Algunos de mis recuerdos más tempranos y asombrosos son los relacionados con los momentos en que empecé a tomar conciencia de las escalas de tiempo y espacio. Primero llegó la hora de percibir el espacio como algo mucho más grande que la casa o las calles cercanas, el mundo parecía que era mucho mayor que aquello percibido a diario. Recuerdo que, con apenas cuatro años, mi juguete favorito era una pequeña bola del mundo metálica, que se podía desenroscar por el ecuador para separar los hemisferios. La pobre, de tanto manosearla y golpearla, había empezado a abollarse. Comenzaban los años años ochenta y, para aquella época, la bola se había quedado anticuada, motivo por el que, seguramente, pasó de ser un elegante elemento de escritorio a convertirse en juguete para el “nene”. Un globo terráqueo con iluminación, de mayor tamaño y soporte ajustable pasó a ocupar el espacio dedicado a nuestro planeta en el escritorio. Claro, la nueva bola era intocable, pero a mí no me llamaba mucho la atención porque la que me encantaba era la pequeña y sufrida esfera de hojalata coloreada que podía considerar propia. En letras minúsculas se podían leer los nombres de mares y golfos, de cordilleras, de países que ya no existían, como el Congo Belga, pues África mostraba todavía su semblante colonial, Río de Oro incluído, lugar que se me antojaba repleto de maravillas. De tando marear la bola, terminé por hacerme pronto con una idea de lo grande que es el mundo, ayudado por mapas y atlas diversos. Más allá de mi calle, de mi barrio, había otro mundo, decenas de miles de kilómetros de diversidad apasionante1.
Llegó más tarde la revolución del tiempo. El paso de las horas y los días, que parecía algo intrascendente, casi circular, sin mucho horizonte hacia el pasado o al futuro, se amplió, de repente, casi hasta el infinito, en un solo día. Una tarde otoñal, mi padre compró en una librería el primer fascículo de una colección sobre los océanos cuyo motivo central, como figura publicitaria y, además, como proveedor del material gráfico, era un héroe de la época, Jacques Cousteau. Entre aquellos papeles, plásticos y demás, apareció algo fascinante. Por una parte, una maqueta de papel, para recortar y pegar, del barco de Cousteau, el Calypso. Para ser la primera maqueta que tenía en mis manos, no quedó muy mal, por lo menos el resultado parecía un barco. Curiosamente, lo que mejor me ha quedado grabado en la memoria son mis dedos recubiertos de una molesta pátina de pegamento Imedio. Entre los demás “regalos” de aquel primer fascículo, podían encontrarse las pastas de la obra y unas diapositivas, nada del otro mundo. Entretenido pasando las hojas del fascículo, de repente, el pasado lejano y el futuro distante me visitaron y, así, en cosa de minutos, comprendí que el tiempo era muy viejo, mucho más que mis propios recuerdos y que, además, podía extenderse hacia adelante de manera inconmensurable. Una magnífica lámina a todo color mostraba centrales eléctricas y hogares en el fondo de los océanos que los humanos construirían en el futuro, dentro de muchos, muchísimos años. Mi escala temporal se rompió definitivamente. Pero, pocas páginas más adelante, descubrí otra cosa, algo más sorprendente. Otro gráfico, igualmente muy bien realizado, mostraba que el universo, el Sol, la Tierra y la vida misma, no habían existido siempre. Habían evolucionado durante miles de millones de años. Las dos ideas, a saber, que el tiempo es muy “viejo” y que todo cambia, evoluciona, no se me borraron de la mente desde entonces. Creo que todavía tengo aquel fascículo enterrado entre un montón de papeles en la biblioteca, no hay tiempo para buscarlo pero, para hacerse una idea, la imagen era muy similar a la que aparece a continuación.
Un proceso similar, aunque mucho más largo y, desde luego, más interesante, sufrió el conocimiento humano, hasta lograr darse cuenta de la verdadera escala del universo y de su edad. En los tiempos en que el Antiguo Testamento debía ser tomado al pie de la letra –cosa que, a poco que se observe, es una solemne estupidez, sobre todo teniendo en cuenta los centenares de contradicciones internas que contiene– cualquiera que aventurara algo que fuera en contra de la “palabra de dios”, con seguridad tendría problemas serios.
No puede extrañar, por tanto, que los buscadores de nuestro pasado no desearan mirar más allá de los libros sagrados a la hora de contar el tiempo en reversa. Correspondía a teólogos y filósofos desmenuzar el tiempo pasado sólo contando con un arma, las escrituras. Muchos pasaron décadas intentando saber en qué momento dios había creado el mundo. Contaron los años que vivieron profetas, patriarcas y demás personajes bíblicos pero, claro está, los cálculos no llegaban a coincidir mucho aunque, al menos, todos parecían llegar a la conclusión de que nuestro universo no era muy viejo, si acaso, sólo tenía unos cuantos miles de años a la espalda. Otros, más osados, intentaron averiguar cuándo llegaría el fin del mundo, armados esta vez con arcanas interpretaciones del del Apocalipsis.
Algunos intentos de medir la edad de la creación utilizando las sagradas escrituras han pervivido en el tiempo. Para el arzobispo irlandés James Ussher, que vivió entre los siglos XVI y XVII, el creador había decidido dar forma a su obra la tarde del 22 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Anteriormente, el mismísimo Kepler había aventurado como fecha de nacimiento del cosmos el domingo 27 de abril del 4977 antes de Cristo y, por su parte, Joseph Justus Scaliger decidio, utilizando el mismo método de contar la edad de personajes bíblicos que usaron los demás que, en realidad, el mundo nació miró hacia atrás para localizar una fecha inicial para el nuevo calendario que deseaba establecer, utilizando la conocida como fecha juliana, fijando su inicio el primer día de enero del año 4713 antes de Cristo, sin recurrir a escritura sagrada de ningún tipo. El astrónomo del siglo XVII Johannes Hevelius pensaba que, según sus propios cálculos, el universo era más joven, pues habría nacido el 24 de octubre del 3936 antes de Cristo, una fecha cercana a la que Isaac Newton calculó, el 3500 a.C. Siglos más tarde, la ciencia demostró, sin ninguna duda posible, que la Tierra, el Sistema Solar y, nuestro universo, son muchísimo mas viejos. A pesar de eso, los creacionistas más descerebrados siguen aferrándose a las viejas ilusiones de la literalidad de sus obras sagradas.
Cuando la presión religiosa se relajó y, por fin, comenzaron a buscarse pruebas reales sobre la edad de nuestro mundo, la cosa cambió radicalmente. En el siglo XVIII Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon, ideó el primer método científico que, aunque primitivo, podía hacer pensar que la Tierra era muy vieja. Partió de la idea de que nuestro planeta nació como una esfera gigantesca de “barro” fundido por las altas temperaturas. Si se tomaban mediciones de cuánto tiempo tardaba una esfera metálica al rojo en enfriarse hasta temperatura ambiente y se realizaba el mismo cálculo con una “pelota” del tamaño de la Tierra, resultaba que el mundo tenía… ¡cha channnn! ¡Setenta y cinco mil años! ¡Imposible! gritaron los guardianes de las escrituras, ¡blasfemia! La verdad es que se quedó muy corto, pues su método era demasiado simple y alejado de la realidad, pero abrió el camino para buscar la respuesta adecuada por medio de la ciencia y no de la superstición.
Los fósiles, que empezaban ser expuestos y admirados por entonces, también causaban problemas. Que si el asunto del diluvio no parecía muy serio, que si los fósiles pertenecían a especies que no se “salvaron”, que si… Se empezó a comprender que la vida evoluciona, que las especies no fueron “creadas” en su forma conocida, sino que cambiaban a lo largo del tiempo, posiblemente un tiempo medido en millones de años. Llegados al siglo XIX la cuestión se había aclarado bastante, nuestro mundo había vivido mucho, muchísimo tiempo, la Biblia no tenía razón, pero todavía no se conocía su edad aproximada. A finales de ese siglo, el genial William Thomson, Lord Kelvin, retomó la idea del Conde de Buffon armado con su mejor artillería, la termodinámica. Thomson basó sus cálculos en la idea de que nuestra estrella, el Sol, habría nacido a la vez que la Tierra. Además, pensó que la teoría de Hermann von Helmholtz, sobre el origen de la energía emitida por el Sol era correcta –quedaba mucho para descubrirse la fusión nuclear– así que, termodinámica en mano, concluyó que el Sistema Solar tenía unos varios millones de años de edad. Con el tiempo, mejoró sus cálculos, hasta pensar que se había pasado un poco, así que publicó nuevos resultados, inferiores a cien millones de años. A pesar de que el registro geológico y la biología evolutiva ya por entonces indicaban que aquellas cifras no eran correctas –incluso Darwin tomó la cifra como buena– nadie tenía la intención de meterse con un cálculo realizado por el más insigne de los científicos de la época.
Nadie, hasta que los hechos chocaron contra Kelvin y desvelaron la realidad. El descubrimiento de la radiactividad por Henri Becquerel ofreció la pista definitiva, permitiendo que Ernest Rutherford, utilizando el método de Thomson pero ya basado en premisas adecuadas, descubriera que el mundo era mucho más “viejo”. Con los años, la tecnología de datación por medio de radioisótopos se ha perfeccionado tanto que ya nadie con un mínimo de sentido común puede afirmar que nuestro mundo tenga menos de cuatro mil quinientos millones de años. Otra cosa es la edad del universo, cifrada hoy día en unos quince mil millones de años, cálculo basado en el fenómeno de expansión del cosmos partiendo de un punto infinitamente pequeño en el instante del Big Bang, expansión descubierta por Edwin Hubble al comprobar que la luz que nos llega de las estrellas se “desplaza” hacia el extremo rojo del espectro visible, señal de que se alejan de nosotros porque el espacio que nos separa se expande. Al igual que el sonido de un ferrocarril suena diferente al acercarse a un observador que al alejarse –debido al efecto Doppler–, así la luz de las estrellas nos enseña que, el universo, es mucho más viejo de lo que pueda nadie calcular acudiendo al Antiguo Testamento. La percepción del tiempo y el espacio ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. Ahora, ya sabemos dónde estamos, lo inmenso y maravilloso que es el cosmos, lo asombroso de las escalas de tiempo, medidas en eones, hemos comprendido que, más allá de nuestra calle, de nuestra vecindad, se extiende un universo grandioso2.
Más información: USGS Geologic Time
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1 Recuerdo que, tras ver los primeros mapas en un atlas, pasé meses dibujando planos y mapas en cualquier trozo de papel que encontrara. En la Enciclopedia Argos, tercer volumen, vi la primera representación del mundo que recuerdo, al margen de mi querida bola de metal de la que, por cierto, no tengo ni idea qué destino habrá disfrutado. Como la silueta, muy simple, que ofrecía la enciclopedia infantil no me parecía bastante, decidí, a escondidas, acceder a un libro “de mayores”. Sabía que en el último tomo del Diccionario de Selecciones del Readers Digest´s había láminas con mapas. Me alegró mucho descubrir que, en efecto, en aquel volumen, después de la letra “Z”, se contenían decenas de mapas primorosamente impresos en papel brillante formando un atlas del mundo que, durante meses, alimentó todo tipo de fantasías. Hoy, sobrevive y, curiosamente, me he dado cuenta de que el lomo de ese tomo es el más desgastado de todos.
2 He “confundido” a propósito, en el texto, en varias ocasiones los conceptos de “edad de la Tierra”, o del mundo, y “edad del universo”, porque a lo largo de la historia fue comunmente aceptado que tanto nuestro planeta como el resto del universo fueron “creados” a la vez, algo que, por supuesto, no se ajusta a la realidad.
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27 Comentarios
Una corrección: el cálculo de Kelvin no tenía nada que ver con el Sol. Observó que la temperatura aumentaba con la profundidad (por ejemplo, en una mina). Eso es justo lo que sería esperable si la Tierra hubiera comenzado como un objeto a alta temperatura y se estuviera enfriando por radiación al espacio. Supuso entonces que la temperatura inicial era la de fusión de las rocas y estimó (basta resolver una ecuación diferencial) el tiempo necesario para que la temperatura se redujera a la actual.
Que nadie criticara su resultado no se debía a conformismo ni a que su presitigio fuera incuestionable: es que el cáculo era correcto.
Lo que fallaban eran las hipótesis. Kelvin supuso que no había ninguna fuente de calor en la Tierra. Resultó que la radiactividad, entonces desconocida, es una fuente de calor. Pero se trata de la radiactividad de las rocas terrestres, nada que ver con las reacciones nucleares en el Sol. Esa radiactividad viene aportando calor desde hace millones de años, de modo que el enfriamiento no es tan rápido como calculó Kelvin.
Quizá la versión que das aquí está influida por la de Dawkins en “El espejismo de Dios”, pero Dawkins, que mete la pata en cuanto deja de hablar de zoología, no ha entendido la historia y la cuenta mal. Se confunde con otras estimaciones, de Helmholtz y Newcomb, que sí se referían al Sol, y lo mezcla todo.
Un saludo.
Bien, clarifiquemos un poco la cuestión porque puede que haya simplificado mucho:
1.- Afirmas: “el cáculo de Kelvin no tenía nada que ver con el Sol”. La idea era correcta, tal y como he escrito más tarde Rutherford aplicó la misma idea pero teniendo en cuenta la radiactividad como fuente de energía interna y llegó a un resultado mejor que Kelvin. Lo que hizo fallar a Kelvin fue que utilizó, como base teórica, tal y como he escrito, las ideas de Helmholz sobre el Sol, esto es, supuso que la única fuente de energía del Sol era la gravedad, tal y como pensó Helmholtz. (De hecho, a la teoría se la llama de Kelvin-Helmholtz). Helmholtz pensó que la materia en el centro del Sol se estaba contrayendo por acción de la gravedad, lo que generaba la energía que lo convierte en estrella. Los cálculos de Helmholtz daban al Sol hasta unos 40 millones de años de edad y, por extrapolación, tal sería la edad de la Tierra. Kelvin hizo sus propios cálculos, sobre el Sol, no sobre la Tierra y llegó a su conclusión de los 500 millones de años que, posteriormente, matizó en varias revisiones. Por lo tanto, los cálculos iniciales de Kelvin se refieren al Sol, no a la Tierra, aunque también por extrapolación, la edad de nuestro planeta estaba unida a la del Sol.
En conclusión, repasando un poco la historia: Tanto Kelvin como Helmholz supusieron que la contracción gravitatoria del Sol era la fuente de su energía, premisa con la que realizaron sus cálculos de edad del Sol y, por lo tanto, también de la Tierra. Ahí estaba el error y, por tanto,el cálculo de Kelvin sí tenía que ver con el Sol.
En sus cálculos más refinados, Kelvin concluyó que la Tierra no podía ser muy “vieja”, puesto que la velocidad con la que el Sol se “contraía” y dada la energía que emitía, tendría que haber partido de un tamaño inimaginable, mayor que la órbita terrestre y, por tanto, Venus y Mercurio tendrían que haber sido planetas más jovenes que la Tierra. En conclusión, si la Tierra nació en su órbita actual y el Sol siempre estuvo confinado dentro de la órbita de Mercurio, considerando además que la Tierra habría nacido como materia fundida, enfriándose desde entonces y haciendo un cálculo de “enfriamiento” del planeta, nuestro mundo no tendría más que unos 20 millones de años, cosa que no encajaba, ni de lejos, con los postulados geológicos.
Poco antes del inicio del siglo XX, se descubrió que había minerales radiactivos en la Tierra que, por supuesto, emiten energía en cantidades considerables. Con ello, el cálculo de Kelvin perdía valor, como mostró Rutherford ante el mismísimo Kelvin en 1904, aunque este último no hizo caso. No se podía determinar cuánto tiempo tardaba nuestro mundo en enfriarse si, por otro lado, los minerales radiactivos “inyectaban” calor de manera constante. Además, el problema del Sol, que seguía dando dolores de cabeza en todo este asunto, puesto que si se contaba con la radiactividad, la Tierra sería mucho más “vieja” que el Sol, se solucionó cuando se demostró que la energía generada por nuestra estrella procede de la fusión nuclear y no de la contracción gravitatoria ideada por Helmholtz y utilizada por Kelvin en sus cálculos.
2.- El cálculo, por supuesto, era “correcto”, pero las críticas llegaron del lado de la geología y la biología aunque sin muchos argumentos más que la intuición. Por supuesto, en el mundo de la física, no se levantó nadie encontra puesto que el cálculo era impecalble pero, además, el prestigio de Kelvin casusaba temor. Se tardó mucho en reaccionar, es más, incluso con la radiactividad delante se tardó en demoler la teoría de Kelvin, de ahí mi afirmación de que “nadie tenía la intención de meterse con un cálculo realizado por el más insigne de los científicos de la época”, aunque a los geólogos no les hacía gracia.
Como veo que la historia de Buffon-Helmholtz-Kelvin y, por supuesto, Rutherford, es un poco complicada, he decidido, para los próximos días, dedicar un artículo detallado al asunto, cosa que se aleja del motivo del presente post, pues la idea era, simplemente, incidir en cómo evoluciona la concepcion del tiempo y el espacio, tanto desde el punto de vista personal como en la historia.
En realidad hay dos cálculos:
(1) uno para la edad del sol, basado en (a) la suposición de que toda su energía proviene de la contracción gravitatoria y (b) el dato de su potencia radiante, y
(2) otro para la edad de la tierra, basado en (a) la suposición de que en su interior no hay fuentes de calor y (b) el dato del gradiente vertical de temperaturas en la tierra.
Ambos daban valores demasiado pequeños porque en los dos casos las suposiciones tenían un fallo debido a que no se conocía la radiactividad (aunque se trata de “radiactividades” bastante distintas…) Tenía entendido que el primer cálculo se debía a Helmholtz y el segundo a Kelvin. Cuando leí lo que decía Dawkins pensé que no se había enterado y mezclaba las cosas. Pero la verdad es que no me he documentado sobre este tema, a lo mejor tienes razón y Kelvin participó en los dos cálculos…
En cualquier caso, quedo a la espera del post prometido, que promete ser interesante
Revisaré la bibliografía con cuidado, estas cosas deben quedar claras y hay que ser riguroso.
Gracias por los comentarios Pseudopodo.
¿O sea que el mundo tiene más de 3500 años? Claro, ahora vas a decir que no se asienta sobre el lomo de una tortuga…
Saludos.
Hoygan, son ustedes unos blasfemos!
yo tambien guardo los libros de cousteau desde que era txiki…creo que son 12…muy recomendable la enciclopedia del mar (6 libros)…el calypso de papel se hundio
Otra corrección, esta vez sobre el cálculo de Scaliger:
En realidad, el resultado de Scaliger (1 de Enero del año 4713 a.C.) no tiene nada que ver con la supuesta fecha de la creación del mundo, ni la calculó a partir de los datos numéricos del Génesis. Scaliger pretendía fijar una fecha inicial para el nuevo calendario que pretendía establecer, la “Fecha Juliana” (no confundir con el Calendario Juliano), consistente en contar sólo los días a partir de ese momento, y así no liarse con los diferentes calendarios vigentes basados en días-meses-años, ni con correcciones como la gregoriana, a la hora de calcular diferencias de fechas, por ejempo, en Astronomía, que es en donde se aplica actualmente este calendario. Y para establecer esa fecha recurrió no al Génesis sino al cálculo del inicio de tres ciclos: el solar, el lunar (estos dos astronómicos), y el ciclo fiscal romano (este último administrativo). Una explicación más detallada aquí: http://tiopetrus.blogia.com/2004/octubre.php y en otros artículos del blog de Tio Petros.
Saludos.
Gracias por la corrección. A ver si esta noche tengo tiempo para corregir el texto y añadir algún dato más que tengo sobre el tema.
Gran entrada y mejor comentarios.
Felicidades
Estupenda entrada, como todas las que escribes. Densa pero muy interesante. Esperaremos esa nueva que promete.
Te dejo algo que creo te gustará. Seguro que andas sin tiempo pero al menos puedes deleitar la vista.
Opss, mi comentario anterior cayó en la carpeta de spam, me temo.
Lo siento, a ver si puedo arreglarlo… tengo el tiempo contadíiiisimo.
Arreglado queda. Hay veces que no entiendo por qué narices el filtro antispam no deja pasar mensajes como el tuyo, con un solo enlace inofensivo y, en cambio, puede dejar pasar alguno con varios enlaces a páginas basura.
[...] « De la edad de la Tierra [...]
Sobre las correcciones en este artículo y sobre el asunto Kelvin, véase:
http://www.alpoma.net/tecob/?p=728
[...] Pensativo me quedé el otro día con el artículo sobre la edad de la Tierra cuando gracias a Pseudópodo surgieron algunas interesantes cuestiones sobre el caso de Lord Kelvin y su dichoso cálculo. Hoy, tenía en la cabeza un lejano recuerdo. Me sonaba haber leído algún interesante artículo sobre el tema, pero no lograba dar con su paradero. Al final de la tarde lo recordé, fue en Mundo Científico, así que buscando en la base de datos de la revista he localizado la fuente: La radiactividad, el Sol, la Tierra y la muerte de Kelvin. Pascal Richet, Mundo Científico 177, marzo de 1997. [...]
Revisando entre los miembros de Hispaciencia encontré blogs muy interesantes, entre ellos está este con el que me he encariñado las últimas semanas. Felicidades, sos mi Top Blog del mes. Muy muy buen blog.
Gracias.
Me sumo a las enhorabuenas por el interés y amenidad de este blog. Una notita (dubitativa, pues no conozco muy bien el tema) sobre la búsqueda científica de la edad de la tierra. Antes de Buffon, ya Halley (el del cometa) había reflexionado al respecto, y había especulado sobre un método para calcularla basado en la diferencia de salinidad entre los ríos y los océanos, extrapolando a partir de la sal aportada para especular (con enorme margen de error, como se vio) sobre una edad del mundo mucho mayor que la bíblica. Aunque las variables no se consideraban adecuadamente, el planteamiento en sí sí que era científico.
Gracias José Ángel. Sí, otros lo habían intentado antes, pero ten en cuenta que no pretendía realizar un listado minucioso sobre el tema, sino simplemente planear un poco sobre el mismo.
Muy bueno tu articulo y las correciones. Hoy leo en la revista Investigación y Ciencia de septiembre 2007 un articulo sobre Kelvin, Perry y la edad de la tierra escrito por Philip England y otros. Merece la pena leerlo. Un saludo
Hagan algo por la vida y salgan de esa burbuja………
FPC.
Me considero agnóstico (el ateismo no deja de ser una variante de la religión), pero me ha chocado siempre la coincidencia de la creación del mundo, por fases, una detras de otra, comenzando por la luz (big bang), comienzo de la vida en seres acuatícos, etc. que hacen las diversas religiones con las actuales teorías cientificas.
que todas las personas tengan el cuidado necesario para la tierra por que nosotros la hbitamos…
Saludos, soy totalmente creacionista y creo que lo que nos han enseñado desde el principio esta errado, y es corregido despues y asi sucesivamente, desde el siglo 19 se esta trabajando para demostrar la teoría del big ban, empecinados los cientificos en fabricar teorías que justifiquen su creencia. ¿Por qué hay galaxias que giran en una dirección mientras que otras giran al contrario? Cuando hay explosión todo se expande pero en la misma dirección, ¿De algo tan pequeño cómo dicen que era en universo salió tanta masa? los invito a ver las conferencias del Dr. Kent Hovin, son realmente muy interesantes.