Parece que la “fiebre” clonadora está moderándose un poco, pero la batalla ética relacionada con las células madre sigue tan viva como siempre. La cuestión de clonar células humanas viene de lejos…
Bush pide 10 años de cárcel para quien experimente en clonación humana.
El Congreso norteamericano se disponía ayer a aprobar una durísima ley que castiga con 10 años de cárcel y penas de un millón de dólares a los investigadores que realicen experimentos de clonación humana incluso con fines médicos. (…) La ley criminaliza por primera vez la actividad de los científicos implicados en experimentos sobre la clonación e impide directamente la importación de terapias médicas derivadas de experimentos con células madre.
Noticia aparecida en el diario El Mundo, el viernes 28 de Febrero de 2003.
Han pasado más de dos años y la posición del presidente Bush se torna cada día un poco más hacia sus postulados de “fe”, no sólo en este tema, sino en casi todo.
Dos seres vivos que poseen el mismo patrimonio genético son clones. La palabra “clon” se aplica de forma indistinta a cada uno de estos individuos o a la población que formen. En la naturaleza se producen clones de forma normal en varias especies animales y vegetales. Crear humanos genéticamente idénticos constituye uno de los deseos, sueños y pesadillas más antiguos de nuestro género. Sólo con el descubrimiento del ADN se ha podido realizar esta tarea, queda ahora para la bioética y los políticos el regular la nueva tecnología que tantos interrogantes plantea, así como también abre nuevas esperanzas médicas.
Entre todos los “locos” que han entrado de lleno en el juego de la clonación, Claude Vorilhon, más conocido como Raël, líder de una oscura secta, es quien más ímpetu ha puesto para conseguir sus objetivos. Es este un curioso personaje. Nacido en 1946 en Vichy, una localidad Francesa y, según dicen sus seguidores, sería un clon del mismísimo Jesucristo. Mientras Claude trabajaba como periodista, especializado en automovilismo deportivo, fue “visitado” por extraterrestres. Tan señalado evento, con platillo volante incluido, tuvo lugar a decir de su protagonista el 13 de diciembre de 1973. cerca de Clermont-Ferrand. Los presuntos alienígenas le contaron a Vorilhon, a partir de entonces llamado Raël, la “verdadera” historia de la humanidad, en la que se narra cómo todo el género humano sería el resultado de experimentos genéticos extraterrestres. Desde entonces se ha autoproclamado como embajador de los Elohim, los visitantes cósmicos con los que se topó, y es considerado por sus seguidores como un el último profeta. El credo de su secta se basa en que por medio de la clonación se podrá alcanzar la inmortalidad. No se conocen datos imparciales acerca de la potencia que pueda tener hoy el movimiento raeliano. Los propios miembros de la secta afirman estar presentes en más de noventa países y poseer miles de adeptos.
La secta se financia a partir de las “donaciones” obligatorias de los miembros y su meta es crear un nuevo mundo, clónico, gobernado por genios en contacto con los Elohim, que regresarán a la Tierra en el año 2035, concretamente en la embajada que los raelianos van a construir para ellos.
Parece el guión de una película de ciencia ficción, de las malas, pero en realidad se trata de un movimiento muy real, fanatizado y peligroso. Al menos eso es lo que opinan algunas autoridades y responsables de organismos bioéticos. Porque, lejos de todas las locuras que suponen sus planteamientos “extraterrestres”, están decididos a crear clones, y esa es una cosa muy seria. ¿Acaso no habrán leído Un mundo feliz? La célebre novela que Aldous Huxley publicó en 1932 ya nos avisó sobre los peligros, y el aburrimiento, de una sociedad biológicamente dirigida.
Sólo han pasado siete años desde que el científico británico Ian Wilmut diera a conocer a Dolly, la oveja clónica, surgida en el laboratorio tras cientos de intentos fallidos. A partir de entonces se desató la fiebre de las “fotocopias” biológicas. Desde ranas a monos, se está clonando todo lo clonable. Los humanos no íbamos a quedar fuera de juego y pronto se alzaron las voces alertando del peligro. A mediados del año 2001 la doctora Brigitte Boisselier, directora de la empresa Clonaid, controlada por los raelianos, anunció los primeros éxitos en su campaña para fabricar clones. Al parecer, había logrado seleccionar un método bastante factible y rápido para clonar humanos. Según noticias de los raelianos, los primeros niños clonados podrían haber nacido ya en su seno. Los científicos so muy escépticos. La clonación no es una técnica como la de fabricar bombillas en serie, es algo muy complejo que requiere mucho del “ensayo y error”. Los raelianos parecen haber conseguido lo que los grandes centros de investigación no logran, la clonación rápida sin muchos ensayos. Eso sólo si se creen las palabras de Raël y compañía, porque nadie ha visto ni de lejos las pruebas definitivas que confirmen su éxito. ¿Se tratará de un engaño? Muy posiblemente, porque detrás de todo esto hay algo más que “amor interestelar” por los presuntos extraterrestres. Clonaid gana dinero, mucho dinero, y eso que todavía nadie ha visto un solo clon validado. Miles de ofertas para clonarse ya han sido recibidas y por cada “procedimiento” la compañía cobra unos ciento ochenta mil euros. No es difícil imaginar lo abultado de las cuentas. El revuelo que se ha levantado con todo este asunto ha sido tan grande que, en pocos meses, se ha intentado por parte de los raelianos una nueva estrategia. Desmienten tener nada que ver con Clonaid, una curiosa medida que llega justo cuando las autoridades federales empezaron a interesarse por el tema, que lejos de ser viable científicamente podría ser convertido en delito de estafa a gran escala según algunos representantes legales del gobierno norteamericano. La ciencia, mientras tanto, lo tiene muy claro: no se puede clonar todavía a seres humanos de manera “industrial”.
Pero, lejos de estas farsas y locuras en pos de un negocio nada ético, se libra la verdadera batalla por conseguir apoyo político a las técnicas de clonación celular humana y el uso de células madre. En palabras de Arthur Caplan, de Centro de estudios bioéticos de la Universidad de Pennsylvania:
¿Será tanta la angustia filosófica como para que debamos poner freno al vertiginoso avance de la terapia génica? ¿Llegará la emergente revolución médica a confundirnos hasta el extremo de que no sepamos ya quíenes somos ni porqué estamos aquí e incluso algún día añoraremos tiempos más sencillos en los que los niños morían por enfermedades como la de Tay-Sach, la anemia falciforme o la fibrosis quística y los adultos eran víctimas del cáncer, la diabetes y las cardiopatías? Difícilmente. Si ser humano significa emplear la inteligencia para mejorar la calidad de vida, hay poca base para la ambivalencia ética o la duda respecto a eliminar los azotes genéticos tanto como lo hemos logrado con la polio, la viruela y otras enfermedades contagiosas.
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2 Comentarios
La clonación tiene una dimensión ética en cuanto que existe el peligro de utilizar la vida humana para determinados intereses. Te recomiendo un artículo
http://www.almudi.org/App/Asp/Noticias/noticias.asp?n=1888
Gracias por la recomendación,