Tecnología Obsoleta http://www.alpoma.net/tecob Ciencia, tecnología y cultura Sun, 23 Jul 2017 21:27:44 +0000 es-ES hourly 1 Algunas imágenes del XII Festival aéreo de Gijón http://www.alpoma.net/tecob/?p=12734 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12734#comments Sun, 23 Jul 2017 21:27:44 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12734 Esta mañana, como ya viene siendo habitual en los últimos años, he asistido al Festival aéreo de Gijón (este año con más motivo si cabe, dado el tema de mi último libro, escrito junto a José Manuel Gil). Como siempre, he hecho un montón de fotos pero por falta de tiempo tardaré bastante en procesarlas. De momento, para no olvidar la tradición, he aquí algunas de las imágenes que tomé esta mañana, a modo de sencillo homenaje a todo el mundo de la aviación.

PC7 Team, entrenadores turbohélice Pilatus del equipo acrobático de la Fuerza Aérea Suiza.

PC7 Team.

“Superpuma” del Ejército suizo.

Una vista cercana del “Superpuma” del Ejército suizo.

Bücker Bü 131.

T-6 “Texan” de la Fundación Infante de Orleans.

Otra vista del T-6 “Texan” de la FIO.

EADS CASA CN-235/300 de Salvamento Marítimo.

Vista cercana del EADS CASA CN-235/300.

AgustaWestland AW139 de Salvamento Marítimo.

Vista cercana del AW139.

F-18 del Ejército español.

F-18 del Ejército español.

F-18 del Ejército español.

F-18 del Ejército español.

Bomberos de Asturias.

Avión acrobático Extra 200.

F-16 del Ejército belga.

F-16 del Ejército belga.

F-16 del Ejército belga.

Patrulla Águila.

Patrulla Águila.

Algunas imágenes del XII Festival aéreo de Gijón apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 23 Julio 2017.

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Curiosidad a la luz de las velas http://www.alpoma.net/tecob/?p=12719 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12719#comments Mon, 17 Jul 2017 18:00:42 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12719 Joseph Wright de Derby concibió dos obras que me asombran desde que era pequeño. Cierto es que este pintor, que alumbró con sus juegos de luces y sombras las estampas del comienzo de la revolución industrial en Inglaterra, presentaba ciertos problemas técnicos en algunas de sus obras (o eso dicen los muy puristas de la pintura), pero eso nunca me ha importado lo más mínimo. Veamos, recuerdo que, cuando era niño, en uno de los volúmenes de una enciclopedia de Historia Universal, en concreto el dedicado a la Europa del siglo XVIII, aparecían a todo color, aunque un poco pequeñas, estas dos obras que hoy me ocupan. Con el tiempo pude tener dos láminas de ellas con el tamaño adecuado, pero la fascinación no hizo más que crecer al contemplarlas, pues los detalles y el juego de luces queda realmente impresionante cuando lo ves en grande.

Veamos, lo que me impresionaba por entonces de estas composiciones era la atmósfera. Aparecían niños, algo que me llamaba la atención, todo parecía emanar un ambiente de misterio y de descubrimiento, de curiosidad en definitiva. Y, realmente, eso era lo que había. Se trata de dos representaciones de veladas “científicas”, muy propias de la época y el lugar. Los aristócratas y burgueses eran muy dados a las demostraciones de la nueva ciencia, todo estaba por descubrir, un mundo lleno de posibilidades se encontraba ante ellos, y no les faltaba la razón. La luz, la electricidad, el aire, el vacío… todo era novedoso y había que descubrir qué se hallaba tras el velo de misterio de la realidad. Por eso, en medio de la pasión por el progreso industrial, las celebraciones de la ciencia a la luz de las velas se hicieron muy populares.

Veamos el primero de los ejemplos: Experimento con un pájaro en una bomba de aire (An Experiment on a Bird in the Air Pump), obra de Joseph Wright datada en 1768. Se trata de un óleo sobre lienzo que puede contemplarse hoy día en la National Gallery. La escena está llena de fuerza y fascinación. Wright realizó una serie de estudios similares, siempre en penumbra, iluminados por velas, que representaban lo que más le atraía: las demostraciones científicas. Era un apasionado de las nuevas industrias y de la ciencia y, por ello, quiso inmortalizarlo en sus obras. Le llamaron de todo, claro está, porque la temática chocó mucho a sus contemporáneos, y eso le hizo único, dado que apenas nadie quiso imitar ni el estilo ni las temáticas, que tanto se alejaban de lo convencional por entonces (pincha en la imagen para ver la obra en grande).

La genialidad de Wright, a pesar de las críticas por haber elegido temas poco “clásicos”, le ofreció fama al instante. No hay nada como llamar la atención, sobre todo si se hace de marea sublime, como es el caso. Ahí tenemos al proto-científico, mirando al espectador, ofreciendo una demostración de una campana de vacío, un ingenio a modo de bomba de aire en modelo basado en el de Robert Boyle. El pájaro cae ante la falta de aire, el vacío se hace presente y asombra a los presentes. En la Wikipedia hay un artículo muy amplio y bastante bueno sobre los detalles del cuatro y su técnica, por lo que no viene al caso repetir aquí esas cuestiones. Lo que quiero es invitar al lector a sentir la fascinación, la curiosidad, aquello que me llamó la atención de pequeño. Estamos ante la representación visual de toda una época, cuando todo estaba por descubrir. Tenemos ahí a los niños preocupados por el destino fatal del pájaro (quién sabe, igual abrieron la válvula antes de que pereciera la cacatúa, ave muy exótica para el lugar y la época). La luz de la Luna se cuela entre cortinas, quién sabe si como premonición de que lo sería la Sociedad Lunar de Birmingham. Lo dicho, invito al lector a olvidar estas letras y que pinche en la imagen, hay que ver el cuadro a pantalla completa, descubriendo las miradas, los detalles. Esta obra resume toda una época y un modo de ver el mundo.

Dos años antes, en 1766, Wright había creado una obra precursora de este estilo y temática. Invito igualmente a contemplar el cuadro titulado Un filósofo da una lección sobre el planetario de mesa (A Philosopher Lecturing on the Orrery), pinchando sobre la imagen para ver todo su esplendor. Este cuadro no me fascinaba de pequeño tanto como el anterior, pero hoy día me atrae incluso más, posiblemente por el tema astronómico, quién sabe. En todo caso, es otra obra maestra que resume toda una época. Merece la pena detenerse unos minutos ante estas dos geniales composiciones y contemplar su mundo interior.

Muchos años más tarde conocí otra obra que también me ha fascinado y es una de mis favoritas de la época, pero cuenta otro tipo de historia que dejo para otra ocasión…

El alquimista descubriendo el fósforo

“El alquimista descubriendo el fósforo”, o “El alquimista en busca de la piedra filosofal”, obra de Joseph Wright, 1771.

Curiosidad a la luz de las velas apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 17 Julio 2017.

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Losada, el relojero prodigioso http://www.alpoma.net/tecob/?p=12708 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12708#comments Fri, 30 Jun 2017 18:29:01 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12708 Versión para TecOb del artículo que publiqué en Historia de Iberia Vieja, edición de junio de 2017.

Cualquier visita turística a la capital británica debe incluir un paseo por las cercanías del Palacio de Westminster, donde se localiza el Parlamento del Reino Unido. Pero incluso si nunca se ha estado en Londres, prácticamente todo el mundo ha visto, ya fuere en televisión, revistas, periódicos o en Internet, la silueta del Parlamento, con su imponente torre adornada por cuatro relojes de gran tamaño, uno por cada lateral de la torre.

Esta especie de aguja que se eleva al cielo desde los pies del Támesis fue diseñada por Augustus Plugin y, aunque oficialmente  desde 2012 es conocida como Elizabeth Tower, en honor al Jubileo de diamante de la reina Isabel II, la anteriormente llamada simplemente Torre del reloj casi nunca fue llamada así. Casi todo el mundo, cuando se refiere a la célebre torre, menciona el término Big Ben, cuando realmente este sobrenombre debe aplicarse sólo a la gran campana, de aproximadamente 13 toneladas, que habita en su interior. El por qué fue llamada así la campana no queda claro, se comenta que, muy probablemente, tuviera algo que ver con Benjamín Hall, miembro del Palamento que ordenó la construcción de la Torre del reloj hacia 1856.

Bien, el caso es que estamos en Londres, unos años más tarde, con la mencionada torre todavía en construcción y el reloj que se convertiría en icono británico en montaje. El citado reloj había sido diseñado por el hombre de leyes, arquitecto y relojero Edmund Beckett Denison, y por quien fuera Astrónomo Real y director del observatorio de Cambridge, George Biddell Airy. La materialización de ese diseño se encargó a la prestigiosa casa de Edward John Dent. Lástima que el viejo Dent no vio su obra concluida, tomando el testigo su hijastro Frederick. Es en este punto en el que cierto relojero español aparece en escena, aunque de forma un tanto oscura. Veamos, con el viejo Dent fallecido hacía algunos años, los encargados de la puesta a punto del famoso reloj van finalizando, una a una, sus metódicas tareas. En julio de 1859 sonó por primera vez la campana Big Ben, la mayor de las instaladas en la torre, marcando la hora en punto. Dos meses antes habían comenzado las pruebas del reloj y, finalmente, ya en septiembre, los londinenses empezaron a escuchar el sonido de los cuartos de cada hora. Se cuenta que, en aquellas tareas, asistió como relojero cierto leonés que atendía al nombre de Losada y que había alcanzado fama con sus relojes que llevaban la firma J. R. Losada 105 Regent St. London. Curiosamente, la mayor parte de las fuentes que citan el hecho de que Losada ayudara en la puesta en marcha del reloj de la Torre son de procedencia española. Digamos que, del lado británico, es un tema que se toca muy de pasada, con lo que aparecen dudas sobre el alcance de la verdadera implicación de Losada en aquellas tareas, aunque parece fuera de sospecha la participación en sí. No es sino una más de las muchas nubes oscuras en la vida de Losada, del que se ha contado mucho, pero del que se desconoce casi todo.

De pastor a relojero de fama

Realmente, lo que se conoce de la vida del relojero Losada está muy fragmentado y repleto de lagunas de difícil solución. Su propio origen ha estado envuelto en errores y misterio durante más de un siglo. Hacia el verano de 2016 aparecieron en la prensa leonesa diversos artículos en los que se mencionan las investigaciones de un vecino del pueblo leonés Iruela, Francisco Cañueto, que venía luchando desde hacía más de quince años por esclarecer la identidad del relojero Losada. Poco a poco las cosas parecen ir cuadrando y, siguiendo lo recogido por varios estudiosos de Losada, como F. Javier A. Prada, podemos ir estableciendo un cuadro de los orígenes del personaje que nos ocupa.

José Rodríguez de Losada, hijo de Miguel Rodríguez de Losada y María Conejero, nació en Iruela el 8 de mayo de 1797. Eso al menos se decía hasta tiempos recientes pues, según Cañueto, Losada nació realmente en el mismo pueblo el 19 de marzo de 1801 bajo el nombre de José Manuel, “heredando” el nombre de José, del primogénito de la familia, que sí había nacido en 1797 y que había fallecido siendo muy pequeño.

Tras más de dos siglos, la memoria acerca de la niñez de José ha quedado desdibujada por varias leyendas. Hay un episodio, sin embargo, que parece mencionarse por doquier. Siendo un chaval muy joven, José da muestras de ingenio y de rebeldía, sabiendo que necesitará ampliar horizontes más allá de sus orígenes leoneses. Atendía al ganado familiar y, bien fuere por la pérdida de una valiosa pieza del rebaño, como se refiere en algunas historias, o por algún otro hecho oscuro, el joven decide huir. Reaparece al poco como aguador en Ponferrada (hay quien lo sitúa también en Puebla de Sanabria), lugar donde, gracias a su fascinación con un reloj público, llama la atención de un relojero local que le enseña el oficio. Bien, y eso es todo, porque el misterio comienza realmente aquí. José, siendo un aplicado aprendiz de relojero, decide alistarse en el ejército y poco más se supo de su vida hasta años más tarde, cuando aparece como afamado relojero en Londres. ¡Todo un salto para un pastor!

El Reloj de Gobernación y las uvas de nochevieja

Se cuenta que, cuando José Rodríguez de Losada fallece en Londres el 6 de marzo de 1870, se descubre un libro bajo su almohada titulado Una repetición de Losada. Se trata de un cuento escrito por José Zorrilla, amigo del relojero, cuyo título viene a cuento de lo famosos que eran por entonces los relojes Losada. Los relojes de repetición de bolsillo eran, por cierto, pequeñas joyas mecánicas con las que se podía conocer la hora a través de sonidos, tanto para las horas como para los minutos, en plena noche. Era algo muy útil en un tiempo en que no se contaba con luz eléctrica disponible y las esferas luminiscentes en los relojes todavía no habían aparecido.

El hecho de que Zorrilla dedicada a Losada un relato, es sólo uno de los detalles que nos indican hasta qué punto llegó su fama como relojero. Tan prodigioso fue el ascenso de Losada el olimpo de los relojeros de fama mundial que, en un artículo publicado en ABC por el prestigioso historiador del reloj Luís Montañés el 3 de junio de 1962, se preguntaba “José Rodríguez Losada, el del reloj de la puerta del Sol, ¿fue realmente relojero?”. El mencionado reloj, tan querido por los madrileños y españoles merece comentario aparte, pero antes cabe preguntarse, ¿a qué venían estas dudas?

Lo comentado por Montañés venía a cuento de la técnica de Losada. Para él, más que inventor habilidoso, había sido un “hombre de negocios que triunfa fuera de España, en la difícil Inglaterra. (…) Fue, además, un español que en ningún momento disimuló su nacionalidad y que se portó con su patria, en varias ocasiones, como un prócer”. Todo ello porque, ¿cómo se convierte un chaval pobre que apenas es pastor y aprendiz de relojero en un famoso y respetado artesano que deja una gran fortuna al morir? Se sabe que Losada, de quien Zorrilla que era un activo revolucionario en lo que a política se refiere, fue militar durante el periodo del Trienio Liberal. Y, como liberal convencido, y activo, debe exiliarse en Francia y, más tarde, termina viviendo en Londres. Se cuenta que allí reavivó su pasión por los relojes trabajando como ayudante en una afamada relojería y que, al poco, “casó con la viuda de un fabricante de relojes”, tal y como recuerda nuevamente Montañés en su artículo. Y he aquí, posiblemente, el origen de la fortuna de Losada. A partir de ese momento, con firma propia y establecimiento en Londres, el intrépido leonés comenzó a extender su red comercial por medio mundo.

Losada es recordado por Galdós en sus Episodios Nacionales como uno de los más conocidos exiliados de la persecución fernandina. En la trastienda en su negocio de Londres se reunían muchos compatriotas para dar vida a animadas tertulias. Con el paso de los años, el perfil político de Losada se va desdibujando para dar paso al respetado relojero y empresario. Regresa a la España de Isabel II en varios viajes de negocios, recibiendo encargos, entre otras instituciones, del Observatorio de la Armada, siendo muy recordados sus cronómetros marinos. Ahora bien, si por algo es recordado Losada es por el conocido como Reloj de Gobernación, que el relojero donó a Madrid en 1865, e inaugurado por Isabel II en su cumpleaños en 1866. Por ese nombre no dice mucho, ¿no es así? Sin embargo, todos conocemos esta obra de Losada: ¡Es el reloj de la Puerta del Sol! Y ahí sigue, viendo pasar el tiempo, trabajando sin descanso, sobre todo cada Nochevieja.

Obra de Losada fueron otros relojes públicos, como el de la catedral de Málaga, donado por Juan Larios, o el reloj-farola de Jerez, el de la catedral de Caracas en Venezuela, o los relojes que donó para el Observatorio de San Fernando o la Armada. Los relojes tipo saboneta, esto es, relojes de bolsillo con tapa de metal que se abren con un mecanismo de resorte, le dieron fama mundial, estando entre sus clientes la reina de España Isabel II. Ahora bien, como bien cita Montañés en su añejo artículo, Losada, como relojero establecido al otro lado del Canal de la Mancha: “…cierra la etapa final del predominio inglés en la relojería europea. Muy poco después del innegable éxito comercial de nuestro compatriota, que dio a sus productos prestigio y expansión poco comunes, Inglaterra dejó prácticamente de exportar; su producción industrial relojera bajó considerablemente. Tanto como ascendía la expansión suiza. Antes de finalizar el siglo XIX, el reloj suizo había conquistado plenamente, y sin sombra, el mercado europeo. En este sentido, puede decirse que Losada fue el último nombre de los grandes fabricantes ingleses de relojería.”

Losada, el relojero prodigioso apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 30 Junio 2017.

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(1974) Conroy Virtus, un monstruo volante para cargar con el transbordador espacial http://www.alpoma.net/tecob/?p=12701 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12701#comments Mon, 26 Jun 2017 16:42:08 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12701 Al ver en prensa cómo se presentaba en pasados días el imponente avión Stratolaunch (de Stratolaunch Systems Corporation), no pude menos que recordar cierto pariente que no llegó a ver la luz pero con el que guarda cierto parecido. El Stratolaunch, con unos imponentes 117 metros de enverdadura, está pensado para ser parte de un sistema de lanzamiento de vehículos orbitales en cierto modo similar al Pegasus pero a una escala mayor.

El caso es que, allá por 1974, se presentó el proyecto de un vehículo muy parecido en lo estético al que se llamó Conroy Virtus. El hombre detrás de aquella bestia de 140 metros de envergadura fue John Michael “Jack” Conroy, diseñador aeronáutico y empresario cuya compañía estuvo detrás de los sorprendentes cargueros Pregnant Guppy, Super Guppy, y Mini Guppy.

Representación visual del Conroy Virtus en vuelo. NASA, 1974.

El Conroy Virtus se pensó como carguero capaz de transportar el que iba a ser el nuevo vehículo espacial reutilizable de los Estados Unidos: el Transbordador espacial. Aunque el Conroy Virtus nunca llegó a construirse, cabe imaginar que hubiera sido algo increíble verlo volar. El diseño partía de la idea de reutilizar partes de aviones ya existentes para ahorrar costes. Así, se tomaban dos fuselajes procedentes de bombarderos B-52 Stratofortress como elementos principales. La NASA optó finalmente por utilizar una modificación del Boeing 747 para esa tarea.

(1974) Conroy Virtus, un monstruo volante para cargar con el transbordador espacial apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 26 Junio 2017.

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El audífono de Einstein http://www.alpoma.net/tecob/?p=12679 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12679#comments Fri, 23 Jun 2017 19:35:13 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12679

Esquema de una de las patentes de refrigerador de Einstein y Leó Szilárd.

Albert Einstein es asociado, sin duda alguna, con la física teórica. Sin embargo, es menos conocido que alrededor de cincuenta patentes de diversos países llevan su nombre, por lo general en colaboración con amigos. Hace ya más de una década que publiqué un artículo acerca de los refrigeradores que Einstein inventó junto al físico Leó Szilárd.

Albert, como es bien conocido, trabajó entre 1902 y 1909 junto con su amigo el ingeniero Michele Besso en la Oficina Federal de Patentes de Berna, en Suiza. Aquella experiencia como examinador de patentes le sirvió en 1915 para ser llamado como perito experto en un litigio judicial en el que se dirimía si una empresa estadounidense estaba infringiendo los derechos de patente de un inventor alemán sobre un tipo de girocompás.

Esquema de la patente de Gustav Bucky y Einstein sobre una cámara ajustable a la luz ambiental.

Las incursiones de Einstein en el terreno de la ingeniería fueron más allá de su labor pericial y de las patentes sobre refrigeradores. Todavía en su estancia en Berna, en las animadas tertulias de la efímera “Academia Olimpia”, Albert inventó junto con varios de sus amigos cierto voltímetro pensado para medir diferencias de potencial muy pequeñas. El aparato no fue patentado, pero sí difundida su existencia en un artículo y comercializado de manera limitada. Muchos años más tarde, en 1935, Einstein patenta, junto con el radiólogo Gustav Bucky, un mecanismo que permitiría a las cámaras fotográficas gozar de un diafragma de ajuste automático ante las condiciones de luz gracias al uso de una célula fotoeléctrica. Por cierto, Bucky también fue compañero de otras aventuras, como la del diseño de prendas de vestir resistentes al agua).

Ahora bien, lo que quiero resaltar hoy en estas letras fue otra patente, la de un “audífono” que guarda una historia curiosa. En esta ocasión el compañero de aventuras fue el ingeniero Rudolf Goldschmidt, reconocido en su tiempo por sus diseños de generadores que eran empleados en potentes estaciones de radio, así como por sus muchos inventos en el campo de la radiodifusión, como la rueda tonal. Goldschmidt dirigió un laboratorio de investigación en Berlín, lugar que era frecuentado por Einstein dada su amistad con el ingeniero. De su colaboración surgió una patente común sobre un audífono (originalmente estaban trabajando ya sobre la idea de crear micrófonos magnetostrictivos), que vio la luz en 1934 tras varios años de estudios. La necesidad del invento había surgido porque cierta cantante, Olga Eisner, otra amistad de Albert, comenzaba a padecer de sordera. Aquello conmovió a Einstein, quien propuso a Goldschmidt construir un audífono avanzado. El modelo final (patente alemana 590.783PDF) estaba constituido por una fina lámina metálica colocada sobre la porción mastoidea del hueso temporal, bajo la piel. Esta lámina vibraría por magnetostricción en presencia del campo magnético generado por un electroimán externo, que haría las veces de generador de impulsos. Aunque en principio no tuvo recorrido comercial, este audífono fue la semilla en la que Goldschmidt se inspiró para lograr modelos prácticos de audífono años más tarde.

Gráficos de la patente del micrófono magnetostrictivo ideado por Einstein y Goldschmidt.

Lecturas adicionales:
The Practical Einstein: Experiments, Patents, Inventions. József Illy.
Albert Einstein’s patents. Matthew Trainer.
Museo virtual de la OEPM – Albert Einstein

El audífono de Einstein apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 23 Junio 2017.

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Diamantes de choque http://www.alpoma.net/tecob/?p=12654 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12654#comments Wed, 24 May 2017 17:29:41 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12654

Estaré el sábado 10 de junio por la mañana firmando ejemplares de mi último libro, Aviones bizarros, en la Feria del Libro de Madrid, junto a José Manuel Gil, coautor del mismo (y el día 17 tendrá lugar la presentación en el aeródromo de Matilla, en Valladolid, durante el Aeromeeting 2017).


Al hilo de varios asuntos aeronáuticos que estaban relacionados con el contenido del libro, en una conversación de esta mañana se mencionaron ciertas formaciones que aparecen en la tobera de algunos aviones y que son muy atractivas. La nota de hoy es muy breve y sencilla. Baste mencionar que se trata de los conocidos como diamantes de choque (o anillos Mach), evanescentes formas similares a esferas ardientes que aparecen en el flujo supersónico de escape de motores a reacción, cohetes y similares, creando un patrón de onda estacionaria (el flujo sufre pequeñas variaciones de presión con respecto al medio circundante que se traducen en este patrón). Personalmente, esta fotografía es una de mis favoritas a la hora de mostrar el fenómeno. Se trata del despegue de un avión SR-71B operado por la NASA con el clásico patrón de diamantes de choque en el escape de poscombustión (Imagen de 1992, NASA-DFRC).


Pincha en la imagen para ampliar.

Diamantes de choque apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 24 Mayo 2017.

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ATLAS-I, un gigantesco caballete de madera para estudiar los pulsos electromagnéticos en aviones http://www.alpoma.net/tecob/?p=12639 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12639#comments Sat, 06 May 2017 19:05:37 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12639 Aquí hay miga o, mejor dicho, madera. Se dice que es la estructura de madera más grande existente en la actualidad, y puede que sea verdad, no hay más que ver el inmenso tamaño que tiene. Actualmente no se utiliza y, aunque se le está buscando algún tipo de uso turístico, no es sencillo llevar visitantes cuando lo que deseas mostrar se encuentra en el interior de una base militar.

Test de un bombardero B-52 en el ATLAS-I en 1982. Imagen US Air Force.

Nos encontramos en la base de Kirtland, de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, situada en Albuquerque, Nuevo México. En plena Guerra Fría, el estudio de los efectos de las armas nucleares se convirtió en una prioridad para los militares estadounidenses. Uno de los proyectos de investigación relacionados con esa problemática fue dirigido por el Laboratorio de Armas de la Fuerza Aérea (AFWL, hoy AFRL) y consistía en averiguar que le sucedía a los aviones militares si se encontraban en las proximidades del área de influencia de una explosión nuclear. Lo que más les preocupaba era comprobar cómo se alteraba la electrónica de vuelo, los controles y otros aspectos de las aeronaves ante un pulso electromagnético (PEM) originado por una explosión nuclear. El AFWL construyó diversas instalaciones para estudiar el impacto de la radiación, rayos X y pulsos electromagnéticos sobre materiales y máquinas diversas. Ahora bien, ¿cómo estudiar los efectos de un pulso electromagnético sobre un avión en vuelo? Nada, lo mejor sería detonar un ingenio nuclear en la atmósfera y hacer que volaran en sus cercanías algunos aviones de pruebas. Semejante locura no se llevó a cabo, que se sepa, más que nada porque la prohibición mundial del uso de armas nucleares en pruebas atmosféricas le cortó las alas a algún que otro militar con demasiada imaginación. Sin poder emplear una detonación nuclear, ¿qué alternativas podia haber para realizar el estudio? Así es como se llegó a la construcción de la mayor estructura de simulación de la historia, iniciada en 1972 y completada en 1980. Se trata de una inmensa plataforma sobre la que, hasta 1991, se situaban aviones a los que se sometía a un “bombardeo” con pulsos electromagnéticos procedentes de un generador de tipo Marx de 200 GW.

Pruebas en la plataforma ATLAS-I sobre un bombardero B1. Imagen U.S. Air Force, 1989.

El conocido como ATLAS-I (Air Force Weapons Lab Transmission-Line Aircraft Simulator) o, simplemente, trestle (caballete), es una gran estructura de madera, pegamento y resinas de alta resistencia (con limitados pernos y tuercas ni grandes objetos metálicos que pudieran interferir en los ensayos) elevada sobre una depresión natural. El gran “templete”, operado por Sandia National Laboratories en Kirtland, tiene cerca de doce pisos de alto y fue diseñado para soportar el peso de un bombardero B-52 completamente cargado. A comienzos de los noventa, este tipo de simulaciones empezaron a realizarse completamente por medio de ordenadores, por lo que el ATLAS-I dejó de ser útil para su cometido original y ahí sigue, esperando que a alguien se le ocurra qué se puede hacer con semejante monstruo de madera.


Más información: The Atlas-I Trestle at Kirtland Air Force Base.
Vía: Me enteré de su existencia, hace ya bastante tiempo, en Atlas Obscura.

ATLAS-I, un gigantesco caballete de madera para estudiar los pulsos electromagnéticos en aviones apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 6 Mayo 2017.

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Tomás López, el cartógrafo incansable http://www.alpoma.net/tecob/?p=12627 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12627#comments Fri, 28 Apr 2017 11:43:13 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12627 Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de abril de 2017.

No cabe duda que Tomás López se hubiera sentido fascinado de haber conocido nuestra época. Para alguien que dedicó su vida a plasmar el conocimiento geográfico sobre laboriosos mapas hechos a mano, la tecnología GPS, los Sistemas de Información Geográfica y la cartografía interactiva que llevamos incluso en nuestro teléfono móvil, hubieran sido todo un tesoro. Aquel voluntarioso sabio, mezcla de artesano y científico, que creó cientos de mapas de tierras españolas y de otras más lejanas que hoy día se consideran objeto de coleccionista, fue uno de nuestros cartógrafos más célebre. Sus libros siguen destilando pasión por la geografía y, cómo no, por la cuantificación y la estadística.

Castilla la Nueva. Mapa de Tomás López.

De la mano de López surgieron obras maestras como diversos Atlas de España y Portugal, mapas de lejana Luisiana, mapas africanos, obras cosmográficas, libros sobre la enseñanza de la geografía, algunos tan curiosos como cierto manual para realizar ejercicios geográficos sobre globos terráqueos y otros más lúdicos como cierta cartografía sobre el itinerario de Don Quijote. La suya fue una vida dedicada por completo a la ciencia geográfica y a la cartografía. Tomás López de Vargas Machuca, madrileño nacido en 1730 y fallecido igualmente en la capital española en 1802, desarrolló su actividad a lo largo del siglo XVIII al servicio de la Corona.

Tras estudiar matemáticas, lenguas y letras en el Colegio Imperial de Madrid, y dado su reconocido talento ya desde muy temprano, el joven Tomás marchó a París. Contaba entonces con poco más de veinte años y, en la capital francesa, absorbe con pasión todos los conocimientos geográficos y técnicos que sus maestros, y las grandes bibliotecas, pusieron a su disposición. Y, además, conoce allí a la que se convertirá en su mujer. Aquella no fue una aventura solitaria ni romántica, sino una etapa de pasión por el saber que estuvo muy bien dirigida desde España. El protagonista de todo aquello era el marqués de la Ensenada, que en 1752 decide enviar a cierto grupo de jóvenes talentos a París, con el encargo de que aprovecharan al máximo su estancia para aprender y cultivarse en las artes y las ciencias. De vuelta en su tierra, servirían a los fines del Estado. No era mal trato, cosa que pudieron demostrar, por ejemplo, Manuel Salvador Carmona, que formó parte de aquel grupo, y que terminó por convertirse en uno de los grabadores más solicitados en aquella época de la Ilustración española,además de casarse también con una francesa. Otro de los compañeros del destino de Tomás López más allá de los Pirineos fue Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, que además de cartógrafo y geógrafo, también era excelente grabador.

Galicia, mapa de Tomás López.

Terminada su etapa de formación en Francia, convertido ya en un cartógrafo de reconocido prestigio, Tomás regresa a España para hacerse cargo del novísimo Gabinete Geográfico, cuya idea original había sido propuesta por el propio Tomás a Godoy. Se convierte así en cartógrafo del rey Carlos III, un trabajo que desarrollará con pasión incansable. Fruto de su tenacidad son más de doscientos mapas, dibujados y coloreados a mano, partiendo de minuciosos estudios de fuentes geográficas. López creó algunos de los mapas más importantes de su tiempo, referidos sobre todo a las regiones de España. Cabe recordar que el conocimiento del territorio era vital para la Corona y, claro está, el poder tener a mano completos estudios geográficos impresos, acompañados de sus correspondientes mapas, ofrecía nuevas ventajas en el arte de gobernar.

Tomás López, según iba alumbrando cada nuevo mapa, crecía en fama y reconocimiento. Fue tomado en su tiempo como gran intelectual, siendo reconocido miembro de instituciones como la Real Academia de San Fernando, así como de varias Sociedades Económicas de Amigos del País, la Real Academia de Historia y diversas academias de artes y ciencias.

Guadalajara, mapa de Tomás López.

Habrá quien se pregunte por qué sus mapas eran tan importantes y por qué su obra ha perdurado en el tiempo. La respuesta se encuentra en la dedicación al trabajo que llevó a cabo nuestro protagonista. No fue sólo un artesano y científico que llevó a cabo con diligencia las diversas cartografías que le fueron encargadas por la Corona. No, la pasión por la geografía que demostró Tomás López se plasmó en una inmensa obra a la que dedicó cerca de tres décadas de minucioso estudio. No tuvo ayuda, nadie le obligó a hacer algo así y, sin embargo, el que pasó a llamarse como Atlas geográfico de España es una obra inmensa y asombrosa que todavía nos llena de emoción. Como obra de cartografía administrativa de su tiempo no tuvo rival en todo el siglo XVIII. Nos han llegado sus notas acerca de las divisiones jurisdiccionales, las poblaciones, los accidentes geográficos… miles de anotaciones que, convertidos en coloridos mapas, dieron forma a una obra vital para conocer la España de su tiempo. Ahora bien, de esos dos centenares de mapas producidos en vida, no había sido mucho lo que el gran público había podido conocer. Léase por “gran público” a aquellas personas ilustradas que podían tener la fortuna de entender mapas y, cómo no, poder comprar un Atlas. Los hijos de Tomás López, que también fueron geógrafos, decidieron dar vida a ese Atlas al poco de la muerte del insigne cartógrafo. Nunca antes se había comercializado una obra de estas características en España, por lo que la novedad fue acogida con entusiasmo, tal es así que aquella colección que reunía los mejores mapas de provincias españolas de su época tuvo que ser reeditado en diversas ocasiones.

Mapa de Madrid, por Tomás López.

La belleza y minuciosidad de estos mapas no tiene nada que envidiar a la cartografía francesa contemporánea, que era considerada como imbatible por entonces. La Academia de Ciencias de París llevaba siendo, desde su creación en 1666, el centro de conocimiento científico más puntero, siendo especialmente pródigo en lo que a producción cartográfica y conocimiento geográfico se trataba. A esto se unía el hecho de poder contar con una ingente fuente de datos cartográficos de primer nivel procedente de las expediciones que Francia llevaba a cabo por todo el planeta. De ese empeño por describir el mundo de forma racional surgieron todo tipo de nuevas técnicas geodésicas, topográficas y cartográficas. De todo esto no extrañará que el inteligente marqués de la Ensenada hubiera decidido enviar a aquellos jóvenes prometedores a París, con la intención de que a su vuelta sirvieran para crear mapas destinados a un mejor gobierno de los diversos territorios españoles. Aquellos jóvenes que aprendieron matemáticas, geografía y técnicas de grabado, fueron quienes dieron forma a ese conocimiento sobre papel, unos mapas convertidos en un auténtico arsenal disponible para gestores de política fiscal y de obra pública. Tomás López, como alumno aventajado de su gran maestro francés, Jean Baptiste Bourguignon d’Anville, no sólo supo aprovechar su estancia de casi una década en París, sino que mejoró técnicas y procedimientos con sabores propios de su cosecha.

El bagaje geográfico, artístico y matemático de Tomás López era envidiable, pero si se observan bien sus mapas, podremos observar que no eran muy exactos, no al menos comparados con obras posteriores. Es el precio a pagar cuando eres el primero en hacer algo y apenas cuentas con medios. Bien, al mando del Gabinete Geográfico pudo contar con una ingente cantidad de información acumulada durante largo tiempo, pero todo aquello debía ser ordenado, normalizado y convertido en representaciones más o menos realistas, en definitiva, debía crear detallados mapas de las tierras españolas allá donde no había apenas cartografía anterior de calidad. Por ello, y también debido a la imprecisión de algunos de sus métodos, no debe restarse mérito a lo que se convirtió en un esfuerzo personal, todo un empeño que dio forma al primer Atlas de España que fue un digno precedente del mucho más perfeccionado proyecto del “Atlas de España y sus posesiones de ultramar” que, mucho después, en 1856, alumbraría otro cartógrafo genial: Francisco Coello.

La Rioja, mapa de Tomás López.

La vida de Tomás López giró en torno a los mapas. No sólo se dedicó a cumplir con los encargos oficiales que le llegaban al Gabinete Geográfico, sino que creó incluso su propia editorial, aquella que fue continuada por sus hijos, en la que vendía mapas diseñados por él mismo a todo tipo de clientes, desde comerciantes a viajeros, políticos y religiosos. Con esa editorial, más bien un taller de composición de obras cartográficas y libros a medio camino entre una imprenta y un estudio de diseño “moderno”, dio a conocer también sus libros para el aprendizaje geográfico y sus mapas lúdicos. Debido a las imprecisiones presentes en sus mapas, la obra de Tomás López, más allá del éxito popular que tuvo en vida y en las décadas cercanas a su muerte, fue tratada con dureza por cartógrafos e historiadores posteriores. Ese tratamiento hizo que fuera menospreciado durante largo tiempo por ser un simple “cartógrafo de gabinete” que nunca hizo un levantamiento de campo pero, sin duda, la pasión con la que aquel voluntarioso artesano-científico dio vida a sus mapas y, sobre todo, su labor como padre del primer Atlas de España, merece buen recuerdo.

Atlas de España, de Tomás López.

Tomás López, el cartógrafo incansable apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 28 Abril 2017.

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El elemento coronio y su pariente el geocoronio http://www.alpoma.net/tecob/?p=12603 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12603#comments Thu, 20 Apr 2017 07:21:54 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12603 En el largo proceso por el que se ha ido estableciendo la identidad de los elementos químicos, han aparecido en multitud de ocasiones errores de identificación de todo tipo1. Por ejemplo, a partir de las observaciones del espectro luminoso de una nebulosa llevadas a cabo por el astrónomo británico William Huggins en 1864, se propuso la existencia de un elemento desconocido al que se llamó nebulio. En 1927 se demostró que no era así, sino que el rastro extraño descubierto con el espectroscopio correspondería a cierta forma de oxígeno ionizado (O2+).

nebulio

Incluso cuando ya estaba prácticamente olvidado, todavía se hablaba del nebulio en la prensa.
Recorte de “La Luz del porvenir”, agosto de 1927, num. 176, página 15.

Pero, sin duda, el elemento químico “imaginario” que más me ha llamado la atención fue el enigmático coronio. En observaciones del espectro de luz de la corona solar llevadas a cabo durante el eclipse de sol del 7 de agosto de 1869, se registró un línea verde de emisión correspondiente a una longitud de onda de 530,3 nm (línea coronal 1474 K). Este hecho fue observado de forma independiente tanto por el astrónomo estadounidense Charles Augustus Young, como por su compatriota, de origen escocés, William Harkness. Como la presencia de esa línea en el espectro de la corona solar no parecía corresponder a ningún elemento conocido, se estableció que se podría estar ante la presencia de un nuevo elemento, al que se llamó, por motivos obvios, como coronio. Hasta bien entrado el siglo XX, ya en los años treinta, no se estableció que, en realidad, el coronio no existía, sino que se trataba de átomos de hierro fuertemente ionizados (Fe13+). Del interés despertado por este elemento cabe recordar algunos recortes de la época, como éste de Octaviano Romero, de mayo de 1902, procedente de la revista El Mundo científico:


Desgraciadamente para los progresos de la ciencia, el estudio de la atmósfera coronal, limitado á los bre­ves momentos de duración de los eclipses totales, ha permanecido casi estacionario desde que en 1859 fue advertida por primera vez la raya verde en el espectro de la corona y pasó a la categoría de hecho demostrado la existencia real de esta sutilísima atmós­fera y que estaba constituida en todo o parte por un elemento desconocido en la tierra: el coronio; nombre dado desde el primer momento a la misteriosa mate­ria que afirmaba su presencia, en los últimos límites de las expansiones solares, por débiles radiaciones en el campo espectral de los analizadores.



Era natural que como en anteriores eclipses, en el de 28 de Mayo de 1900 despertase el interés científico el estudio de la corona, y a este punto dedicaron, efecti­vamente, su atención los hombres más eminentes en la Astrofísica distribuidos en la zona de la totalidad tanto en América como en Europa. (…)



(…) Dentro de la certeza que un hecho de observación puede inspirar, cuando ningún prejuicio ni causa racional de error cabe aducir contra él, admitimos como innegable que la atmósfera coronal se halla constituida casi exclusivamente por ambos gases [hidrógeno y coronio] y que éstos no se encuentran más ó menos uniformemente repartidos en toda la masa formando un medio homogéneo, sino superpuestos en el orden de sus densidades y ocupando por consiguiente el hidrógeno las zonas inferiores, inmediatamente encima de la región del helio, y el coronio las superiores, como una tenue, y en sus limites casi diáfana dilatación gaseosa esfumada y como disuelta en los vacíos del éter. La enorme fuerza expansiva de las masas centrales, sólo contrarrestada por la atracción solar, lanza incesantemente al espacio los elementos que la forman. La espectroscopia permite demostrar los efectos de esta proyección y establecer el hecho de que en el foco de materias incandescentes que constituye la atmósfera solar, los gases se encuentran superpuestos en el orden de sus pesos atómicos. Cuál sea la intensidad de esta fuerza proyectiva lo demuestra la altura de 60′ (2.500.000 kilómetros) a que se ha observado el coronio, la cual supone una velocidad inicial de proyección de la masa gaseosa de 400 kilómetros por segundo.


Un dato más curioso si cabe, con relación al coronio, se encuentra en que el padre de la teoría de la deriva continental, Alfred Wegener, sostuvo que en la alta atmósfera terrestre podría existir un análogo del coronio, al que se llamó geocoronio (la cosa llegó al punto de publicarse algunos estudios en los que se sugería emplear geocoronio como gas para dirigibles y globos aerostáticos… ¡si se lograba demostrar su existencia!)

Estimación de composición atmosférica siguiendo la teoría del geocoronio de Wegener.
Revista Algo, Barcelona, 26 de diciembre de 1931. Número 139. Página 6.

Consideraciones sobre el geocoronio. Vida marítima, 30 de julio de 1917.

El geocoronio en un gráfico de la composición de la atmósfera terrestre en altura. Memorial de ingenieros, enero de 1934.

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1 Una lista de varios de esos errores de identificación puede encontrarse aquí: List of misidentified chemical elements.

El elemento coronio y su pariente el geocoronio apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 20 Abril 2017.

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El anillo volante de Henry Villard http://www.alpoma.net/tecob/?p=12594 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12594#comments Wed, 12 Apr 2017 11:01:28 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=12594 El éxito de los Hermanos Wright de 1903 en en Kitty Hawk supuso un cambio radical en la historia de las máquinas volantes. Desde entonces, muchos de los pioneros anteriores a ellos pasaron al olvido. Es natural, se recuerda a quien consigue un logro, no a los cientos de apasionados que lo intentaron… y fallaron. Un caso singular de entusiasta de las aeronaves fue el de Félix Henry Villard (1869-1916).

Uno de los “anillos volantes” de Henry Villard. Imagen de 1902.

Ingeniero francés, se obsesionó desde muy temprano con lograr volar en aparatos más pesados que el aire movidos por motor, esto es: quiso construir un avión, aunque su idea se acercaba más a la de los helicópteros y, por ello, hay quien lo considera un precursor de estos aparatos. Su concepto, al que llamó Ornis, se materializó en varios prototipos desde el año 1901. No logró volar de forma controlada, pero nunca dejó de intentarlo. La revista El Mundo Científico, editada en Barcelona, describía de esta manera uno de sus primeros aparatos en su número del 3 de mayo de 1902:

Los aviadores, o las aeronaves más pesadas que el aire, empiezan a estar de moda, disputándose el dominio de la atmósfera con los globos y dirigibles.Entre unos y otros se encuentran prodigios del ingenio de los inventores, cada vez más cercanos a la definitiva conquista de su ideal, como se encuentran también aberraciones más grandes de la inteligencia extraviada, cuyo resultado llega a ser algunas veces una catástrofe económica cuando no el más lastimoso fin del inventor y del invento.

Entre los aparatos teóricamente viables, si bien sus pruebas no han dado hasta ahora resultado positivo, figura el avión de Henry Villard, en el cual se ponen a prueba varios principios: el del aeroplano, el del paracaídas, el del giroscopio y el de la cometa.

Constituye la parte principal del aparato un anillo rígio horizontal de siete metros y medio de diámetro, reforzado con numerosos vientos de alambre tendidos en su plano, los cuales sostienen además un círculo de tafetán de globos. Este disco de tela, en caso de avería del motor, es suficiente para servir de paracaídas. No es perfectamente plano, y al girar con gran velocidad, hace el efecto de una hélice, contrarrestando la gravedad y evitando el descenso, o produciendo elevación. Este giro rápido tiene otra ventaja: el efecto giroscópico que produce, impide que el aparato se incline y se ponga el disco en vertical. El motor es de gasolina, sistema Buchet de dos cilindros, con 12 caballos de fuerza a 1920 revoluciones por minuto. Mueve, además del paracaídas, una hélice propulsora de forma especial. El timón es circular, de plano vertical y fijo al extremo de una larga horquilla.


El anillo volante de Henry Villard apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 12 Abril 2017.

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