta nota me encanta pero no puedo opinar como lector, porque me he encargado de su edición y, claro, el editor siempre guarda “intereses ocultos”. Vamos, que me encantaría que se vendiera bien, pero eso es otra cuestión que me aleja de lo principal: el tema del libro. El título ya lo deja claro todo: Juegos y pasatiempos de la antigüedad. Y de eso se trata, de un ensayo riguroso pero muy ameno, que incluye material adicional descargable, como tableros de juegos y modelos de fichas. Todo para hacernos ver cómo se entretenían nuestros antepasados de hace miles de años. Os dejo con la ficha del libro, que estoy seguro va a interesar a muchas personas…

Juegos y pasatiempos de la antigüedad

Título: Juegos y pasatiempos de la antigüedad.
Autores: Javier R. Rodríguez Rodríguez y Carlos Fernández Antón.
ISBN-13: 978-84-940699-3-2.
Formato: Libro impreso / 15 x 21 cm / 112 páginas + láminas.
Contenido adicional: PDF con tableros y fichas de juego.
Colección: Historia antigua.
Precio de venta al público: 14,95 €.

ACERCA DE ESTE LIBRO
La Historia, con mayúsculas, ha aparcado a un lado muchos detalles sobre los modos de vida de nuestros antepasados. El juego es uno de esos aspectos clave de la vida que apenas ha sido tratado en el estudio del pasado. Este libro pretende comenzar a remediar ese terrible olvido. En una época en la que los juegos electrónicos son los reyes, es agradable comprobar cómo muchos de los tradicionales juegos, incluso algunos que se pueden disfrutar ante una pantalla, hunden sus raíces en el más lejano de los tiempos.

En Juegos y Pasatiempos de la Antigüedad podrás aprender cómo jugaban los antiguos romanos, griegos o egipcios. Ya fuere con juegos de azar, de estrategia o habilidad, los juegos formaban una parte muy importante en la vida cotidiana de la antigüedad. No estás ante un simple libro de historia, nada de eso, te encuentras ante un ensayo excelentemente documentado que, además, sirve de manual práctico para volver a traer a la vida los juegos descritos en estas páginas. Conoce al precursor del tres en raya, los dados, el juego real de Ur, perros y chacales, el senet y el mehen… Descarga las plantillas para construir los tableros y las fichas de muchos de los juegos descritos en el libro y viaja en el tiempo para volver a jugar como lo hicieron en la antigüedad.

SOBRE LOS AUTORES

Javier Ramón Rodríguez Rodríguez, nacido en Santander en 1969, es ingeniero técnico industrial por la Universidad de Cantabria. Gran aficionado a la astronomía, es miembro de la Agrupación astronómica Cántabra desde el año 2000, siendo presidente de la misma durante dos años. Si bien le interesaba la historia en general, perfectamente compaginada con su formación técnico-científica, transformó este interés en pasión por la antigüedad clásica al leer por primera vez la Ilíada de Homero. Desde 2003 participa en foros y actividades con otros aficionados a la historia y es miembro fundador de la Asociación Cultural Hispania Romana (2007). Desde entonces toma parte de las actividades de recostruccionismo histórico de esta asociación a través de inciciativas como la Legio VIIII Hispana y de la revista Stilus.

Carlos Fernández Antón, nacido en Madrid en 1969, es ingeniero técnico por la Universidad Politécnica de Madrid. Experto en geometría, matemáticas y agrimensura antigua ha impartido conferencias en las principales universidades y centros arqueológicos tanto nacionales como internacionales. Creador de la marca Ars Ingenivs (2010), un lugar de reconstruccionismo histórico y arqueología experimental en el ámbito de la ingeniería y agrimensura. Es miembro activo de la Asociación Cultural Hispania Romana donde realiza muchas de sus actividades divulgativas, ha aparecido en varios artículos en revistas de historia y especializadas.

Kebu y el renacer de los sintetizadores vingate

kebu_promo_4sAh, qué tiempos aquellos, cuando los sintetizadores analógicos reinaban, la época del primer Jean Michel Jarre o de Ray Lynch, por ejemplo, la edad de oro de los teclistas, o sintesistas como decía Ramón Trecet, allá a finales de los setenta y durante los años occhenta.

Si menciono esto es porque el compositor y teclista finlandés Kebu, además de publicar un disco muy personal (spotify) que repasa ambientes espaciales y texturas analógicas de esa época, nos ofrece muestras en vivo de su buen hacer a través de su canal en YouTube. Rodeado de un arsenal de sintetizadores clásicos, aquí tenemos un ejemplo de ello. Kebu haciendo renacer el inolvidable Crockett’s Theme, de Jan Hammer, una de las piezas sonoras más memorables de Miami Vice, o Corrupción en Miami, que es como se tituló por aquí.

Saliendo de la blogopausa…

Ha llegado la hora de salir de la pausa en TecOb. Como ya he anunciado en La Cartoteca, durante casi un mes he estado armando pacientemente Maptorian, un producto en forma de pack de mapas vectoriales de todo el mundo pensado para diseñadores gráficos, periodistas, infografistas y similares. Así que, a partir de ahora y si nada me frena otra vez, espero volver a retomar el ritmo de publicaciones en TecOb. Ah, y si necesitas crear mapas del mundo, de países, regiones, continentes o similares, no dudes en considerar utilizar Maptorian, estoy seguro de que puede ayudarte mucho en tu tarea.

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La batalla del doctor Jaume Ferran i Clua contra el cólera

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de junio de 2013.

Jaume Ferran i CluaY como parece ser ley fatal que todo grande invento ha de tropezar con una oposición proporcionada, moral y materialmente, a su grandeza, el suyo sufrió suerte tan accidentada por los ataques de que lo hicieron víctima la rutina, las bajas pasiones, las envidias y los incalificables atropellos de políticos torpes y mal aconsejados y de unas autoridades desdichadas, que lo llevaron al resultado de que durante treinta años, ¡treinta años en materias y problemas de tantísima importancia para la Humanidad, y en estos tiempos de vida febril en que los lustros parecen siglos, su doctrina y su invento hubieron de permanecer como bajo condenación, retraídos, desacreditados, abandonados, esperando mejores tiempos, hasta que por fin la guerra europea, gracias a la disposición de otros gobiernos y al empleo de otros hombres que no fueran de España, ni los españoles, se pudo hacer nuevo ensayo de aquel invento, reproducir sus efectos, apreciarlos con tranquilidad y honradez y mostrar su valor, proclamándose la grandeza bienhechora de su poder abortivo contra las epidemias. Y se hubo de hacer más: que fue reconocer que su único autor, así en la preparación como en su empleo, era un médico español. El doctor Jaime Ferrán y Clúa.

Fragmento de la obra Vae Inventoribus Magnis. La odisea de un descubrimiento médico grandioso. El doctor Ferrán y el cólera morbo asiático en la guerra europea,
de Ángel Pulido Fernández, 1921.

El pozo de la muerte

Tiene gracia siniestra que a principios del siglo XX se considerara en la prensa nacional que dos genios de la medicina de la época serían, sin duda, recordados para siempre. Uno de ellos, Ramón y Cajal, ha resistido la prueba. El otro, Jaume Ferran i Clua, o simplemente Jaime Ferrán como era nombrado, prácticamente ha desaparecido de la historia con mayúsculas. ¿Quién era y por qué se le consideraba como un genio de la medicina? Bien, para hallar la respuesta hemos de viajar en el tiempo y, para comenzar, saltemos hacia el Londres de 1854.

Fue en ese tiempo cuando la capital británica sufrió un brote de cólera que segó la vida de cerca de siete centenares de ciudadanos en menos de una semana. Todo sucedió en una pequeña porción del Soho. ¿Por qué allí? Mientras iban cayendo bajo el designio de la tercera parca, uno tras otro, los pacientes del doctor John Snow, que tenía su consulta cerca del centro de la epidemia, se convertían en marcadores de posición en un plano callejero de Londres. Snow anotaba cada muerte por cólera e iba creando laboriosamente un mapa de la epidemia. Era una idea origina y, aunque al principio no se le hizo caso, terminó por demostrar que tenía razón. El mapa era muy claro: la mayor parte de las defunciones se concentraban en tono a Broad Street, donde se identificó una bomba de agua contaminada con aguas fecales. El mapa de Snow convirtió a su autor en toda una celebridad.

Viajemos ahora a Italia, en ese mismo año de 1854. Mientras Snow creaba su mapa, que demostraba que el cólera era una enfermedad infecciosa transmitida por algún tipo de organismo microscópico desconocido, un médico llamado Filipo Pacini lograba aislar al causante de tanto padecimiento. En efecto, el cólera es una enfermedad causada por una bacteria, la Vibrio cholerae, capaz de originar una muy desagradable infección intestinal que, en muchas ocasiones, se convierte en mortal. La enfermedad posiblemente llegó a Europa desde la India y, a lo largo del siglo XIX, se manifestó en una serie de epidemias que se extendieron por todo el continente cobrándose la vida de cientos de miles de personas. En ese ambiente y con el agente infeccioso identificado, quedaba encontrar un remedio efectivo y, para ello, hemos de hacer un último viaje, en esta ocasión a un pueblo de Tarragona.

Un laboratorio en casa

El 1 de febrero de 1851, aunque según otras fuentes se anota como fecha el 2 de febrero de 1852, nació en Corbera de Ebro, provincia de Tarragona, el médico que logró hallar la vacuna contra el cólera, además de muchas otras. Ahora bien, ¿por qué no se le recuerda como a otros grandes de la medicina de finales del siglo XIX? Bien pudiera ser por la propia forma de actuar de Jaume Ferran i Clua, aquel hijo del médico del pueblo que, dotado de una incansable curiosidad hasta el día de su muerte, acaecida en 1929, no dejó de picar acá y allá en todo lo que le interesaba, sin llegar a profundizar realmente en un solo campo y sin mostrar mucho interés en cuidar su propia imagen. Mala idea, sobre todo cuando había tanta fama en juego. Sin embargo, Jaume fue finalmente reconocido, pero eso no le impidió tener que soportar una travesía del desierto realmente patética.

Jaume realizó sus primeros estudios en Mora de Ebro, Tarragona y Tortosa. En 1873, tras estudiar en la Facultad de Medicina de Barcelona, pasó a ejercer como médico en Pal del Panadés. Por entonces ya había explorado los campos de la fotografía, la pintura y la electricidad. Algo hacía que siempre mirara más allá de lo que sus colegas recomendaban, y ese espíritu inconformista con la medicina de su tiempo fue, a la vez, la osada llama de la que surgieron sus descubrimientos y la que alimentó a sus enemigos. No tardó en pasar a tener una consulta en Tortosa como médico general y como especialista en oftalmología y electroterapéutica. Ocupó además en ese tiempo los cargos de médico director de sanidad marítima, director del Hospital Civil y de la Casa Provincial de Expósitos.

Dado el prestigio que iba acumulando en la práctica médica, a pesar de su juventud, fue comisionado en 1884 por el Ayuntamiento de Barcelona para investigar un brote muy grave de cólera en el sur de Francia. De lo que aprendió en el área de Marsella surgió toda una intención, a saber, el intentar hallar una vacuna contra la terrible enfermedad. Y, así, empleó todo el dinero que pudo en crear un laboratorio casero lo mejor equipado posible. No recibió ayuda pública de ningún tipo, pero eso no hizo que se rindiera. Los aparatos para cultivos bacterianos y los microscopios fueron pagados de su propio bolsillo, arriesgando a veces casi todo el sueldo. Aprendió por su cuenta las técnicas para desarrollar vacunas de Pasteur, estudió todo lo que la nueva ciencia biológica ofrecía y desarrolló nuevas técnicas que mejoraban la microfotografía.

¿Un loco solitario? Sí, un médico de pueblo, nada más, pero genial a fin de cuentas porque a pesar de no recibir apoyo logró en su modesto laboratorio de Tortosa algo que se venía buscando desde que el cólera llamara a las puertas de Europa hacía ya varias décadas: una vacuna. Los ahorros y esfuerzos vieron la luz en forma de vacuna anticolérica en el año 1885. Al principio los ensayos los realizó en su propio ser, e incluso contó con amigos y familiares. Con el cólera amenazando a la península ibérica en forma de otra gran epidemia, se permitió aplicar la vacuna de Ferran i Clua a gran escala. Sin embargo, al poco, comenzó a ser criticado y perseguido. Su método cayó en el descrédito y comenzó toda una guerra entre sus partidarios, que eran más bien pocos, y un numeroso grupo de enemigos poderosos. La guerra parecía perdida.

El creador de vacunas

La vacuna contra el cólera fue solo el principio, más tarde llegaron otras. En 1886 mejoró los procedimientos de Pasteur para la aplicación de la vacuna contra la rabia. En 1887 creó una primitiva vacuna contra el tifus y al poco trabajó sobre una para la difteria. También creó una vacuna contra la tuberculosis pero, a pesar de tanto esfuerzo, su trabajo se mantenía en su mayoría en la oscuridad y prácticamente no se le hacía caso lejos de su entorno.

A pesar de que la fama de la vacuna contra el cólera le llevó a la fama en toda Europa, la alegría duró muy poco. El procedimiento de Jaume fue puesto en duda y considerado peligroso, hasta tal punto que el gobierno le prohibió continuar con el mismo. Como bien comenté al principio de este artículo, la cosa tenía su gracia siniestra, pues después de muchos años sin ser reconocido y cuando muchas variantes de su técnica se estaban empleando en todo el continente, llegó un primer aplauso oficial en forma de premio otorgado por la Academia de Ciencias de París en 1907. Se deseaba reconocer así el trabajo de Jaume como pionero indiscutible de la inmunización preventiva contra el cólera. Nuevamente, tiene gracia que, pasados tantos años, el propio Ramón y Cajal, al principio con opinión negativa, reconociera con el cambio de siglo el trabajo de Jaume. ¿Acaso Ferran i Clua hubiera llegado más lejos de haber insistido en ahondar en su propio descubrimiento? Muy posiblemente, pues muchos trabajos de importancia aparecieron en ese tiempo en Europa y América basándose en su trabajo seminal. Pero Jaume, disperso como siempre en abrir puertas y dejarlas de par en par, iba saltando entre ideas geniales sin profundizar mucho en ellas.

Por otra parte, la medicina francesa, que era poco menos que le élite indiscutible de su tiempo, no veía con muy buenos ojos al médico de pueblo que era capaz de lograr proezas sin apenas medios en un laboratorio de segunda fila. Y, sobre todo, no caía bien cuando Jaume presenta ante sus ojos su método supraintensivo de vacunación antirrábica, más eficaz y sencillo que el ideado por Pasteur. La carrera entre el método intensivo de Pasteur y el supraintensivo de Ferran i Clua era como una guerra contra gigantes. En ocasiones, algunas personas inmunizadas contra la rabia fallecían y ese hecho se convirtió a la vez en motivo de ataque contra el método y en acicate para mejorarlo. Se pretendió cerrar el Laboratorio Microbiológico Municipal de Barcelona, del que había llegado a ser director, para dejar así a Jaume aislado por completo. Sin embargo, ninguna amenaza le frenó. Continuó mejorando su vacuna antirrábica, estudió los trabajos de Koch sobre la tuberculosis y logró hallar la vacuna anti-Alfa contra ese mal.

Los ataques continuaban a pesar de todo y en 1905, dos años antes de que la Academia de Ciencias de París empezara a reconocer sus esfuerzos, Jaume fue apartado por completo del Laboratorio Bacteriológico Municipal de Barcelona. Ya sólo le quedaba su humilde laboratorio casero y ninguna otra ayuda que la de sus amigos y discípulos, que no eran muchos. Y, otra vez, tal y como sucedió con su vacuna contra el cólera, sus métodos para hallar vacunas contra la tuberculosis fueron estudiados por otros que los aplicaron con éxito. Llegaron entonces los premios, los reconocimientos y los aplausos, pero a Jaume seguían sin hacerle mucho caso, era algo así como un viejo profesor querido y respetado, al fin. Sí, se le oía, pero no se le escuchaba, como una vaca sagrada, publicó decenas de libros y artículos científicos, quedando la mayor parte de ellos arrinconados en el más silencioso de los olvidos. A su muerte, los homenajes fueron muchos, pero su figura se fue apagando con rapidez y hoy día apenas se recuerda el brillo que tuvo o, más bien, pudo llegar a tener si hubiera contado con apoyos y medios adecuados.

343 páginas





Tecnología Obsoleta, blog personal de Alejandro Polanco Masa. Soy autor de varios ensayos de divulgación científica como Herejes de la ciencia (2003) o Crononautas, los viajeros del tiempo (2011) y una novela, El viaje de Argos (2012). Consultor TIC en Arbotante Patrimonio e Innovación, empresa localizada en el Parque Científico de la Universidad de Valladolid.
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