¿Errores de observación o fraude intencionado?

Algunas veces, durante una investigación científica, la conjunción de ideas predeterminadas y errores de observación llevan a describir cosas que no existen. En muchos de estos casos el experimento se repite con los mismos errores, con lo que “eso” que se descubre y que es imaginario resulta “visto” por todos los implicados. El caso de los rayos N constituye el más famoso ejemplo de autoengaño científico. René Blondlot, eminente físico francés de la Universidad de Nancy, descubrió estos fantasmales rayos. El siglo XX era un recién nacido y la radiactividad causaba furor.

Los rayos X, recientemente descubiertos por Roentgen, maravillaban tanto a científicos como a los estupefactos pacientes a quienes enseñaban las “fotografías” del interior de sus cuerpos. La locura de los rayos había comenzado. El profesor francés se unió a esa moda y se dedicó a experimentar con rayos X. En el transcurso de su trabajo descubrió los rayos N, llamados así en honor a la ciudad de Nancy. Los nuevos rayos se originaban en un aparato similar al de rayos X, con modificaciones propias de Blondlot. El estusiasmo de este físico era enorme. Afirmó que los nuevos rayos se podían almacenar en ladrillos envueltos con papel negro o de aluminio.

Desde el momento en el que se produjo el anuncio de tan fascinante experimento, otros famosos físicos repitieron el mismo procedimiento, confirmando que realmente los rayos N existían. Así que ya tenían un nuevo tipo de radiación con el que “jugar.” Tras el descubrimiento del radio y los rayos X, más los nuevos rayos N, otros científicos se dedicaron a buscar otros tipos de radiación. En los cuatro años siguientes a la primera noticia sobre los rayos Nancy, se publicaron multitud de artículos científicos confirmando su existencia y las más variadas propiedades a ellos atribuidos. La mayoría de esos escritos procedían de conocidos investigadores y fueron impresos en medios prestigiosos. En 1904 un físico norteamericano interesado en el campo de las radiaciones visitó el laboratorio del francés. Se trataba de R. W. Wood, quien acompañó a Blondlot en la realización de algunos experimentos. Aquí llegó el final de la historia, Wood replicó con detalle la máquina de rayos y, en una experiencia de refracción, cambió alguno de sus componentes.

Los resultados fueron los mismos que con el aparato intacto. Se demostró así que los rayos N no eran un nuevo tipo de radiación sino una luminosidad propia de la técnica utilizada de rayos X. No se había descubierto nada nuevo y, desde luego, ninguna de las propiedades de los rayos N era real. La pasión por el descubrimiento llevó al profesor Blondlot a “inventar” sus rayos N sin siquiera darse cuenta de ello. Todos vieron lo que desearon ver. Lo más curioso del asunto es que, durante cuatro años, muchos de los físicos más eminentes afirmaron ver algo irreal. ¿Lo vieron de verdad? ¿Siguieron la corriente por moda? Finalmente, la objetividad de un científico meticuloso y desapasionado como Wood descubrió el error del autoengaño. Curiosamente con el descubrimiento de los rayos X había ocurrido lo contrario que con los rayos N. El eminente físico Lord Kelvin declaró, ante el descubrimiento de Roentgen, que se trataba sin duda de un engaño. A fin de cuentas, durante muchos años se había experimentado con tubos de rayos catódicos sin ver nunca nada parecido a los rayos X. ¿Cuantos científicos estuvieron frente a esos rayos sin percatarse de ello? La experimentación verificó, esta vez de forma contundente, que los rayos X sí existían, a pesar incluso de la opinión contraria del gran Kelvin.

Puede pensarse que los errores de contagio debidos al autoengaño son cosa de la ciencia “romántica” del pasado. Ni mucho menos, porque casos como los de la radiación N se han dado en nuestro tiempo. El caso más impactante y reciente de este tipo es el relacionado con el Poliagua. Durante unos experimentos de condensación de vapor de agua en capilares de cuarzo ocurrió algo novedoso. Apareció un líquido similar al agua pero con propiedades diferentes. El descubridor, N. Fedyakin, investigador soviético, determinó que se trataba de una nueva forma de agua, mucho más densa que la “normal”, viscosa y con un punto de congelación a 40º bajo cero. El sensacional descubrimiento tuvo lugar en 1962 y, durante años, ha apasionado a muchos científicos. Las propiedades del Poliagua, como así se llamó, estaban llamadas a revolucionar la industria y la biología… de haber existido realmente. Con el paso de los meses el equipo del científico ruso desarrollo métodos más sofisticados para producir poliagua. Los artículos sobre el fenómeno se multiplicaron y se replicó el sistema en varios centros occidentales con resultados positivos. Al igual que con los viejos rayos N, ahora multitud de laboratorios decían ser capaces de obtener poliagua. Se desarrollaron teorías y modelos tridimensionales que explicaban la existencia de ese agua anómala. Cientos de referencias se agolpaban en las revistas científicas y sólo unas pocas advertencias de duda se hicieron oír, aunque sin efecto alguno. El poliagua obtenido en los experimentos con capilares era ínfimo, no más que unos pocos microgramos, y su análisis era muy complicado.

Tras casi diez años de protagonismo, el poliagua cayó en el saco del error. Llegó el año del final para el agua anómala, era 1971 y los apasionados del revolucionario descubrimiento no tuvieron más remedio que rendirse a la evidencia. En un experimento de análisis con microscopio electrónico de barrido, los escépticos obtuvieron la respuesta definitiva sobre qué era el poliagua. Esta agua anómala resultó no ser más que agua contaminada por el proceso en el cuarzo. El poliagua nunca había existido, las partículas presentes eran de agua normal, resultado de contaminación sucedida en la manipulación de los capilares de cuarzo, que daban las propiedades al “poliagua.” ¿Cómo la ciencia confió durante casi diez años en un descubrimiento tan excepcional como falso? La popularidad del tema y la implicación de importantes científicos a favor del descubrimiento acallaron las voces de los escasos analistas que vieron algo raro desde el principio. La fe pudo más que la investigación seria, sobre todo teniendo en cuenta que la contaminación pudo haberse descubierto desde el primer momento con técnicas no muy complejas. El tema del poliagua se encuadra dentro de los errores inconscientes no debidos a fraude intencionado. Lo más curioso del agua anómala es que hoy, en pleno año 2005, hay algunos pseudocientíficos que parecen no haberse enterado de la verdad y continúan hablando de las magníficas propiedades del inexistente poliagua.

En esta misma categoría:

Un comentario

[...] Estaba viendo tan tranquilo La noche temática, sobre el agua, cuando, tras un documental dedicado a darle de hostias a la privatización del sector en muchos países (con un previsiblemente desastroso resultado), han puesto un tal Agua: Top Secret, en el que sólo parecen dedicarse a soltar cuanta gilipollez le hayan contado a los autores sobre las propiedades del agua, sin el más mínimo asomo de crítica o escepticismo. Memoria del agua, agua revitalizada, energías cósmicas, aparatitos que funcionan mágicamente sin-saber-muy-bien-cómo, mucho ‘milagro’, mucho ‘en contra de las leyes físicas’, mucho ‘algún día aceptarán mis teorías sin reservas’ y mucha anécdota de la del mío lava más blanco, las lentejas saben mejor y el arroz no se pasa. Sale el editor de Nature explicando cómo funciona aquéllo, que las cosas no se aceptan por su cara bonita, que las extraordinarias mucho menos y que todo el mundo se equivoca, por eso del poliagua; un científico que estudia las formas de los copos de nieve dice que sí, que precioso todo, pero que no hay misticismo alguno en el proceso; otros científicos ponen a prueba la supuesta capacidad del agua revitalizada para reducir la radioactividad, tan sugestionados por su opinión de que la afirmación es una tontería que terminan confirmándola (su opinión, quiero decir); y también se pasean por allí un par de científicos rusos que parecía que venían de tomarse unos chiquitos domingueros en un bar y hablan de miedos y esperanzas en lugar de ciencia. Y, pese a esto, que, al fin y al cabo, contradice la hipótesis general del documental, y pareciera le otorga una cierta imparcialidad y rigor, la idea general que se trasmite es de controversia científica, cerrando finalmente con un ‘todo es un misterio; y a mí que me quiten lo bailao’TM tan del gusto de ciertos excelentes comunicadores que corren salvajes por ahí. (Cougherjiménez… Ay, parece que estoy costipadillo…). [...]

Escribe un comentario

* Nombre, E-mail y comentario son requeridos.
(Tu correo no aparecerá publicado.)

Additional comments powered by BackType




Patrocinado por

Viajes en Destinia.com

No olvides visitar

Archivos

Categorías