La Tierra permanece

Es intrigante cómo se encadenan algunas veces las más diversas situaciones. Hace varias semanas, muchos medios de comunicación difundieron a los cuatro vientos la noticia sobre la publicación de un informe de la OMS en el que se advertía del grave riesgo de rápida expansión de epidemias por culpa de los modernos sistemas de transporte planetarios, léase sobre todo las rutas aéreas. Vale, se tachó al texto de alarmista y, como estamos en verano, con típica sequía informativa, pues nada, se dedicó más espacio y tiempo al asunto del que hubiera recibido en otra estación más atareada.

El caso es que muchos hablaban del asunto como si fuera nuevo, pero de eso nada. Casi de manera inmediata me vino a la cabeza un lejano recuerdo. ¿Dónde habré leído algo parecido? Cierto es que en las últimas décadas se ha publicado bastante sobre epidemias y rutas de transporte. Recuerdo en esto, sobre todo, a Peter Gould, el perspicaz geógrafo, fallecido hace pocos años, que estudió la forma en que se expandió el SIDA en los Estados Unidos1. Pero no, mi evanescente recuerdo era mucho más lejano. Al final, tras varios minutos con el típico “lo tengo en la punta de la lengua”, recordé la referencia. Data de 1949, concretamente de la cita con que se abre la novela de George R. Stewart titulada La Tierra permanece:

Si hoy apareciera por mutación un nuevo virus mortal…
nuestros rápidos transportes podrían llevarlo a los más alejados
rincones de la tierra, y morirían millones de seres humanos.

W.M. Stanley, Chemical and Engineering
News, 22 de diciembre de 1947

Como puede comprobarse, no hay nada nuevo en la idea que tanto sobresaltó a algunos tertulianos y periodistas cuando citaron el dichoso informe de la OMS. Ya con el libro de Stewart entre las manos, decidí releer y recordar algunos capítulos. El viejo George había recorrido de punta a punta los Estados Unidos y conocía como nadie las costumbres de las más diversas comunidades con las que se encontró. A partir de su conocimiento profundo de lo que anima a los grupos humanos, escribió La Tierra permanece, una distopía que siempre me ha fascinado por dos motivos fundamentales. Por una parte, por su protagonista, un geógrafo, observador, pragmático, científico ante todo, que ve cómo la civilización ha desaparecido prácticamente de la noche a la mañana, barrida por un virus mortal, dejando vía libre a la naturaleza para “reconquistar” el terreno perdido. Por otra parte, por el análisis de la forma de comportamiento de un minúsculo grupo de supervivientes que, lejos de intentar “reconstruir” la civilización, se conforman con ir tirando, aprovechando los despojos de la tecnología extinguida.

Decía al principio lo de las situaciones encadenadas porque, a los pocos días de releer parte de la novela de Stewart, recordando los memorables pasajes en los que se disecciona qué sucedería con las ratas, con el ganado o con los perros y los gatos si los humanos desaparecieran de repente, en mi lector de feeds apareció una breve reseña de Information Aesthetics, titulada The world without us, el mundo sin nosotros. ¡Qué curioso! pensé, ya es casualidad que alguien se dedique a pensar en el tema a la vez que redescubro la novela de Stewart. El artículo estaba ilustrado por una “clásica” imagen, a saber, la Estatua de la Libertad hundida en el hielo de una futura edad glacial, sin humanos a la vista, muy al estilo de El Planeta de los Simios.

La cosa pintaba bien, al parecer, un periodista estadounidense se había tomado la molestia de consultar a un gran número de especialistas y, de todo ese material, había nacido un libro al que tituló, precisamente, El mundo sin nosotros, acompañado de un sitio web promocional muy resultón. Siguendo con las “coincidencias”, lo primero que me encuentro al abrir el número de Septiembre de Investigación y Ciencia es una entrevista a Alan Weisman, el autor del libro.

Desconozco si Weisman ha desmenuzado los detalles que Stewart deslizó en el interior de su magnífica prosa en La Tierra permanece, pero supongo que sí. Las conclusiones de Weisman son muy similares a las de la vieja novela, con lo que se ve que el análisis realizado por ambos autores ha seguido caminos similares. Stewart pensó que las infraestructuras humanas durarían un poco más pero, por lo demás, las coincidencias son bastante amplias. Weisman imagina que la humanidad ha desaparecido, ha perecido de repente. Las causas no importan, lo que nos atañe es qué sucederá después de nuestro final. ¿Qué destino tendrán nuestras ciudades? ¿Cuándo se desplomarán los puentes y se borrarán las cicatrices de las autopistas sobre la superficie terrestre? ¿Qué especies animales y vegetales sacarán partido de la situación? Al contrario, ¿qué desdichadas criaturas perecerán con nosotros?

Tras nuestro fin, los servicios públicos, cómo no, dejarían de funcionar. La electricidad no fluirá, los servicios de mantenimiento de edificios, carreteras, centrales energéticas, presas, industrias… se pararían. Centrales nucleares con reactores fundidos, las calles inundadas tras el fallo del sistema de alcantarillado, fugas por todas partes… En pocos meses, o años, la vegetación habrá inundado las ciudades y levantado el asfalto. Nuevos inquilinos vivirán en lo que, anteriormente, era el reino de los humanos. Medrarán las aves de todo tipo. Los mosquitos y otros insectos, libres de enemigos químicos en forma de insecticida, aumentarán su número. Los campos se verán invadidos por todo tipo de hierbas que acabarán con las plantas domesticadas durante miles de años, ya no habrá más fitosanitarios ni otro tipo de medidas que terminen con ellas. Los gatos, nunca enteramente domesticados, serán los nuevos reyes de las ciudades.

Por el contrario, el ganado perecerá sin los cuidados de sus amos, los predadores tendrán un festín orgiástico. Las ratas prácticamente desaparecerán. En efecto, como parásitos nuestros, tales roedores se han convertido en dependientes de nuestra basura y serían barridas en poco tiempo ante el avance de las aves de rapiña y los gatos salvajes. En regiones templadas, las cucarachas podrían desaparecer pues ya no habría calientes edificios en los que guarecerse del frío invierno. Finalmente, los piojos sucumbirían sin remedio dado que están adaptados específicamente a vivir parasitando a los humanos. Como todos estos seres vivos, nuestros edificios no durarían mucho. Sin mantenimiento, apenas aguantarían unas décadas antes de desaparecer engullidos por la vegetación.

Y sin embargo… bueno, algo de nuestro recuerdo sí quedaría. Polímeros plásticos de todo tipo aguantarían sin descomponerse miles de años, como también algunas aleaciones. Pero, lo que de verdad constituiría un mensaje “eterno” serían nuestras emisiones de radio y televisión, que continuarían viajando hacia los confines del universo a pesar de que sus creadores hubieran desaparecido hace mucho.

Como apunte final, he de reseñar que, para terminar con la cadena de situaciones, me acordé hace poco días de Stewart y de Weisman. Fue en medio de un denso bosque, los jilgueros cantaban por doquier y los insectos zumbaban a sus anchas. A lo lejos, cruzó velozmente una ardilla y, más tarde, las huellas recientes de un zorro cruzaron a mi paso. El lugar, aparentemente salvaje y jamás hollado por el hombre había sido, no muchos años atrás, el espacio en el que se levantaba todo un pueblo. Hoy, apenas unos bajos muros carcomidos por la vegetación quedan para recordar que allí vivieron seres humanos durante siglos. Cuando el último habitante del pueblecito lo abandonó, nadie derribó las casas, todo quedó “fosilizado”. Pero la naturaleza, libre al fin, destruyó lo que tantas gentes habían cuidado en épocas pasadas, empleando para ello muy poco tiempo.

Para terminar, nada mejor que recordar el final de la novela de Stewart:

Los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece.

____________
1 Véase: Peter Gould, La epidemia de SIDA desde una perspectiva geográfica. GeoCrítica. ISSN: 0210-0754 – Año XV. Número: 89 – Septiembre de 1990.



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12 Comentarios

  1. Ged

    Excelente artículo, el libro va a mi lista de pendientes…

    pero lo que nunca había pensado es que las ratas y las cucarachas desaparezcan si desaparece el ser humano. Creoq uee están mucho me jor adaptadas y resistirían el cambio sin problemas, auqneu se reduciera su población, pero no creo que fuera algo drástico.

    Aunque quizás esté equivocado.

    Un saludo

  2. Joan

    No sólo las ratas y las cucarachas. Los jabalíes que viven en las afueras de las poblaciones también se han vuelto dependientes de nuestros desperdicios. Las superpoblaciones de gaviotas y palomas que viven a costa de los humanos también desaparecerían… Tal vez los gatos también perecerían por falta de presas.
    Presas reventadas, centrales nucleares convertidas en cementerios radiactivos (un centenar de Chernobyls!!!), enormes mareas negras por el vertido de las reservas de petroleo…

  3. corsaria

    Foto, una foto de ese extinto pueblo sería perfecta. 😉

  4. alpoma

    Pediré alguna, porque no llevaba la cámara ese día. 🙂

  5. alpoma

    Hombre… lo de Chernobyl es mucho más impresonante. Yo me refería a un humilde pueblecito de montaña al norte de Palencia, una minucia comparado con eso.

  6. Amio Cajander

    Es cierto soy un exagerado me imaginaba un pueblo minero, no se porque

  7. Fabián

    Curiosamente, antes de leer tu artículo he visto (no sé si hoy o ayer) un texto en un periódico online promocionando el libro “El Mundo sin nosotros”.

    Lo que más me ha llamado la atención es la pregunta retórica que había en el artículo “¿Cuánto tiempo tardaría el mundo en recuperar el equilibrio tras la desaparición del ser humano?” (o algo similar).

    Y me he detenido a pensar en la palabra “equilibrio”. De alguna forma se nos quiere hacer creer que la naturaleza tiene un equilibrio oficial que ha sido roto por la irrupción del ser humano en su lento devenir. Sin ser un experto en el tema, me aventuraría a decir que más bien al contrario: la naturaleza está en un permanente desequilibrio ecológico en el que aparecen y desaparecen especies de forma continua. Ese desequilibrio, y por tanto la necesidad de adaptarse continuamente a nuevas situaciones, es el motor esencial de la evolución. El desequilibrio ecológico era ya un estado permanente de la naturaleza antes de la irrupción de los hombres.

    El ser humano, como animal que es, es un elemento más en ese desequilibrio ecológico. Su actuación responde al mismo criterio que la actuación de las demás especies: tratar de perpetuar su estirpe.

    El problema es que el ser humano ha tenido éxito, demasiado éxito. Y al desplazar a otras especies (animales y vegetales) de forma drástica, puede estar cerca de originar su propio declive como especie (agotamiento de recursos y demás).

    Saludos.

  8. alpoma

    En efecto, el concepto de “equilibrio” natural es completamente artificial, dado que la naturaleza está continuamente mutando, porque lo único que no cambia es el propio cambio. No existe tal equilibrio, ni mucho menos una “estabilidad”, sino un cambio continuo. Eso sí, generalmente el cambio sólo es perceptible en escalas de tiempo geológico, no a escala de tiempo humana.

  9. alguien

    llegué acá no sé cómo. llegué a la novela de stewart por recomendación de un amigo al leer un poema que hice hace algunos días. no sé si tiene sentido (en todo caso qué importa) dejarlo acá. pero algo me incita y aquí lo cito. saludos anónimos y virtuales.

    El apocalipsis es también un lugar hermoso

    Árbol,
    levanten tus raíces
    en escombros
    este suelo infértil.
    Que tanto muro estéril
    reverdezca. Y se derrame,
    en un entrecruzarse infinito
    de malezas, cada rama abriéndose
    camino
    al vórtice preciso
    de la existencia.

    Que en cada grieta o resquicio
    devenga en hálito, se haga
    hélice la semilla que antes fuera
    sólo grava piedra cáscara
    -esperanza en todo caso-
    rodando vagamente sobre el pavimento.

    Y regurgite; se desborde
    en movimientos, resarcido
    todo espacio. Se descubra
    en cada paso el mundo recubierto
    por el respirar acompasado
    del reencuentro
    alfombrado con enredaderas.

    Sobre toda ruina se yergue siempre alguna hierba.

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