Los habitantes de la Luna (lectura de verano)

George Clyde Fisher, quien fuera responsable del American Museum of Natural History y más tarde director del Planetario Hayden, publicó en 1943 un libro titulado The True Story of the Moon, en el que recogía en tono divulgativo el conocimiento de la época sobre nuestro satélite natural, además de sus vivencias relacionadas con eclipses solares y otras curiosidades.

Clyde Fisher durante un encuentro con Albert Einstein. Fuente.

Hace algo más de un año compré en la villa del libro, Urueña, un añejo ejemplar de lo que fue su versión en castellano, titulada como La novela de la Luna. En esta tarde veraniega he repasado de nuevo sus páginas y, por qué no, he pensado compartir uno de sus más entrañables capítulos con los lectores de TecOb. He aquí lo que Clyde Fisher menciona en ese libro de los años cuarenta del siglo pasado acerca de los posibles selenitas

¿HAY ACASO VIDA EN LA LUNA?

Se recordará que Kepler, al comienzo del siglo XVII, pensó que los cráteres de la luna eran artificiales y hechos por obra de sus habitantes. La famosa filfa de que había habitantes en la luna se perpetró algo más de cien años1.

Durante muchos años los estudiosos de la luna han estado a la búsqueda de evidencias de cambios que indicaran la presencia de la vida en nuestro satélite. El primer selenógrafo americano de la pasada generación, William H. Pickering, creyó que había encontrado esa evidencia. Estaba convencido de que la luna tiene una atmósfera, rala, que tal vez no excede en densidad a una diezmilésima parte de la nuestra. Creía él que su presencia estaba probada en una ocultación de Júpiter por la aparición de una franja oscura de absorción que cruzaba el planeta y era tangente borde (limbo) de la luna. Aun cuando esa oscura franja aparece en una fotografía de una ocultación de Júpiter, hecho en el Observatorio de Harvard en su estación de Arequipa, Perú, ha sido explicada por otros astrónomos como un efecto contrastante debido al hecho de que la superficie de la luna es más brillante que la de Júpiter.

En correlación con la atmósfera rala de la luna creía Pickering que se hallaba la presencia “de muchas manchas variables”, como él las denominaba. Esas manchas podían verse solamente en el fondo de los pequeños cratercitos o en las profundas y estrechas hendiduras. Poco después de elevarse el sol se observaba que esas manchas se oscurecían rápidamente, y volvían a desvanecerse justamente antes de la puesta del sol. Así, el oscurecimiento duraba algo menos de dos semanas —el período diurno de la luna—. “Toda vez que esas manchas que se han encontrado cerca del centro del disco lunar se oscurecen cuando la luna está llena y empalidecen a la salida y puesta del sol, es evidente que no pueden de manera alguna ser producidas por las sombras, las cuales son geométricamente imposibles en luna llena.” En consecuencia, Pickering sacó la conclusión de que: “debe haber un cambio real de alguna especie en la naturaleza de la superficie reflejante”.

Pickering expuso la teoría según la cual tal período de oscurecimiento era debido a una baja forma de vegetación, o “vida orgánica” que brotaba, crecía y moría dentro de un día lunar (alrededor de dos semanas de tiempo de la tierra). Naturalmente, la presencia de vegetación necesitaría tanto cierta humedad como una atmósfera, y eso es lo que aceptó Pickering. En realidad, él creyó que las fotografías mostraban nieve que se derretía y reaparecía en diversos sitios de la luna.

Pickering encontró en muchos cráteres, incluyendo el Franklin, el Atlas, el Riccioli, el Alfonso y el Eratóstenes, ejemplos de esas “manchas variables” de hipotética vegetación. Afirma ese observador que tal vez el cambio más marcado debido al crecimiento de la vegetación lunar en sí, se muestra en el oscurecimiento de la región situada justamente a la derecha del pico central de Eratóstenes, un magnífico cráter de 38 millas de diámetro, situado en la punta sud de los Apeninos lunares y fácilmente visible con un pequeño telescopio.

El pequeño cráter Linneo de unas 6 millas de diámetro —llamado así en honor del gran botánico sueco Linneo— ha sido objeto de estudios y discusiones con referencia a los supuestos cambios. Pickering y otros midieron una mancha de ese cráter comparativamente grande y brillante y sacaron la conclusión de que cambiaba continuamente de tamaño con el progreso del día lunar, lo que aparentemente es debido a la variación del calor recibido del sol. Pickering creía que esa mancha brillante era escarcha blanca. De acuerdo a las mediciones, su tamaño crece durante la noche lunar y disminuye durante el día lunar, siendo las fluctuaciones de tamaño análogas a los cambios estacionales de los cascos polares de nuestra tierra y Marte.

Diversos estudiosos de la luna han informado sobre cambios habidos no solamente en los cráteres arriba mencionados, sino también en Platón, Messier, Messier A y otros cráteres. Pero, toda vez que los selenógrafos no están de acuerdo respecto a la naturaleza y el valor de cualquiera de los cambios informados, se ha producido una duda mayor respecto a la realidad de cualquiera de esos cambios, y, al mismo tiempo, una creencia mayor de que esos supuestos cambios eran todos debidos a una diferencia de iluminación. Ese era el punto de vista del difunto Walter Goodacre, preeminente selenógrafo británico que afirmó: “En relación con los rasgos lunares no se ha descubierto aún con absoluta certeza ningún ejemplo de cambio”.

Creen ahora los astrónomos que no hay atmósfera en la luna, o tan poca que no vale la pena tomarla en consideración. Debemos admitir que no existen pruebas positivas de que no haya absolutamente ninguna, pero tampoco hay prueba ninguna de la existencia de atmósfera en nuestro satélite, bien sea por observación directa o instrumental. Varias son las razones por las que los astrónomos han llegado a la conclusión de que no hay atmósfera lunar.

No hay ningún anillo de luz alrededor de la luna cuando se produce un eclipse total del sol. Sin embargo, toda vez que la luna está exactamente entre nosotros y el sol en tal momento, debería haber un anillo de luz alrededor de nuestro satélite, si tuviese una atmósfera. Al contrario de lo que se puede observar y fotografiar durante la delgada fase creciente de Venus, no hay ninguna extensión visible de los cuernos o puntas del pequeño creciente de la luna. Se sabe que las extensiones de los cuerpos de Venus se deben a la atmósfera que rodea a ese planeta, los cuales han sido magníficamente fotografiados por E. C. Slipher del Observatorio Lowell de Flagstaff, Arizona.

No se ha visto con certeza en la luna, nube ninguna o áreas de calígine o de materias tenebrosas, como las han observado a veces en la atmósfera de Marte. Se ha hablado respecto a pequeñas manchas de calígine en la luna, pero no han sido vistas por un número suficiente de astrónomos para tornarlas suficientemente convincentes.

El borde o limbo de la luna resalta tan claramente como el centro del disco. Eso no sería verdad si hubiese una atmósfera lunar. La aparición del disco solar ilustra este principio.

En la época de la ocultación de una estrella —es decir, cuando la luna pasa entre nosotros y el astro— la estrella aparece y desaparece a su tiempo, no habiendo atrasos o adelantos debidos a una refracción similar a la que nos hace posible ver desde la tierra el sol, la luna y las estrellas antes de su salida y después de su puesta. No hay ningún desvanecimiento o desplazamiento cuando una estrella desaparece detrás de la luna o cuando reaparece. Una atmósfera produciría absorción y refracción.

Por razones teóricas se cree que la luna no puede tener atmósfera porque su masa es demasiado pequeña. La gravedad de la superficie, que depende de la masa, no es bastante grande para impedir que las moléculas de una atmósfera se escapen al espacio. Cualquier cuerpo, grande o pequeño, alejándose de la luna con una velocidad de más de 1½ millas por segundo (conocida como la velocidad del escape) continuaría alejándose y jamás retornaría. Se cree que, si la luna tuvo alguna vez una atmósfera, debió de haberla perdido de esa manera.

En la tierra, por causa de su gran masa y, en consecuencia, mayor superficie de gravedad, la velocidad del escape es de 7½ millas por segundo. En esas condiciones, la tierra ha sido capaz de guardar su atmósfera.

Si pudiésemos ser transportados a la luna, encontraríamos allí algunas sorprendentes condiciones causadas por la falta de atmósfera. Tendríamos un cielo negro por cuanto no habría moléculas de gases atmosféricos, ni niebla, ni polvo, ni humo para separar y esparcir la luz del sol y hacer el cielo azul, como en nuestro caso en la tierra, y para producir salidas y puestas de sol coloreadas. En la luna no tendríamos magníficas salidas o puestas de sol o hermosos resplandores crepusculares.

No tendríamos destellos de meteoros, porque no habría atmósfera para calentarlos por fricción hasta la incandescencia. No habría auroras polares —ni auroras boreales, ni auroras australes— por cuanto son producidas por partículas electrificadas despedidas por el sol y que baten las regiones superiores de nuestra atmósfera, donde los gases son extremadamente raros, haciéndolas resplandecer.

Habría muchas más estrellas visibles en el negro cielo lunar porque no habría atmósfera para absorber su luz. Esas estrellas serían visibles todo el tiempo, noche y día y hasta cerca del sol. La Vía Láctea sería mucho más brillante. No habría parpadeo de estrellas por cuanto no habría corrientes de difusión del calórico de diferentes densidades en una atmósfera para apagar intermitentemente su luz a nuestros ojos por efectos de refracción.

Los planetas serían más brillantes. Probablemente, podríamos ver a Urano con facilidad, y tal vez a Neptuno, y acaso unos pocos asteroides de los más brillantes. La tierra sería un espléndido panorama. Con un diámetro casi 4 veces mayor que el de la luna, visto desde ella, el disco de la tierra en el cielo tendría una dimensión 13,4 veces mayor que el disco de la luna visto desde la tierra. Se calculó que la tierra tiene 6 veces más poder reflejante que la luna. Por lo tanto, “la tierra llena” brillaría 80 veces más que la luz de la luna llena vista desde la tierra. Tal iluminación nos da el débil resplandor terrestre que vemos dibujando el disco total de la luna en la fase delgada creciente. Y dado que la luna muestra siempre el mismo lado a la tierra, si nuestro hipotético observador estuviese en ese lado, la tierra estaría siempre, día y noche, en el cielo.

El sol sería mucho más brillante por la falta de absorción atmosférica. Ese efecto ha sido observado ampliamente y registrado por el Teniente Coronel (entonces Capitán) Albert W. Stevens, en su vuelo en globo a la estratosfera. Las prominencias coloreadas y la grandiosa corona se verían completamente durante el día lunar, es decir, todo el tiempo que el sol está en el cielo. Día y noche sería fácilmente visible la luz del zodíaco, y durante el día se podría ver el Gegenschein o contrarresplandor. Sin atmósfera no habría resistencia para los objetos que caen —exceptuando la atracción de gravedad— o para los objetos que se mueven en cualquier dirección. Si las otras cosas fuesen tales que permitiesen jugar al “béisbol”, nadie podría arrojar una pelota en curva al bateador, por cuanto lo que la hace curvar es la resistencia del aire a la pelota que gira rápidamente. Como ya hemos indicado anteriormente, al examinar la gravedad de la superficie, un bateador podría batear la pelota seis veces más lejos que uno de la tierra y un jugador podría arrojar una pelota seis veces más lejos, por causa de la diferencia de la gravedad superficial, pero, así y todo, esa distancia sería aun mayor en la luna debido a la falta de resistencia del aire.

En la luna no habría sonido, aun cuando hubiese oídos para oír. El sonido no puede ser propalado en el vacío, como se puede demostrar con experimentos de laboratorio; requiere un medio para transmitir la onda. Por eso, debe prevalecer allí el silencio absoluto.

Los astrónomos modernos están de acuerdo en que no hay agua en la luna. Seguramente, no hay océanos, lagos o ríos, por cuanto nada de esa naturaleza es visible con nuestros más grandes telescopios, ni tampoco hay evidencia de erosión de las aguas. No se ha visto nube alguna, ni niebla, ni bruma, ni neblina. Se cree ahora que lo que Pickering supuso nieve o escarcha blanca era un efecto debido a la diferencia de iluminación.

Como sabemos, sin aire y sin agua no puede haber vida en la luna. Y puesto que la presencia de la vida dependería asimismo de la temperatura, también consideraremos aquí esa condición. De acuerdo a las mediciones hechas por Edison Pettit y S. B. Nicholson desde el Observatorio del Monte Wilson, la temperatura de la luna sube al mediodía del día lunar hasta 214 grados Fahrenheit —un poco más alto que la del agua hirviente en la tierra. A la medianoche del día lunar baja a 243 grados bajo cero Fahrenheit— un cambio de más de 450 grados. Algunas formas de vida que conocemos en la tierra, como los esporos de las bacterias, pueden resistir al agua en ebullición por un tiempo limitado; y las semillas de ciertas plantas que el viento disemina han sido sometidas a un frío mayor al de la noche lunar y han sobrevivido. Sin embargo, debemos recordar que los estados vegetativos o de crecimiento de las plantas no pueden resistir esas cantidades extremas de temperatura.

Las condiciones de la temperatura no pueden entrar realmente en consideración respecto a las posibilidades de vida en nuestro satélite, toda vez que no hay agua ni aire en la luna.

La luna debe ser un mundo desolado, sumido en un silencio eterno, sin cielos azules, sin crepúsculos ni amaneceres, sin coloreadas salidas o puestas de sol, sin destellos de meteoros, sin resplandores del norte o del sur, sin nubes ni neblina, sin niebla o lluvias, sin granizo y sin nieve, sin viento, sin “perros del sol” ni “perros de la luna”, sin aureolas del sol ni de la luna, sin arco iris, y sin vida.


1 Sobre esa historia, léase: El Gran Fraude Lunar de 1835.



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