Tecnología Obsoleta http://www.alpoma.net/tecob Ciencia, tecnología y cultura Wed, 29 Mar 2017 23:45:33 +0000 es-ES hourly 1 Horacio Bentabol, el azote de Einstein http://www.alpoma.net/tecob/?p=12584 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12584#comments Wed, 29 Mar 2017 22:37:02 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12584 Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de marzo de 2017.


En 1931 apareció publicado en Leipzig, Alemania, un libro titulado Cien autores contra Einstein. Esta obra estaba orientada a desacreditar al sabio que había dado a luz la teoría de la relatividad, más que nada por su origen judío, en medio del ascenso del nazismo. Se cuenta que Einstein, al enterarse de la existencia de este libro, comentó: ¡Si estuviera equivocado, uno sólo hubiera sido suficiente!


El deporte de cuestionar a Einstein

Einstein visitó España a comienzos de 1923 y fue tratado como en tantos lugares, entre la admiración y el asombro. Dos años antes, en 1921, había obtenido el Premio Nobel de Física gracias a sus contribuciones a la explicación del efecto fotoeléctrico y a otras aportaciones a la física teórica, no así por la relatividad, más que nada porque por entonces todavía no había encontrado suficiente apoyo experimental y se trataba de un tema polémico. Toda aquella revolución había surgido en 1905, cuando un jovenzuelo desconocido, un físico apenas salido de la universidad, trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna. En ese ambiente Einstein alumbró una nueva forma de comprender el universo. De aquellos primeros trabajos surgió la relatividad especial, nació su célebre ecuación de equivalencia entre masa y energía, puso los cimientos de la mecánica cuántica y la física estadística y, década y media más tarde, finalizó su imponente edificio intelectual con la teoría de la relatividad general, que modificó nuestro concepto del espacio, el tiempo y la gravedad. Sin embargo, todo aquello no dejaban de ser bellas ecuaciones sobre papeles, por lo que muchas personas, incluyendo numerosos físicos, veían algo tan radicalmente nuevo como poco menos que un ejercicio mental sin equivalente práctico en nuestro mundo. Cuando al poco de terminar la Gran Guerra se comprobó por medio de una expedición británica que los rayos de luz eran curvados por la gravedad solar, en un experimento realizado durante la observación de un eclipse, quedó claro que la teoría era mucho más que tinta y papel. Desde entonces infinidad de nuevas tecnologías han bebido de lo que Einstein alumbró y, por supuesto, nuestro mundo actual no sería el que es de no haber sido por la pasión por el universo que demostró aquel joven.

Ahora bien, aunque la relatividad ha encontrado apoyo y refuerzo experimental en multitud de ocaciones, a pesar de que gracias a esas ecuaciones hemos podido navegar por el espacio y enviar señales con información a través del planeta, en definitiva, aunque el trabajo de Einstein ha sido comprobado experimentalmente por doquier, siguen quedando rescoldos de un fuego que no se apaga, esto es: la lucha contra su obra. Ciertos aspectos de su figura, como humano que fue, pueden encontrar terreno propio para la crítica, sin duda, pero su obra científica no ha sido todavía desafiada de forma seria en ninguna ocasión. Puede que esta impresionante solidez haya sido el medio más adecuado para cultivar cierta especie de desafío que no ha disminuido con el paso de las décadas. Me estoy refiriendo a las incontables ocasiones que se ha leído el típico texto de: “…científico manifiesta que Einstein se equivocaba…” Los logros de Einstein fueron impresionantes, y por ello es visto como una especie de icono inalcanzable, una figura suprema a la que muchos les gustaría desafiar, con o sin razón, simplemente por el hecho de enfrentarse contra esa autoridad. La mayor parte de esos desafiantes no son más que diletantes con mucho tiempo libre. En la época en que el trabajo de Einstein todavía era motivo de grave controversia, prácticamente en cada país surgió un abanderado del movimiento contra su obra. ¡El sabio alemán debía estar equivocado! Así de sencillo, sobre todo porque había trastocado nuestra visión “pura” del universo y debía ser castigado de algún modo. Nadie le pudo hacer sombra, pero el ruido fue abundante. Y, aquí, en España, si hubiera que elegir a uno de esos azotes de Einstein, sin duda habría que mirar a un apasionante personaje que, ciertamente, era un maestro a la hora de hacer ruido, aunque muy a su pesar no iba bien encaminado en sus postulados.

Horacio Bentabol, el hombre de los mil oficios

Revisando las añejas patentes del Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas, descubriremos a cierto ingeniero, residente en Madrid, que atendía al nombre de Horacio Bentabol y Ureta. Al parecer, fue un inquieto inventor, pues ya en 1882 había patentado un “salvavidas para los coches tranvía”. Ese mismo año presentó su “máquina rotatoria que puede funcionar como receptor u operador, especialmente útil para aplicarla como motor de vapor o de agua, bomba, ventilador de presión o compresor de aire.” Pocos años más tarde centró su atención en el desarrollo de mejoras en miras topográficas y, de ese empeño, surgieron sus patentes de 1887, 1901 y 1902. Su última patente, de 1907, estaba destinada a proteger su idea sobre “maquinaria, operaciones y procedimientos para el aprovechamiento de los residuos de corcho que resultan de varias industrias.”

Bien, como inventor, el tal Bentabol fue bastante diletante, no se centró en un solo campo de actuación pero, como se verá a continuación, aquello sólo fue uno de sus muchos intereses. Suele decirse que, quien mucho abarca poco aprieta, y pocos ejemplos más claros del viejo refrán pueden encontrarse que Horacio Bentabol. Estoy seguro que, con la pasión y energía que desbordaba en sus muy diversas actividades, de haberse centrado en un solo campo del saber, hoy día nos encontraríamos recordando a una figura de talla mundial. Por desgracia, Horacio se empeñó en tocar mil palos, intereses muy diversos, desperdigando su talento en multitud de oficios. Bentabol tenía la extraña habilidad de absorber conocimientos de forma rápida y eficaz, pero no era capaz de centrarse en un campo, él debía meterse en todo. No es que aquella fuera mala estrategia, pues en la vida no le fue mal, pero no pudo profundizar lo suficiente como para pasar de ser recolector de información y poco más.

Ejemplo de esto es la cubierta de uno de sus muchos libros. Es como para pasmarse, tomemos aire y veamos cómo se presentaba tan inquieto sabio. El título del libro, de 1925, ya es como para mirar con cierto asombro: “Observaciones a la teoría de la relatividad del profesor Alberto Einstein”. Se trata de un volumen que recoge una versión ampliada de la conferencia que, sobre ese asunto tan de moda por entonces, pronunció el bueno de Bentabol en el Ateneo de Madrid. El autor se presenta así en el prefacio: “D. Horacio Bentabol y Ureta. Inspector jubilado del Cuerpo Nacional de Ingenieros de Minas, Exprofesor de Cálculo Infinitesimal, de Mecánica Racional y de Química General en la Escuela Especial y en la General Preparatoria para ingenieros y arquitectos, Miembro del Instituto de Ciencias, Artes Liberales y Letras de Coimbra (Portugal), Abogado de los ilustres colegios de Madrid y Zamora, Fundador de la sociedad y del periódico de propaganda de reformas sociales, políticas, jurídicas, etc, LA EVOLUCIÓN, etc, etc…” (En algunas obras posteriores se presenta sólo como ingeniero y abogado, para abreviar).

Naturalmente, el “etc” aparece en el original. Era como si no hubiera quedado espacio en el papel como para añadir muchos más méritos. ¡Ingeniero, químico, físico, abogado, periodista, reformador social! ¿Acaso le faltaba algo por explorar a este hombre? Ah, para colmo también se decía geógrafo y geólogo (más que nada por su formación como ingeniero de minas). Y, sorpresa, su gran pasión fueron los “casos imposibles”, así de sencillo. Por ejemplo, dedicó años a estudiar la cuadratura del círculo, mientras iba experimentando y publicando pequeñas obras como las que dedicó al cálculo de perfiles transversales. Tuvo su época de pasión geopolítica, se metió en todo tipo de líos acerca de la expansión de España en África, por ejemplo. He ahí su obra de 1894 titulada “Presente y porvenir de Ceuta y Gibraltar”, alumbrada cuando ocupaba el puesto de ingeniero jefe del distrito minero de Málaga, siendo ya ex-profesor de la Escuela de Minas. En 1899 su esfuerzo se volcó en llevar a imprenta sus obras jurídicas, como “Justicia, Leyes y Pleitos, Estudios críticos de interés general explicando lo que son y demostrando lo que deben ser las leyes”. Con el nuevo siglo los intereses de Bentabol se encaminaron a asuntos menos terrenales. En 1906 publicó otro libro surgido de la conferencia que había pronunciado en febrero de ese año: “Cuestiones astronómicas”. Parece un título inocente, pero la cosa tiene mucha miga pues el autor pretende:

“…mostrar una nueva teoría sobre la constitución física del Sol, sobre el origen y formación de las manchas y protuberancias solares y sobre las causas de sus diversas influencias en los meteoros y en la climatología terrestre…”

Si se atiende a la prensa de la época, las conferencias de Bentabol eran espectaculares, llenas de pasión y seguidas por numeroso público (aunque era ignorado por la ciencia oficial, naturalmente). Lástima que las nuevas teorías del conferenciante no fueran por buen camino pues, por ejemplo, trataba de explicar así lo que son las manchas solares:

“…son producidas por la caída sobre el globo del Sol de grandes, de enormes y de pequeños cuerpos, procedentes de puntos y de regiones muy distantes del Sol en el espacio interplanetario, y, en ocasiones, del mismo espacio sideral…”

Teoría sin recorrido, como demostró más tarde el devenir de la ciencia pero, sin embargo, sus intuiciones acerca de la influencia de las variaciones en el comportamiento solar sobre el clima terrestre sí iban por mejores caminos, aunque apenas pudo pasar de una intuición descriptiva, pues pronto pasó a estudiar otro campo diferente del conocimiento. A sus manuales de introducción al estudio del cálculo infinitesimal, así como sus tablas de cálculo, de las que vendió un considerable número de ejemplares, pasó a algo que le ocupó la mente durante bastante tiempo. En 1905 publicó una obra sobre el estudio de eclipses totales de Sol, pero no se vaya a creer que el eclipse en sí era lo que le movía a redactar ese libro. Nada de eso, su intención era demostrar que con el estudio de los eclipses se podía demostrar su teoría acerca de la existencia de una nada efímera atmósfera en la Luna. Cinco años más tarde obtuvo un éxito considerable con su serie de conferencias en la Real Sociedad Geográfica de Madrid. Una de ellas se convirtió en un polémico libro: “Hipótesis y teorías relativas a los cometas y colas cometarias”. No me resisto a extraer una de sus premisas: “Las colas cometarias son el efecto óptico producido por la proyección sobre el medio cósmico interplanetario, del haz radiante formado por refracción a través de la nebulosidad visible y de la atmósfera exterior invisible, que forman el cuerpo del cometa”. Todo ello para demostrar que “el medio sideral tiene una densidad apreciable y no es absolutamente transparente y, por tanto, con suficiente iluminación puede hacerse visible, pudiendo también transformar en luminosas ciertas radiaciones oscuras procedentes del Sol”.

Los últimos años de Bentabol, ya como ingeniero jubilado desde hacía tiempo, no mermaron en absoluto su febril trabajo a la hora de tocar cualquier tema que alcanzara a avivar su interés. Había publicado un estudio sobre las aguas de España y Portugal, un análisis de cierto aparato para producir sulfuro de hidrógeno y hasta una pequeña enciclopedia de mecánica celeste. En 1929 salió de imprenta un monumental libro en el que exponía su teoría acerca de la Luna, con el siguiente título (tómese aire de nuevo): “Demostración de la existencia de la atmósfera lunar con determinación de su dimensión, densidad y valor de la refracción luminosa producida por la misma así como la forma, dimensiones y densidades a grandes alturas de la atmósfera terrestres según un estudio basado en las leyes de Newton, Boyle o Mariotte y demás indiscutibles y mejor establecidas con exclusión de toda hipótesis”. Ya se puede respirar.

Como puede desprenderse de todo lo anterior, el diletante Bentabol era un hombrecillo que levantaba pasiones, pero poco más. Se metió en todo tipo de problemas con su defensa airada de posturas poco racionales, y poco le importaba. Como comenté antes, de haber centrado tanta energía en un solo campo de estudio, quién sabe dónde hubiera llegado. Sin embargo, uno de los empeños en los que más esfuerzos empleó fue, precisamente, desafiar a Albert Einstein. Tan radical fue su propuesta y su lucha “antirrelativista”, que en los foros científicos habituales era todo un proscrito, tal y como menciona Thomas F. Glick en su obra “Einstein y los españoles”, publicada por el CSIC. Los ingenieros no querían ni ver en pintura a Bentabol cuando se trataba de este asunto. La cosa venía de lejos. Bentabol había publicado en 1890 varios artículos en los que afirmaba que los españoles tenían tendencia a creer todo lo que venía de fuera, sobre todo si era alemán o norteamericano. Claro, con Einstein no pudo aguantar más y luchó con todas sus fuerzas contra esa figura de autoridad que le sacaba de sus casillas. Prácticamente durante todos los años veinte del siglo pasado pasó Bentabol por diversas fases de esta “fiebre”, gritando por doquier los supuestos errores de la relatividad. Es más, cuando Einstein pasó por Madrid, posiblemente fuera Bentabol quien más notas tomó en sus conferencias claro que, ante el sabio alemán, no se atrevió a levantar la palabra:

“…soy el primero que aplaudo esas manifestaciones de deferencia y de admiración como aplaudí desde esos bancos y desde las aulas universitarias… había que aplaudir y aplaudimos, porque si en España no hubiésemos enaltecido al señor Einstein tanto o más que en otras naciones, ¿qué no se hubiera dicho dentro y fuera de España respecto a nuestra incultura? (…) Pero los creyentes, los que no habían entendido nada, ni siquiera que el señor Einstein no había dicho nada aprovechable, temerosos de perder el crédito en el concepto público si confesaban su desilusión, contestaban invariablemente a los que les preguntaban por el resultado de las conferencias: ¡Magnífico, admirable!”

A partir de aquella experiencia, la de tener a Einstein delante y viendo cómo era “adulado” por todo el mundo, Bentabol estalla y decide publicar multitud de formas en las que él cree que la relatividad está equivocada. Cientos de cálculos, cuartillas manchadas de tinta, opúsculos… todo para intentar convencer al mundo que aquél alemán era un farsante. Por desgracia para Bentabol, su entendimiento de los fundamentos de la relatividad general era bastante escaso, por lo que todos sus esfuerzos no podían llegar muy lejos y caían en el ridículo. Su excentricidad marcó una época, su intento por forzar cualquier tipo de argumento contra Einstein también fue cómica. Bentabol fue cayendo cada vez más en lo risible y acabó convertido prácticamente en una caricatura del sabio malhumorado incapaz de ver más allá de sus propios prejuicios, siempre opinando de cualquier cosa pero sin llevar razón (¿acaso sería el precursor de eso que hoy día llaman “cuñadismo”?). Podría ser considerado como el más avanzado ejemplo de esa clase de personas que, empeñados en un quijotesto combate basado en datos no contrastados, es incapaz de ver dónde está su error ni aunque acabe atropellado por él.

Horacio Bentabol, el azote de Einstein apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 30 Marzo 2017.

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El fotoliptófono, o cómo imprimir y reproducir sonidos sobre papel http://www.alpoma.net/tecob/?p=12572 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12572#comments Fri, 24 Mar 2017 19:21:07 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12572 Desde finales del siglo XIX y hasta bien entrada la siguiente centuria, cuando diversos formatos lograron hacerse con el mercado de las grabaciones sonoras, se patentaron y probaron centenares de variantes para llevar a cabo esa idea: grabar y reproducir sonidos, sobre todo música.

El inventor de fotoliptófono, el argentino Fernando Crudo. Fuente: El Financiero, 16 de junio de 1933.

Hoy, cuando todo es digital y casi nadie se preocupa por cómo está “enlatado” el sonido, puede parecer sorprendente descubrir que se empleó prácticamente cualquier material en ese intento: desde cilindros de cera a vetustos discos de pizarra. Sin embargo, de entre todos aquellos experimentos, el del fotoliptófono merece un reconocimiento especial. La propuesta no tuvo un recorrido muy largo, pero no hay duda de que era audaz. Su inventor, el ingeniero argentino Fernando Crudo, diseñó su máquina para que fuera capaz de registrar sonidos de forma analógica empleando el papel como soporte.

Fotoliptófono. Fotografía: Ianina Florencia Canalis. CC-By-SA 1.0.

Las vibraciones del sonido movilizaban una membrana y un sistema fotoeléctrico unido a un sistema de dibujo por tinta, con lo que su máquina registradora dibujaba sobre el papel, literalmente, las perturbaciones del sonido en el aire. Esta tecnología de principios de los años treinta empleaba variaciones en el trazo y la intensidad de las líneas dibujadas para grabar los sonidos. En esto no era algo muy diferente a otros sistemas que se estaban desarrollando por entonces, sobre todo para registro de grabaciones en la banda sonora de las películas.

Ejemplo de “página sonora” impresa en un periódico. Fuente: La Libertad, 9 de junio de 1933.

La técnica de Crudo, descrita en patentes como la española ES0137899 de agosto de 1935, bajo el título: Procedimiento para la grabación o reproducción sonora fotoeléctrica de fonogramas flexibles en aparatos provistos de portafonogramas cilíndrico rotativo, era mucho más original en el lado de la reproducción. Veamos, sobre el papel en el que se han registrado los trazos de tinta que han traducido el sonido, se concentra una fuente luminosa que va recorriendo el trazo del mismo modo a como la aguja de un tocadiscos va explorando los surcos de un disco de vinilo. La luz reflejada va cambiando dependiendo de las características del trazo, por lo que al ser conducida a un sistema fotoeléctrico, traduce de nuevo las variaciones de luminosidad en cambios de voltaje de una corriente eléctrica. Amplificada esa señal, se puede reproducir ya el sonido con un altavoz.

Cabecera de uno de los numerosos artículos que en la época aparecieron acerca de esta tecnología. Fuente: El Heraldo de Madrid 10 de junio de 1933.

La idea original planteaba incluir en los periódicos de todo el mundo páginas con sonidos impresos o “páginas sonoras”, que podrían ser reproducidos en casa gracias a un fotoliptófono lejanamente emparentado a una “cadena musical” en el que, sobre su cilindro rotatorio, se colocarían la páginas sonoras de los periódicos o revistas.

Más información:
Canalis, Ianina; Petrosino, Jorge ¿Cuánta música cabe en una página de periódico? Sonido impreso en papel a principios del siglo XX. 2014, QUESTION v1 n42. ISSN 1669-6581.

El fotoliptófono, o cómo imprimir y reproducir sonidos sobre papel apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 24 Marzo 2017.

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Fernando Gallego Herrera, el asombroso genio olvidado http://www.alpoma.net/tecob/?p=12559 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12559#comments Tue, 28 Feb 2017 14:55:20 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12559 Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de febrero de 2017.

Según noticias comunicadas de Villoria, en las pruebas realizadas durante los meses del pasado verano, el ingeniero Sr. Gallego Herrera, en un segundo modelo del aparato de su invención, y una vez vencidas ciertas dificultades del equilibrio y corregidos bastantes detalles, ha conseguido la realización del despegue vertical, obteniendo una fuerza ascencional muy superior al propio peso. En nuevo modelo del aparato volador significa la creación en el campo de la aeronáutica de un sistema totalmente distingo de los conocidos aeroplanos, o helicópteros, tan original que, propiamente hablando, carece de planos, hélice, timones y cola.

De una notica publicada en el Heraldo de Madrid,
23 de noviembre de 1935.

Una vida de leyenda

En ocasiones sorprende cómo ciertas figuras que brillaron con especial intensidad en su época, han sido completamente olvidadas. Desconocía por completo la figura que nos ocupa en estas letras hasta que, por casualidades de la vida, cierta llamada telefónica de José Carlos González y el posterior material recopilado de diversas fuentes, entre ellas lo hallado por Alfredo Moralejo, me iluminó el camino para glosar la figura del increíble Fernando Gallego Herrera. Con lo que aquí voy a mencionar no se hace sino rascar la superficie de una apasionante vida de ciencia y aventuras, digna de una novela de acción. Fernando, genio olvidado prototípico, reposa hoy en el cementerio de Logroño junto a su esposa, Humildad, en la que sin duda es una de las tumbas más sobresalientes de ese lugar. Construido por él mismo, su lugar de reposo constituye un repaso a su vida y su enigma pues, entre símbolos misteriosos y formas de inspiración egipcia y modernista, se alza ante la vista de los visitantes un impresionante panteón que guarda muchos secretos simbólicos.

Fernando, a quien llamaban “el ruso” en Logroño durante sus últimos años debido al curioso gorro de astracán con el que paseaba en los días invernales, acompañado en ocasiones de un leopardo atado a una cadena dorada, nació en la salmantina localidad de Villoria el 14 de febrero de 1901 y falleció el 10 de junio de 1973 en Pamplona. En esas siete décadas de vida alumbró conceptos y proyectos que dejan pasmado a cualquiera. Realizó los primeros estudios en su Villoria natal, pasando más tarde a estudiar en el colegio de Calatrava en Salamanca. Era tan bueno en los estudios, que rompió todas las escalas y… ¡tuvieron que crear un premio especial por sus logros académicos! En Madrid estudió en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, logrando las mejores calificaciones y el Premio Escalona al ser el primero de su promoción. Siendo ingeniero recién titulado, en 1926, comienza a recibir encargos de gran importancia que logra superar con eficacia sin igual. Trabaja en el diseño de la Estación de Francia en Barcelona, y en las obras del Metropolitano. Por si esto fuera poco, estudia posteriormente Derecho en la Universidad Central de Madrid, aprende cuatro idiomas y obtiene el título de piloto de aviación en julio de 1936.

Por esa época presenta su proyecto de avión de despegue vertical o “Aerogenio” y su plan para unir las dos orillas del estrecho de Gibraltar a través de un túnel flotante submarino. Como en tantas otras ocasiones, la Guerra Civil cortó de raíz sus sueños, pasando cuatro meses escondido en un pajar en Villoria a la espera de un permiso y protección del Gobierno de los Estados Unidos, un apoyo que posteriormente le salvó de la prisión o el exilio forzado. Sin embargo, en 1941 fue depurado por el gobierno franquista, debiendo abandonar su puesto en la Dirección General de Obras Hidráulicas. De lo que era una negra situación, Fernando logra salir gracias a que decide viajar por todo el planeta ofreciendo sus servicios como ingeniero civil. Su fama por entonces ya era grande, lo que le permite trabajar en grandes obras en Estados Unidos, Japón, Filipinas, India, Siria, Turquía, Gran Bretaña, Italia y, cómo no, Egipto. Lo de este país africano es más que una anécdota. Para Fernando su estancia en el país del Nilo le deja marcado para siempre, tal y como puede verse por el simbolismo egipcio presente en su tumba. Allá trabajó en las obras de la presa de Asuán a principios de los sesenta. Su éxito hace que le llamen de Estados Unidos y de Rusia, en plena Guerra Fría, confiando en él los dos bandos enfrentados por la supremacía mundial. Innovó en ingeniería civil con su idea del puente de arco funicular, así como con un sistema de vigas empotradas en los muros y un método de cimientos de gravedad invertida o de flotación, que fue el principio en el que basó su idea para el túnel flotante que permitiría salvar todo tipo de accidentes geográficos marinos.

Por si todo esto fuera poco, sus patentes habían sido vitales en la construcción de las estructuras que facilitaron el desembarco de las tropas aliadas en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, aunque los británicos no reconocieron esa aportación. Además de en Asuán, también participó en los años sesenta en la modernización del canal de Panamá. Tras esto, regresa a España, concretamente a Logroño, viviendo en Villa Humildad, su postrero hogar, lugar dotado de un ingenioso sistema de pilares autónomos también inventado por él.

Gráfico de uno de los proyectos de puente de Fernando Gallego.

Una de sus invenciones más sobresalientes, y que encontró predicamento entre los ingenieros civiles, fue cierto concepto aplicado a la construcción de puentes. Gallego había observado que la construcción de puentes a principios del siglo XX, como por ejemplo con el sistema de “arco tirante”, requería de armaduras muy caras capaces de resistir las cargas. En 1928 ideó su sistema, al que llamó “arco funicular”, que permitía construir puentes resistentes con un menor coste, al poder ahorrarse gran cantidad de materiales. El método consistía en estirar las vigas totalmente con la carga sobre ellas para evitar la flexión inversa del hormigón y la aparición de grietas en la porción central.

Modelo de “arco funicular” construido en Villoria por Fernando Gallego.

Construyó una gran maqueta para probar el concepto, que luego pasó a aplicar a un puente en su Villoria natal, en un proyecto en el que trabajaron obreros de la localidad.

Uniendo dos continentes

En el punto más estrecho entre Europa y África, el estrecho de Gibraltar cuenta con unos 14,4 kilómetros de aguas que hay que sortear para saltar de un continente a otro, entre España y Marruecos. La profundidad a la que llegan estas aguas varía de los 300 a los cerca de 900 metros y todo esto, junto con lo peligroso de sus corrientes y el ser actualmente una de las vías de comunicación marítima más concurridas del mundo, hace que cualquier sueño de construir un puente o un túnel en el estrecho se convierta en algo muy complicado. Se trata de todo un reto a la ingeniería, la economía y la política, en uno de los puntos estratégicos de mayor importancia a nivel mundial.

Aunque nunca ha pasado de una fase de estudio más o menos detallada y de pruebas iniciales de concepto, la idea de construir algún elemento artificial capaz de sortear el estrecho viene de muy lejos. En 1869, por ejemplo, el ingeniero francés Laurent de Villedeuille presentó un proyecto de túnel que llegó a ser estudiado por el gobierno español. La idea de unir ambas orillas de las Columnas de Hércules tuvo muchos continuadores posteriormente, con diversas propuestas, casi siempre pensando en un túnel, o bien con proyectos de tipo puente, cuya primera muestra data de 1956 con el proyecto presentado por el ingeniero español Alfonso Peña Boeuf. Curiosamente, fue el propio Boeuf quien, siendo Ministro de Fomento, se encargó de ejecutar el expediente de depuración por el que se separaba a Gallego de su empleo público como ingeniero civil.

Entre las numerosas propuestas lanzadas a modo de apuesta para conseguir el objetivo de unir ambas orillas del estrecho, brilla por su audacia la presentada por nuestro protagonista. Fernando Gallego diseñó un minucioso plan en 1928 que venía a ser una especia de puente, pero sin peso propio, algo que muchos años más tarde ha servido de inspiración en diversas infraestructuras de importancia en todo el mundo. El concepto se basaba en la idea del tubo sumergido. Tal como refería la prensa a principios de los treinta, el proyecto llamó mucho la atención y se veía como algo realizable. En la revista África, número de enero de 1930, se mencionaba cierta visita de Gallego al norte del vecino continente para abordar el asunto, en una época en la que parecía que el proyecto iba a poder realizarse realmente:

…una conferencia sobre el proyecto de enlace por auto y ferrocarril entre las dos orillas del estrecho estará a cargo del ingeniero de caminos don Fernando Gallego Herrera. La personalidad científica de este ingeniero es muy conocida en los medios españoles y, también y muy particularmente, en los del extranjero. El señor Gallego, como ya comentamos en ocasión de su primera visita a Marruecos, relacionada con este mismo asunto, es autor de un proyecto de enlace de España y África. (…) Este proyecto consiste en la construcción de un verdadero tubo que irá situado a unos veinte metros de profundidad, capaz para doble vía de ferrocarril, una gran pista para automóviles y andenes de peatones. La justificación técnica respecto a la posibilidad realizable de la idea ha merecido la aprobación de los organismos competentes. El señor Gallego es autor de siete proyectos parecidos de comunicación relativos a pasos situados en distintos países. Uno se refiere a la comunicación bajo el río Hudson, que mereció comentarios muy detenidos y altamente elogiosos de la prensa neoyorquina.

Ciertamente, diversos proyectos similares fueron abordados con el tiempo por Fernando Gallego, entre ellos se encontraban la unión entre Brooklyn y Staten Island, en Nueva York, o las conexiones entre Lisboa y Almada sobre el Tajo, la unión de Inglaterra y Francia por el Canal de la Mancha o de Dinamarca con Suecia. Nuestro ingeniero llegó a estudiar el caso de construcción de un tubo submarino en el Bósforo. En cualquier caso, todos estos proyectos, mencionados con cierta profusión en la prensa de todo el mundo, hicieron que su fama como ingeniero de gran competencia creciera rápidamente, lo que finalmente le llevó a ser consultado y contratado por parte de empresas y gobiernos de diversos países como ingeniero civil.

Proyecto de túnel submarino para el estrecho de Gibraltar de Fernando Gallego.

A pesar de no haber logrado pasar nunca a la acción, siempre con buenas palabras desde el lado oficial pero poco más, Fernando Gallego no dejó de perfeccionar la idea el resto de su vida. Desde que lograra la patente de 1928 para su “sistema de cimientos de gravedad invertida o de flotación”, que fue la base para redactar su anteproyecto de tubo bajo el estrecho de Gibraltar, el ingeniero nunca olvidó esa técnica y pasó a aplicar su sistema a diversos lugares del mundo. Con el paso del tiempo fue la inspiración de muchos ingenieros a la hora de abordar problemas similares. El tubo bajo el estrecho era un verdadero puente sumergido, anclado en el fondo marino por medio de cables. Tal y como afirmaba Gallego, “el peso propio de la construcción es no solamente nulo, sino negativo. La fuerza centrífuga contrarresta con un coeficiente de margen la de gravedad, de tal forma que los pesos de vehículos y sobrecargas de todo género no solamente no la fatigan, sino que la alivian y la resistencia estructural en cimientos, cables y túneles queda automáticamente probada durante la ejecución de la obra”.

El mencionado tubo que se proponía debía sumergirse a unos 20 metros de profundidad, estaría dotado de sección ovalada de 26 metros de ancho y 18,50 metros de alto, con lo que podría contener dos vías de ferrocarril y dos calzadas para automóvil. El tubo submarino se extendería entre Punta Acebuche en Cádiz y Punta Blanca en Marruecos. En total, una gigantesca obra con 15 kilómetros de longitud compuesta por 75 segmentos de 200 metros cada uno, anclados al fondo marino por medio de cables unidos a cuerpos muertos de hormigón armado de titánico tamaño. Bien, todo espectacular pero, ¿qué ventajas tendría algo así sobre un túnel clásico o un puente de gran tamaño? El propio Gallego Herrera mencionaba que con un tubo submarino de ese tipo se podrían salvar luces de cualquier tamaño, independientemente de la profundidad del estrecho o canal a superar. Además, la cimentación debía ser sencilla y relativamente económica. El conjunto sería fácil de mantener, rápido de construir y todas las unidades o segmentos quedarían probados automáticamente al ponerse en carga. Al ser una estructura oculta y sumergida, no se entorpecería la navegación de superficie, con lo que los buques mercantes no sufrirían ningún contratiempo con su presencia.

Todo el proyecto, minuciosamente planificado por nuestro ingeniero, se adelantaba décadas a su tiempo, pues no sería hasta finales del siglo XX cuando la tecnología de materiales pudo por fin llegar a la altura de este sueño. Se mencionó que era un proyecto inseguro, que sería incapaz de superar la tensión provocada por las corrientes del estrecho pero, hoy día, con nuestros materiales y técnicas más actuales, un proyecto así podría ser factible.

El increíble “Aerogenio”

Si fascinante fue el proyecto de unión del estrecho de Gibraltar, no menos asombroso fue la incursión de Fernando Gallego en el mundo de la aviación. Recordemos que nuestro protagonista no fue únicamente ingeniero civil, sino que también fue piloto, llegando a intentar dar la vuelta al mundo en avión en 1942, volando en un viaje en varios aviones comerciales con veinticinco escalas, que no pudo completar del todo por estar el Pacífico en Guerra. Por ello, no extrañará que, alguien dotado de tal capacidad inventiva y de cálculo decidiera aportar algo muy adelantado a su época al mundo de la aviación. En esta ocasión se adelantó demasiado, todo hay que decirlo, porque su sueño consistía en construir naves volantes capaces de despegar y aterrizar verticalmente, tal y como hacen hoy día muchos cazas de combate como el célebre Harrier Jump Jet o el futurista Lockheed Martin F-35 Lightning II.

Todo comenzó en 1932, al menos oficialmente, con cierta patente, aunque la idea llevaba rondando la cabeza de nuestro genio desde hacía mucho tiempo. En mayo del citado año vio la luz la patente española número 125936 sobre “Un sistema de aparato de vuelo por aire comprimido” (en total consiguió tres patentes relacionadas con este concepto, algunas de ellas también registradas en el extranjero). Para abreviar, Fernando llamaba a su aparato como “Aerogenio”. Construyó tres prototipos, todos ellos muy diferentes a los aviones de su época. Movido por aire comprimido gracias a un gran motor de diez cilindros y casi cien caballos de potencia, el primer prototipo llamó mucho la atención y periodistas y curiosos se acercaron a Villoria para contemplar las pruebas. Claro que, hubo quien en Madrid pensó que la invitación a ver la demostración era algo un tanto irrealizable por lo “lejos” que quedaba el lugar y lo extraño del asunto, tal y como cierto periodista del Heraldo de Madrid mencionó con sorna en la edición impresa de ese periódico el 4 de mayo de 1933: “Lo que hay que hacer es mandar con la invitación, que desde luego agradecemos, uno de esos aparatos de aire comprimido para hacer el viajecito…”

El “Aerogenio” de Fernando Gallego.

Por desgracia, la primera prueba del “Aerogenio” no tuvo buena fortuna aunque, según varios testigos, en las pruebas del segundo aparato sí se logró cierto éxito, sin quedar claro el grado de cumplimiento que logró alcanzarse. La primera nave, prácticamente un ala volante de gran tamaño, debía elevarse verticalmente en el aire y, en teoría, abriría el mundo de los vuelos intercontinentales a través de la estratosfera a la humanidad. Esa era la intención de Gallego, pero todo terminó con el incendio del primer modelo construido con metal, tela y madera y el fracaso de los dos posteriores. En realidad, el ingeniero sabía que el aparato no podría realizar lo que soñaba, más que nada porque era demasiado pesado y no estaba dotado de un motor adecuado para su función. Con una turbina de gas y materiales actuales bien podría haberlo hecho, era un aparato creado pensando en el futuro, pues en su patente original el ingeniero deja claro que pretende emplear un concepto de mecánica de fluidos como es el de la capa límite de forma novedosa por entonces y que chocaba con las limitaciones de no contar con los materiales adecuados para ser llevada a cabo de forma óptima:

…nuestro sistema se basa (…) en una vena o lámina de aire, saliendo rasante a una superficie de forma cualquiera, que se adapta a esa superficie, envolviéndola y determinando una depresión sobre ella.

Fernando Gallego Herrera, el asombroso genio olvidado apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 28 Febrero 2017.

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La pensadora del cielo http://www.alpoma.net/tecob/?p=12549 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12549#comments Tue, 31 Jan 2017 19:00:42 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12549 Fragmento del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de enero de 2017.

El estado del cielo para el año de 1778

En la Biblioteca Nacional de España duerme desde finales del siglo XVIII cierto volumen con llamativo título: El estado del cielo para el año de 1778, arreglado al Meridiano de Madrid: pronóstico general, con todos los aspectos de los planetas, por la Pensadora del Cielo Doña Teresa González. Ahí es nada, estamos ante un almanaque astronómico, con ciertos tintes astrológicos.

Impreso en Madrid, muy posiblemente ese mismo año de 1778, o bien a finales del año anterior, en la imprenta de Don Manuel Martín, localizada en la calle de la Cruz de la capital española, se nos presenta como un manual astronómico con dos autores declarados. Por un lado, la misteriosa Teresa González. Por el otro, Manuel José Martín, el propio impresor. La obra vendría a ser una versión mejorada, y actualizada, de otra muy similar que vio la luz en 1777. Se trataba de El estado del cielo para el año de 1777, arreglado al meridiano de Cádiz. Pronóstico general. Por Teresa González, natural de Córdoba. Y no se trató de los primeros intentos de esta olvidada cordobesa, pues se guarda registro de una solicitud de licencia, no concedido, que data de 1773, para cierta “Pensadora del cielo”.

La obra de 1778 sí tuvo cierto predicamento y alcanzó difusión, aunque poco más se conoce acerca de su gestación. Su contenido es descrito de forma directa en la presentación del libro: Pronóstico general con todos los aspectos de los planetas entre sí y con la luna, el signo y grado que esta ocupa diariamente, y los eclipses de los dos luminares. Juicio astrológico en cuanto a sucesos elementales y cosecha de frutos, por la Pensadora del cielo, Doña Teresa González. En total, 104 páginas que vienen a ser una mezcla entre almanaque de efemérides astronómicas, con sus cálculos y tablas, junto a una especie de divertimento “astrológico” relacionado con las cosechas y los cultivos, que al final muy posiblemente era el gancho para cazar al posible comprador de la obra.

El almanaque está dedicado a la Condesa de Benavente, Doña María Josefa Pimentel y Téllez-Girón, conocida mecenas de artistas y científicos de su época. La razón de existencia de esta obra hunde sus raíces en la moda que por entonces inundaba las páginas de la prensa, a fin de cuentas, el pronóstico astronómico, desde simples fases lunares a complejas predicciones de eclipses, se convirtió en todo un divertimento practicado con mayor o menor fortuna por editores de todo el país. La Pensadora del cielo, que demuestra en las páginas de su obra gran conocimiento matemático y de la ciencia de su tiempo, a buen seguro que no tuvo otro remedio que plantearse el publicar algo como aquello, tanto para conseguir algo de dinero como para difundir su conocimiento. Curiosamente, se sabe que ese tipo de libros contaban con mucha atención por parte de aquellas mujeres que podían acceder a la literatura en su tiempo.

La fascinación por la astronomía de la cordobesa, aunque tintada por cierta diversión astrológica, de clara orientación comercial, queda demostrada a lo largo de las páginas del almanaque. Bien merece un recuerdo esta mujer por su afán por hacerse un hueco en las publicaciones de ciencia popular que, en la España de entonces, eran muy escasas. De hecho, la autora avisa al comienzo de su escrito que este cuaderno (…) contiene dos partes: una esencia que es el Estado del Cielo durante el año 1778 que se reduce a presentar diariamente todas cuantas configuraciones pueden tener los planetas (…) calculados con la más suprema exactitud, los eclipses de los dos luminares, Sol y Luna, y otros fenómenos dignos de la mayor atención. (…) La segunda parte, que es la accesoria, envuelve una Apología de nuestro Sexo. (…) En ella, después de vindicar mi primera Obra de objeciones de los hombres y hacerme muy de veras partidaria en la gloria de las mujeres, las indico claramente por dónde pueden volver a cobrar sus legítimos derechos de hacer un papel de mucha gravedad y honor en el mundo.

¡Vaya atrevimiento! Por si acaso el censor fuera demasiado celoso de su trabajo, la autora intenta hacerse con su simpatía: …no se maravillará Vd. de que una mujer aplicada haya podido arribar a tan alto punto, mediante los progresos que ha hecho en astronomía y aún en otras ramas de las matemáticas, que sirven de preparación y adorno al espíritu. Puedo asegurar que desde por natural inclinación me entregué a estas ciencias, no parece sino que me hallo en mi propio elemento. La hermosura del Cielo presto se me hizo familiar y mejor conocida que la Tierra. Todas mis miras y mis anhelos no han tenido otro objeto que esas vastas y luminosas Regiones, a donde la mayor parte de los hombres apenas se digna levantar los ojos.

Sorprende la obra como conjunto, porque es mucho más de lo que parece a simple vista. Sí, es un almanaque, un calendario repleto de datos, unos más útiles que otros, con cierto toque astrológico que se incluye como divertimento pero, y he aquí el atrevimiento definitivo de la Pensadora del cielo… ¡dedica casi la mitad del libro a hablar de la mujer y de su derecho a acceder a la ciencia, a las universidades y, en definitiva, a la igualdad! Estamos ante unos papeles que vieron la luz en la España del siglo XVIII y, si bien como contenido científico poco hay en ellos de sorprendente, la defensa que hace la autora de las mujeres es digna de ser recordada.

Por desgracia, la censura terminó por rechazar aquella pretensión. La edición de 1773 fue cortada de raíz, las de 1777 y 1778 sí vieron la luz, pero cierto informe de la Real Academia emitido por el matemático Benito Bails, acusando a la obra de inexacta y propensa a la superstición, terminó por impedir que aparecieran más ediciones.

La pensadora del cielo apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 31 Enero 2017.

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Barcos mercantes nucleares http://www.alpoma.net/tecob/?p=12523 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12523#comments Sun, 15 Jan 2017 17:57:45 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12523 Recuerdo haber leído hace años en el Bulletin of the Atomic Scientists un artículo en el que se afirmaba que se encontraban en los mares más reactores nucleares en activo que los presentes en plantas eléctricas en todo el mundo. Desconozco si esa apreciación sigue siendo correcta, pero de lo que no me cabe duda es que, a lo largo de la historia de la tecnología naval, se han visto toda clase de artilugios nucleares aplicados a la navegación, sobre todo en naves militares. Todo el mundo ha oído hablar de portaaviones nucleares y, cómo no, de las flotas de submarinos con plantas energéticas “atómicas”. Comunes han sido también los rompehielos soviéticos dotados de energía nuclear, varios de los cuales siguen en activo, e incluso algunos son de reciente factura, como es el caso del 50 Let Pobedy (50 лет Победы) o los rompehielos clase Arktika (Арктика, que no se deben confundir con el viejo rompehielos de mismo nombre del año 1972). Menos conocidos son los casos de destructores y cruceros dotados de plantas nucleares, como por ejemplo sucedió con la primera nave de superficie que fue dotada de este tipo de propulsión, el navío lanzamisiles estadounidense USS Long Beach (CGN-9). Algún día, con tiempo, mencionaré las aventuras bajo la banquisa ártica del primer submarino nuclear, el USS Nautilus (SSN-571), pero hoy quiero ocuparme de algo poco conocido. Sí, aunque no se menciona a menudo, han existido barcos mercantes de propulsión nuclear.

Buques nucleares estadounidenses

Fuerza naval nuclear de superficie de los Estados Unidos. Imagen promocional tomada en el Mediterráneo el 30 de junio de 1965. Aparecen en ella los siguientes navíos: USS Enterprise, USS Long Beach y USS Bainbridge. (P.D.).

Hasta la fecha, y por lo que parece seguirá siendo así por un tiempo, sólo se han construido cuatro barcos mercantes dotados de propulsión nuclear. Estos cargueros “atómicos” han tenido diversa suerte, aunque por lo general sus vidas fueron efímeras, no pasando generalmente de lo experimental. Los pequeños y avanzados reactores nucleares modulares actuales pueden cambiar esta situación. El futuro dará cuenta de ello. Mientras tanto, he aquí un breve repaso a estos cuatro mercantes nucleares que sufrieron toda clase de problemas, sobre todo económicos (mantener unidades independientes de este tipo, sin ser parte de una flota nuclear, era prohibitivo), además de problemas técnicos y, cómo no, políticos.

NS Savannah

NS Savannah

El mercante nuclear NS Savannah, fotografiado en 1962. P.D.

El estadounidense NS Savannah fue el primer barco mercante dotado de propulsión nuclear (la designación “NS” viene de “Nuclear Ship”). Botado en 1962 y dado de baja diez años después, fue llamado así en recuerdo de otro buque experimental del mismo nombre, el SS Savannah, que a principios del siglo XIX exploró las posibilidades de la máquina de vapor a través del Atlántico. La idea partió de los primeros diseños a principios de los cincuenta, como una apuesta doble, a saber, por una parte como medio para investigar la tecnología de los reactores de fisión en marina mercante y, por otra, como expresión política de fuerza ante la presentación por parte de los soviéticos de sus rompehielos nucleares. Si se estaba llevando a cabo una carrera por el uso de esta tecnología en el mundo militar, también se vivió algo paralelo, a una escala mucho más pequeña, en los “usos pacíficos del átomo”.

NS Savannah

El NS Savannah tal como se presenta hoy día en Baltimore, convertido en museo. Imagen Acroterion, CC-By-SA.

Hay que reconocer que este diseño de George G. Sharp fue vanguardista, tanto que incluso hoy resulta atractivo. Y ahí quedó la cosa, porque el NS Savannah estaba pensado más como escaparate, dotado de todo tipo de comodidades, que como mercante eficaz. Pero, además de simple fachada, este impresionante barco sirvió para experimentar con plantas nucleares móviles. El reactor nuclear, la turbina de gas y todos los sistemas auxiliares y de control fueron diseñados con el más minucioso detalle para resultar lo más seguros que fuera posible (Pincha en la siguiente imagen para descubrir su interior).

NS Savannah reactor

Ilustración sobre el NS Savannah. Original de 1960, UNM.

Por desgracia, su mantenimiento era carísimo (sólo el equipo humano de mantenimiento, de una cualificación sin precedentes, salía por un dineral). Los problemas económicos y, también, algunas contingencias técnicas, hicieron que el buque terminara su vida útil en apenas cinco años. Un lustro más tarde fue dado de baja, enviado para descontaminación y convertido luego en museo. (Vídeo promocional de época sobre este barco).

Otto Hahn

Construido en la ciudad alemana de Kiel (por ese tiempo en la RFA) en 1963 y puesto en servicio en 1968, el Otto Hahn (llamado así en honor del pionero investigador de la fisión nuclear del mismo nombre) tuvo un destino diferente al del caso anterior, llegando a tener un desempeño comercial digno de mención. El objetivo de este experimento alemán fue el de desarrollar la tecnología de reactores de fisión móviles y valorar su posible aplicación en marina mercante. Pensado como granelero, pero también como buque de pasajeros, realizó numerosas travesías comerciales e incluso se llevó a cabo la operación de recarga de uranio del núcleo del reactor cuando la carga inicial se estaba agotando.

El Otto Hahn fotografiado en 1970. Imagen German Federal Archives, CC-By.

Económicamente no fue un fiasco como el del NS Savannah, pero su mantenimiento también resultaba excesivamente caro, por lo que en 1979 la planta nuclear y el complejo de propulsión (caldera de vapor, turbina, intercambiadores…) fueron substituidos por unidades diésel. En total, había recorrido cerca de 250.000 millas náuticas con apenas 22 kilogramos de uranio (más de 460.000 kilómetros).

Mutsu

Japón también lo intentó con el Mutsu (nombrado así por una provincia japonesa, no debe ser confundido con el acorazado del mismo nombre hundido en la Segunda Guerra Mundial), navío comercial operado por el organismo de investigación atómica oficial japonés, puesto en servicio en 1972 y dado de baja en 1992. En este caso los principales problemas que aparecieron fueron políticos y sociales. El mismo día en que se hizo a la mar, las protestas fueron multitudinarias, por lo que se decidió enviarlo remolcado a alta mar, donde se comenzarían las pruebas del reactor diseñado por Westinghouse. La unidad fue retirada en 1995, tras la vida útil del navío, para reconvertir la nave en barco convencional.

Ahora bien, el Mutsu es sobre todo recordado por el incidente que tuvo lugar el 1 de septiembre de 1974, cuando se detectó una fuga de radiación a través del blindaje del reactor. Aunque el incidente no pasó de un susto, se armó un lío político que implicó al gobierno japonés y a las autoridades locales del puerto base, junto con los pescadores, que se negaban a que la nave regresara a puerto. Reforzado el blindaje siguiendo las recomendaciones de Westinghouse (inicialmente no escuchadas), y con nuevo puerto de operaciones, el Mutsu completó su programa experimental sin más contratiempos y sin llevar nunca carga de pago.

Sevmorput

El último de los buques mercantes nucleares en ser puesto en servicio fue el carguero ruso tipo LASH, además de rompehielos, Sevmorput (Севморпуть), que lleva surcando los mares desde 1988 y todavía sigue en activo, a pesar de que ha estado a punto de ser dado de baja en varias ocasiones. Este buque surgió de la necesidad de contar con un carguero robusto capaz de dar servicio a las rutas del Ártico incluso con hielo, cosa que hacía necesario que fuera simultáneamente un rompehielos nuclear, algo en lo que Rusia cuenta con sobrada experiencia.

Sevmorput

El navío nuclear mercante ruso Sevmorput. Imagen Терский берег. CC-By-SA.

Desde su puesta en servicio contó con el rechazo de las autoridades de los puertos rusos de destino, pues lo consideraban peligroso. Eso hizo que se olvidara el plan original, que planteaba utilizarlo también como mercante en rutas entre Rusia y Canadá o los Estados Unidos.

Barcos mercantes nucleares apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 15 Enero 2017.

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Calculadoras de bolsillo de hace un siglo http://www.alpoma.net/tecob/?p=12511 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12511#comments Thu, 12 Jan 2017 21:19:18 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12511 Hace quince años que los euros vinieron a desterrar algunas monedas nacionales en la vieja Europa, como sucedió con la peseta. El caso es que, entre algunos papeles, recuperé hace poco cierta pieza de plástico, del tamaño de una tarjeta de crédito, de esas que regalaban los bancos y supermercados allá por 2002 con una tabla de equivalencia de valores entre diversas cantidades de euros y pesetas. Teniendo la pieza delante, caí en la cuenta de su parecido en cuanto a diseño con ciertos artilugios de principios del siglo XX, solo que aquéllos eran móviles y no sólo simples tablas impresas.

Calculadora de bolsillo “Addiator”. Imagen de Xauxa Håkan Svensson, CC-By-SA.

Desde finales del siglo XIX, pero sobre todo desde 1920, proliferaron las calculadoras de bolsillo que venían a tener un tamaño algo superior a una tarjeta de crédito actual. Muchas de estas calculadoras, dotadas de láminas deslizantes de metal, contaban con un stylus para marcar las cifras de las operaciones deseadas. Estaban pensadas sobre todo para sumar y restar, aunque algunos modelos “de lujo” estaban incluso unidos a complejas reglas de cálculo, claro que, en esos casos, ya no eran de bolsillo.

Calculadora Wizard con stylus. Imagen de Gerd Thiele. CC-By.

Durante décadas, aproximadamente entre 1920 y finales de los sesenta, todo tipo de técnicos, comerciantes, viajantes y profesionales, llevaron una de estas tarjetas “sumadoras” en sus bolsillos.

Calculadora “Exacta”, cortesía de Albert. 🙂

Algunos modelos se comercializaron en todo el mundo, como las célebres Ve-Po-Ad o las Addiator. El siguiente vídeo muestra el sencillo funcionamiento de una de estas calculadoras de bolsillo, que llegaron a ser ubicuas y hoy, desde la revolución de las calculadoras electrónicas, han caído en el olvido.

Al hilo de todo esto, no me resisto a recordar ciertos intentos por llevar las calculadoras mecánicas de bolsillo un poco más allá. He aquí, a modo de ejemplo, la patente de Wayne M. Andrews, solicitada en 1941 y concedida en 1946, acerca de una calculadora “embutida” en una pluma estilográfica o un bolígrafo.

Pincha en la imagen para ampliar el gráfico.

Calculadoras de bolsillo de hace un siglo apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 12 Enero 2017.

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El “cine en relieve” en la España de principios del siglo XX http://www.alpoma.net/tecob/?p=12503 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12503#comments Wed, 28 Dec 2016 14:36:26 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12503 Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja en diciembre de 2016.

El martes tuvo lugar en el salón de actos del Palacio de Comunicaciones la tercera conferencia del ciclo organizado por el Standard Club. (…) Estuvo a cargo del ingeniero de telecomunicación D. Francisco Riaza, quien, en brillante conferencia, se ocupó del cine sonoro. Después de hacer un breve resumen histórico de la aparición del cinematógrafo y de los progresos realizados en la telefonía y radio, que después han sido aplicados al cine parlante, explicó la esencia del funcionamiento de los sistemas hoy día en curso. (…) Al final de su conferencia aludió a los futuros desarrollos del cinematógrafo: cine en relieve y telecinema, que a tantos investigadores preocupan en los actuales momentos.

Luz, diario de la república. Madrid, 23 de junio de 1932.


Patente de Edelmiro Borrás. OEPM.

Se comenta que la explosión de la tecnología 3D aplicada a la televisión ha pasado a ser algo casi pasado de moda. Es lo que sucede con las tecnologías punteras, tan pronto están en boca de todo el mundo, como desaparecen repentinamente en el mar de novedades que nos acompaña a diario. Ahora lo más llamativo son las gafas o, mejor, cascos integrales, destinados a realidad virtual de 360 grados aplicados a juegos. Lo mismo sucede en el cine, la época en que las películas tridimensionales llamaban la atención ya ha pasado, no son algo novedoso y, sin embargo, hubo una época no tan lejana en la que parecían algo de ciencia ficción. Pero, antes de todo eso, ya hubo quien soñaba con imágenes en 3D o, como se decía entonces, con el cine en relieve. Es más, no fue algo que llegara muy tarde a la tecnología cinematográfica, pues casi desde los primeros pasos del novísimo arte de las imágenes en movimiento se intentó que éstas fueran tan realistas que pareciese que salían de la pantalla para cobrar vida en el mundo real.

Una tecnología muy deseada

Desde que los Hermanos Lumière lograron el éxito con su cinematógrafo, objetivo codiciado por muchos inventores desde hacía décadas, se vio nacer la industria del cine con un crecimiento asombroso. Al igual que sucedió con la aviación o el automóvil, se pasó pronto de primitivos prototipos a tecnologías que todavía nos acompañan. Y, ya desde esos primeros años, se vio claro que había diversos caminos que debían ser transitados. Uno de ellos fue el de las películas a color, el otro, por supuesto, el cine sonoro y, finalmente, la transmisión de imágenes en movimiento por ondas electromagnéticas, esto es, la televisión. Pero, igualmente, hubo una tecnología planteada desde los comienzos del cine que se resistió a ser dominada, se trataba del cine en tres dimensiones o cine en relieve.

Aquello, que se ha convertido hoy en algo natural, con decenas de variantes comercializas tanto para salas de exhibición como para el hogar, partía de la capacidad humana de componer imágenes estereoscópicas. Por separado, cada uno de nuestros dos ojos se puede comparar con una cámara fotográfica capaz de generar señales nerviosas que transmiten información al cerebro como si se tratara de instantáneas fotográficas de dos dimensiones. La tercera dimensión, la sensación de volumen, se logra cuando esas dos “fotografías”, que son ligeramente diferentes entre sí gracias a la separación existente entre ambos ojos, se integran en una sola imagen. La capacidad de nuestro cerebro de convertir dos imágenes “planas” en el mundo tridimensional que disfrutamos a diario sin ser conscientes de ello, es una verdadera maravilla de la naturaleza, que nos ha permitido sobrevivir en ambientes hostiles.

¿Se podría lograr engañar al cerebro para que una película proyectada sobre un lienzo plano pareciera tener profundidad y volumen como el mundo real que observamos cotidianamente? Tal afán ocupó a Charles Wheatstone, el inventor británico que desarrolló el primer estereoscopio, esto es, un aparato que generaba la ilusión tridimensional partiendo de dos imágenes bidimensionales. Esto sucedió hacia 1840 y no tardó en ser explotado como todo un negocio en forma de visores que llevaban al espectador todo un mundo de experiencias a través de colecciones de pares de imágenes de paisajes del mundo, grandes monumentos o, cómo no, ciertas composiciones subidas de tono. La ilusión de profundidad que da el juego de dos imágenes bidimensionales ligeramente diferentes para cada ojo está en la base de la mayor parte de las tecnologías de visualización 3D posteriores.

Claro, todos conocemos los estereogramas de un modo u otro, pero sabemos que, cuando se ve la imagen sin un accesorio especial, lo único que se ve es una especie de fotografía que parece desenfocada o con desplazamiento molesto de sus elementos. Ahora, coloquémonos las clásicas gafas con filtros de color para cada ojo. En ese momento, un ojo percibirá sólo una parte de la imagen y, el otro, hará lo mismo con su correspondiente fragmento. Ya está la magia en marcha, porque cuando el cerebro una de nuevo las dos imágenes, lo que sentiremos será lo más parecido a estar ante una escena del mundo real, con profundidad y sensación de volumen.

Más tarde llegaron las cámaras fotográficas estereoscópicas, que realizan a la vez dos tomas ligeramente diferentes, con lo que la creación de estereogramas prácticamente se convirtió en algo habitual para muchos profesionales. A mediados del siglo XIX se vivió una auténtica fiebre por los estereogramas, se realizaban multitudinarias proyecciones de imágenes tridimensionales, se vendían cámaras y, sobre todo, estereoscopios, con los que se podían contemplar escenas de diverso tipo comprados por colecciones. ¡Era todo un negocio! Una de las técnicas más empleadas fue la del empleo de anaglifos, esto es, la que utiliza la separación de colores como elemento principal para crear el efecto tridimensional. Por ello, las clásicas gafas de 3D de los cines, con sus filtros de color, no son algo nuevo, sino que hincan sus raíces en los primeros tiempos de la fotografía. Aunque ya a finales del siglo XIX se realizaban experiencias de proyección con anaglifos, y las omnipresentes gafas de filtro rojo y verde o azul, no fue hasta entrado el siglo XX cuando por fin se aplicó la técnica al cine.

Aunque las tecnologías básicas para lograr el efecto tridimensional pueden parecer sencillas, la carrera por lograr películas con efecto 3D no fue nada fácil. Se cuentan por cientos las patentes acerca del cine en relieve desde mediados del XIX y hasta bien entrado el siglo pasado. En los albores del siglo XX se vieron, en efecto, decenas de cámaras capaces de filmar con dos lentes imágenes ligeramente diferentes para ser proyectadas en salas donde los espectadores disfrutaban del efecto tridimensional gracias a las gafas de filtros de color. En los años 20 y 30 ya se contaba con todo un circuito comercial de películas 3D, generalmente cortometrajes, aunque no fue hasta los años setenta, con tecnologías avanzadas (las lentes polarizadas habían cambiado ya el paradigma del cine “en relieve”), cuando se puede hablar propiamente de cine 3D exitoso comercialmente. El resto es historia por todos conocida, pues aunque se ha logrado un nivel de refinamiento asombroso, la base de todo ello ha permanecido prácticamente sin cambios. Ciertamente, es esa aparentemente insignificante diferencia de percepción entre nuestros ojos, la que ha abierto el camino a la industria de las imágenes en movimiento con efecto tridimensional.

Los olvidados pioneros españoles del cine en relieve

En todo el mundo, como no podía ser de otro modo, la pasión por el cine tridimensional espoleó la imaginación de diversos inventores y, en España, sucedió lo mismo. Han visitado anteriormente estas páginas pioneros del cine como José Val del Omar quien, aunque tarde, ha logrado cierto reconocimiento por sus innovaciones. Ahora bien, ¿qué sucede con aquellos pioneros solitarios que intentaron domar el mundo tridimensional entre los años 30 y los 50? Hoy apenas son recordados. Ciertamente, la mayor parte de las patentes españolas sobre tecnología de cine en relieve no fueron puestas en práctica jamás, pero un estudio de las mismas nos hace ver que, al menos en sus fundamentos, iban por el buen camino y guardaban muchas similitudes con propuestas comerciales que llegaron a buen puerto tanto en los Estados Unidos como en Francia o Alemania.

Hacia 1935 la prensa española se hizo eco de la sensacional propuesta que procedía del pionero del cinematógrafo Louis Lumière. Tal como se mencionaba Antonio Momplet en Cinegramas el 10 de marzo de 1935, tras una visita al célebre inventor en Francia:

…Monsieur Lumière ha hecho público estos días sus deseos de que los grandes festejos que la ciudad de París le prepara para esta primavera [por los cuarenta años del nacimiento del cine] sean reportados al mes de diciembre, al objeto de poder en esa fecha hacer su primera proyección oficial pública del cine en relieve. (…) El milagro está hecho, la ilusión es perfecta. Las figuras se mueven, guardando una perspectiva que da plenamente la impresión de la tercera dimensión. El asunto, que desde hace tanto tiempo apasiona al público y preocupa a los grandes productores, está allí, si no del todo perfeccionado, al menos resuelto en principio.  Al acabar una corta proyección, escucho, procurando retenerlas bien en la memoria, las últimas explicaciones que sobre el asunto me da monsieur Lumière (…):

—Ruégole no publique ninguna de las cosas que sobre este particular le he comunicado. Ahora bien, usted puede decir que, a mi juicio, el problema del relieve no podrá ser nunca completamente resuelto a base de la proyección de una sola imagen. La ilusión óptica que produzca en el espectador la impresión del relieve no podrá ser obtenida más que basándola en la proyección simultánea de dos imágenes, una para cada ojo. El que la imagen destinada exclusivamente a un ojo no moleste en lo más mínimo a la proyección visual del otro, es el único punto del problema difícil de resolver. Todo lo demás, usted ha visto cómo no es muy complicado ni se necesita una extraordinaria capacidad para descubrirlo…


Patente de Carlos Pérez de Siles.

Todo el mundo se maravillaba ante lo que se decía de aquella nueva tecnología, pero no era nada nuevo, ni mucho menos, pues diversos inventores de todo el mundo estaban tras la misma pista. No sólo hubo quien dijo haberlo conseguido antes, sino que ese mismo año de 1935 la prensa española mencionaba a cierto inventor español que afirmaba haber ido muy lejos en lo que a cine en relieve ser refería, con experimentos realizados desde 1929. Así, se comentaba que cierto inventor llamado Manuel Molinero Canut había logrado una técnica que, partiendo de un negativo impresionado de forma convencional, lograba ofrecer la sensación de tridimensionalidad proyectando imágenes en una pantalla de forma alternativa. Parece ser que Molinero, perito agrícola, geómetra y topógrafo, se animó a patentar su invención, precisamente, al ver el revuelo montado por las afirmaciones de Lumiére. Ahí queda su patente española ES0137813, de agosto de 1935, para un “Procedimiento y aparato tomavistas para la cinematografía en relieve”. No parecen existir más datos acerca de experiencias posteriores, pero algunos indicios llevan a pensar que, como en tantas otras ocasiones, la Guerra Civil se impuso a sus deseos por perfeccionar la técnica.

De nuevo, 1935 aparece como año de referencia para nuestros inventores relacionados con el cine en relieve. Al mismo tiempo que Molinero experimentaba con su sistema, a comienzos de los años treinta, aparece Teófilo Mingueza que, dotado de una gran habilidad, empleó una cámara convencional de 35 mm para ser convertida en un aparato capaz de rodar película capaz de dar la sensación de relieve. Teófilo rodó varias pequeñas películas de muestra sobre su sistema, que patentó en el 35. Se trata de la patente española ES0140391, publicada ya en enero de 1936, para “Un sistema de aparato para ver estereoscópicamente a cualquier distancia dibujos, fotografías y proyecciones cinematográficas, en negro o color”.

Parece claro que a mediados de esa década existía en España un interés y, lo que es más importante, varios pioneros asombrosos, que estaban en la buena pista para lograr revolucionar el cine en relieve. De nuevo, el conflicto civil se interpuso en sus deseos. De entre esos olvidados inventores, y fijándonos sólo en los primeros años de la industria cinematográfica, hasta principios de los años cuarenta, podemos sorprendernos al encontrar no pocos intrépidos inventores.

No se trata de una exageración el decir que eran casi multitud, es sorprendente la fiebre que existía en ese tipo por conseguir proyecciones cinematográficas con efecto tridimensional. He ahí, por ejemplo, casos tan tempranos como el de Manuel Tárrega Sánchez-Gijón, que alumbró en 1909 un cinematógrafo-proyector para la visualización de películas en relieve. Un año después Ricardo Thos Buxalleu hizo lo propio con su proyector y, en 1914, encontramos el caso de Jaime Bragado Borralleras, que fijó su atención en la obtención de cintas cinematográficas dispuestas para producir efectos ópticos de relieve. El mismo inventor presentó al poco un aparato para la impresión de negativos capaces de producir la ilusión de relieve. Llegados a los años veinte proliferaron los nuevos intentos en esa misma senda. En 1923 es significativa la tecnología desarrollada por Ángel González Lario, que ideó varios tipos de pantallas para crear sensaciones de relieve estereoscópico por medio del uso de dobles imágenes. Pioneros similares fueron Antonio Soles Linares, con su “aparato para la proyección de figuras de toda clase de cintas cinematrográficas produciendo sensación de relieve”, igualmente de 1923, o Luis Buissen Casablanca, que al año siguiente apostó por un método de imágenes superpuestas proyectadas de forma alterna en películas coloreadas para, no sólo obtener sensación de tridimensionalidad, sino también intentar lograr cine a color.

Hubo quien fue más allá, pretendiendo obtener películas tridimensionales partiendo de grabaciones cinematográficas convencionales, tal como hizo Claudio Baradat Guillé en 1924. El ya mencionado Ángel González Lario volvió a intentarlo de nuevo a mediados de los años veinte con un aparato complejo, a modo de red estereoscópica, que se colocaba ante una pantalla de proyección para crear la sensación de relieve por medio de proyecciones múltiples. Todo pensado para se utilizado con películas normales.

Se trata sólo de algunos ejemplos de la época, a los que cabe unir el procedimiento de impresión de películas en relieve ideado por Jaime Maurí en el 28, el procedimiento de cinematografía en relieve de Francisco Salmerón de 1931, o el cinematógrafo en relieve de Estefanía Rosas Pérez, que data de 1935. La lista podría ser casi interminable, y aburrida, por lo que conviene parar aquí, pero la idea ha quedado muy clara: ¡toda una legión de inventores buscaban crear el mejor método para ver películas en 3D antes de la Guerra Civil!

Tras el conflicto, todas aquellas iniciativas cayeron en el olvido y sólo algunos osados soñadores intentaron resucitar el espíritu del cine en relieve. Eudaldo Soler Bofill patentó al borde de la guerra, entre 1935 y 1936, un procedimiento para impresionar películas con efecto de relieve y un nuevo tipo de pantalla para cine tridimensional. Pero, en cuanto a perseverancia, pocos como Edelmiro Borrás López, que patentó numerosos aparatos en los años cuarenta destinados al cine en relieve, dede un sistema de efectos ópticos, un procedimiento de cine a color y un ingenioso aparato de proyección.

Como punto final a esta película, tan real como olvidada, mientras Europa se encaminaba al final de una guerra total, en España Carlos Pérez de Siles intentaba dar salida a su “sistema de proyección estereográfica” pensad para crear sensación de relieve en el espectador sin que fueran necesarias gafas especiales, con patente que data de abril de 1944.

El “cine en relieve” en la España de principios del siglo XX apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 28 Diciembre 2016.

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Lo mejor de TecOb en 2016 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12491 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12491#comments Sat, 24 Dec 2016 15:08:54 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12491 Este año que está a punto de terminar no ha habido mucho movimiento en Tecnología Obsoleta, más que nada porque otros proyectos se han llevado la mayor parte de mi tiempo de escritura, sobre todo mi nuevo libro, Aviones bizarros, escrito junto a José Manuel Gil. En total, han sido 40 los artículos nuevos publicados en este blog, que cuenta ya con once años de vida y más de un millar de artículos. Entre los que han visto la luz este año, y a modo de resumen de estos últimos meses, me gustaría destacar algunos que me parecen los más interesantes. He aquí lo mejor de TecOb en 2016 y, cómo no, mis mejores deseos para los lectores de este blog para el próximo año…

En el mes de enero nos visitó un pionero de la aviación española, Heraclio Alfaro, y pudimos igualmente recordar cierto artilugio bélico de La Coruña: una calculadora de tiro y mesa de trazado de 1926. De febrero destacaría, sin duda, el curioso tren sobre neumáticos diseñado por Michelin en 1931. En marzo hubo tiempo para recordar al creador de la pistola Campo-Giro, mientras que en abril publiqué, entre otras, dos historias de las que guardo buen recuerdo. Por un lado, ahí quedó la aventura de los actores mecánicos de Francisco Sanz y, por otro, el fascinante Kinethórizon de Roso de Luna.

En mayo destaca la historia del carburo de calcio y, en junio, circulamos un rato flotando sobre el asfalto con el Curtiss-Wright 2500 ¡El hover-coche! Ese mismo mes nos visitó un personaje que, posiblemente, inspiró la figura del doctor Frankenstein, el misterioso Andrew Crosse. A las puertas del bicentenario del año sin verano de 1816, tuvimos oportunidad de conocer al intrépido piloto Benito Loygorri. En Julio repasamos la vida de Nikola Tesla con un cómic añejo y, en agosto, paseamos sobre las aguas del Niágara a bordo del Spanish Aerocar de Torres Quevedo. Un programa de radio para aprender a volar aeroplanos, de 1928, fue sin duda lo mejor del mes de septiembre, mientras que, llegados al último trimestre, entre todo el lío del lanzamiento de mi nuevo libro, aparecieron algunas historias realmente interesantes, como un recuerdo del día que Charles Lindbergh amerizó en Santoña, o un extenso artículo sobre los cañones de La Cavada.

Y ahora, unos días de espera, hasta comenzar con fuerzas en año 2017 que, espero, nos traiga historias interesantes e inolvidables. ¡Feliz Navidad!

Lo mejor de TecOb en 2016 apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 24 Diciembre 2016.

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Un simulador de vuelo español de 1942 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12482 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12482#comments Tue, 29 Nov 2016 23:36:30 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12482 Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de noviembre de 2016.

El sueño de volar con los pies en la tierra

A finales del siglo XIX, cuando los únicos aparatos volantes tripulados eran globos o, a lo sumo, algunos de los primeros dirigibles, ya se pensaba en cómo sería volar al modo de los pájaros. No se trataba de intentar construir un avión propiamente dicho, porque muchos aventureros estaban embarcados en aquella aventura. Nada de eso, por ese tiempo ya había soñadores que pretendían simular lo que se siente al volar, pero sin tener necesidad de levantar los pies de la tierra.

He ahí, por ejemplo, la osada patente que un tal John F. Byrne tuvo el ánimo de solicitar en los Estados Unidos allá por 1893. Soñaba el buen hombre con una especie de gran habitación, sostenida sobre una estructura metálica que dotaría al conjunto de capacidad de movimiento en varios ejes. A esa máquina se le uniría un sistema de paneles móviles y de proyecciones que harían, en conjunto, que a las personas que se hallaran en su interior les pareciera que estaban volando sobre un bello paisaje a bordo de un lujoso dirigible, y todo sin riesgo alguno. Hoy, cuando incluso se pueden instalar y disfrutar complejos simuladores de vuelo en un teléfono móvil, todo aquello puede parecer un artificio demasiado aparatoso, pero no cabe duda del mérito de adelantarse a su época soñando con un futuro que, ahora, es completamente real.

Saltemos un poco más en el tiempo. Ya durante la Gran Guerra, el asombroso desarrollo de los primeros aviones aplicados a los conflictos bélicos hizo sentir la necesidad de formar a gran número de pilotos de forma rápida. Fue el tiempo en que aparecieron primitivos aparatos, algunos construidos incluso con barriles de madera, creados con la intención de acelerar la formación de los pilotos. Aquellos añejos remedos de simulador de vuelo, capaces de hacer enfrentar a sus usuarios, a ciertas maniobras a través de movimientos sobre plataformas inestables, cumplieron con creces sus objetivos. Ahí quedaba, por ejemplo, el “orientador”, máquina empleada facilitar un primer aprendizaje para los pilotos de aeroplanos que, ante tan novísimo medio de locomoción, necesitaban comprender y “sentir” el movimiento en tres dimensiones.

Tras la Primera Guerra Mundial, la popularización de la aviación, con espectáculos aéreos protagonizados por osados wing-walkers y similares, hizo al gran público soñar todavía más con levantar el vuelo, solo que, salvo contadas ocasiones, el anhelo se quedaba en poco más que un ejercicio de imaginación. Llegó la fiebre por la aviación a tal punto, que en algunos lugares se emitieron a lo largo de los años veinte, programas de radio en los que se dictaban curiosas lecciones de vuelo a modo de curso a través de las ondas. Ahí quedó, por ejemplo, el programa que durante las mañanas de los viernes de 1928, y durante apenas un cuarto de hora, hizo soñar a muchas personas que podían llegar a ser pilotos. Se trataba de una mezcla entre programa de humor y de divulgación, emitido por la emisora KOA de Denver, en el que el piloto Cloyd P. Clevenger, de la Alexander Aircraft Company, dictaba sus lecciones de vuelo, entre diversos sonidos típicos de una situación de vuelo. Al otro lado de las ondas, los oyentes imaginaban que eran pilotos, e incluso muchos de ellos se hicieron con una especie de equipo básico, que podía ser un simple taburete y una escoba, con el que emulaban las maniobras de un piloto real.

Todas aquellas simulaciones tuvieron su culminación con un personaje genial llamado Edwin Albert Link, pero que era conocido simplemente como Ed Link. Fue un inventor estadounidense nacido en 1904. Hasta su fallecimiento, en 1981, no sólo creó la gran industria de los simuladores de vuelo, sino que diseñó algunos de los simuladores más descollantes de todos los tiempos, desde el modelo que permitía enseñar vuelo astronómico, esto es, navegación a través de un cielo estrellado simulado, hasta el simulador con el que se entrenaron los tripulantes de las naves Apolo que volaron hacia la Luna. En sus patentes, que alcanzan casi la treintena, el apasionado Ed Link fue desgranando todo lo que fue posteriormente el desarrollo de los simuladores de vuelo para aviación y para otros ámbitos. Una de sus máquinas más conocidas fue el Link Trainer, que se convirtió en el primer simulador de vuelo comercializado de la historia. Aquella aventura, que comenzó tímidamente como apuesta personal, encontró un ambiente propicio en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Lo más llamativo de los primeros modelos de simulador de Link se encuentra en que, salvando las distancias, ya eran bastante similares en cuanto a concepto a los actuales.

Los simuladores Link Flight Trainer supusieron toda una revolución en la formación de pilotos de aviación. Aquella máquina de simulación era capaz de hacer sentir al futuro piloto como si se encontrara realmente dentro de una cabina en vuelo. Se trataba de una plataforma sostenida sobre una especie de trípode que otorgaba al conjunto capacidad de movimientos complejos en tres dimensiones. Se podían programar diversos modos de vuelo, e incluso situaciones de peligro o accidente. Los primeros intentos de Link por introducir sus simuladores databan de entre 1929 y 1931, cuando construyó un modelo primitivo gracias al uso de utensilios y piezas de su negocio familiar de órganos musicales. Aquel ingenioso aparato armado con piezas eléctricas y neumáticas que daban al conjunto un abigarrado aspecto, llamó tiempo después la atención del Ejército de los Estados Unidos. Con la guerra en marcha, le llega a Link un pedido de hasta 100,000 unidades de su simulador. A partir de ese momento, con una empresa millonaria entre manos, nunca dejó de perfeccionar sus simuladores y, en todo el mundo, el nombre de Ed Link se convirtió desde los años cuarenta, cuando se dio a conocer a gran escala, en sinónimo de simulación de vuelo avanzada.

¿Un simulador de vuelo español a principios de los cuarenta?

Al mismo tiempo que Ed Link conseguía sus éxitos en América gracias a sus increíbles simuladores, por aquí ya había quien soñaba con algo muy similar. Eran tiempos difíciles en España, con un país destruido tras la Guerra Civil y con el continente metido de lleno en la espantosa Segunda Guerra Mundial. Posiblemente nuestro protagonista de hoy escuchó acerca de los simuladores de Link, pero a buen seguro que no logró ver uno en funcionamiento, al menos no en aquellos años, cuando la tecnología de simulación de Link era poco menos que un secreto guardado por los militares de los Estados Unidos. Sea como fuere, y aunque muy posiblemente no se llegó a construir una máquina funcional, existe una intrigante patente que deja claro los sueños de un piloto por conseguir en nuestras tierras algo muy parecido a lo que Link ya había materializado al otro lado del Atlántico.

Entre 1941 y 1944 se desplegó en Europa del Este lo que se ha conocido como “Escuadrilla Azul”, esto es, un grupo de aviadores españoles voluntarios que fueron enviados por el gobierno español en ayuda de la Alemania nazi, cosa que tenía mucho que ver con la ayuda recibida por el bando sublevado por parte de los alemanes en el conflicto civil español. Es curioso que, la patente que he mencionado, fue solicitada, precisamente, en 1942 y publicada al año siguiente con el número de patente española número ES0157286 (ver patente). El inventor que realizó tal solicitud no era otro que un piloto que, con el tiempo, desarrolló una larga carrera en el Ejército del Aire y que atendía al nombre de Carlos Ferrándiz Arjonilla, quien fuera uno de aquellos pilotos de la nombrada escuadrilla (fue comandante de la 3ª Escuadrilla Azul que partió hacia Rusia a finales de 1942). El caso es que, al margen de ese pequeño dato, lo que aquí nos interesa es mencionar la invención que pretendía llevar a cabo aquel intrépido piloto. Estamos ante una máquina que tiene muchas similitudes con un simulador de vuelo actual, al menos en lo que tiene que ver con su concepción. El título de la patente, solicitada el 27 de mayo de 1942, lo dice todo: Un procedimiento mecánico eléctrico para enseñar a pilotar aviones con o sin visibilidad exterior, sin desplazarse en el medio aire.

simulador

La patente es interesante por lo avanzado de su planteamiento y, cómo no, por lo mucho que recuerda a los exitosos modelos de Ed Link, contemporáneo suyo. La patente de Ferrándiz describe un simulador de vuelo dotado de capacidades muy avanzadas para su tiempo. Una pena que no lograra comercializarse, pues a buen seguro que en otro lugar y en tiempos menos complicados, bien pudo haber alcanzado a ser rival de alguna de las máquinas de Link. En las descripciones detalladas de esta olvidada patente de este simulador de vuelo español de principios de los años cuarenta se pueden leer cosas como la que sigue:

La enseñanza del pilotaje de aviones, tal y como se da actualmente, volando desde el primer día en un avión de escuela, tiene como inconvenientes principales que el alumno ha de realizar sus primeros pasos dentro de un medio, el aire, nuevo totalmente para él, lo que le excita y perturba, y además no resulta económica por cuanto desde el primer día hay consumo de gasolina, desgaste de material, etc. A evitar estos inconvenientes tiende el procedimiento que es objeto de esta patente, dando tranquilidad al alumno, economía en la enseñanza y una difusión ilimitada al deporte de volar.

Después de esta declaración de intenciones, se describe en el documento de forma detallada una barquilla de pilotaje, emplazada en tierra, sobre una plataforma capaz de girar alrededor de tres ejes por medio de dispositivos mecánicos y eléctricos. Lo más curioso y novedoso del simulador de vuelo propuesto por Ferrándiz se encontraba en que, no sólo se simulaba la instrumentación y el movimiento, sino que se añadía al conjunto “una representación del terreno” que vendría a ser una versión primitiva de las pantallas de realidad virtual de los modernos simuladores:

…de tal manera que, dotado el alumno de un dispositivo óptico estereoscópico por el que se le hace mirar, se le aparece simultáneamente el avión que se supone que pilota, el terreno imaginario que se mueve, y el cielo y horizonte imaginarios que le sirven de referencia, con la combinación de cuyos elementos se pone al alumno, aunque ilusoriamente, en las mismas condiciones en que se halla al despegar, pilotar y aterrizar con un aparato real.

Esto es serio, y merece reconocimiento: a través de una detallada descripción de los medios ópticos, eléctricos y mecánicos que componían este simulador, el piloto Ferrándiz Arjonilla se encontraba pormenorizando lo que décadas después ha sido algo común, esto es, una representación simulada de un ambiente real, no sólo a través del movimiento de una barquilla, sino reconstruyendo instrumentación y visualización de un entorno para hacer el que alumno se sintiera de la misma manera y en condiciones similares a una situación de vuelo real. ¡Es sorprendente! La imagen real de un terreno y del cielo, de la pista y de los accidentes geográficos, era proyectada a través de un ingenioso sistema que hacía parecer toda la escena como algo real, con apariencia tridimensional. ¡Eso es adelantarse décadas a su tiempo! Los juegos de cámaras, fotografías y películas en movimiento se conjugaban para crear una experiencia cercana a la real. Tanto la parte óptica estereoscópica como el juego mecánico que daba movimiento a la barquilla, se hallaban sincronizados por medio de una serie de “programas” que simulaban determinadas maniobras de vuelo.

Un reloj “listo” de los años sesenta

Si asombrosa es la patente de 1941 de Carlos Ferrándiz Arjonilla sobre un simulador de vuelo que recuerda mucho, salvando las distancias, a los que se construyeron décadas más tarde, también llama la atención otra de sus patentes, publicada muchos años más tarde, en 1965. El piloto alumbró también en el 64 una patente sobre un Anotador simultáneo para jugar al golf, pero es su patente del año siguiente la que tiene más atractivo. Se trata de una propuesta acerca de un Aparato recordatorio de pulsera. Esta patente (realmente un registro de modelo de utilidad), bajo número ES0110373, de mayo de 1965, no tiene mucha miga técnicamente, pero por el contrario su concepto nos sonará muy avanzado en este tiempo de “smart watches”. En su descripción, el inventor nos comenta:

…se trata de un aparato especialmente diseñado para que sirva como ayuda a la memoria en cuantas cosas se deseen recordar en un momento dado, y aplicable a la misma correa del reloj de pulsera, con lo que en todo momento se tiene en condiciones de ser empleado, tanto en cuanto a las anotaciones que hayan de hacerse en él, como en cuanto a la lectura de las misma cuando sea preciso. En la actualidad, dado el ritmo de vida en que el hombre se mueve, es preciso en gran cantidad de circunstancias, tener a mano datos que se necesitan para un buen resultado de una conversación o visita, anotar detalles para posteriormente emplearlos convenientemente, prever un programa de preguntas adecuadas a la gestión del momento, etc…

reloj

Lo que se describe luego en el documento es la técnica para crear un reloj de pulsera en el que se puedan instalar, anotar, borrar y modificar todo tipo de anotaciones, dibujos o croquis, en definitiva, un concepto que recuerda a los modernos relojes “listos”, solo que sin elementos electrónicos.

Un simulador de vuelo español de 1942 apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 30 Noviembre 2016.

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Aviones bizarros, ¡ya disponible en Amazon! http://www.alpoma.net/tecob/?p=12480 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12480#comments Tue, 29 Nov 2016 20:16:05 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12480 bizarros_pqLa espera ha sido larga, pero todo llega. Aviones bizarros, el libro que sobre las más audaces máquinas volantes de la historia he escrito junto a José Manuel Gil, ya está distribuido y llegará a librerías en breve. Sin embargo, esta breve nota de hoy tiene como objeto, simplemente, avisar que también está ya disponible en Amazon. ¿Te lo vas a perder? 😉

Aviones bizarros, ¡ya disponible en Amazon! apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 29 Noviembre 2016.

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